Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 38
A menos que un dios decida por voluntad propia arrancarse el corazón y entregarlo, por más que esté sellado, la espada de un mortal no llegaría ni a hacerle un rasguño.
Por eso, los arzobispos pasaron días y noches sin probar bocado, entregados a la oración, pero el Dios Principal no les dio ninguna respuesta. Al final, el Papa ordenó que, basándose en el primer oráculo, alguien fuera a tantear la situación; y ese problema tan pesado le cayó a él, que —dicho sea de paso— también era el ‘dolor de cabeza’ del templo.
Un dios muerto no deja de ser un dios. Daba hasta risa ver cómo esos viejos gritaban a todo pulmón que había que matar al Dios de la Calamidad de una vez, pero al mismo tiempo temblaban de miedo pensando en que les cayera aunque sea una chispita de esa desgracia.
—¿Ya terminó la reunión?
—Sí.
Él respondió sin muchas ganas a la pregunta del subdiácono Nevado y se sentó en la silla junto a la ventana. Notando su cansancio, el subdiácono le preparó rápido un té caliente. Al darle un sorbo, un sabor amargo y áspero le llenó la boca. Frunció un poco el ceño, pero igual se tomó todo el resto de un solo rastro.
Nevado lo miraba de reojo, viéndolo tan agotado, se animó a preguntar con cuidadito:
—Excelencia, ¿en qué quedó la interpretación del oráculo?
—¿En qué más va a ser? No había forma de que alguien opinara distinto.
Respondió casi con una burla y soltó un suspiro ligero. Para alguien como él, que casi nunca muestra lo que siente, soltar un suspiro significaba que lo habían tenido harto.
Nevado le sirvió otra taza mientras lo chequeaba de reojo. Su nombre real era Ernst Rehberg, aunque ahora todos lo llamaban por su nombre de bautizo: Monseñor Minuel. El hombre era, sencillamente, un fuera de serie en lo que a belleza se refiere.
Tenía el cabello de un rubio claro que brillaba como oro bajo el sol, unos ojos color violeta profundos, una nariz perfilada y fina, los labios rojos como si se hubiera pasado algún tinte. Llevaba todos los botones cerraditos hasta el cuello, mantenía una postura impecable y siempre estaba con esa cara blanca, casi pálida, que no transmitía ninguna emoción. Hasta el rosario de madera que llevaba al cuello parecía parte de su armadura.
Era, literalmente, el ejemplo perfecto de lo que debe ser un sacerdote recatado y correcto.
Sin embargo, a pesar de todo eso, su rostro tenía una especie de magnetismo pecaminoso, como si el diablo hubiera metido su mano ahí; tenía esa sensualidad propia de una cortesana. Cuando se le ocurría pasarse la lengua por los labios, hasta a Nevado —siendo hombre— se le daba un vuelco el corazón.
‘Con razón… lo que se hereda no se hurta’.
Era el vivo retrato de la reina Garcilla, quien siendo una simple plebeya, usó su belleza para envolver al rey hasta convertirse en su amante y, finalmente, meterse al palacio como reina. Decían que era tan hermosa que hasta los hombres que más rajaban de sus orígenes humildes y de su comportamiento escandaloso, se quedaban como idiotas en cuanto la tenían al frente.
Esa bruja malvada que, no contenta con ser la esposa del rey, terminó envenenando a la reina legítima que todos querían. Aunque el príncipe heredero seguía firme, todos sabían que esa mujer haría cualquier cosa con tal de bajárselo o matarlo.
Pero antes de que la reina pudiera armar una de sus jugadas sucias, el segundo príncipe, Ernst Rehberg, sorprendió a todos unos dos años antes de cumplir la mayoría de edad: anunció que se entregaría a los brazos de Dios y tomó votos de castidad.
Los nobles, que estaban viendo a quién arrimarse, la gente del príncipe heredero se quedaron fríos, pero la que casi se muere fue la reina Garcilla. Dicen que se desmayó y, en cuanto despertó, se lanzó a los brazos del rey llorando.
—¡Mi hijo adorado! ¿Cómo puedes hacerme esto? ¿Por qué se te ha metido la idea de meterte a la Iglesia?
—He escuchado la voz de Dios.
—Pero si ni siquiera eres cura, ¿cómo vas a escuchar nada?
—Si la fe es fuerte, Dios le habla a cualquiera. Él me dijo: ‘Sirve a los que son menos que yo’.
—¡Qué tontería estás diciendo! ¡Eso no tiene sentido……!
Según los chismes, la reina no aguantó que su hijo le hablara de Dios con tanta calma y le lanzó un florero, armando un berrinche de los mil demonios.
Pero al segundo príncipe no le importó el ‘qué dirán’ ni que medio mundo tratara de convencerlo de lo contrario; cumplió su palabra y se registró como clérigo. De eso ya habían pasado cuatro años.
Aunque él dejó bien claro que no quería saber nada de política, la gente de alto rango del templo y los aliados del príncipe heredero no le quitaban el ojo de encima, vigilando cada paso que daba. Y por supuesto, la reina Garcilla, que seguía soñando con el trono, tampoco le creía ni un poquito sus buenas intenciones.
Nevado le tenía lástima a Monseñor Minuel. Los sacerdotes viejos, que no querían líos con la realeza, lo miraban como a un bicho raro y siempre andaban buscando la mínima excusa para botarlo. Para esos curas, la belleza de Minuel era el pretexto perfecto para hablar pestes.
Decían que hacía pecar a los demás sacerdotes que debían ser puros, que por su culpa se perdían las buenas costumbres en el templo, o que lo habían visto saliendo del confesionario con una mujer y con la cara roja.
Puros cuentos. Nevado, que vivía pegado a él, podía jurar ante Dios que Minuel nunca faltó a una misa ni a una hora de oración. El hombre no se tomaba ni un día libre y rezaba con una devoción que daba miedo.
Era tan entregado y devoto que parecía un monje al que le hubieran extirpado cualquier deseo humano. Incluso Nevado, que se crió en el templo desde chiquito, a veces se quedaba dormido y no iba a los rezos de la madrugada o terminaba borrachazo en sus días libres; pero Monseñor Minuel era de una disciplina que llegaba a dar nervios.
A decir verdad, si no fuera así de estricto consigo mismo, hace rato que le habrían buscado la sinrazón para botarlo del templo. Pero aun así, era imposible no admirarlo.
Nevado se quedó chequeando de reojo ese perfil fino iluminado por el sol, que parecía bañado en oro, cuando de pronto Monseñor Minuel habló en voz baja:
—Prepara mis cosas, Nevado. No me voy a quedar mucho tiempo, así que que sea lo más sencillo posible.
—¿Perdone? ¿A dónde piensa ir? No me diga que…….
—Sí. Me voy a Nerbelheim.
—¡Dios mío!
Esa tierra salada y maldita. Un lugar sucio, contaminado y lleno de pecado. Minuel bajó sus espesas pestañas y empezó a tocar su rosario. La textura tosca y dura de la madera lo ayudó a centrarse.
Él se persignó y el subdiácono Nevado hizo lo mismo, sacudiendo la cabeza con frustración.
—Esto es el colmo. ¿Por qué tiene que ir usted, Excelencia? De tantos sacerdotes que hay…
—Igual me iba a tocar en algún momento. Hay que revisar el sello periódicamente.
—Ya, pero para eso hay un montón de gente más.
—Fue una decisión del consejo de obispos después de pensarlo mucho. Solo nos queda confiar y obedecer.
Aunque él lo decía con calma, Nevado estaba que echaba chispas. Cada obispo tiene su voto, pero en una votación por mayoría, Minuel no tenía ni media oportunidad. Al final, solo hicieron la finta de que era una elección justa, cuando el resultado ya estaba cantado desde el principio.
Minuel giró la cabeza para mirar por la ventana. El jardín de afuera estaba perfectamente cuidado y todavía se veía verde y lleno de vida, como si siguiera siendo primavera.
Mirando esas hojas, murmuró para sí:
—En el norte debe estar haciendo un frío de locos. Ya se acaba el otoño.
—……Le voy a alistar ropa gruesa, entonces.
—Sí, por favor.
Un ‘dios maligno’, ¿eh? ¿Será que un dios al que hace siglos le arrancaron el corazón, le cortaron la cabeza y las extremidades, lo tiraron al olvido, puede volver a desatar una tragedia? Ese ser miserable que ni siquiera puede salir de su pequeño y humilde templo.
[Preparen el rastro divino]
Era un mensaje bien confuso y vago, como suelen ser siempre las palabras de Dios. Mientras los demás obispos se obsesionaban con la primera parte del oráculo, él estaba más enfocado en la segunda: ‘Preparen el lugar para Dios’.
Los otros lo entendían como que finalmente debían borrar la existencia de ese ser para que su nombre quedara grabado para siempre en el cielo. Pero para Minuel, eso significaba que el largo castigo de ese dios estaba por terminar y que, por fin, le estaban haciendo un sitio en el palacio celestial.
Pero si ese era el caso, ¿qué pintaban los humanos en todo esto? Los simples mortales no tienen vela en ese entierro cuando se trata de asuntos celestiales. ¿Para qué mandar un oráculo entonces?
Bajo el sol cálido, Minuel se quedó pensando, mirando a un arbolito tierno que brotaba sin saber el frío que se le venía encima. No se puso a pensar en su propio futuro —donde lo más probable es que tuviera que enfrentar a ese dios de la muerte y terminar con un final horrible—; solo se concentró en descifrar el mensaje.
Total, no tenía nada más que le interesara de la vida.
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Liliet se puso de cuclillas en la huerta. Era esa época en la que cae la escarcha de madrugada y, cuando despiertas, sientes que la colcha pesa un poquito más. En un clima donde cualquier persona se moriría si se queda afuera, las verduras de la huerta eran bien valientes y seguían verdecitas a pesar del hielo.
Pero claro, algunas no aguantaron el frío de la madrugada y estaban todas marchitas o con las hojas quemadas por la helada.
—El arzobispo se va a poner triste cuando vea esto…….
El arzobispo cuidaba esta pequeña huerta con un cariño único, como si fuera su tesoro. Estaba pendiente de que el viento no se la llevara o de que no se secara si hacía mucho sol. Si no estaba en la sala de copiado o rezando, lo más seguro era encontrarlo ahí, atendiendo sus plantitas.
Gracias a eso, siempre tenían verduras frescas en cada comida, así que Liliet también se daba sus vueltas por ahí para ayudar. No es que fuera una experta, pero el arzobispo Gillian siempre le agradecía y le decía que con solo regarlas ya le daba una gran mano.
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