Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 22
Cuando el dios quitó la mano que le acariciaba el bajo vientre, ella vio que su panza, que siempre fue plana, ahora tenía un bulto que dibujaba la forma del objeto que tenía adentro.
¿Pero qué es esto?
¡Hic!
Del susto, el diafragma le dio un espasmo y empezó con el hipo.
—¿Y ahora por qué lloras?
Como ella sollozaba entre hipo e hipo, el dios le lamió las lágrimas y ladeó la cabeza. Seguía con esa sonrisa extraña en la cara que daba hasta miedito. Mua, mua, le daba besitos cariñosos mientras le pasaba la mano por el pecho. Y así, de la nada, el hipo que parecía que no se le iba a quitar nunca, paró en seco.
—¿Mmm? Lloras por arriba y lloras por abajo. Te me vas a desmayar de tanto llorar.
—Es que no sé… simplemente se siente… raro.
—¿Qué parte? Si te estaba gustando. ¿Será que el tamaño es muy chico? ¿Te falta?
—No, no. Es que… es que…
—¿Mmm?
—¿No me lo puede dar… usted mismo de una vez?
—¿Qué dijiste?
—O sea… que sea usted, señor Mut…
Como todo era nuevo, le daba miedo y se sentía extraño, Liliet soltó lo primero que se le vino a la mente sin pensar en las consecuencias.
—¿No me lo puede meter usted de frente?
—…….
Pensó que así ya no tendría que aguantar ese objeto tan deforme y feo. Si de todas maneras la iba a pasar mal, mejor que terminara rápido. La verdad, fue una decisión bien tonta de su parte.
Apenas dijo eso, la sonrisa del dios, que estaba de oreja a oreja porque se estaba divirtiendo de lo más lindo, se le borró de la cara y se le cayó como si le hubieran puesto una pesa. ¡Pum!, el corazón de ella también se le cayó al piso del susto.
—Mmm…
—Per… perdón…
¡Qué atrevida para cuestionar la decisión de un dios! Los dioses son así: un momento te están engriendo y al otro te hacen leña y te tiran por ahí. Liliet se puso pálida y empezó a sacudir la cabeza como loca.
—No, no… hablé por hablar. Lo que estoy sintiendo ahorita está bien. Lo que usted quiera…
—¿Qué voy a hacer con esta sierva mía que es tan encantadora? Me pones en un aprieto.
—… ¿Cómo?
—No me apures, ¿ya? Si con lo que tienes ahorita ya estás que no puedes.
—¿No está molesto?
—¿Yo?
Él abrió un poco los labios y volvió a sonreír de esa forma tan larga y marcada de siempre. Era una sonrisa de pura satisfacción. Justo cuando ella iba a respirar tranquila pensando que ya pasó el peligro…
—¡Ah!
El miembro salió raspando las paredes vaginales y, cuando llegó a la entrada, la punta ancha la hurgó con fuerza. De ahí, entró a una velocidad que no se comparaba en nada a lo de hace un rato y, ¡pum!, le dio de alma al cuello del útero.
—¡Mmm! ¡Jaa! ¡Ah! ¡Ay!
—¿Estar molesto yo? ¿Por qué?
—¡Mmm! ¡Ah! ¡Mmm!
—Si te portas tan linda…
El objeto, que antes se movía con calma, ahora parecía un animal salvaje desbocado.
Chac, chac. ¡Pum, pum!
—¡Ah! ¡Mmm!
Sentía que el miembro le iba a traspasar la panza. Liliet ya no podía ni hablar, solo gritaba y lloraba. Sentía como si le hubiera caído un rayo: la garganta le ardía y todo el cuerpo le temblaba como gelatina. Ella rogaba bañada en lágrimas.
—¡Jaa! ¡Ah! ¡Por favor! ¡Va muy… muy rápido! ¡Mmm!
—¿Quieres que vaya más rápido todavía?
—¡No! ¡Mmm! ¡Des… despacio! ¡Ah!
—Me encanta cómo suenas cuando suplicas.
Al escuchar su risa mientras le succionaba el lóbulo de la oreja, Liliet frunció el ceño.
‘¡Mentiroso…!’.
Dijo que no estaba molesto, pero claramente se la estaba cobrando.
Definitivamente, estaba bien asado. Por eso la embestía con esa furia, como si quisiera deshacerle todo por dentro. El dios se deleitaba con sus súplicas y, para que ella viera bien lo que pasaba, le abrió las piernas de par en par.
Entre sus entrepiernas abiertas, el miembro entraba y salía con violencia, salpicando gotas por todos lados. Ver esa escena tan explícita hizo que a ella se le subiera la sangre a la cabeza.
A ese objeto solo le faltaban patas; con esas venas todas marcadas hurgándole el sexo, parecía una cópula vulgar y corriente. Es más, como no tenía las limitaciones de un cuerpo humano, el miembro artificial entraba en ángulos imposibles, dándole de alma por todos lados.
—¡Ah, mmm! ¡Haa! ¡Ah!
Ella pataleaba medio suspendida en el aire, como si fuera una mariposa atrapada en una telaraña invisible. Mientras le acariciaba las nalgas, él hundió sus labios en su nuca.
—¡Ah! ¡Señor Mut, por favor! ¡Ahí no…!
—Me estás pidiendo que te toque ahí, ¿verdad?
—¡No! ¡Mmm! ¡Ah!
—¿Quién te va a creer si lo dices gimiendo de esa forma tan linda?
Entre el miembro que entraba y salía aplastándole el clítoris, sus pezones hinchadazos y su lengua que lamía la humedad del aire; el dios jugaba con todas esas zonas sensibles al mismo tiempo mientras soltaba un aliento pesado.
Él, que la sostenía y la mecía como si fuera una cuna, se dio la vuelta y se puso encima de su espalda. De pronto todo se puso oscuro, como si el cielo nocturno se le hubiera caído encima, sintió cómo la parte inferior de ese cuerpo duro le golpeaba las nalgas con fuerza. ¡Pum, pum!
—¡Mmm! ¡Jaa! ¡Ah!
—Está calientito y aprieta… mmm… me estás mordiendo bien fuerte ahí adentro. ¿Te gusta el sabor?
Como él estaba encima de ella y se movía al mismo ritmo que el miembro artificial, de verdad parecía que era él mismo el que estaba adentro.
—Me estás rogando que no me salga ni un ratito… suéltate, Lili. Relájate para que pueda entrar…
Al escuchar esas palabras tan bajas y su risa seductora al oído, Liliet sentía una sensación muy extraña, como si de verdad estuviera teniendo relaciones con él. Era algo loco, raro, terrible…
Así debería sentirse, pero entonces, ¿por qué?
¡Zas, zas!
—¡Mmm! ¡Ah!
¿Por qué se sentía tan malditamente bien?
Ella temblaba de la cintura y soltaba gemidos finitos, mientras el dios le acariciaba la barbilla y se reía.
—Mi sierva termina más rápido que un conejo.
—¡Ah! ¡Mmm! ¡Uff!
—Ya estás llorando otra vez. Si te lo decía como un cumplido, porque te ves linda.
—…
Ella empezó a maldecirlo entre dientes, pero para sus adentros, claro. Después de haberle dado de alma por dentro y haberle exprimido el clítoris como si fuera una fruta para sacarle todo el jugo, venía a decirle eso. Si no fuera un dios, jura que le habría metido su buen cachetadón.
Liliet se aferró a la manta delgada y pegó la mejilla a la cama de piedra que estaba helada. Sintió cómo un líquido calientito le chorreaba por la parte interna del muslo.
Sintió una mano fría que se metía entre sus piernas y recogía ese líquido. Si solo hubiera sido eso, no se habría asustado tanto, pero el dios levantó la mano y se la puso cerca de la boca.
—Mira, Lili. Esto ha salido de ti.
—¿Ah? ¿Qué…?
—Está calientito y pegajoso. ¿Quieres probarlo?
—¿Qué? ¡No! ¡Qué asco! ¡Mmm!
—¿Por qué? ¿Mucho olor a pescado? A la próxima lo cambio para que sepa a dulce.
—Pero qué está… ¡Ah!
Diciendo esas cosas tan locas, él volvió a empujar el líquido dentro de ella. Todo ese fluido se mezcló adentro y la punta ancha del miembro empezó a empujarlo más al fondo. Sentía como si la estuvieran machacando por dentro con un mortero.
Ella se aferró a la manta, temblando todita.
—¿No… no había terminado ya…?
—¿Cómo crees?
—Mmm… ah… ya… ya basta… ¡ya no más!
—Ya, ya… te voy a sobar bien, no seas impaciente.
Él le susurraba con ternura mientras limpiaba con suavidad su parte baja, que era un desastre, una mezcla de sus propios fluidos con ese líquido de vete a saber dónde. El miembro, con todas las venas saltadas, terminó de cavar en ese espacio tan estrecho y se hundió hasta el fondo, quedándose ahí bien plantado.
Glup, glup.
El líquido espeso se metió entre cada pliegue de las paredes vaginales, formando una capa blanquecina. Estaba tan llena que sentía una presión pesada, como si tuviera ganas de ir al baño, mezclada con una sensación de mareo que le rayaba el cerebro. Estaba hecha un cuadro, por arriba y por abajo.
Chac, chac.
—¡Ah…! ¡Jaa…! ¡Mmm!
—Hasta para llorar te ves linda. Déjame escucharte más, ¿sí?
Aunque el líquido que chorreaba ya había empapado no solo las piernas de ella, sino también la parte baja de él, el dios la seguía abrazando fuerte, restregándose contra ella sin asco. Sus labios fríos le hacían cosquillas en las mejillas y los ojos, mientras sus manos heladas le recorrían cada rincón: el clítoris, los pechos, las nalgas, los muslos, las axilas y hasta la parte de atrás de las rodillas.
El hombre frente a ella se veía borroso, como si varias sombras se mezclaran una sobre otra, sentía tantas manos tocándola que parecía que no solo estaba con él, sino con un montón de gente a la vez.
Todo estaba empapado, caliente… ay, Dios, qué desastre…
—Ah… jaa… ah…
Hasta el último suspiro que ella soltaba sin fuerzas, el dios lo recogía con su lengua larga y pegajosa. Ella, con la cabeza en otra, alcanzó a pensar: ‘Definitivamente, mi dios no es el dios del desastre, es el dios de la lujuria…’.
Así fue como, lejos de salir de ahí antes de que salga el sol, ni siquiera pudo recibir la mañana estando cuerda. Solo pudo librarse de él cuando, después de llorar sin parar por arriba y por abajo en sus brazos, se quedó totalmente seca y perdió el conocimiento. Aun así, lo único que la esperaba al despertar era la oscuridad de la noche.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
—Ah……..
Liliet soltó un quejido bajito. Sentía la garganta rasposa, como si se hubiera tragado un cuchillo. Pero no era por lo de anoche. Lo más loco era que, por más que hubiera llorado a mares y gritado hasta quedarse sin voz, nunca amanecía con los ojos hinchados ni con dolor de garganta.
Siempre era como si hubiera tenido un sueño pesado; no le quedaba ni una sola marca en el cuerpo. Sus pezones, que el dios había succionado con tantas ganas, su parte baja, que había sido castigada cientos de veces, estaban como si nada.
Lo único que le quedaba era un cansancio lánguido y un poquito de excitación. Por eso, cuando se estaba cambiando y el roce de la tela le tocaba los pezones, la cintura le daba un brinco sin que ella pudiera evitarlo.
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