Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 26
Lilliet acarició con delicadeza desde la cabeza triangular de la serpiente, siguiendo toda la columna hasta la cola. Entre escama y escama sentía un relieve que la hacía sentir suave pero a la vez algo áspera; era una sensación extrañamente adictiva.
Mientras la engreía con cuidado, la serpiente entrecerró los ojos como si estuviera disfrutando el momento y movió la cabeza de lado a lado. Lilliet soltó una sonrisita.
—¿Te gusta? ¿Te pone feliz que te acaricie?
Le preguntó mientras le sobaba debajo de la mandíbula, y recibió un siseo como respuesta. Qué linda, qué buena. Ella se rio entre dientes.
—Eres un amor. Ni… ning… mmh, ¿qué tal Nini? Suena bien tierno, ¿no? Nini, respóndeme. Si te gusta, haz «shhh».
Shhh.
La serpiente vibró la lengua como si estuviera imitándola.
Lilliet, con una sonrisa de oreja a oreja, empezó a tocar a la serpiente por todos lados. Ya se había olvidado por completo del miedo a que la mordiera y la acariciaba con ganas, como si fuera un perrito falto de afecto.
—¿Aquí? ¿Te gusta aquí? Nini, ¿quieres que te siga sobando? Ya, ya, ya entendí.
La arrullaba con un tono de voz dulce y un poco engreído. La serpiente parpadeaba con sus ojos de color bronce y ladeaba la cabeza dejándose querer.
De pronto, Lilliet reaccionó y se dio cuenta de que, en un abrir y cerrar de ojos, la serpiente se había trepado por su brazo y ahora le rodeaba la cintura con soltura.
Por un segundo sintió un escalofrío en la nuca, pero al ver esos ojitos brillantes mirándola, el miedo se le pasó al toque. De verdad, era demasiado linda.
Se puso de pie con la serpiente encima. A pesar de su tamaño y largo, casi no pesaba nada. ¿Será que todas las serpientes son así de ligeras? ¿O será porque es el animal de un dios? Le pareció increíble.
—No pesas nada. Vas a tener que comer más, si sigues así de flaquita te va a llevar el viento.
La seguía mimando mientras le acariciaba la mejilla. La cabecita, pequeña en comparación con el cuerpo, se refregaba contra el dorso de su mano como pidiendo mimos.
Ay, me muero de amor.
Lilliet le sobó la frente con cariño y la serpiente sacó la lengua para lamerle la palma de la mano suavecito. Luego, subió por su brazo hasta llegar a sus labios y pasó la lengua por ahí. Sentir esa lengüita rozándole la boca le dio cosquillas, como si le estuvieran pasando una plumilla.
—¿Qué fue eso? ¿Me acabas de dar un beso? Qué linda eres.
Lilliet se rio y le rascó debajo de la mandíbula con la punta de los dedos. La piel de la serpiente empezó a vibrar bajito, como el ronroneo de un gato, y sus pupilas amarillas se pusieron finitas. Por su cara era difícil saber si estaba de buen humor, pero por cómo movía la colita de un lado a otro, parecía que sí.
Un toque… ¿las serpientes mueven la cola como los perros?
Como siempre había botado a toda serpiente que veía, no tenía ni idea. Pero como no la había mordido, se quedó tranquila disfrutando del tacto liso de las escamas.
Estaba ahí, toda distraída jugando con el bicho, cuando escuchó una voz de pocos amigos detrás de ella.
—¿Por qué le das tanto amor?
Volteó y vio a Arden mirándola con una cara de pocos amigos, todo picado. Lilliet se hizo la loca y volteó la cara con indiferencia.
Arden se le acercó y volvió a preguntar:
—¿Por qué engríes a ese bicho silvestre y cochino?
—Porque es linda, pues.
—¿Y qué tiene de linda esa cosa asquerosa? Yo soy mejor. Si vas a querer a algo así, quiéreme a mí también.
—Tú y Nini son diferentes.
—¿Nini? ¿Ya hasta nombre le pusiste?
—Sí, ¿no es tierno?
Arden puso una cara de «no lo puedo creer» mientras miraba a la serpiente. Qué infantil ponerse a pelear con un animal que ni habla.
Lilliet retrocedió un paso y abrazó fuerte a la serpiente como para protegerla. A Arden casi le salen chispas por los ojos.
—A ese bicho tonto sí lo abrazas, pero a mí me mandas a rodar. ¿No te parece que te pasas?
—Ya corta, Arden. Esta serpiente es un animal sagrado del dios. Si hablas así de ella, te va a caer un castigo.
—¿Y abrazarla y darle besitos sí está bien?
—Eh……..
Lilliet abrió los ojos grandes, sin saber qué decir. Ahora que lo pensaba, tal vez sí se había pasado de confianza tratando a un animal divino como si fuera un perro o un gato techero. Miró a la serpiente a los ojos y le preguntó bajito:
—¿De casualidad te molestó? ¿Te sentiste mal…?
Le preguntó toda tímida, pero la serpiente de inmediato negó con la cabeza. Parecía entender todo lo que ella decía, como si fuera una persona.
La serpiente se lamió la boca con su lengua larga y, para que Arden viera, le apretó más la cintura y pegó más su cuerpo al de ella. Incluso pasó la cola entre sus piernas y le levantó un poquito la falda.
—Ja…….
A Arden se le desencajó la cara. Tenía una expresión extraña, entre indignado y como si se sintiera culpable por algo. Se quedó ahí parado, con las manos en la cintura, mirando fijo a la serpiente sin decir nada, hasta que por fin se acercó y abrazó a Lilliet por los hombros.
—Quiéreme a mí también, Lili. ¿Acaso no soy mejor que ese bicho que se arrastra por la tierra? Mira que me he lavado bien las manos antes de venir.
—…….
—Ya no te voy a fregar con tantas preguntas, te lo juro. Si quieres contarme algo, dímelo tú misma. Es solo que me da curiosidad saber de ti. Quiero conocerte.
—…….
—Dame un abrazo, ¿sí?
Arden le susurró con una voz dulce como la miel mientras pegaba su mejilla a la de ella. Sus pestañas tupidas rozaban su piel como una brisa suave que daba cosquillas.
No puedo caer. No puedo dejarme engañar por esa cara de ángel.
Lilliet entrecerró los ojos; por un momento le pareció que el sol salía detrás de la cabeza de él, dándole un aire divino. Mientras tanto, la mano de Arden, que ya le cubría toda la espalda, le acariciaba los omóplatos con una sutileza que la ponía nerviosa.
Ella estaba pensando qué responderle, cuando de pronto abrió los ojos de par en par.
—Arden, tú…
Se puso derecha y estiró la mano hacia la coronilla de él. Tuvo que ponerse de puntitas porque la cabeza le quedaba muy alto.
—¿No has crecido?
—¿Ah?
—Antes eras casi de mi tamaño… ¿no?
Hacía apenas un mes, sus ojos estaban casi al mismo nivel, pero ahora tenía que echar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo. Sus hombros se habían puesto anchos y fuertes como los de cualquier hombre hecho y derecho; ya no tenía esa carita de niño, ahora su mandíbula estaba bien marcada y su nariz se veía más perfilada.
Claro, seguía teniendo esa piel transparente y suave, sin una sola manchita, y esas pestañas largas con labios carnosos que lo hacían ver guapísimo, pero el cambio era evidente.
Arden soltó una risa limpia, como si ella hubiera dicho un chiste buenazo.
—Claro que crezco, pues. Todavía estoy en la edad del estirón.
—Puede ser… pero igual.
¿Cómo podía haber crecido tanto en un abrir y cerrar de ojos? Dicen que los hombres siguen creciendo incluso después de ser adultos, pero se supone que es un proceso lento, no así. Este chico estaba creciendo como la mala hierba, de la nada.
Lilliet lo escaneó de arriba abajo con desconfianza, y Arden le lanzó una sonrisa picarona.
—¿Te gustan bajitos, Lili?
—¿Qué?
—Te pregunto si prefieres que sea más bajo que tú.
—No, o sea… me da igual.
Iba a decirle que no era asunto suyo si crecía o no, pero Arden se le adelantó al toque.
—Ah, entonces te gustan altos. Ya veo, ya veo. A Lili le gustan grandes. Definitivamente no te gustan chiquitos, ¿no?
—¡Otra vez te estás burlando! Te he dicho que no hables así.
—Entonces, ¿cómo quieres que te hable?
—Con más respeto, con más clase… ¡ay!
Arden se le pegó tanto que la serpiente, sintiéndose apretada, se soltó y se escurrió hacia el suelo. Nini miró a Lilliet una última vez antes de reptar lentamente por el piso hasta perderse entre las sombras.
Lilliet se quedó mirando el lugar por donde se fue el bicho, con un poco de pena, pero Arden no la dejó tranquila: la cargó y empezó a dar vueltas con ella. Sus pies se elevaron y todo el mundo empezó a girar rápido.
Vueltas y más vueltas. El cielo parecía dibujar círculos como si las estrellas estuvieran bailando. Por la fuerza centrífuga, Lilliet sintió como si el corazón se le quisiera salir del pecho.
¿Será por eso que me late tan fuerte?
Con sus corazones casi pegados, él le susurró al oído con esa voz profunda que emanaba de su pecho cálido:
—No me odies.
—…….
—Quiéreme un poquito…
—…….
Se lo pidió con una voz tan triste y sufrida que a cualquiera le darían ganas de llorar. A ella le dio un mareo fuerte. Tratando de controlar su respiración agitada, le respondió en un susurro:
—No te odio.
—¿De verdad?
—Sí.
—Entonces… ¿te gusto?
—Eso es…
Ella se agarró de los hombros de Arden. Le resultó extraño sentir esa estructura ósea tan firme y esos músculos marcados; sus hombros ahora eran anchos de verdad. Cuando ella intentó empujarlo suavemente para separarse, él frunció el ceño como si le doliera el alma.
¿Por qué siempre ponía esa cara? Como si solo cuando estaba pegado a ella pudiera dejar de sentir dolor…
—No lo sé.
—…Lili.
Ella le sacó un poquito la lengua al decírselo, y Arden se llevó la mano al lado izquierdo del pecho como si le hubiera dado un infarto. La miró con sus ojos grises llenos de reproche, y a ella le dio risa verlo así, todo dramático.
Arden se quejó haciendo puchero:
—Tú tampoco me dices nada… me haces sufrir. Eres bien mala, Lili.
—Mira quién lo dice.
—¿Puedo agarrarte la mano?
—Mmm… no.
—Qué mala eres.
Lo repitió una vez más, casi suspirando:
—De verdad, te pasas de mala, Lili.
—Lo que no se puede, no se puede.
Haciéndose la interesante, Lilliet se dio la vuelta y empezó a caminar. El lazo de su cabello castaño se movía con el viento como una mariposa. Arden salió corriendo detrás de ella gritando:
—¡Espérame! ¡No te vayas sola, Lili……!
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