Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 27
Fris,
Un mechón de cabello se le resbaló, bailando como un espejismo en el borde de su visión. Ella se lo recogió y lo acomodó tras su oreja.
Ras, ras.
Desde la ventana circular, la luz del sol caía en vertical, iluminando un círculo perfecto en el suelo; sobre él, la pluma cargada de tinta se deslizaba como si estuviera planeando.
Los ojos arrugados del viejo arzobispo se achicaron. Parecía tener la vista cansada, pues al poco rato dejó la pluma y se presionó los párpados con los dedos doblados.
—¿Y si se mueve a un lugar donde dé un poquito más de sol?
Liliet preguntó apoyando los dos brazos en el soporte mientras balanceaba los pies.
Aunque la luz entraba por la ventana, solo iluminaba un espacio bien chiquito, así que al menor paso del tiempo, el libro terminaba hundiéndose en la penumbra.
Ante su pregunta, Arzobispo Gillian le contestó de forma algo tosca.
—La oscuridad no es problema.
—¿Entonces?
—Mmm, ya te darás cuenta algún día.
Se restregó los ojos como si quisiera aplastarlos desde adentro por el cansancio y volvió a agarrar el mango de la pluma. Sus manos, que temblaban ligeramente, solo se quedaban quietas cuando sostenía el tintero. Liliet ladeó la cabeza y volvió a apoyar la quijada sobre el dorso de su mano.
La letra de Arzobispo Gillian no era tan elegante como la de Arden, pero era impecable.
Ni un solo trazo se salía de la línea; el tamaño de todas las letras era tan uniforme que parecían impresas en una imprenta, y los ángulos eran de una precisión asombrosa.
—¿No estás aburrida?
Mientras ella miraba embobada las frases que él escribía, el arzobispo preguntó sin quitar la vista del libro. Ya había pasado más de una hora, así que era normal que preguntara. O quizás era una pregunta que llegaba con algo de retraso.
Liliet negó suavemente con la cabeza.
—Para nada. Está interesante. Me da curiosidad.
—Vaya, qué cosas.
En su voz se notaba que estaba entre desconcertado y algo palteado, como no entendiendo qué le podía parecer divertido a ella. Sin embargo, no le dijo que se fuera o que le estorbaba. Simplemente siguió escribiendo en silencio.
Así que Liliet, con toda la confianza del mundo, se quedó mirando cómo trabajaba y soltó un suspiro de admiración.
—¿Cómo puede escribir así, al revés, como en un espejo y sin usar uno?
Arzobispo Gillian tenía las sagradas escrituras a un lado y las estaba transcribiendo en un pergamino nuevo. La única diferencia era que las letras estaban invertidas de izquierda a derecha, como si se reflejaran en un espejo.
Liliet lo había intentado imitar un par de veces y se quedó sorprendida al darse cuenta de que no era tan fácil como parecía.
—Cualquier cosa que hagas por mucho tiempo…
Respondió él lentamente mientras mojaba la pluma en tinta.
—Se vuelve costumbre.
—¿Y cuánto tiempo es eso? ¿Cientos, miles de veces?
—Mmm, con eso no alcanzaría ni de lejos.
—Asu…….
¿Será posible hacer algo tantas veces y por tanto tiempo? Parecía algo imposible incluso si uno le dedicaba la vida entera. Ella se quedó pasmada por un momento, pensando en esa cantidad de tiempo que ni alcanzaba a imaginar, y luego apoyó la cara de costado sobre su brazo.
—Pero, ¿por qué escribe así? ¿No es mucha chamba? Si ya existen escrituras normales.
—Para evitar a los ladrones.
—¿Qué? ¿Ladrones? ¿Hay gente que se roba los libros?
Por más que los libros fueran un lujo caro, ¿quién se atrevería a robarse un libro del Dios Maligno? Le costaba creerlo.
Cada vez que respondía a una de sus preguntas, Arzobispo Gillian gastaba dos letras. Solo después de terminar la tercera palabra, contestó.
—A veces pasa. Como no hay guardia, de vez en cuando entran esas ratas. Algunos hasta se confunden y creen que es un templo abandonado. Usted también tenga cuidado, señorita Lariette.
—Qué valientes esos ladrones. ¿Y escribiendo así ya no se los roban?
¿Será alguna clase de hechizo antirrobo?
Al ver que ladeaba la cabeza al preguntar, el arzobispo respondió con desgano.
—No, igual se los roban.
—¿Eh? Entonces, ¿por qué se toma la molestia……?
Las comisuras de los labios del arzobispo se curvaron con algo de malicia.
—Es que tienen una maldición.
—¿E, en serio?
—Sí. El que se roba el libro muere, y el libro regresa al templo en cualquier momento. Sin falta.
—……!
Liliet se quedó con la boca abierta y, de a poquitos, alejó el cuerpo del libro. Con razón sentía una vibra media rara y pesada; había resultado ser un libro maldito. Abrió la boca con algo de duda.
—Pero… ¿está bien que yo lo mire, no? Mientras no saque el libro del templo, no me va a caer la… la maldición, ¿verdad?
—Sí. Mirarlo no hace daño. Incluso si lo maltratas un poco, mmm, a ti no te pasaría nada. Pero, de preferencia, no trates de leerlo.
—¿Por… por qué? ¿Pasa algo malo? ¿Voy a escupir sangre o me va a doler la panza……?
—Se te va a malograr la vista. Es un formato al que no estás acostumbrada.
A la pregunta que soltó temblando de miedo, le llegó una respuesta inesperada, pero que tenía toda la lógica del mundo. Liliet, que se había asustado por las puras, dejó escapar una sonrisita discreta.
Ya le estaba agarrando el truco a este anciano serio y de pocas palabras. No parecía, pero resultó que sí le gustaba soltar sus bromas de vez en cuando.
Como en este lugar tan grande apenas eran tres personas, por más que al principio fuera medio palteado, con las pocas palabras que cruzaban al ir y venir ya se habían agarrado cariño. Porque el ser humano es una criatura solitaria.
Ella sonrió de par en par y apoyó la quijada en ambas manos.
—Debe ser por eso. Viéndolo a usted, me lo imagino.
—Así es. La vista…… es mejor cuidarla mientras se pueda.
Mientras decía eso, el arzobispo se tocó el borde del ojo izquierdo. Mirándolo bien, el color de su pupila era un poco más claro que el de la derecha. Parecía una tela que hubiera perdido el color por el viento y la luz.
Al verlo frotarse los ojos a cada rato, Liliet sintió como si a ella también le empezaran a arder los suyos. Pero aun así, no se movió de la sala de transcripción, que era oscura y donde el sol no llegaba ni a la mitad.
Era porque ese era uno de los pocos lugares donde Arden ni se asomaba. Él casi nunca se acercaba al pozo, a la huerta, ni a la sala de transcripción donde Arzobispo Gillian pasaba la mayor parte del tiempo.
En esos ratos, Liliet solía buscar la sala cada vez que quería sacudirse de encima la presencia pegajosa y pesada de Arden, aunque no supiera qué estaba haciendo él. Le daba un poco de roche sentir que interrumpía el trabajo del arzobispo, eso sí.
El arzobispo echó el cuerpo hacia atrás y revisó por un momento que las líneas o los espacios no se hubieran torcido.
—¿Se han peleado?
—¿Quién, yo con Arden?
—¿Quién más va a ser?
—Bueno, eso sí. Pero no nos hemos peleado. Es solo que me siento un poco sofocada…….
Ella estiró los labios haciendo un pucherito.
—Es que no entiendo qué pasa por su cabeza. Le pregunto cosas y no me responde, solo me sale con disparates. Y además, a cada rato…….
Liliet iba a decir que la andaba tocando de forma melosa, pero se calló de golpe. Sintió que las orejas le hervían. Quizás porque un sacerdote del Dios Maligno no deja de ser un sacerdote, casi se le escapa algo que no debería contarle a nadie.
Se tapó las mejillas encendidas con las manos para ver cómo reaccionaba él, pero el arzobispo no despegó los ojos del libro.
—Es difícil saber qué está pensando, eso es cierto.
—¿Con usted también es así?
—Es así con todo el mundo.
—……Ah, ya veo.
Así que no era solo con ella, sino con todos.
Sintió que se relajaba un poco, pero al mismo tiempo le entraron más dudas. Era un sentimiento medio raro.
Aprovechando el momento, Liliet soltó de porrazo todas las preguntas que tenía guardadas. Cuántos años tenía, si era de por aquí. Qué había pasado con sus papás y desde cuándo vivía en el templo.
El arzobispo no solo se tomó el tiempo de escribir más de tres caracteres, sino que redactó dos líneas enteras antes de abrir la boca lentamente.
—No lo sé.
—¿Qué?
Liliet, que estaba toda ilusionada esperando la respuesta, frunció el ceño al toque. Siendo él el único sacerdote y el arzobispo de este templo, era imposible que no lo supiera. Qué tanto misterio, caray. Preferiría que le dijera que no se lo puede contar. Se sintió un poco decepcionada.
—Si tienes tanta curiosidad, pregúntale a él mismo. No está bien que otros anden hablando por uno.
—……Es que él no me quiere responder pues.
—Entonces, caballero nomás, te quedarás sin saberlo para siempre.
Él añadió en voz baja:
—A veces es mejor no saber nada, señorita Lariette. Que te digan algo no garantiza que sea la verdad.
Susurró eso como si estuviera recitando un pasaje de las escrituras, bajando la mirada con solemnidad. Liliet miró de reojo las curvas hermosas que trazaba la punta de su pluma y se infló los cachetes un poquito.
—De verdad parece todo un religioso.
—¿Acaso no lo soy?
—……Y encima, uno del Dios Maligno.
—No te lo puedo negar.
Él respondió con naturalidad, mostrando una expresión digna y solemne que no tenía ni un rastro de malicia, pero que de alguna forma se sentía juguetona.
Liliet soltó un suspiro, entrecerró los ojos y se inclinó hacia adelante.
—Pero, ¿por qué de pronto me llama señorita Lariette? Si ya le había pedido que me diga Lili.
—Mmm…….
—¿He hecho algo malo? Por favor, dígame.
—No. No es eso.
—¿Entonces?
—Tendré más cuidado, señorita Lili.
—Gracias.
Liliet sonrió radiante al conseguir por fin su respuesta. Pero sobre el rostro de Arzobispo Gillian cayó una ligera capa de una preocupación que ella no alcanzaba a entender.
¿Por qué se habrá vuelto un apóstol del Dios Maligno?
A ella le parecía un hombre decente y bueno, aunque no supiera nada de su dios. Tenía mucha curiosidad por saber el motivo, pero como sentía que no le iba a responder, se aguantó las ganas y siguió mirando cómo transcribía.
En esas estaba cuando, de repente, una figura negra y larga salió reptando de entre las sombras y se le enredó en las piernas.
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