Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 30
Sss…
Una serpiente se deslizó sin ruido cerca de sus pies. Lilliet se sobresaltó, pero estaba tan exhausta que no tenía fuerzas ni para retroceder.
Muérdeme si quieres. Que no duela, hazlo suavemente. Si me muerdes, quizás pueda dormir para siempre.
—Lilliet, Lili, por favor…
Los sollozos desde el fondo del barranco rebotaban contra las rocas y las hojas secas.
—Sálvame. Tengo miedo, mamá… Creo que se me rompió la pierna. Hay mucha sangre. Me voy a morir aquí… Sálvame…
La voz, que antes gritaba con todas sus fuerzas, comenzó a debilitarse como una vela que se apaga con el viento.
—Lili, sálvame. No me dejes sola…
Esa voz frágil y suplicante le partió el alma. Lilliet cerró los ojos con fuerza, se puso de pie de un salto y gritó hacia la oscuridad:
—¿Señorita? ¿Señorita Lariette? ¿Está ahí?
—¿Lili? ¡Sí, aquí estoy! ¡Baja rápido, por favor!
—Espere un momento. ¡Iré a buscar ayuda, traeré a los demás!
—¿Qué? ¡No! ¡No te vayas! ¡No me dejes, no me abandones!
—No la voy a abandonar. ¡La salvaré, pero no se mueva!
—¡No te vayas, no te vayas, Lili!
Dejando atrás a la niña que le suplicaba con amargura que no la dejara, Lilliet corrió frenéticamente por el bosque. Atravesó la oscuridad que parecía empujarla suavemente por la espalda; corrió con todas sus fuerzas aunque las ramas la hirieran y terminara cubierta de barro. Fue rasgando su falda para dejar jirones en las ramas como señales y voló hacia la mansión.
Para bien o para mal, el barranco no era tan alto. La señorita solo tenía raspaduras y un esguince leve de tobillo. Cicatrices que desaparecerían en un par de semanas sin dejar rastro.
—¡Niña estúpida y malvada! ¡Cómo te atreves a huir para salvarte tú sola!
—No… no estaba huyendo, ¡ay!
—¡Maldita seas!
—¡Señora, por favor, cálmese!
—¿Cómo me voy a calmar? ¡Traigan el látigo de las caballerizas ahora mismo!
—Es solo una niña, señora… tenga piedad…
Lilliet fue azotada en las pantorrillas hasta que brotó la sangre, acusada del crimen de abandonar a su ama. Solo se libró del látigo de cuero porque los sirvientes intervinieron desesperadamente. Los golpes de la vara de arbusto dejaron marcas en sus piernas que aún hoy parecen cicatrices de quemaduras.
Pero lo que más le dolió, más que los azotes, fueron las manos de los padres de la niña. Esas manos que abrazaban con ternura a la pequeña que lloraba, que la consolaban con calidez. Ese gesto le dolió mucho más que los insultos, los gritos o los puños amenazantes. Cerró los ojos porque no podía soportar verlo.
—¿Tuviste un mal sueño?
Unos dedos fríos rozaron sus párpados. Ella parpadeó, aturdida. Esa mano envuelta en una frialdad ya familiar retiró suavemente una lágrima que ella ni siquiera sabía que se le había escapado.
Cuando su visión se aclaró, el pecho de él, ligeramente expuesto bajo una túnica holgada, se movía frente a su nariz. Lilliet, con las mejillas encendidas, se frotó los ojos con fuerza. Él sopló con suavidad para que se detuviera y acarició su mejilla húmeda con delicadeza. Lejos de calmarse, su visión volvió a nublarse por la emoción.
—… No lo recuerdo bien.
—¿Ah, sí?
—Creo que… era algo triste.
Apoyándose en la mano que la mimaba, murmuró bajito, el dios comenzó a darle palmaditas rítmicas en la espalda. El cuerpo de él, sobre el que ella estaba recostada como si fuera una cama, era duro y frío, pero se sentía cómodo y agradable.
¿Se sentiría así estar sobre una nube? No. Era más bien como una cama hecha de escarcha y hielo, nada blanda ni esponjosa.
Había pasado ya bastante tiempo desde que llegó a este lugar. El dios solía ser lujurioso la mayor parte del tiempo, pero a veces simplemente la abrazaba y la acariciaba en silencio. Incluso en esos momentos la besaba con intensidad y recorría su cuerpo con las manos, pero no iba más allá. Como si le bastara con sentirla respirar a su lado.
Aquel refugio que antes parecía una prisión de hielo se había transformado, para Lilliet, en el único lugar donde su alma no tiritaba de soledad. Le gustaba cuando él la estrechaba hasta quitarle el aliento, pero prefería aún más esos momentos de quietud, apoyada en su pecho firme, escuchando esa respiración tenue que parecía el único motor de aquel mundo vacío.
—Lo siento… me quedé dormida.
se disculpó ella, tallándose los ojos.
—A mí me gusta.
respondió él con esa voz que siempre parecía esconder un secreto.
—Si tienes sueños tristes, despertarás llorando y te aferrarás a mí pidiendo consuelo.
Él le robó un beso rápido en la barbilla. Sus labios, siempre perfectamente trazados, dibujaron una curva elegante.
—Entonces podré abrazarte y besarte hasta que no puedas llorar más. Ese es mi mayor placer y mi recompensa.
—Señor Mut, le gusta demasiado besar…
—Es porque tus labios son dulces. Podría succionarlos eternamente sin cansarme.
—A veces usted es…
Lilliet dudó. No se atrevía a decir que era un ‘pervertido’ o que hablaba como un hombre mayor que disfruta acosando a una joven.
—Muy pícaro…
—¿Solo a veces?
rio el dios, con los labios torcidos con ironía.
—… Frecuentemente.
Al verla responder con esa mezcla de timidez y firmeza, él soltó una carcajada silenciosa que hizo ondular su velo. La cubrió de besos por todo el rostro, casi con avidez, como si quisiera devorarla a pedazos.
—¿Ya no necesito consolarte?
—No. Ya ni siquiera recuerdo el sueño.
—Vaya, qué lástima. Deseaba que me suplicaras que te abrazara hasta que olvidaras cualquier pesadilla.
Él acarició con pereza la curva de su cintura, una caricia cargada de intenciones impuras. Lilliet tembló levemente y bajó la mirada. Bajo el velo, esos labios rojizos —el único color vivo en medio de tanta palidez— mantenían una sonrisa constante. Ella, con atrevimiento, rozó esos labios con la punta de sus dedos. El dios no se molestó; al contrario, estrechó su agarre invitándola a seguir.
—Señor Mut… ¿usted no sufre?
—¿Hmm?
—Es que… siempre está sonriendo.
Según el arzobispo Gillian, un dios caído debería estar sumido en la agonía. Expulsado del cielo, sellado en este mundo miserable… Lilliet no podía imaginar la magnitud de esa humillación y dolor. Pero Bahramut siempre parecía estar divirtiéndose.
El dios soltó una risa baja y tomó la mano de ella para besarla.
—Por supuesto que sufro. Siento como si mi cuerpo se quemara vivo y como si alguien me partiera el cráneo con un hacha a cada segundo. Mis pulmones arden como si respirara chispas de fuego. Es una agonía constante por existir en un lugar que no me permite ser.
Lilliet abrió mucho los ojos. Si le dolía tanto, ¿cómo podía…?
—¿Cómo puede sonreír entonces?
—Porque estás tú.
Sus labios pasaron de los nudillos a las puntas de sus dedos, succionando uno de ellos con lentitud. Su lengua, húmeda y ágil, provocó un escalofrío que recorrió la columna de Lilliet hasta perderse en su vientre.
—Solo cuando entrelazo mi cuerpo con el tuyo y te beso, puedo olvidar el dolor.
—¿De… de verdad?
—Sí. Por eso me vuelvo loco por ti. Tu aliento es lo que me mantiene vivo. No puedo separarme de ti ni un instante.
—Si me lo hubiera dicho antes…
—¿Qué? ¿Me habrías entregado tu lengua para que pudiera morderla y saborearla hasta que se deshiciera?
Lilliet, con el rostro encendido como una brasa, asintió. La sonrisa del dios floreció aún más.
—Usted me dio un lugar donde quedarme. Haría cualquier cosa por ayudar…
—Me hace feliz.
susurró él.
—Realmente feliz…
Pero, por un breve segundo, sus comisuras, que siempre apuntaban hacia arriba, cayeron. Fue un destello de tristeza o quizás de algo más oscuro que desapareció tan pronto como llegó. Volvió a mostrar esa sonrisa de media luna y atrajo la mandíbula de Lilliet hacia él.
—Entonces, veamos qué tan bien puedo saborearte.
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