Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 23
—Uuuhm, ah, huraaa…….
Y en ese estado, ella se convirtió en la presa fácil de Arden. Solo le había dado un beso ligero en la mejilla como siempre, pero cuando ella retorció la cintura de más y se puso toda roja, Arden mostró una sonrisa de lo más pícara.
—¡Ah, Arden, uuuhm!
De pronto, cuando volvió en sí, Arden ya tenía la cabeza metida entre sus piernas. En cuanto él empezó a lamerle esa zona húmeda con la lengua, ella vio estrellas.
—Para, ¡ugh, no lo hagas……!
—Si te gusta, mentirosa.
—…….
—A veces está bien ser sincera.
Aunque sabía que no era así, el que la llamara mentirosa le dio un hincón en el pecho. Arden le agarró las nalgas y la jaló hacia él con fuerza. Liliet se mordió el labio inferior.
¿Por qué justo aquí, en un sitio así……?
Miraba la entrada con ojos llenos de miedo.
La entrada oscura seguía viéndose tétrica y no se sentía ni un alma, pero eso no hacía que su ansiedad desapareciera.
‘¿Por qué, pero por qué?’
Ese lugar donde Arden le levantaba la falda para poseerla de forma tan vulgar era la capilla del lado este del templo. Una cúpula redonda la miraba desde lo más alto, un órgano que hace tiempo perdió la voz se pudría en silencio, los asientos vacíos esperaban a unos fieles que nunca llegarían.
—Por favor, Arden, para, ah, ah…….
Sus propios gemidos hacían eco en el gran espacio de la capilla. Ver la estatua de un santo colgada de una cruz invertida mirándola fijamente le daba tanta vergüenza que Liliet le agarró la cabeza a Arden, suplicándole.
Pero Arden, al contrario, estiró más la lengua para lamerle toda la zona íntima con calma, manteniendo una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Que pare, qué? ¿Quieres que pare de chuparte y que te la meta de una vez?
—Sí, no, ¡ah, uuuhm!
—Si solo me ruegas así no te entiendo, ¿no?
Arden soltó un suspiro húmedo, hablando entre dientes porque tenía la nariz y los labios hundidos en su sexo.
¡Zas!
Al toque, un escalofrío le recorrió desde el ombligo hasta todo el cuerpo. Cómo era posible, en un sitio así. Hacer estas cosas. Para no ver los ojos del santo que parecía juzgarla, ella volteó la cara.
Tenía que decirle que pare.
Tenía que empujarlo aunque sea a patadas.
Pero sentía que la cintura para abajo se le derretía y no tenía fuerzas; veía todo borroso, como si tuviera una capa de agua en los ojos. De sus labios mordidos solo salían gemidos que daban roche escuchar.
¡Clac, clac!
—¡Ah, haaa, uuuhm!
—Ya, te voy a chupar todito.
¿Por qué, por qué diablos?
Ella no podía ni empujarlo, al contrario, movía la cintura de forma vulgar como pidiéndole que le chupara más. La vieja banca de la capilla temblaba como si se fuera a romper, mientras Arden, con las piernas de ella sobre sus hombros, le lamía la parte baja con un hambre voraz.
Él le bajó más la ropa que ya le había quitado a medias, restregó su nariz contra el clítoris y dibujó círculos con la lengua. Cada vez que él succionaba su carne con esa boca caliente, el mundo de Liliet daba vueltas.
—¡Ah, uuuhm, qué rico, uugh……!
—Lo sé. Te gusta aquí, ¿no?
—¡Hiiit! Está muy, ¡uuuhm! Fuerte, ¡para……!
—Ah, ¿más fuerte?
Aunque entendió clarito lo que ella dijo entre balbuceos, Arden se hizo el loco y succionó el clítoris con más fuerza. Esa piel tan sensible se raspaba con la punta de sus dientes y era aplastada por su lengua. La cintura de Liliet se sacudió violentamente.
Arden dobló una de sus largas piernas para arrodillarse y lamió el fluido que Liliet soltaba, como si estuviera tomando agua bendita de un cáliz. Dulce, amargo y empapado; no había diferencia con el agua bendita.
Escupió sobre su sexo, que palpitaba pidiendo que se la metiera, lo esparció con el pulgar hasta dejarlo todo húmedo. Liliet soltó un gemido que parecía un lamento.
—Qué linda, Lili. Esta parte tuya es de verdad demasiado linda.
‘Es tan linda y tierna que me dan ganas de destrozarla toda’.
Se tragó esas últimas palabras y separó los labios rojizos con los dedos. El agujero cálido y húmedo se contrajo, mostrando su interior delicado. Uf, sentía como si un fuego le subiera por la garganta.
Lamía su sexo, que brillaba por la saliva y sus propios fluidos, mientras metía los dedos dentro del canal. Ese interior tan caliente como un horno que funde hierro le apretaba los dedos hasta que le dolía.
—Está demasiado estrecho. Demasiado…….
Cuándo será el día en que por fin se ensanche un poco.
Él murmuraba como si estuviera suspirando mientras le hurgaba el interior lentamente. Al presionar ese punto especialmente blando y húmedo, Liliet abrió la boca y empezó a mover el pecho. Lo sacudía de una forma tan desesperada, como si rogara que se lo succionara hasta que saliera leche. ‘Ah, debí haberle quitado primero lo de arriba. Así habría visto sus pezones rosados balanceándose con gracia’.
—Ah, uuuhm, ahí, huraaa…….
—¿Te gusta que te toque aquí?
—Hruuuh, ¡ah, no, ah……!
—Tienes que responder, Lili.
—No sé, ¡ah, huraaa! No… sé.
—¿Ah, sí? ¿No sabes?
No tienes idea.
No tienes idea de lo linda que suena tu voz cuando lloras, ni de lo provocador que es ver tus ojos entreabiertos temblando, mientras te meto el dedo medio tan profundo que hasta se siente el hueso y te rasco con fuerza con la yema.
Mucho menos sabes cómo aprietas todo ahí abajo, encogiendo los hombros como un pájaro herido.
Qué suerte.
Que solo yo lo sepa.
Un escalofrío punzante le recorrió desde la espalda hasta la nuca, como si una lengua húmeda lo lamiera.
Tras temblar un poco, le jaló el mentón pequeño y se inclinó. Quería morder esos labios dulces y suaves que nunca lo cansaban, por más que los besara.
Pero antes de que sus labios chocaran, Liliet frunció un poco el ceño y volteó la cara para evitarlo. Ese gesto de querer escapar de él le pareció el colmo de la conchudez. Bien que por abajo se lo estaba comiendo todo sin quejarse.
—¿Por qué me esquivas? Qué decepción.
—Uuh, uuuhm, no, huraaa, no… se puede…….
—¿Por qué? ¿Es por vergüenza?
—……Uuh, sí, ah, huraaa.
Pero la mujer solo balbuceaba palabras sin sentido mientras le daba golpecitos débiles a la cintura con las piernas. No sabía si trataba de empujarlo o de pedirle más. Quién sabe qué pasaría por su cabeza.
Él soltó una sonrisa cómplice, le levantó la falda hasta arriba y se la puso cerca de la boca.
—Si tienes vergüenza, no deberías hacer ruido. ¿Qué pasa si alguien nos escucha y viene?
—…….
—Si lloras tan fuerte que retumba toda la capilla, capaz que algún cazador perdido escucha tus gemidos calientes y viene a buscarte.
Al oír eso, sus ojos color avellana temblaron y le lanzaron una mirada llena de resentimiento. Arden soltó una risita burlona.
Como si alguien se atreviera a entrar a este templo dedicado al Dios del Desastre, perdido en medio del bosque.
Aunque claro, los salvajes expulsados del pueblo o los vagabundos que ya no tenían nada que perder a veces merodeaban por aquí, viendo qué se podían chorear sin miedo a nada.
Además, el templo solo tenía una cerca bajita, excepto por la entrada que daba al pueblo; cualquiera podía entrar y salir libremente. Siempre y cuando tuviera el valor.
Así que, de verdad, algún desgraciado podría aparecer atraído por los gemidos de una mujer. Claro que, si ponía un pie adentro, él se encargaría de derretirle los ojos y las extremidades en un segundo.
Presionada, Liliet abrió la boca y mordió la tela de su falda. Él la miró con satisfacción mientras ella estaba echada en la banca de la capilla, con todo lo de abajo al descubierto.
‘De verdad que es una ternura…….’
De la cabeza a los pies.
No había rincón de ella que no le despertara cariño, como si fuera una criatura creada solo para él.
Ah, es que es demasiado linda.
Esa carne rosada toda hinchada por sus manos y su lengua, esas mejillas blandas y rojas por la vergüenza. Y sobre todo, esa estupidez de cerrar los ojos con fuerza pensando que así sentirá menos roche, cuando tiene su intimidad expuesta bajo la luz.
Mi pobre e indefensa bestia, tan fácil de tentar y tan débil ante la culpa.
—Ha, ah, uuuhm, Arden…….
—Dime, ¿me llamaste?
—Huraaa, Arde… ¡ah, uuuhm!
—No te entiendo nada de lo que dices.
Jajaja.
Arden se mató de risa por lo mal que pronunciaba al tener la ropa en la boca y siguió moviendo la mano.
¡Chas, chas!
Sus dedos, empapados de humedad, entraban y salían de forma obscena de su entrepierna. Él le besaba los ojos y las mejillas mientras movía la mano lentamente.
Cuando sentía que ella ya iba a llegar, sacaba la mano y la rozaba por fuera para dejarla con las ganas; y cuando ella se quejaba con balbuceos, la metía hasta el fondo para acariciar las paredes húmedas.
Su cuerpo era mucho más sincero que ella misma. Justo antes de llegar, se le hundía el ombligo y los dedos de los pies se le abrían como un abanico para luego encogerse. Con señales tan claras, era pan comido controlarla.
Cómo puede ser tan débil al placer y encima demostrarlo así de fácil. Qué cuerpo tan pecaminoso y caliente tiene. Qué será de ella si se cruza con un hombre malvado.
—Dime, Lili. ¿Qué vas a hacer?
—¡Ah! Ah, uuuhm, ¿ah?
—Con esa… ha, esa mirada de hambrienta…….
Por más que fingiera que no, se notaba que estaba muerta de hambre de afecto.
Ni que fuera un perro callejero que se le marcan las costillas. Una pobre bestia que se olvida de que existe, pero que en cuanto le tiran un hueso, no sabe qué hacer de la alegría y menea la cola.
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