Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 25
El prometido de Lariette era el Vizconde William, o Barón, da igual; el punto es que era un tipo de alcurnia con el cabello negro ondulado, cejas gruesas y una nariz que le daba un aire de tipo creído y ‘jugador’.
Si Lilliet recordaba tan bien la facha de ese tipo, no era por gusto, sino porque el desgraciado no perdía oportunidad para afanarla (lanzarle maicito) a pesar de ser el novio de su ama. No es que sintiera algo por ella, qué va; el tipo era de esos mujeriegos que ven una falda y se vuelven locos, de esos que por más que los laves diez veces, siguen saliendo con agua sucia.
Un día, mientras ella colgaba la ropa sola, el muy fresco se le acercó, le tiró una moneda de plata y la empezó a fregar para que ‘estuviera’ con él. A Lilliet le daba una rabia contenida, no solo por el hecho de querer comprarla, sino porque encima el precio que le puso era una miseria. Se sentía mal de no poder meterle un buen cachetadón por su situación.
Pero la señorita Lariette, que parece que por más fregado que fuera el tipo lo quería solo para ella, apenas los veía juntos, aparecía de la nada y le cruzaba la cara a Lilliet de un golpe. Ahora que lo pensaba, seguro solo buscaba cualquier excusa para pegarle.
—¡¿Cómo te atreves a mirar lo que es mío, igualada?!
—Oye, ya, tranquilízate. Lariette, solo estábamos hablando. No ha pasado nada.
—¡¿Y cómo voy a creerte?! ¡Lárgate de mi vista!
—Ya, ya, está bien. Vamos a tomar un té, ¿sí?
—¡Vete de una vez!
La mano de esa chica sí que quemaba. Un solo golpe y a Lilliet ya le dolía toda la mandíbula y se le salían las lágrimas. Le reventaba Lariette por violenta, pero más le reventaba ese tipo, que era el verdadero culpable y se quedaba atrás silbando como si nada. Por culpa de ese infeliz, ¿cuántas cachetadas se habrá comido gratis?
Al recordarlo, Lilliet frunció el ceño como si todavía le doliera la cara. Al toque, Arden, que parece que leyó mal la situación, la agarró por los hombros y empezó con su ráfaga de preguntas:
—¿Qué pasa? ¿Lo extrañas? ¿Vas a llorar porque te hace falta? ¿Piensas salir corriendo del templo para tirarte a sus brazos?
—¿Qué…? No digas estupideces…
—¿Cómo era ese tipo? ¿Más guapo que yo? ¿De qué color eran sus ojos? ¿Su pelo, su talla?
—Espera, Arden. Son demasiadas preguntas. Dijimos que íbamos a intercambiar una por una. No seas ventajista.
Lilliet hizo un puchero, asada porque él no le dejaba ni meter su pregunta y solo soltaba lo que a él le picaba la curiosidad. Arden la miró con ojos de fuego y se acomodó el pelo.
—Ah, ya, está bien. ¿Qué querías saber? ¿Desde cuándo estoy aquí? No me acuerdo. Tendría tres o cinco años, algo así. ¿Qué soy del Arzobispo? No sé para qué quieres saber eso. Él es un cura que le sirve a Dios y yo soy un arrimado que vive del templo. Punto.
—Esa respuesta no aclara nada.
—Tú estás en las mismas, Lili.
respondió él, como si le diera igual. Sus ojos grises la atravesaban.
—Tú tampoco me has respondido bien.
—¿Y-yo qué…?
—Dijimos que íbamos a hablar ‘con la verdad’. Si tú te guardas cosas, yo también me las guardo.
Lilliet se quedó fría. ¿Cómo se dio cuenta? ¿Acaso usaba brujería para leerle el pensamiento? No, si fuera así, ya sabría que ella es una ofrenda falsa. Pero por lo menos sabía cuándo mentía. Entonces el trato no era justo: él conocía todas sus cartas, pero ella no sabía nada de las suyas.
Lilliet apretó los puños, aguantando la rabia. ‘Todos son unos mentirosos’, pensó. Arden, Dios, el Arzobispo… ninguno le soltaba nada claro, pero ahí estaban, tildándola de mentirosa a ella. La verdad estaba lejos y el engaño a la vuelta de la esquina; en ese lugar no había más que estafadores engañándose unos a otros.
Al final, él tampoco estaba de su lado. Lo sabía, lo sabía perfectamente, pero aun así…
Cuando sus ojos grandes color miel se llenaron de lágrimas, Arden se asustó y trató de calmarla, tarde como siempre.
—Perdón, Lili. No quería presionarte, es solo que me dolió que intentaras ocultarme al tipo que te gustaba…
—Ya fue. Dejémoslo ahí. Ya no me interesa nada. Ni tú, ni el templo. Soy la ofrenda, así que solo haré lo que me pidan y ya, ¿no?
—No, Lili. Por favor, tenme curiosidad. Te voy a responder, no te vayas. ¿Qué más querías saber?
—¡Que ya no me interesa, te digo!
Ella le tiró la mano cuando él intentó agarrarla. Se levantó de un salto y lo miró con un desprecio total, como si él fuera algo sucio.
—No me toques.
—Lili…
—Me voy. Y si me sigues, ¡no te lo voy a perdonar!
—…….
Lilliet le soltó una amenaza bien brava y apuró el paso para irse. Contra todo pronóstico, Arden no la siguió al toque, sino que se quedó ahí parado como un poste, solo. Verlo así le dio un poco de pena y casi se le ablanda el corazón, pero ella se puso firme y volteó la cara con frialdad.
—¡Mentiroso! ¡Estafador, mañoso, pervertido…!
Caminaba renegando sola por el patio trasero mientras soplaba un viento helado. ¿Qué rayos se había imaginado? Confiar así en un tipo que apenas conoce hace un mes. ¡Y encima fiel de un dios malvado!
‘Qué tonta soy’, pensó. ‘Me merezco que me digan que soy una h…’.
De pronto, ya no estaba rajando de Arden, sino de ella misma. Bastaba que le dieran un poquito de cariño y atención para que ella se pusiera toda mensa y perdiera la cabeza. Seguro se veía como una completa idiota frente a él.
El tipo era seguidor de un dios del que dicen que despelleja gente para hacer correas y bolsos, que te rompe el cráneo vivo; y ella, porque él la trató bien un ratito, ya estaba dándole besos y dejándose abrazar.
Aunque bueno, en la realidad el tipo era un pavo que se quedaba tieso si ella le gritaba ‘¡no vengas!’, el dios era un pervertido que no parecía tan malvado, el único cura era un viejito que caminaba a paso de tortuga.
—Uf……..
Lilliet se sentó en una banca del jardín lleno de maleza y soltó un suspiro largo. El sol todavía estaba tibio y alto, pero el viento que corría era tan frío que la hizo temblar todita. El jardín estaba más triste que nunca, sin una sola flor que mirar, lo que hacía que su humor se pusiera más negro todavía.
Mientras repasaba la pelea con Arden y arrancaba hierbas del suelo con la mente como si le estuviera arrancando los pelos a él, Lilliet entrecerró los ojos. Detrás de una fuente donde un ángel con el ala rota apuntaba al vacío, vio que algo largo y delgado se movía.
‘¿Qué es eso? ¿Una soga?’.
Para ser soga era muy gruesa, para ser tela era demasiado larga. Se acercó con curiosidad y, cuando estuvo a unos pasos, se tapó la boca del susto.
‘¡Asu, es una… una serpiente!’.
Y no era cualquier culebrita, era una serpiente gigante, casi del ancho de su cuerpo. Fijo era ese bicho mágico que siempre paraba en el hombro del Dios. En la oscuridad del altar parecía simplemente negra, pero bajo la luz del sol brillaba hermoso, como si le hubieran echado polvo de plata a un pedazo de obsidiana.
¿Cómo se llamaba? ¿Ni… Nirining? Algo así.
Se acercó con cuidado. El bicho estaba ahí tirado sin moverse, como si estuviera sin pilas. ¿No se habrá muerto, no?
Lilliet le dio un toquecito suave con la punta de su zapato en el costado. Al toque, la serpiente abrió los ojos despacio, levantó la cabeza y se le quedó mirando feo, como reclamándole: ‘Oye, ¿por qué me pateas?’.
Ella juntó las manos y le pidió perdón:
—Disculpa, de verdad. Pensé que estabas muerta. ¿Te molestaste? Perdóname, ¿sí?
Lilliet bajó la cabeza como si estuviera rezando, la serpiente sacó la lengua como aceptando las disculpas. Soltó un siseo y volvió a echar su cabeza en el suelo, toda desganada.
Mirando bien, la serpiente se había echado justo donde daba todo el sol, sin que ninguna rama le hiciera sombra. Estaba bronceándose, seguro.
Antes le daba un miedo y un asco total, pero verla ahí tirada, sin hacer nada, le dio como penita. Se puso de cuclillas a su lado y se quedó mirando esas escamas que brillaban como joyas. En el altar no se dio cuenta por los nervios, pero ahora veía que sus escamas parecían una galaxia.
—Qué linda…….
Ni aunque rompieras diamantes y los esparcieras sobre seda negra se vería tan bonito como eso. Se notaba que era la mascota de un dios; no tenía nada que ver con los bichos corrientes del monte, tenía mucha clase.
Ella ladeó la cabeza, maravillada.
—Oye… ¿te puedo tocar?
Le habló con confianza, como si fuera una persona. La serpiente abrió un ojito y sacó la lengua haciendo un ruidito suave. Parecía que le daba permiso.
—Gracias.
le dijo bajito, empezó a acariciarla con cuidado.
—¡Ala! Qué suavecita eres. Qué bacán.
Pensó que iba a estar fría y dura, pero como había estado recibiendo todo el solcito, estaba calientita y se sentía blandita. Se quedó sorprendida de lo bien que se sentía.
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