Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 36
Después de un silencio, llegó su respuesta.
—¿Cómo lo supiste?
‘¿Cómo no lo voy a saber?’
Había hecho sonar sus pasos a propósito para que se enteraran, por si fuera poco, hasta se había aclarado la garganta de forma exagerada.
Él golpeó la puerta con un toque casi como una caricia y preguntó:
—¿Puedo pasar?
—No……
Liliet estuvo a punto de negarse por instinto, pero se calló. Recién se despertaba, tenía el cabello hecho un desastre y su ropa no era más que un camisón. Normalmente, jamás se habría dejado ver en un estado tan impresentable, pero… necesitaba el calor de alguien para calmar su ansiedad. Aunque fuera un consuelo mentiroso.
Murmuró algo casi inaudible, un susurro que Arden captó al vuelo. Él abrió la puerta de inmediato.
Al verla ahí, toda desganada y sin fuerzas, él le dedicó una mirada llena de compasión. Le acarició la frente con ternura, pero en la comisura de sus labios bailaba una sonrisa ambigua. Ella sabía que no era su imaginación: él se veía extrañamente feliz de verla así.
—¿Qué pasa? ¿Te duele algo?
—No es eso… es solo que…
—¿Tuviste un sueño triste?
—… Sí.
—Vaya, vaya.
Él soltó un suspiro de lástima y se inclinó hacia ella. Liliet, esquivando sus labios que se acercaban rápido, se escondió bajo las mantas hasta la cabeza. Pero a Arden no le importó y le plantó un beso sobre la tela.
—¿Qué tendría que hacer para que te sientas mejor?
Con sus dedos largos y elegantes, empezó a acariciarle el cabello y la oreja, como quien mima a una niña enferma. Enredaba sus mechones entre sus manos y luego los dejaba caer como si fueran arena.
Liliet sintió que esa sensación de ‘agua sucia’ que tenía en el pecho se iba purificando poco a poco bajo su toque. Sin darse cuenta, se entregó a sus manos y movió la cabeza como pidiendo más mimos, él respondió con caricias aún más suaves.
Sin embargo, ese toque cálido y pausado no tardó en volverse… diferente. Empezó a juguetear con el lóbulo de su oreja y luego bajó por su cuello, como si lo arañara suavemente, hasta colarse con lentitud bajo el cuello de su ropa.
Ella se estremeció y encogió los hombros. Arden, haciéndose el que no entendía nada, ladeó la cabeza. ‘Este hombre…’, pensó ella. Estiró la mano y lo jaló de la ropa hacia abajo. Arden, exagerando su sorpresa con un ‘oh’, se dejó arrastrar.
—Qué activa estás hoy. Me vas a dar un infarto.
—Arden.
—Hasta me llamas por mi nombre.
—Cárgame… en tu espalda.
—Hoy estás como una niñita. ¿Tan feo fue ese sueño?
—… Si no quieres, dímelo y ya.
—¿Y cuándo he dicho que no quiero?
Él soltó una risita burlona y se dio media vuelta al toque, ofreciéndole su espalda ancha. Era una espalda que se veía mucho más grande y fuerte que cuando se conocieron.
Liliet dudó un segundo, pero luego le rodeó el cuello con los brazos. Él se levantó con una facilidad increíble. De pronto, ella se sintió tan alto que lo abrazó con más fuerza por puro instinto. El suelo se veía peligrosamente lejos.
—¿Vamos al jardín así? Para que te dé un poco el aire.
—No quiero. Qué vergüenza.
—Pero si no hay nadie mirando.
—Igual.
—Mmm.
Él soltó un sonido gutural, como si no entendiera qué tenía de vergonzoso, pero le hizo caso. No salió de la habitación, sino que empezó a dar vueltas por el cuarto. Una vez que Liliet se acostumbró a la altura, le pareció divertido ver todo desde esa perspectiva tan diferente.
Ir en su espalda era sumamente estable, no sentía ni un poquito de inseguridad. Se sentía tan cómoda que hasta podría haberse quedado dormida ahí mismo. Apoyó la cabeza con confianza y lo abrazó por los hombros.
—Si me abrazas así, se me hace difícil.
murmuró Arden, aunque no se le escuchaba para nada agitado ni cansado.
Liliet ladeó la cabeza, confundida.
—¿Peso mucho?
—Imposible. Me refería a que es difícil en otro sentido.
—¿Ah?
—Por mí, yo feliz en cualquier momento, pero como dijiste que te sentías mal…
Liliet seguía sin captar la onda y parpadeó confundida. Entonces, Arden se detuvo y le dio un apretoncito juguetón en el traserito antes de soltarla.
Recién ahí ella entendió todo y le arranchó un mechón de ese cabello rubio tan finito que él tenía.
—¡Pervertido! Qué bajo has caído, Arden.
—Oye, eso es injusto. Si tú fuiste la primera en pegarme todo el pecho a la espalda… ¡Ay, ay! Ya, ya entendí. Mala mía, perdóname.
Arden se rindió al toque aunque ella solo lo había sacudido un poquito. Liliet sacudió las manos como limpiándose los cabellos que se le habían salido en el pecho de él, Arden empezó a reírse, haciendo que sus hombros temblaran.
—De verdad, creo que eres la única persona en el mundo que se atreve a agarrarme de las mechas así.
—Es que el Arzobispo es un caballero, pues.
—Mmm, tienes razón.
—¿Cómo es posible que de alguien como él saliera un…?
—¿… un manguán como yo? ¿Eso ibas a decir?
—Bueno…
Ella dejó la frase en el aire. En verdad, lo que quería decirle no era solo ‘manguán’, sino un ‘pervertido, mañoso y malcriado de lo peor’. Arden simplemente se encogió de hombros.
—Uno es lo que ve y lo que aprende, ¿no crees?
—Mentira, no te creo nada.
—Mentir no es mi especialidad.
—¡Pero si lo estás haciendo ahorita mismo!
—¿Yo? ¿Cuándo? Yo siempre soy transparente contigo.
Ante su respuesta tan conchuda, Liliet solo lo abrazó sin decir nada. Le dio un poco de roche, pero se sintió bien al escuchar a Arden quejarse otra vez, como si le doliera el abrazo más que antes. Se acomodó en esa ‘cuna’ suave, aunque un poco malintencionada, cerró los ojos.
‘Ojalá corriera un poco de viento’, pensó.
Pero si abría la ventana con el frío que ya hacía, el cuarto se iba a poner como una heladera. Respirando ese aire encerrado, soltó un murmullo sin darse cuenta:
—Me quiero ir…
—¿A dónde?
—…
—¿A tu casa?
—… No.
Ya no tenía casa a donde volver. Se había quemado hace muchísimo tiempo.
Liliet apretó los brazos alrededor de su cuello y sintió cómo el cuerpo de Arden se ponía rígido de pronto. Sabía que ese era un tema delicado para él. Así que se apuró en aclarar:
—Quiero ir a la colina.
—¿… A la colina?
—Sí. A la colina más alta del pueblo. Desde la cima se ve todo el lugar y el viento sopla con una fuerza increíble. Extraño ese viento…
Ese sonido del viento zumbando en sus oídos, moviéndola tanto que sentía que se iba a caer, donde no se escuchaba nada más que el aire golpeándole la cara. Esa vista que se movía como si estuviera bajo el agua detrás de sus ojos llorosos… la extrañaba.
Extrañaba hasta los susurros de la gente que decía que era una ‘chica salada’ y que no se le acercaran, las caras de asco cuando la veían y hasta los dedos que la señalaban diciéndole que no tenía vergüenza. Cuando ya no aguantaba más todo eso, Liliet subía a la colina.
La colina no tenía cercas y no le prohibía el paso a nadie por ser ‘infeliz’. La subida era suave, pero el barranco que daba al pueblo era tan empinado que un mal paso significaba irse derechito al otro mundo.
Tal vez, en el fondo, esperaba que pasara algo. Que un ventarrón fuerte la empujara al vacío. Si su destino era tan piña, quería que terminara de una forma así de absurda y vacía.
Pero el viento nunca la empujó.
Se quedaba ahí mirando el pueblo, que se veía chiquito pero no lo suficientemente lejos, dejaba que el aire se llevara sus lágrimas. Cuando el viento helado le recorría el cuerpo, sentía que el hueco que tenía en el alma se hacía más grande, como si algún día ese vacío se la fuera a tragar entera.
‘Qué raro es el ser humano’, pensó. Algunas heridas sanan solas si las dejas tranquilas, pero uno a veces se empecina en hurgarlas para que duelan más. Es extraño llorar de dolor y, al mismo tiempo, sentir que ese dolor te hace sentir viva.
Al cerrar los ojos, casi podía escuchar el silbido de ese viento frío. Soltó un suspiro y le tocó el hombro a Arden para que la bajara, pero él se le adelantó.
—¿Solo tiene que ser un lugar alto?
—¿Eh?
—Espera un momento.
La bajó con cuidado y salió del cuarto. No pasaron ni dos parpadeos cuando regresó como el viento y le echó una capa sobre los hombros.
—Póntelo.
—¿Qué?
—Te voy a llevar.
—¿A dónde…?
Sin dejar que terminara, le metió los brazos en las mangas de la ropa, le puso la capucha hasta las cejas y le dedicó una sonrisa de oreja a oreja. Liliet sabía que no saldrían al exterior, pero aun así tenía un mal presentimiento.
Antes de que pudiera protestar, Arden ya la estaba jalando de la mano.
—¿A dónde? ¿A dónde vamos?
—Ya verás cuando lleguemos.
‘Obvio que lo sabré cuando llegue’
frustrada. Arden solo le daba respuestas obvias mientras la arrastraba.
Corrieron por los pasillos que conectaban su habitación con el centro del templo, atravesaron el gran salón, la entrada de la capilla y pasaron entre las bancas. Iban de la mano, corriendo por el interior del templo silencioso como si fueran dos ciervos escapando de un cazador. Se sentía extraño correr así por un lugar que parecía una ruina abandonada donde solo estaban ellos dos.
Arden pasó de largo las viejas bancas de la capilla y la guio hacia el coro, donde estaba el órgano de tubos. Los tubos se estiraban tanto que parecían tocar el techo; aunque el instrumento llevaba tiempo descuidado, todavía imponía con un aire solemne y majestuoso.
Por un momento, ella pensó que tal vez él le tocaría alguna pieza. Pero no. Arden la llevó detrás del órgano. Ella siempre creyó que el instrumento estaba pegado a la pared, pero había un espacio justo para que pasara una persona.
—¿Qué… qué es esto?
—Sube, Lili.
—¿Ah?
Él jaló una palanca en la pared y una escalera descendió. Liliet miró con desconfianza la escalera y luego a Arden. Él se encogió de hombros.
—¿Quieres que vaya yo primero?
—¿No sería mejor?
—A mí me da igual. Pero si tú vas primero y te caes, no podré atraparte. ¿Segura que estás bien con eso?
—… No se te ocurra mirar hacia arriba. No te lo voy a perdonar.
—Hubiera sido mejor que no dijeras nada. Ahora que me prohíbes mirar, me dan más ganas de hacerlo.
Ella apretó los labios y lo miró con fijeza. Arden soltó una risita y le juró solemnemente que no miraría hacia arriba por nada del mundo.
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