Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 24
Bastaría un gesto cariñoso o un par de palabras dulces para que ella cayera redondita y le entregara hasta el alma. Se dejaría abrazar por sus brazos suaves mientras le hace de todo a cualquier tipo con un miembro insignificante. Tal como hizo conmigo.
Qué pesada. De verdad, qué pesada es.
Me da tanta rabia que me dan ganas de deshacer a ese hombre imaginario de mi cabeza, de pies a cabeza. Aplastarlo como a un bicho con el pulgar hasta que no queden ni los huesos.
Arden lamió con su lengua los párpados de ella, irritados de tanto llorar. ‘Incluso sus lágrimas son dulces, qué problema’, pensó.
—Ni se te ocurra hacerlo, ¿ya? Te vas a arrepentir.
—Ah, hugh, ¿ah? Ugh…
—Perdón. Me voy a concentrar.
Él le lanzó una sonrisa de oreja a oreja mientras ella parpadeaba confundida, sin entender nada.
Arden empezó a amasar con una mano ese traserito pequeño y suave que le cabía en la palma, mientras besaba y succionaba esa piel que parecía derretirse, disfrutando a fondo de la entrega de Lilliet.
—¡Ah, sí! ¡Arden, ah, ya para!
—Sí, ya puedes irte. Suéltalo todo.
—Hah, por favor, ugh, ah…
—En mi boca, rápido…
Mmua, shlurp, chuup.
Mientras sentía su aroma dulce con la nariz, percibía con la mano la textura de sus paredes internas que no dejaban de contraerse, con su lengua y labios absorbía con gula todo el sabor y el calor.
‘Asu, qué rico. Demasiado…’.
Ella era el resumen de todos los sentidos que él podía experimentar. Solo a través de Lilliet podía sentir alegría, tristeza o incluso dolor. Como el aliento de vida soplado en un cuerpo muerto, para él era difícil aguantar incluso un pequeño suspiro de ella.
‘Hazme sentir más éxtasis. Tortúrame de la forma más terrible…’.
Arden, sin poder controlar la excitación, jadeaba mientras mordisqueaba y succionaba su piel. Los gemidos de Lilliet subían de tono hasta casi tocar el techo, su espalda se arqueaba con desesperación.
—Ah, hugh, ah…
Un gemido finito tembló en el aire y, de pronto, un líquido ligero brotó de donde sus lenguas se encontraban. Él se lo tomó desesperadamente, como si no quisiera perder ni una gota. Al pasar el nudo de la garganta, esa sed que le quemaba por dentro se calmó un poquito, pero todavía le faltaba un montón.
—¿Te gustó, Lili? Has mojado un montón.
—Ugh, ugh…
—Ahora, ¿puedes tocar lo mío? Vamos a frotarnos juntos hasta terminar. Se siente increíble. Empápame de ti, ¿ya?
—Espera, ya… ya para…
Mientras le succionaba el lóbulo de la oreja, Arden no paraba de hablarle cosas excitadas, pero Lilliet le empujó el pecho frunciendo el ceño. Él quería hacerle caso, pero la calentura que sentía después de haber estado ahí abajo era incontrolable.
—Rápido, abrázame. ¿Podemos frotarnos mientras me tocas con la mano? ¿Sí?
—Ya basta, para de una vez, Arden.
—Solo un ratito, un poquito nomás…
La abrazó fuerte mientras bajaba la mano buscando la hebilla del pantalón. Sus dedos temblaban por la pura desesperación de no encontrarla rápido.
Quería entrar, ya quería estar adentro.
Quería hundirse por completo en esa cueva caliente y húmeda, no solo con la mano o la lengua. ‘¡Qué rico se debe sentir! ¡Qué rico!’.
—Por favor, Lili, ¿ya? Rápido.
Se frotaba contra su mejilla como un cachorrito buscando leche, quejándose. Ahí abajo, lo suyo estaba hinchadazo y se movía con ansiedad. Pero a pesar de sus ruegos, ella puso mala cara y lo empujó con frialdad.
—No. Te dije que no quiero. ¿Qué te pasa? Hacer esto en un lugar así… de verdad que tú…
Lilliet trató de arreglarse la ropa toda apurada, con cara de querer llorar. De pronto se dio cuenta de que su ropa interior estaba tirada en el suelo y su blusa desabrochada dejaba ver todo su pecho.
Al recoger su prenda llena de polvo, Lilliet se puso roja como un tomate. Hacer estas cosas en una capilla y en pleno día… se sentía como un animal que no tiene ni un poquito de vergüenza.
Pero a él no le importaba si ella se moría de la vergüenza; con esa cara de inocente que tiene, la miraba como si ella fuera la rara.
—¿Qué es lo que no te gusta?
—…….
—¿Por qué no quieres? Si te estaba gustando.
—Aunque te lo diga, no lo entiendes.
Se lo había dicho mil veces, pero él nunca entendía nada y siempre volvía a insistir. A estas alturas, ella ya pensaba que no era que no pudiera entender, sino que no le daba la gana.
Lilliet estiró los labios en un gesto de fastidio.
Arden no le quitaba la vista de encima a esos labios con una mirada que quemaba. Se limpió las manos con un pañuelo y luego le agarró la mano con fuerza.
—Es porque no me lo explicas bien que no entiendo. ¿Qué tengo que hacer para que me digas? ¿Quieres una tiara de joyas, o un vestido lleno de encajes? ¿Algún libro antiguo y raro? ¿Trago?
—…….
—Tú dirás, Lili. Lo que sea que pidas, te lo cumplo.
Lilliet lo miró con una cara de ‘este qué se cree’. Arden tenía un cabello que brillaba como el oro y una piel blanca y fina como el marfil, pero su ropa estaba hecha un desastre, toda vieja y gastada.
Por más que a él todo le quedaba bien, era obvio que con esas fachas no le alcanzaba ni para comprar un cuarto de queso barato. ¿De dónde sacaba este tipo que vive arrimado en este templo viejo, lleno de telarañas y polvo, que podía regalarle joyas?
Ella se lo quedó mirando un rato antes de soltar la bomba:
—Entonces, ¿me dejas salir de aquí?
—…….
—¿No puedes, no?
En cuanto ella soltó ese ‘no’ sarcástico, la sonrisa brillante de Arden se marchitó y sus ojos grises se pusieron oscuros, bien pesados. El chico lindo que sonreía hace un segundo desapareció, en su lugar quedó un hombre con la mirada sombría que la observaba como si le tuviera resentimiento.
—…….. ¿Te quieres ir? ¿Tanto odias este lugar?
—N-no es que lo odie.
—Entonces, ¿ya te aburriste? ¿O es que tienes a alguien a quien extrañas? ¿Tanto te mueres por ver a alguien que te desespera no poder ni mandarle una carta?
—No es eso…
—Si no es eso, ¿entonces por qué te quieres ir?
Le disparó las preguntas tan rápido que Lilliet se quedó muda. No entendía por qué se ponía tan intenso y por qué la interrogaba así, como si le importara a dónde iría ella o a quién extrañaba.
Ya un poco harta de su actitud, ella negó con la cabeza.
—Es broma, Arden. Lo dije por decir. Como tú siempre me molestas, quería agarrarte de punto un rato. De verdad.
—No sé yo, Lili… tú eres muy buena mintiendo.
—Es en serio. ¿A dónde me iría yo? No tengo a nadie a quien extrañar ni lugar a donde volver.
—Hum.
—¿Ves? Por las puras te cuento si no me vas a creer. Tú eres igual… no respondes nada y solo me llenas de preguntas.
—¿Qué es lo que quieres saber?
Esos ojos grises, que parecían transparentes pero que no dejaban ver nada de lo que pensaba, se clavaron en ella. Lilliet, de los nervios, empezó a tartamudear:
—E-esto… a ver, espera. Eh… ¿desde qué edad vives aquí? ¿Qué relación tienes con el Arzobispo? Y… lo que sepas sobre la marca que tengo en la boca y sobre el ritual.
—¿Ah? No sé para qué quieres saber eso. No te va a servir de nada.
—Ya ves. Sabía que no me ibas a decir nada.
Como era la respuesta que esperaba, Lilliet hizo un puchero y trató de empujarlo por el pecho para alejarse. Pero Arden le agarró la muñeca y no la soltó. Con sus dedos largos y blancos, empezó a acariciarle la parte interna de la muñeca y el dorso de la mano, de la misma forma en que antes la había tocado ‘ahí abajo’. A ella no le quedó de otra que ponerse roja como un tomate.
—Hagamos esto: vamos a intercambiar información. Uno por uno.
—¿Q-qué cosa?
—Lo que queramos saber. Nos preguntamos algo y respondemos con la verdad, ¿qué dices?
—… Ya, está bien.
Eso de ‘con la verdad’ le daba un poco de desconfianza, pero aceptó el trato. Arden sonrió de oreja a oreja, cerrando los ojos por la alegría. Se le veía tan feliz que a ella le dio mala espina.
Él se palmeó el muslo dándole a entender que se sentara ahí. A ella le dio roche (vergüenza) y trató de sentarse a su costado, pero él, más rápido que un rayo, metió su pierna debajo de las nalgas de ella para que terminara encima suyo. Qué espeso…
Ya con ella sentada encima, Arden le rodeó la cintura con los brazos y preguntó con una voz bien dulce:
—Yo empiezo. Lili, ¿alguna vez estuviste enamorada?
‘Empezó con eso’
Lilliet lo miró con una cara de cansancio total. Arden brillaba de la curiosidad, casi que le quemaba con la mirada. Ella volteó la cara para no verlo y se puso a pensar qué decir. Tenía que mezclar verdades con mentiras con cuidado, así que no respondió al toque.
—… Bueno, no es que me gustara alguien, pero sí tenía un prometido. Mis papás lo decidieron por su cuenta. Ya sabes cómo es… las chicas de familia siempre pasan por eso.
‘No debí decir eso último’
se regañó a sí misma. Sonaba demasiado a algo que había escuchado de otros. Obviamente, no era su historia, sino la de Lariette.
Arden seguía sonriendo, pero su voz bajó un tono, volviéndose más seria:
—¿Te gustaba?
—No. Ni un poquito.
—Pero como era tu prometido, fijo se agarraron de la mano, ¿no? Salieron a citas y todo eso.
—Bueno, sí, algo así…
Lilliet dejó la frase en el aire. Sus ojos se movían de un lado a otro tratando de recordar cosas de hace mil años que ya casi ni existían en su memoria.
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