Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 21
Hace un rato que no paraba de sacudir la cabeza de un lado a otro. Solo ella sabía qué estaba pensando, pero pasaba de estar pálida como un papel a ponerse roja como un tomate, de ahí otra vez blanca del susto.
El dios, que la observaba con ojos divertidos mientras ella se quejaba y lloriqueaba como perrito que quiere hacer sus necesidades, soltó una carcajada.
—Hoy mi sierva me ha hecho reír varias veces. ¿Acaso crees que te voy a lastimar?
—Me voy a morir. Si me meto eso, me voy a morir…
—No te vas a morir. Al contrario, vas a sentirte de lo más bien.
—… ¿De verdad?
—Claro. Después vas a ser tú la que me ruegue que te lo ponga. Si no me crees, ¿quieres apostar?
Dicen que uno nunca debe apostar con dioses, hadas o tahúres. Era obvio que no iba a ganar y que, de seguro, terminaría pasándola bien feo. Ella sacudió la cabeza en silencio, pero con firmeza. El dios volvió a reírse con ganas.
Como si le pareciera tierna, le dio unos besitos en la mejilla y cerca de los ojos, luego hizo un gesto con la mano.
—Ya, pues, escoge de una vez. ¿Cuál te gusta? Escoge con confianza.
—…
Ella miró con resignación los miembros que estaban en exhibición. De solo pensar que eso iba a entrar en ella, le daban más asco y le parecían más enormes. Había de todas las formas posibles: unos hinchados en el medio como si fueran un jarrón, otros con la punta tan ancha que parecían paraguas, algunos llenos de bultos como si tuvieran granos, hasta unos todos chuecos como si alguien los hubiera retorcido… Todos se veían bien anormales.
Después de dudar un buen rato, eligió un modelo que estaba al final de la fila, que dentro de todo se veía más chico y simple.
—Ese de ahí… ese quiero.
—¿Este?
El dios movió la mano ligeramente. Entonces, el objeto que ella señaló se elevó y se acercó deslizándose por el aire. Él ladeó la cabeza, confundido.
—¿No es muy chiquito? No te va a satisfacer.
—¡No! Este… este también es bien grande.
—Después no estés llorando porque te falta, ¿ah?
—…
Ella se tragó las ganas de responderle que eso jamás iba a pasar. El miembro de juguete, que giraba sobre su propio eje como luciéndose, aterrizó suavecito en la palma de su mano. Liliet se mordió el labio inferior en silencio.
‘Visto de cerca es más grande todavía…’.
Lo que de lejos parecía más chico que su antebrazo, ahora que lo tenía en la mano se sentía mucho más largo y grueso. Por lo menos la forma era normalita. Tenía la punta un poco afilada y larga, pero al menos no tenía bultos… Mientras pensaba eso, le dio un bajón de vergüenza y cerró los ojos con fuerza. Una voz seductora se le filtró por el oído.
—¿Y? ¿Te gusta?
—No sé…
—Pero si lo has escogido con todo el cuidado del mundo.
—… Pero, ¿por qué está calientito?
—Es que si está frío, te puedes asustar por dentro.
‘Vaya, qué considerado’, pensó ella. Hasta se tomaba la molestia de calentarlo para que su pobre sierva no se diera un susto si le metía algo helado. Miró el objeto con una mueca de duda.
‘Qué feo es…’.
Dejando de lado ese color oscuro casi negro, el hecho de que estuviera tibio y que, encima, se moviera un poquito como si tuviera vida, la hacía dudar de si realmente era un juguete o algo más. Y para rematar, tenía unas gotitas de líquido transparente en la punta. ¿Cómo se iba a meter eso?…
Como ella solo atinaba a poner cara de pena y balbucear, él le acarició el bajo vientre y le dio un beso en la frente.
—¿Tanto miedo tienes?
—Sí, tengo miedo. Siento que… que no va a entrar de ninguna forma…
Bajó la cabeza con las orejas encendidas de la vergüenza. Como no tenía amigos ni familia, lo que sabía de ‘esas cosas’ era bien poco y limitado. Lo poquito que sabía lo había aprendido de mala gana: o viendo a parejas chapando en los callejones o en las mesas de afuera de las tabernas, o escuchando las lisuras y cuentos subidos de tono que las otras empleadas contaban entre risas en el dormitorio toda la noche.
Pero en ningún lado había escuchado que se usaran cosas con forma de miembro para meterlas en una mujer. Ella pensaba que el acto era simplemente hombre y mujer pegando las panzas y ya. El dios le acarició la mejilla con el dorso de la mano y le susurró bajito:
—No te pongas tensa. No te va a doler.
—… Ah.
—Eso, relájate. ¿Cómo crees que te voy a hacer daño? Ya, saca la lengua.
La engatusó con una voz dulce y suave, mientras la acariciaba con delicadeza. El cuerpo de ella, que estaba tieso por el miedo y los nervios, se empezó a derretir y a ponerse lánguido al toque.
—Mmm… ah…
Él empezó a frotar su lengua bífida contra la de ella, envolviéndola despacio. Un líquido mucho más espeso y pegajoso que la saliva humana le empapó la lengua y se le deslizó por la garganta.
—Mmm… jaa… mmm…
De pronto, sintió un calorcito punzante en los pezones y le empezó a dar una picazón desesperante. Y ni qué decir de ‘allá abajo’; como ya sabía lo rico que se sentía que él la tocara y le pasara la lengua, se puso empapada al toque.
El dios, que la tenía encima suyo, se dio cuenta de inmediato. Sus labios delgados se curvaron en una sonrisa.
—Con solo chuparte la lengua ya te mojaste toda.
—Mmm… ¿está… mal eso?
—Para nada.
Con la yema de los dedos empezó a hurgar suavecito la entrada, que ya estaba toda resbalosa. La cintura de ella dio un brinco, temblando.
—Está muy bien, es perfecto.
—¡Ah…!
Él terminó de preparar el camino repasándolo con la mano y, de un momento a otro, ese objeto que no se parecía en nada a su mano se metió a la fuerza dentro de ella. Liliet, por puro reflejo, se agarró fuerte de su ropa.
—Ah… ah…
Su lengua se trabó, perdió el habla y solo podía soltar gemidos como si fuera un animalito. Esa punta tosca empezó a excavar en su interior, que era tan sensible y delicado. Por ese camino estrecho donde apenas entraba un dedo, ese objeto que era como cinco veces más grueso se metía sin asco.
Ella cerró los ojos con fuerza, con los párpados temblando y la boca abierta. El objeto, que parecía que de un solo porrazo iba a atravesarla hasta el fondo, se detuvo de golpe.
—¿Te duele? ¿Te está doliendo?
—Mmm… ah…
—¿Solo sientes dolor?
—… Es que…
Liliet cerró la boca. Sentía una presión fuerte en la pelvis, como si alguien le estuviera pisando los huesos suavecito, pero para su sorpresa no era un dolor insoportable. No sabía si era porque el dios le acariciaba el bajo vientre con su mano fría, o por los besos mojados que le daba, o porque hace un rato ya le había estado moviendo todo ahí abajo.
No sabía el motivo exacto, pero la cosa era aguantable. Es más, sentía un hormigueo y una picazón que le daban ganas de que la ‘rascaran’ más fuerte… Sin darse cuenta, asintió con la cabeza.
Él soltó una risita cerca de su oído y el miembro de juguete, que estaba quieto, empezó a moverse de adelante hacia atrás, entrando poco a poco.
—Mmm… ¡ah! ¡Jaa! ¡Ah!
Liliet tiró la cabeza hacia atrás, soltando gemidos bajitos. Algo con un volumen inmenso, que jamás había tenido adentro —es más, que nunca pensó que podría entrar ahí—, empezó a llenar cada rincón de su interior, soltando un calor extraño.
Era una sensación bien loca. Sentía que el aire se le escapaba de los pulmones, empujado por ese objeto, que la panza le hervía. Sentía picazón pero también ardor, un corrientazo que le daba una sensación agridulce. Todo era un sancochado de sentimientos.
‘Me da asco… no, espera… ¡qué rico se siente!’.
Por un lado quería que lo sacara ya, pero por otro quería que se metiera más al fondo y la golpeara con fuerza. Esa confusión de sentimientos opuestos le rayaba el cerebro. Ella no paraba de morderse los labios mientras jadeaba. Chac, chac, el miembro artificial hurgaba la entrada mojada y frotaba su cabeza ancha contra las paredes internas. ‘Qué bien… no, qué feo. Para ya… sigue, dame más’.
Sentía que se iba a volver loca.
—¿No te gusta? ¿Te hace sufrir?
El dios le agarró un pecho con delicadeza mientras le daba un beso succionado en la oreja. Su lengua mojada y lacia se metía en su oído haciendo un ruido húmedo. ¿Que si no le gustaba? Si le preguntaba así… pues, la verdad, no es que no le gustara.
Liliet empezó a chupar los dedos que le frotaban los labios mientras negaba con la cabeza. Un momento, ¿de quién era esta mano? Si las manos del señor Mut estaban agarrándole los pechos…
Y no era solo eso. Sentía unas manos agarrándole firme las piernas para que no pudiera cerrarlas, otras manos moviendo el miembro de juguete y otras manos amasándole los pechos con maestría. Con dos manos no alcanzaba, ahí había como tres o cuatro.
Se le puso la piel de gallina en toda la espalda del susto. Pero de pronto, el objeto golpeó el cuello del útero y su mente se quedó en blanco, como si hubiera visto una luz blanca.
—Hm, es corto. Definitivamente.
—¡Mmm! ¡Ah! ¡Mmm!
—Eso es, así… muy bien.
Como si quisiera sostener el útero con la punta, el miembro golpeaba una y otra vez esa entrada estrechita. Por más que no hubiera forma de que subiera más, o de que pudiera meterse todo…
—¡Ah! ¡Mmm! ¡Ah!
Mientras ella se retorcía sin saber qué hacer, el dios la manoseaba con ese montón de manos y le pasaba ese líquido pegajoso a la boca. Unas manos invisibles le apretujaban el clítoris hasta dejarlo plano y sus pezones, que antes estaban tímidos, ahora estaban hinchadazos de una forma casi escandalosa.
—¡Ah! ¡Ya no más! ¡No entra! ¡Ya no entra más!
—¿Qué dices? Si ya entró todo.
—¿Qué? No puede ser…
—¿Quieres ver? Ven, te voy a sostener el cuello.
No podía ser cierto. Los ojos de Liliet empezaron a temblar. Tal como él decía, ese miembro que era tan largo y grueso se había hundido por completo entre sus piernas; apenas se alcanzaba a ver la puntita.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
Deja una respuesta
You must Register or Login to post a comment.