Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 44
Quería pensar que solo eran ideas suyas. Aunque sabía perfectamente que no era así, no quería reconocerlo. Por un momento… aunque sea un ratito más…….
—Ar… den.
Porque quería creer que, al menos, había una persona en el mundo que la quería de verdad.
—Dime.
Esos ojos grises y transparentes la llamaron con dulzura. Una mano grande se posó suavemente sobre el dorso de la suya, que seguía apretando las sábanas. Esa mano estaba tan calientita que terminaba de espantar el frío que le quedaba; le daban ganas de llorar un poco.
Ella encogió los hombros y susurró bajito: ‘Abrazame’. Al toque, Arden la rodeó con fuerza. Sintió la presión en las costillas y cómo el torso de él se pegaba a su espalda sin dejar ni un huequito. Esa sensación de estar apretada le gustaba más de lo que podía aguantar.
—Más… hazme más.
—Ya.
—Más fuerte…….
—Está bien.
Cada vez que ella le pedía algo, él le respondía sumiso. Arden empezó a lamerle y frotarle la nuca con la lengua, mientras abajo la embestía con más furia todavía.
Chic, chic,
—¡Mm, ah, ah……!
—Ah, Lili.
Prácticamente se la estaba hincando, sacudiendo su miembro con violencia entre sus piernas. Se echó a su lado y, mientras le succionaba un pecho, bajó la mano. Empezó a frotarle con la yema de los dedos el sexo cubierto de semen, al mismo tiempo que se pajeaba.
Sentía que se había vuelto una bestia que no conocía ni el control ni la vergüenza.
Cada vez que ese aliento caliente le recorría la oreja, cada vez que esa carne roja e hinchada rozaba la suya con fuerza, cada vez que esa voz ronca y bajita pronunciaba su nombre.
—Ah, ah…….
Un escalofrío, como si fuera una erupción por todo el cuerpo, la sacudió. La vista se le puso blanca por un segundo antes de recuperar sus colores oscuros. Arden, abrazándola mientras ella jadeaba, soltó un gemido bajo.
Glup,
El semen que chorreaba de su miembro empapó las sábanas y el cuerpo de ella, dejando todo hecho un desastre.
Pero a esa bestia desalmada no le importaba nada; como si pensara seguir en lo mismo para siempre, volvió a mover la pelvis con lentitud.
—Uff, mm…….
Sin tiempo para reclamarle ni fuerzas para quitárselo de encima, Lilliet se dejó llevar por ese placer que volvía a subir, sin poder defenderse. Era imposible escapar de él.
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—¡Todo esto es por culpa de esa chiquilla!
La joven, que antes se llamaba Lariette Hummes pero ahora tenía que vivir como Charlotte Hummes, rabiaba de la furia. No podía entender por qué tenía que renunciar a su propio nombre y usar el de su prima fallecida.
Sus padres trataron de convencerla diciendo que así estaría más segura, pero Lariette se burló por lo bajo. ¿Acaso ese monstruo que vive en el bosque tendría tanta inteligencia como para darse cuenta?
Dicen que es una bestia feroz que hace collares con huesos humanos y usa las pieles de la gente como cuero. Es un estúpido que ni siquiera reconocería la cara de su sacrificio. De por sí, creer en supersticiones raras sobre ‘dioses malvados’ le parecía una soberana estupidez.
‘Son unos imbéciles. ¡Y mis papás son los peores!’.
Al principio, cuando se enteró de que un monstruo que nunca había visto la quería como sacrificio, se murió de miedo; pero pensándolo bien, todo le parecía patético. ¿Qué dios malvado ni qué ocho cuartos?
Ese supuesto dios no era más que un monstruo viejo que cayó a la tierra hace mil años. Si todos se unieran para pelear, de hecho que le ganaban. ¿Acaso no dicen que no puede salir del templo? Pues van y le meten fuego, ¿no?
Le reventaba la gente que solo sabía chismosear por atrás sobre el ‘dios malvado’ pero que se orinaba de miedo cuando lo tenían al frente. Y esos sacerdotes del Dios Principal, que se supone que son tan poderosos pero no hacen nada… ¡qué insoportables! ¡Par de tontos!
‘¿¡Pero por qué yo!?’
Su furia crecía y siempre volvía al mismo punto. ¿Por qué tengo que pasar por esta humillación por culpa de esa tipa? ¿Por qué?
Lariette fue bajando el paso hasta que se plantó en seco.
Esa chiquilla.
Esa mujer malvada y miserable.
Lilliet Evans.
Nunca le cayó bien, desde el comienzo.
Tenía el pelo lacio y sin gracia, esos ojos castaños que, aunque de lejos parecían cálidos, tenían una mirada increíblemente fría y pesada. Lariette estaba convencida de que así se reflejaba lo mala persona que era.
¡Obvio!
Si fue capaz de abandonarla en el bosque para escaparse solita.
Una mujer cobarde y ruin que dejó tirada a una niña que ni llegaba a los doce años solo para salvarse el pellejo, que regresó apurada solo por miedo a que sus patrones la castigaran.
Como es una bruja, ese monstruo horrible de seguro saltó de alegría y se la tragó de un bocado. ¡Bien hecho! Se lo merecía.
Yo sabía que iba a terminar así.
Con lo bien que la traté.
Qué malagradecida. ¿Cómo se atrevía, siendo una simple empleada, a suspirar y mirarme por encima del hombro cada vez que me veía? Cada vez que le mandaba a hacer algo, se le notaba clarito en la cara que no quería.
Siempre era igual. Siempre.
—Lili, ¿a dónde vas? Espérame.
—No me puede seguir, señorita.
—No quiero. Yo también voy.
—Ay… qué difícil es usted, señorita.
Era natural que, estando rodeada de puros adultos, se apegara a la única chica que tenía casi su misma edad.
Pero si le preguntaran por qué tenía que ser precisamente Lilliet Evans cuando había más gente, ella no sabría qué decir.
Simplemente… le gustaba que, aunque ella se pusiera terca y caprichosa, Lili le agarrara la mano con esa sonrisa de resignación.
Me encantaba cuando le contaba lo que me enseñaba mi profe particular y ella se quedaba maravillada, aplaudiendo y diciéndome: ‘¡Es increíble, señorita!’. Me gustaba esa mirada de admiración.
Para los sirvientes, yo no era más que una patrona pesada y molesta; para mi papá, era como una res que iba a vender por un buen precio cuando creciera; y mi mamá… ella solo se preocupaba por su estatus y su reputación, ni una sola vez se sentó a leerme un cuento.
Entre todos ellos, Lili era la única que me miraba como a una niña, por eso la quería. Por eso, cuando me enteré de que tenía una hermana menor, me puse súper feliz.
‘Podemos ser como hermanas’, pensé.
Claro, como era una simple empleada no podíamos dormir en el mismo cuarto ni usar la misma ropa, pero estaba dispuesta a regalarle alguna de mis muñecas. Es más, si se portaba bien conmigo, hasta pensaba regalarle mis zapatos favoritos.
De verdad que pensaba así… hasta que la muy desgraciada me dejó tirada en ese bosque oscuro y feo para escaparse sola.
Qué cínica. Qué tipa para más cínica.
¿Cómo pudo abandonarme?
Yo que de verdad la consideraba parte de mi familia.
Sí, es cierto que a veces la hacía ponerse en cuatro patas como un perro para subirme encima y jalarle el pelo jugando a la equitación, o que hacía que le dieran los varillazos a ella cuando yo no hacía la tarea. O aquella vez que, como me peinó mal y me dolió, la hice quedarse toda la noche en el pasillo en pleno invierno, usando solo un camisón delgadito…
Pero vamos, ¡eran travesuras de niña, pues!
Olvidándose por completo de sus propias maldades, Lariette chasqueó la lengua con fastidio. ‘Chiquilla mala. Qué malvada. Qué astuta y convenida’.
Incluso al final, se fue con esa cara de resignación que tanto me revienta, haciéndome sentir como si yo fuera la mala de la película. Eligió ser el sacrificio sin siquiera intentar escapar.
Sin una gota de arrepentimiento.
Como si hubiera estado esperando ese día toda su vida.
Igual que cuando me dejó en el bosque…
Como si estar con ese dios malvado y horrible fuera mil veces mejor que estar conmigo.
—Maldita sea…….
De verdad que es una mala persona.
Lariette se mordió los labios con rabia y luego sacudió la cabeza. Ya fue, ya se fue. Ya sea que se la haya comido el monstruo o que se haya largado lejos.
‘Estar pensando en ella es perder el tiempo’, murmuró hinchando los cachetes, toda picona. Luego, se fue caminando haciendo un montón de ruido con los zapatos —pum, pum— y tocó la puerta de forma brusca.
Apenas escuchó que le daban el pase, abrió la puerta de golpe. Un anciano con un solideo negro le abrió los brazos.
—¡Oh! Justo a tiempo. Es esta jovencita.
—¿Para qué me han llamado?
respondió Lariette con un tono bien cortante.
Desde que vivía encerrada en la mansión, lo único que podía hacer era salir una vez a la semana para ir a misa.
Hoy, cuando ya se iba a su casa después de la misa aburrida de siempre, el cura le pidió que se quedara. Como ya estaba harta de vivir como una ermitaña a la fuerza, aceptó de mala gana.
Lariette preguntó toda tosca y con cara de pocos amigos, pero en cuanto vio al hombre que estaba parado junto al cura, se quedó con los ojos como platos.
—Lari… digo, ejem, Charlotte, saluda. Es el obispo Minuel, ha venido desde la Santa Sede.
El cura se deshacía en reverencias, con una actitud que rozaba lo patético, pero Lariette no escuchaba ni una sola palabra de lo que el viejo decía.
‘¿Es un… ángel?’.
Podría jurar que un ángel del cielo acababa de bajar a la tierra.
Tenía el cabello de un rubio pálido que brillaba como si le hubieran echado polvo de oro, unos ojos morados misteriosos que vibraban entre sus pestañas tupidas.
Unos labios rojizos como pétalos de rosa, una mandíbula marcadita, una nariz perfecta…
Estaba tan embobada con su cara que ni cuenta se dio de la estola que llevaba, ni de la faja dorada en su cintura, ni de los bordados de hilo de oro en sus mangas.
¿Cómo alguien podía ser así de hermoso?
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