Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 31
Smack.
Sus labios chocaron ligeramente y, acto seguido, una lengua se deslizó de a pocos, recorriendo la superficie. Los labios, que la lamían con una parsimonia que decía que no había ningún apuro, estaban a punto de devorarla por completo cuando, de pronto, Lilliet apoyó las manos en el pecho de él y echó el torso hacia atrás.
Al ver que ella se alejaba justo después de actuar como si fuera a entregárselo todo, el Dios torció la boca en un gesto de fastidio. Lilliet, frotando sus palmas contra ese pecho firme como la tierra misma, abrió la boca con timidez.
—Esto… no me había atrevido a preguntarle antes por miedo a que se enoje.
—Vaya, pensé que mi sierva era puramente ingenua, pero veo que tienes tu lado astuto. Si empiezas diciendo algo así, ya no puedo enojarme, ¿no crees?
—¿Se va a enojar?
—Primero cuéntame.
Él apoyó la mandíbula sobre su enorme puño y asintió con la cabeza, como diciéndole que hablara de una vez. Lilliet movió los dedos con nerviosismo y soltó las palabras lentamente.
—Yo soy una ofrenda consagrada a usted, ¿verdad, señor Mut? Por lo tanto, todo lo que soy le pertenece a usted, ¿cierto?
—Así es.
El Dios respondió como quien dice que el sol sale de día y la luna de noche; era algo obvio. Una sombra de tensión cubrió el rostro de Lilliet.
—Entonces, lógicamente, si beso a otra persona… ah, ¿eso no estaría bien, verdad?
—¿Por qué me haces esa pregunta? ¿Con quién quieres hacerlo?
Aunque su rostro sonreía y su tono era tan dulce como de costumbre, por alguna razón a Lilliet se le puso la piel de gallina. Sacudió la cabeza frenéticamente.
—No es que quiera hacerlo, es que ya lo hi… ¡ay!
—Ajá, ¿así que me estás informando después de haber hecho la gracia? Qué mala conducta la tuya.
—No, bueno, es que… esto… ¡lo siento mucho!
—¿Con quién?
Lilliet, que intentaba balbucear una excusa, lo primero que hizo fue agachar la cabeza. El Dios le tomó la barbilla con suavidad para que lo mirara y volvió a preguntar.
¿Será que… no está enojado?
Como solo podía ver su boca, no lograba descifrarlo.
—¿Conoce a Arden?
—Cómo no lo voy a conocer. No hay forma de que no conozca a mi propio siervo. ¿Fue con él?
—Sí, sí. De verdad, lo siento muchísimo. Si me dice que no lo vuelva a hacer, no lo haré nunca más, así que por favor no se moleste conmigo.
—Con él no hay problema.
—¿Eh?
—Eso sí, fuera de Arden, no se te ocurra besar a ningún hombre ni a ninguna mujer. Porque cualquier humano que te bese empezará a pudrirse desde la zona donde te toque.
—……!
—Así que, si no quieres matar a la otra persona, mejor no aceptes nada a la ligera. Ahora, si los quieres matar, adelante, hazlo cuanto quieras.
Soltó aquellas palabras crueles con una voz tan benevolente y cariñosa como si nada. Lilliet juntó las manos como si estuviera rezando y asintió con un fervor desesperado.
¡Dios mío, pudrirse vivo! Solo de imaginarlo se le ponía la carne de gallina.
—Jamás, prometo que no lo haré.
—Mmh.
Ante su declaración desesperada, el Dios sonrió satisfecho.
—Y bien.
—¿Sí?
—¿Te gustó ese chico?
—Este… mmm…
—Si lo hiciste, debe ser porque te gustó. ¿O te obligó?
—No fue eso, pero…
La voz del Dios, que preguntaba con una intención oculta, era difícil de descifrar. Lilliet no tenía idea de qué respuesta esperaba él, así que no pudo contestar de inmediato y solo movió los ojos de un lado a otro, confundida.
No sabía la razón, pero el hecho de que él aceptara a Arden sugería que le tenía aprecio; aun así, una palabra en falso podría desatar una ira innecesaria. No quería que Arden saliera lastimado o sufriera por su culpa. Tras pensarlo mucho, Lilliet agarró con fuerza el borde de la túnica holgada del Dios y respondió:
—Me gustó. Pero me gusta mucho más hacerlo con usted, señor Mut.
—…….
—Muchísimo, muchísimo más. No hay punto de comparación.
—…Ajá.
No se sabía si era un suspiro o una burla.
Ante esa confesión tartamudeada y con la mirada gacha por la vergüenza, el Dios Malvado torció el gesto. Como siempre, era una sonrisa de una naturaleza ambigua, imposible de identificar.
—Mmm.
gruñó él, el torso sobre el que ella estaba sentada vibró levemente. Se sintió como si una serpiente se hubiera enroscado dentro de su vientre.
—Mi sierva me alegra el día con sus dulces labios. ¿Cómo debería recompensarte?
—No es que lo haya hecho esperando un premio…
—El sistema de premios y castigos debe ser claro. Es deber de un amo distinguir entre ambos y dar lo que corresponde. Como te has portado bien, te voy a engreír un montón.
—¿Qué? ¿A qué se refiere…? ¡Ah…!
Ella quiso objetar, pensando que para él los premios y los castigos eran básicamente lo mismo, pero tuvo que cerrar la boca de golpe. Sintió algo frío y húmedo rozarle el tobillo, y de pronto, eso comenzó a trepar por su pierna.
Lilliet encogió el cuerpo, asustada.
—Se… señor Mut. ¡Siento algo raro en la pierna…!
—No te asustes. Eso también es parte de mí.
—¿Qué?
¿Cómo que ‘parte de él’? ¿Qué significaba eso?
Bajó la mirada a toda prisa y vio una silueta negra, como si fuera ceniza apelmazada, que se enroscaba en su pierna y subía rápidamente. Tenía la forma alargada de una serpiente, pero a diferencia de una, su contorno era turbio y difuso. Ella movió las manos desesperadamente para quitárselo de encima.
Sin embargo, por más que intentaba apartarlo, sus manos atravesaban la figura como si fuera niebla; no podía sujetarlo ni tocarlo.
—¡No venga, no! ¡Por… por favor, no…!
Abrió las manos y trató de atraparlo con fuerza, pero la silueta negra se escurrió entre sus dedos y se metió directamente bajo la falda. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo cuando sintió ese frío glacial rozar sus partes más íntimas.
Por instinto, Lilliet cerró las piernas y comenzó a llamarlo fuera de sí.
—¡Quítemelo, señor Mut! ¡No quiero esto! ¡Me da… me da cosa…!
—No da miedo. Confías en mí, ¿verdad, Lili?
—Confío en usted, pero… pero esto es… ¡ah!
—Eso, qué buena niña.
Una cosa era confiar en él y otra muy distinta era que una criatura extraña la estuviera acariciando ahí. Lilliet tironeó de la silueta negra aun sabiendo que era inútil. Sus piernas, cerradas a la fuerza, temblaban sin parar.
El Dios, que la miraba como si fuera lo más adorable del mundo, esbozó una sonrisa malévola. Era un rostro tan perverso que hacía que el corazón se diera contra el suelo.
Él forzó sus piernas para que se abrieran de par en par.
—¡Ah, no!
Entonces, como si hubiera estado esperando ese momento, la silueta negra se frotó contra la cara interna de su entrepierna, que al no llevar ropa interior, quedó totalmente expuesta.
—¡Mmh!
Lilliet dio un respingo, su cintura se arqueó como si le hubiera caído un rayo.
Cuando intentaba sujetarla con las manos no sentía nada, pero ahora que la criatura se frotaba contra su intimidad, su presencia era abrumadoramente clara. Se sentía como musgo húmedo cargado de agua, o como una serpiente de escamas rugosas.
Desde la entrepierna hasta el ombligo, el pecho y la nuca. Cada vez que esa cosa desconocida rozaba su piel, un frío electrizante le recorría la columna.
Lilliet parpadeó rápido y sacudió la cabeza.
—Es extraño. No quiero, señor Mut. Por favor, detenga esto…
—Aguanta solo un poco y te sentirás bien. ¿Cuándo te he hecho daño yo? Abre la boca. Déjame chuparte.
—Mmh, ah… no…
—Pero si te encanta. Si hasta mojas todo con solo lamerte la lengua.
Él recorrió los labios de ella con su larga lengua y, de inmediato, le abrió la boca para succionar su carne interior con suavidad.
Mientras su lengua hurgaba por toda la boca esparciendo un fluido pegajoso, la lengua de Lilliet se entumeció y sintió que la cabeza le hervía.
—Mmh, ah… hnn…
Esa sombra sin forma, pero con una presencia evidente, recorría suavemente su parte baja.
Splap, splap. Como si le diera besos, la sombra se frotaba contra su carne y hurgaba despacio en el orificio que goteaba un ralo flujo de deseo. Sus muslos temblaban descontroladamente ante ese placer perverso.
—¡Ah, mmh… ah…!
—Eso, qué buena niña. Relaja el cuerpo. Pronto te sentirás muy bien.
Shhh.
El Dios silbó entre sus labios mientras le abría las piernas aún más. Debido a la sombra que se había metido bajo su ropa, su fina túnica se hinchó como si varias pitones estuvieran enroscadas ahí dentro. No podía contar cuántas eran.
Al ver esa escena tan bizarra y grotesca, sus extremidades temblaban como gelatina. Tenía miedo, estaba aterrada, pero en medio de todo eso, un placer escalofriante la invadía, dejándole la mente hecha un desastre. No quiero, tengo miedo. No lo haga…
—¡Hah, ah… mmh!
Sin embargo, lo único que salía de su boca eran gemidos ahogados y entrecortados. Y la mitad de ellos estaban cargados de puro éxtasis.
Esa lengua bífida, cargada de una risa siniestra, se encargaba de lamer cada uno de esos gemidos.
Splap, splap.
Esa masa húmeda y pegajosa se adhería a su vulva, lamiéndola de adelante hacia atrás con un sonido viscoso. La criatura, dividida en varios tentáculos, presionaba y penetraba al mismo tiempo su entrada, su parte trasera y el perineo.
Era como si su tren inferior hubiera sido devorado por completo por un monstruo de mil lenguas.
—Ah… ah… ah…
Lilliet manoteaba el aire sin encontrar de dónde sostenerse, pataleando sin saber qué hacer. Unas manos enormes sujetaron con firmeza su cuerpo que no dejaba de retorcerse.
—Eso, qué buena niña.
Él rió por lo bajo mientras le pasaba la lengua por toda la mejilla. Parecía realmente complacido de verla temblar de placer.
La sombra que cubría su sexo terminó por arrancar lo que quedaba de su ropa y extendió sus garras negras hasta su pecho.
Como una serpiente con las fauces abiertas, rodeó sus pezones y empezó a succionar como si estuviera ordeñándola; Lilliet sintió un calor abrasador, como si le hubieran echado brasas encima.
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