Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 28
—¿Eh, Nini?
—……¿Nini?
Arzobispo Gillian levantó la cabeza de un porrazo. Liliet, sonriendo con ternura, acarició a la serpiente que en un segundo se le había trepado por el cuerpo y ahora apoyaba la cabeza en su hombro.
—Sí, Nini. Es que su nombre original es muy largo pues. Y parece que a Nini le gusta.
—Jaaa…….
—Usted también lo sabe, ¿no? Es el animal sagrado que él cría.
—Mmm.
Liliet agarró a la serpiente por los mofletes y se la acercó para que la viera bien. El arzobispo Gillian la miró con una cara de pocos amigos y soltó una risita que sonó más a un suspiro de resignación.
—¿A poco no es una lindura? ¿Será una falta de respeto decir eso? Pero es que es demasiado adorable.
¿A que sí, Nini?
Mientras le sobaba la cabecita lisa, la serpiente hizo vibrar su lengua delgadita y empezó a sacudir la cola como loca, toda feliz.
De pura casualidad —o quizás a propósito—, la cola que se movía con tanta fuerza golpeó el tintero. El arzobispo Gillian, antes de que la tinta terminara empapando el libro, reaccionó al toque y chapó el frasco. Con una agilidad que no iba con su edad, el arzobispo logró salvarlo y murmuró fastidiado:
—Ya no sabe ni qué inventar…….
—¿Perdón? ¿Qué dijo?
—Nada, nada.
El arzobispo le contestó de forma tosca y volteó la cara.
Haciéndose el loco, como si no viera nada, como si no hubiera nadie ahí.
Era la misma actitud que tenía con Arden. A Liliet le pareció raro y hasta un poco atrevido que tratara así a un animal sagrado criado por un dios.
—Oiga, arzobispo, ¿a usted tampoco le gustan las serpientes?
—……No es que me caigan mal, pero.
—¿Entonces se molestó porque la trato con mucha confianza?
—Mmm…….
Él negó con la cabeza. Pero igual, en su frente se le marcaba una arruga tan profunda como su fastidio. Se quedó rascándose debajo de la barbilla con la punta de la pluma, como buscando las palabras exactas, carraspeó.
—No es que tengas que andar con cuidado, pero igual, no la tengas tan cerca. Una serpiente es…… una bestia salvaje.
Apenas terminó de decir eso, la serpiente abrió la boca mostrando sus colmillos fríos y empezó a vibrar de forma extraña.
Parecía que le estuviera diciendo: ‘¿Acaso me has visto cara de animal zonzo que muerde a cualquiera? Y aunque así fuera, ni loca mordería a un viejo acabado como tú’.
El arzobispo puso una cara todavía más amarga. Liliet acarició a la serpiente como para calmarla mientras ella seguía siseando. De pronto, la serpiente, que hace un rato lanzaba la lengua como si quisiera morder a alguien, se puso a frotar su cabeza contra la palma de su mano.
Mirando la escena con dulzura, Liliet le plantó un beso en la cabecita.
—Es tan valiente y buenita. Hasta me da besos.
—…….
—Nini, ¿quieres darle un beso al arzobispo también?
En el mismo instante en que la serpiente hizo vibrar la lengua con fuerza, la cara del arzobispo Gillian se deformó de una manera horrible. Su rostro se agrietó como si fuera corteza de árbol vieja y se cubrió la cara con las manos.
Se quedó un buen rato quejándose en voz baja, sin poder levantar la cabeza, hasta que por fin pudo responder.
—Discúlpame, pero es que yo…… no paso a las serpientes.
—¿Eh? ¿En serio? A mí al principio también me daban cosa, pero si las miras bien son bien bonitas…… Ay, perdón, Nini. Solo lo pensé al comienzo, ahora ya no. Ahora eres la cosa más linda del mundo.
Shhh,
Era una situación bien incómoda de ver: por un lado, una chica hablando en serio con una serpiente, por otro, la serpiente respondiéndole como si fuera una persona.
Arzobispo Gillian no aguantó más y soltó un suspiro largo. Liliet se levantó y agachó la cabeza.
—Lo siento, arzobispo. Ya no le quito más el tiempo, lo dejo trabajar.
—Mmm…….
El arzobispo no dijo ni sí ni no, pero asintió con una cara que delataba un alivio total. Liliet ya se estaba yendo, pero de pronto se detuvo y asomó la cabeza como si se hubiera acordado de algo.
—Verdad, arzobispo. ¿Y qué comerán las serpientes?
—Pues lo de siempre: ratones, lagartijas, bichos… esas cosas.
—¿Pero un ratón no será muy cochino?
—No pasa nada, no hay problema. Si le tiras los ratones que caen en las trampas de la cocina, se los va a comer feliz.
El arzobispo le contestó de forma cortante sin voltear a verla. Sin embargo, en su voz se sentía como si tuviera una pequeña sonrisa escondida.
Ella le dio las gracias y salió de la sala. ‘De hecho que le deben gustar los ratones’, pensó. Liliet fue directo al granero, sacó un ratón de la trampa y se lo ofreció a la serpiente.
Pero la serpiente se quedó mirando al ratón con indiferencia, lanzó un lengüetazo fuerte hacia ella y, al final, se perdió entre las sombras.
Liliet hizo una mueca mientras balanceaba al ratón por la cola.
—¿En serio no vas a comer? ¡Y eso que me costó atraparlo……!
Qué mal agradecida.
Serpiente malvada.
Al final, a Liliet no le quedó de otra que enterrar al ratón muerto en un rincón de la huerta. ¡Atchís!, estornudó por el frío que se sentía. Se abrazó los brazos temblando y empezó a renegar de los pesados de los sirvientes.
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—¡Atchís! ¡Mierda!
El hombre soltó un estornudo estruendoso y escupió un insulto. Bosque de porquería.
El nombre del sujeto era James Rohan.
Ya ni se acordaba desde cuándo vivía así, como un animal de monte; el inicio de todo era un recuerdo borroso. Había intentado meterse a los pueblos como un ratero cualquiera decenas de veces, solo para que lo terminaran botando siempre.
Se armó un refugio miserable en lo más profundo del bosque, ponía trampas y pescaba en los riachuelos para sobrevivir. Y si algún guardia o guardabosques lo ampayaba, chapaba sus cosas y se largaba a otro bosque.
Así, vagando sin rumbo por valles alejados, montes y campos, terminó llegando a este bosque maldito.
Que si vive un Dios Maligno o qué sé yo. Si ni en el Dios principal creía, menos iba a creer en uno que ni nombre tenía. Es más, si la gente no se acercaba por miedo, para él era lo mejor que le podía pasar.
Pero lo cierto era que este bosque tenía algo feo, algo sombrío. Casi no se escuchaba el ruido de los bichos, no había animales de caza, hasta los hongos o hierbas que crecen en cualquier lado aquí brillaban por su ausencia.
Crac, crac,
Encima, los cuervos eran demasiados y se la pasaban graznando día y noche; eso hacía que el bosque, de por sí tétrico, se sintiera más pesado todavía.
—¡Ay, carajo! Otra vez nada. Qué salado soy.
Se agarró la panza que le rugía de hambre y revisó la trampa. Pero ni un conejo, ni siquiera una rata de monte se había quedado atrapada. Ya ni sabía cuántos días llevaba sin comer. Lo que sea, con tal de que se pudiera masticar, le venía bien.
Los pedazos de carne seca que guardó en verano y las provisiones del sótano se habían acabado hacía un siglo.
A las justas calmaba el hambre con unos frutos que los pájaros no habían picoteado, pero eran tan chiquitos que, a este paso, se iba a morir de inanición de verdad.
Irse a un pueblo lejano era una vaina porque no tenía fuerzas ni plata, en los pueblitos cercanos ya estaba más que fichado por andar de arrastrado.
De por sí, la gente de campo es bien fregada con los extraños, a un tipo como él se le notaba lo ‘salvaje’ a leguas; nadie le daba chamba de cargador ni le invitaban un vaso de agua. No podía comprar nada ni pedir prestado. Lo trataban literalmente como a un animal con ropa. Como a alguien a quien podían botar o matar a golpes y a nadie le iba a importar.
—Maldita sea…….
James Rohan escupió una raíz dura que estaba masticando y se sacudió las manos. El hambre era una cosa, pero la sed ya lo estaba matando.
Había un riachuelo cerca, pero bajar esa pendiente era un lío y subirla era peor. Menos ahora que no tenía fuerzas ni para cargar sus herramientas.
‘Al pozo… iré al pozo’
Obviamente, en medio de un bosque donde no pasa nadie no iba a haber un pozo, como no podía entrar al pueblo, el único lugar al que podía ir era a ‘ese pozo’.
El pozo de ese templo de mala muerte donde dicen que adoran al Dios Maligno.
Parecía un lugar sin un solo fiel, pero ahí funcionaba esa nota de templo con un sacerdote viejo que vivía solo cuidando su huerta.
Como estaba pegado al bosque, no había muros ni nada, solo un montón de maleza que servía de pared; así que meterse caleta al templo o sacar agua del pozo era papayita, pan comido.
Solo que, por los cuentos de terror que había escuchado y ese aire medio tétrico que rodeaba el lugar, prefería no acercarse si no era necesario.
Pero ahora tenía la garganta seca.
Que me caiga la maldición o lo que sea, me llega. Si ya estoy más salado que calzoncillo de pescador, qué me va a importar. Hasta el mismo diablo se asustaría si me ve en este estado.
Soltó una risita burlona y, con su hacha oxidada en mano, se abrió paso entre los arbustos.
A cada paso la sed se volvía más loca; sentía que si encontraba un charco lleno de caca de caballo, igual metía la cabeza y tomaba como un desesperado.
‘¿Mmm?’
Caminaba ansioso, rompiendo ramas a lo loco, cuando de pronto vio a alguien sacando agua del pozo. James se escondió rápido entre las plantas.
Sus ojos hundidos se abrieron de par en par.
‘¡Es una mujer!’
En este bosque olvidado de Dios, encontrarse con una mujer era increíble. Llevaba una túnica de sacerdote bien ancha, pero se le notaba el busto bien formado y tenía el cabello largo y bonito. Y su cara, que se veía un poco de perfil, era finísima, toda una belleza.
‘Es una mujer, una mujer de verdad…….’
Seguro el viejo ese ya estiró la pata y ella es la que tomó su lugar. Sola y abandonada en este templo tan lúgubre.
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