Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 40
Lilliet se quedó un buen rato mirando las ilustraciones que él dibujaba antes de salir del scriptorium. Se masajeó la nuca y los hombros tensos mientras giraba la cabeza de un lado a otro.
¿Por qué estoy tan cansada?
A pesar de todo, tenía un cuerpo curtido por el trabajo duro. No era tan debilucha como para que se le entumecieran los hombros o le faltaran las fuerzas en los brazos solo por haber regado un poco el huerto.
Lilliet frunció el ceño con pesadez.
¿Será que me he ablandado por la buena vida de estos días?
Se sentía extrañamente sin apetito y con el cuerpo lánguido. Quizás el pasar de una vida a mil por hora a una donde no hacía nada no le sentaba bien, porque sentía el estómago súper pesado. Como le daba pena desperdiciar la comida, se obligaba a comer a la fuerza, pero luego terminaba sintiéndose tan mal que lo más común era que se saltara la siguiente comida.
‘Si sigo así, de verdad me voy a enfermar o me voy a quedar en la nada’.
Lo único que tenía era su propio cuerpo. Si esto fuera el templo del Dios Principal, habría un sacerdote que la curara, pero este era el templo del Dios Maligno. Un lugar donde la podredumbre y la muerte estaban por todos lados.
‘Incluso si pudieran curarme, quién sabe…’.
Si realmente querrían hacerlo. Podrían desecharla diciendo que no necesitan una ofrenda enferma. Un esclavo que se la pasa languideciendo vale menos que un animal. Se atrevió a dudar de las palabras de aquel Dios que prometió protegerla del dolor y el sufrimiento.
Al final, los amos siempre son caprichosos.
Por un ligero cambio de humor, los sirvientes tienen que salir disparados a cumplir sus antojos. Un día dicen que les gustan las flores amarillas y al día siguiente prefieren las naranjas. Te felicitan por ser dedicada y detallista, pero si cometes el más mínimo error, te tratan como a una estúpida y te botan de su vista a gritos.
Si los humanos son así, qué se puede esperar de un Dios.
Un ser humano, que puede desaparecer en cualquier momento, no es más que una hormiga arrastrándose por el suelo. Ahora la puede querer mucho, pero en cuanto se enferme, envejezca y pierda su gracia, la desechará como si nada. Total, humanos sobran por todos lados…
Se mordió el labio inferior y se abrazó los brazos. Aunque no corría ni un poco de aire dentro del templo, un escalofrío la hizo temblar.
¿Debería encender la leña o no?
El invierno ya estaba cerca. La leña no cae del cielo, pensando en lo que vendría, lo mejor era ahorrar. Tras poner en una balanza el valor de la leña frente al suyo, Lilliet concluyó que gastar madera solo para calentarse un ratito era un lujo.
Dio media vuelta para ir a su cuarto en lugar de dirigirse al almacén. En ese momento, vio un par de piernas al fondo del pasillo.
La parte superior del cuerpo estaba totalmente sumergida en la oscuridad, invisible; solo esas dos piernas permanecían firmes apuntando hacia ella. Sin darse cuenta, Lilliet contuvo el aliento y retrocedió un paso, asustada.
Era el final de la tarde y el interior del templo estaba casi a oscuras, salvo por algunas velas dispersas. Aun así, no estaba tan oscuro como para no verle la cara a alguien al otro lado del pasillo. Sin embargo, era como si la noche se hubiera instalado solo en ese punto; una sombra tan densa cubría al otro que no se le veía ni un rasgo.
Lilliet tragó saliva recordando al vagabundo que vio hace poco.
—¿Quién… quién está ahí?
—…
—Oiga, responda…
Preguntó con cautela mientras retrocedía otro paso.
Entonces, la figura que estaba ahí parada avanzó. Solo dio un paso, pero el rostro que estaba hundido en la negrura se iluminó de golpe, su cabello rubio resplandeció con fuerza. Ella soltó un suspiro de alivio y se llevó la mano al pecho.
—Ay, Arden, eres tú. Qué susto me diste.
—¿Por qué?
—¿Eh?
—¿Quién más creías que podía estar aquí para que te asustes tanto?
Arden se acercó con esa sonrisa perturbadoramente hermosa de siempre. Parecía caminar lento, pero se le vino encima muy rápido.
—No, es que como estaba oscuro y no te veía la cara…
—¿Te alivió verme?
—¿Qué?
—¿Te dio tranquilidad ver que era yo y no un monstruo?
—Bueno… sí, claro.
—Me alegra.
Aunque lo decía con una sonrisa de oreja a oreja, se acercaba a una velocidad tan exagerada que Lilliet sintió unas ganas locas de dar media vuelta y salir corriendo.
Pero Arden acortó la distancia con una rapidez asombrosa y la agarró de la cintura de un porrazo. Su cabello rubio y sedoso le rozó la oreja de forma extraña y sus brazos gruesos la rodearon con calidez.
—Te extrañé.
Lo dijo como si estuviera lloriqueando, mientras hundía los labios en su nuca. Con cada palabra que soltaba, su aliento le hacía cosquillas en la piel. Arden, ignorando cómo ella se tambaleaba e intentaba zafarse, la jaló hacia él a la fuerza, tratando de encajar su enorme cuerpo en el regazo de ella.
Lilliet no lo podía creer.
Si lo había visto ayer, anteayer también. Lo veía todos los días. Y ahora salía con eso, como si no se hubieran visto en años.
—Pero si nos vimos ayer. No hay un solo día que no te vea.
—Es que como Lili se la pasó afuera todo el día, no te vi en toda una noche y media mañana. ¿Acaso tú no me extrañaste?
—No pues, si solo han sido unas horas.
—Ah, ya veo.
Él despegó su cuerpo del de ella y la miró de reojo, como si estuviera resentido.
—O sea que ‘solo’ fue media mañana, ¿no? En cualquier momento me vas a decir que ya te aburriste de verme tanto. ¿O ya te aburrí?
—…….
—¿Por qué no respondes?
‘Bueno…’
Se dijo a sí misma que sería bien difícil aburrirse de esa cara tan perfecta que daba hasta cosa mirarla. Era tan guapo que cada vez que lo veía le parecía algo nuevo y hasta le dolía.
Lilliet murmuraba para sus adentros mientras intentaba apartar a Arden, que no dejaba de encimarse. Pero él no se movió ni un milímetro y siguió abrazándola tercamente.
—Hueles a viento…
Hundió la nariz en su nuca, olfateándola, luego abrió la boca para lamerle la piel. Chui, chui. Le daba besitos en el cuello y, por alguna razón, a ella le dio un escalofrío por toda la espalda.
—¿Te quedaste afuera todo el tiempo?
—Síp, en el huerto. Estaba viendo si todo crecía bien.
—Esas hierbas crecen solas aunque nadie las mire. ¿Para qué te gastas viéndolas?
—¿Qué hablas? Las plantas son bien difíciles de criar. Si te descuidas, se mueren. Hay que estar pendientes de ellas a cada rato.
—Qué me va a importar a mí…
—El Arzobispo se saca el ancho cuidándolas solo, así que mínimo tengo que darle una mano. Más bien, Arden, ¿me puedes soltar? Estoy incómoda.
Ahora que él era mucho más alto y robusto, el hecho de que se le colgara encima cargando todo su peso hacía que se le doblara la espalda; estaba superincómoda.
Sin embargo, Arden no tenía la menor intención de soltarla y seguía oliéndola con insistencia. Lilliet empezó a ponerse nerviosa. El olfato humano no es la gran cosa comparado con el de un perro, pero tratándose de él…
Forcejeó para salirse de su agarre, empujando ese pecho que parecía una roca. Arden se quejó fastidiado:
—Después de tanto tiempo que nos vemos, ¿por qué me botas así? ¿De verdad ya te aburrí? Yo sentía que me moría por verte.
—No es eso…
—¿No?
—…
—¿Dime? ¿No te vas a aburrir nunca de mí? Responde, pues.
Él se reía entre dientes mientras la presionaba con picardía. Ella volteó la cara rápidamente para evitarlo y cambió de tema:
—Arden, ¿no tienes frío estando así de ligero? Yo me estoy congelando… Ya me quiero ir a mi cuarto.
—Es que yo paro caliente. ¿Quieres que te abrigue?
—¿Eh?
—Vamos a tu cuarto. Yo te caliento.
—¡No! Puedo prender la leña… ¡de verdad!
Lilliet, que hace un rato había decidido no prender nada por ahorrar, cambió de opinión al toque y empezó a hablar con un entusiasmo fingido sobre lo eficiente que era la leña.
Arden no le hizo ni caso a sus argumentos y la cargó de un tirón. Del susto, Lilliet soltó un grito y se aferró con fuerza a su cabeza.
Su nariz y su frente quedaron hundidas contra el pecho de ella. La sonrisa de Arden se hizo más marcada.
—¡Bájame, Arden! ¡Qué vergüenza…!
—Pero si estamos solos.
—¡N-no! ¡Bájame ya!
—¿Tan poco te gusta ir conmigo a tu cuarto?
Arden preguntó con una cara de pena, como si estuviera todo bajoneado. Al ver esa cara hermosa sumida en la tristeza, a ella le dio una punzada en el corazón.
Si cualquier otra persona lo hubiera visto, se habría agarrado el pecho y le habría dicho que sí a todo, pero ella ya no caía en sus trucos.
Con la cara toda roja, ella negó con la cabeza.
—Sí. N-no quiero.
—¿Por qué? Solo te estoy llevando.
—…Va, vas a hacer cosas cochinas.
—Ah, ja.
Entre el primer ‘Ah’ y el ‘ja’ que le siguió, pasó un buen rato. En ese intermedio, él ya estaba caminando a grandes zancadas por el pasillo cargándola. Sus labios color rosa dibujaron una curva suave.
—Pero, qué pena.
—¿…?
—Ya llegamos.
—¿Qué?
No habían pasado ni un par de minutos desde que empezaron a hablar. Para ir del scriptorium a su habitación tenían que cruzar el salón y un pasillo larguísimo, era imposible que ya estuvieran ahí.
Arden abrió la puerta del cuarto, que estaba con llave, como si nada y la echó con delicadeza sobre la cama. Acariciándole la mejilla, que estaba helada, Arden susurró con voz ronca:
—¿Empezamos ya?
—…¿Qué, qué cosa?
—¿Qué va a ser pues?
Esos labios que contenían una risa le dieron un piquito en la punta de la nariz y luego se deslizaron lentamente hasta posarse en su boca. Sacó la lengua para lamerle apenas el borde de los labios y sonrió entornando los ojos.
—Toca hacer cosas cochinas.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com