Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 37
Liliet subió la escalera con cuidado. Le preocupaba que su falda estuviera flameando por todos lados, pero pronto el sudor frío empezó a empaparle las palmas de las manos y ya no tuvo tiempo para pensar en la ropa.
‘No puedo caerme. Si me caigo……’.
Se repetía eso una y otra vez, casi con desesperación, hasta que de pronto la escalera se acabó. La recibió un espacio oscuro, de esos que no se ven desde abajo y por donde suelen andar los obreros para arreglar las paredes o el techo.
—¿Qué es esto? ¿Dónde estamos?
—Por aquí.
Mientras ella miraba a todos lados, toda confundida, Arden —que ya la había alcanzado— la tomó de la mano y tiró de ella. Con cada paso, las tablas de madera crujían de forma peligrosa y el olor a polvo guardado se le metía por la nariz.
Se sentía como una rata de alcantarilla. Como un animalito sucio y pequeño que se escurre entre los muros, bajo el techo y el suelo, para robar granos a escondidas.
—Arden, ve más despacio. No veo nada y me da miedo.
—Ya falta poco.
—Pero ¿a dónde me llevas?…….
Tosiendo por el polvo que flotaba en el aire, avanzó confiando ciegamente en la mano de Arden. Él se movía sin dudarlo, como si pudiera ver perfectamente en medio de esa oscuridad total. Subieron unas cuantas escaleras más y el camino se volvió todavía más estrecho y cochino.
Justo cuando ella ya estaba cansada de preguntar a dónde iban.
—Ya llegamos, es aquí.
—¿Dónde……? ¡Ay!
Arden sonrió mientras abría una ventana circular. Detrás de su cabeza, los rayos del sol la cegaron y una ráfaga de aire helado la golpeó de golpe. Ella cerró los ojos por instinto y luego los fue abriendo poquito a poco.
Y se quedó helada del susto.
—¡D-donde…… dónde estamos……!
—En un lugar alto y donde sopla mucho viento.
No era una pregunta real, pero Arden le respondió tal cual. Liliet pasó saliva y retrocedió un paso.
Arden, de lo más tranquilo, había puesto un pie sobre la pendiente empinada de un tejado intermedio. Allí había un contrafuerte que sobresalía, totalmente expuesto al vacío y sin una sola baranda.
Un mal paso, es más, un suspiro en el momento equivocado y caerías al vacío desde decenas de metros. Al verla pálida y retrocediendo asustada, Arden ladeó la cabeza, extrañado.
—¿No era esto lo que querías?
—¡No me refería a esto……!
—Es casi lo mismo. Ven, párate aquí.
—¡N-no, no quiero, no lo ha……! ¡Kyaa!
Él estiró el brazo y la jaló hacia ese saliente donde el viento soplaba con fuerza. El ventarrón era tan fuerte que sentía que la iba a arrancar de ahí, así que ella soltó un grito y se aferró a Arden.
Su hogar abandonado, la familia que perdió, esa soledad que le calaba los huesos…… todo eso salió volando con el viento y fue reemplazado por un miedo de locos.
Gracias a eso, ya no tenía que sentir tristeza. Estaba demasiado ocupada muriéndose de miedo, mientras el viento la sacudía como si quisiera tirarla de una vez por todas.
—¡Arden, no me sueltes! ¡Por lo que más quieras, no me sueltes!
—No te voy a soltar. Y si te caes, yo te rescato.
—¡No digas cosas tan feas……!
—Vaya, de verdad estás bien asustada.
Ella no se atrevía ni a levantar la cabeza; temblaba como una hoja y solo atinaba a hundir la cara en el pecho de él. Arden soltó una risita, como quien no sabe qué hacer. ¿Cómo podía reírse? Estando tan arriba.
Él le dio unos golpecitos suaves en la mejilla a Liliet, que seguía con los ojos cerraditos. Cuando ella por fin se animó a abrir los ojos y mirar su mentón, Arden señaló con la cabeza hacia la ventana.
—Mira, Lili. Mi pierna está dentro del templo, ¿ves?
—……?
—Si te agarras de mí, no te vas a caer. Además, allá abajo hay otro techo, así que si te caes no te vas a morir. Bueno, creo.
—No te creo…… ni un poquito.
—Confía en mí, Lili.
Le respondió con una voz firme, sólida como una roca. Tenía el pie izquierdo dentro del templo y el otro en el contrafuerte. Tal como decía, a menos que ella misma lo empujara, no parecía que fuera a perder el equilibrio.
Y pensar que ella misma estaba sobre ese suelo firme hace solo un momento.
Liliet lo miró con resentimiento, dándole una ‘mirada que mata’, él solo se encogió de hombros.
—¿Quieres que me ponga a tu lado?
—¡No!
A su respuesta, que sonó casi como un grito, Arden soltó una risita como diciendo ‘¿ves?’. Era un pesado total. La rodeó con fuerza por la cintura y giró el rostro de ella con su mentón.
—Más bien mira. La vista es buena, ¿no? El viento está fresquito.
El viento que le golpeaba la cara no estaba tan ‘fresco’ que digamos, más bien estaba helado, pero se parecía a ese viento que antes le había hecho arder los ojos.
Liliet abrió los ojos, aferrándose con todas sus fuerzas a los brazos de Arden. Tal como él decía, el paisaje era impresionante. Bosque por todos lados. Puro bosque. No había ni rastro de civilización; solo árboles, pájaros y nubes.
‘Parece una isla alejada de todo……’.
Los árboles que se mecían con el viento parecían un mar agitado, el templo, ahí solito, se veía como una isla flotando en medio de ese océano inmenso. Una isla solitaria donde no vivía nadie. Era una vista hermosa, pero a la vez te ponía los pelos de punta.
Liliet tomó una bocanada de aire frío. Ese viento fuerte que te saca las lágrimas y ese paisaje inmenso que te deja sin aliento…… sí, se parecían un poco a lo que él decía. Pero, por alguna razón, no se sentía vacía ni sola como cuando recibía el viento ella misma en la colina. Solo se sentía cansada y con los ojos irritados. ¿Sería por el brazo que la sujetaba con fuerza por la cintura?
Apenas un brazo……. ¿Cómo podía cambiar tanto su forma de sentir solo por tener a alguien abrazándola?
Liliet soltó una risita de pura frustración. Arden le acarició suavemente el contorno de los ojos y luego le sostuvo la cara. El calor de su palma contra su mejilla helada se sentía tan cálido.
—¿Y? ¿Se parece? Es igualito, ¿no?
—No.
—¿Qué? No puede ser.
—No se parece en nada.
—……¿En serio?
Ella disfrutó viendo la cara de decepción que puso él, pero cuando lo escuchó murmurar algo, negó con la cabeza de inmediato.
—Ya fue suficiente, Arden.
—¿Será que nos falta altura? Conozco un lugar más alto que este.
—No. Con esto basta, de verdad.
Dijo con firmeza mientras le agarraba las mejillas. Entonces, se puso de puntitas y le dio un beso cortito, un pico. Arden abrió los ojos de par en par, sorprendido.
—……Es un agradecimiento. Gracias por lo de hoy.
—Es la primera vez. La primera vez que Lili me da un beso.
—¿No es la primera vez, o sí?
—Es la primera vez que tú lo haces por tu cuenta.
—…….
—Ay, me duele el pecho. Siento algo tan lindo que me duele.
Y eso que solo fue un beso en la mejilla. Él murmuraba con una cara de felicidad absoluta que la hacía sentir extraña. Por un simple beso, Arden sonreía como si fuera el dueño del mundo mientras se sobaba el pecho, como queriendo agarrar su propio corazón. Y eso que ya habían hecho cosas mucho más fuertes; su reacción era exagerada.
Arden inclinó la cabeza hacia ella y, con una voz emocionada, insistió:
—¿No me puedes dar otro?
—N-no. Ya quiero entrar. Me da miedo seguir aquí.
—Pero si el viento está rico. Ya pues, solo uno, pero esta vez en la boca.
—¡Hace frío, muévete……!
Liliet apenas pudo empujarlo mientras él intentaba darle besos una y otra vez sin soltarla. Como tenía miedo de caerse, le gritaba mientras se agarraba fuerte de su ropa, él, riéndose, la envolvió entre sus brazos. Por un momento, el sonido del viento fuerte que le golpeaba los oídos se quedó en silencio.
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La Gran Basílica de San Sebatus
Era el templo más imponente de toda la región sur, como corresponde a un lugar que custodia los restos sagrados de un santo. Además, era la sede donde el mismísimo Papa ejercía su autoridad.
Tenía cuatro agujas gigantescas, una cúpula de mármol que brillaba de un blanco purísimo, un montón de pináculos que se alzaban como espigas de trigo y relieves de santos tallados sobre los arcos redondos. Parecía un edificio construido con la sola intención de obligar, casi a la fuerza, a que hasta el más incrédulo se arrodillara lleno de respeto.
Él se quedó mirando un momento la estatua de un ángel que sostenía dos lanzas cruzadas, como si estuviera cuadrando a los fieles con la mirada, luego siguió caminando.
El canto elegante del coro rebotaba por todos los rincones del templo, dejando un eco lejano. Mientras avanzaba pisando esas melodías como si fueran granitos de arena, jugueteaba con el rosario que llevaba colgado al cuello. Él no era de los que tenían tics nerviosos con las manos, pero tenía la cabeza tan hecha un nudo que no pudo evitarlo. Todo era por culpa del oráculo.
[La calamidad descenderá]
Fue un mensaje de Dios que les cayó de la nada a los tres arzobispos.
[Preparen el rastro divino]
La voz severa de Dios se resumió en esas dos únicas frases.
Como era de esperarse, se armó un chongo tremendo por cómo interpretar el oráculo. No sabían qué significaba: si se venía una guerra o si se trataba de un desastre natural como un terremoto o una inundación. Las opiniones estaban divididas, pero al poco tiempo todos llegaron a una sola conclusión.
Para la gente común, una ‘tragedia’ sería una tormenta, un huaico o un desbordamiento; pero para los clérigos, lo primero que se les vino a la mente fue la ‘prueba de la desgracia’ que había reencarnado en esta tierra.
Cruzando las montañas del norte y siguiendo el río por nueve días, se encontraba ‘aquel templo’ en esas tierras frías y sombrías.
Un ser que alguna vez habitó en lo más alto del cielo, pero que fue desterrado a este mundo por sus pecados. Una divinidad caída. La reencarnación del mal. Algo siniestro y sucio…….
Los viejos de más rango estaban asustados como niños, haciendo un escándalo y diciendo que, por fin, el sello de ese dios malvado se iba a romper para esparcir enfermedades terribles y pecados por todos lados.
Gritaban que esta vez no debían sellarlo, sino que tenían que eliminarlo de una vez por todas; que esa era la única forma de proteger lo sagrado.
Pero, ¿cómo diablos se supone que un simple humano pueda matar a un dios?
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