Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 20
Él, sintiendo un escalofrío de placer, metió la mano todavía más adentro.
Después de pasar la entrada que estaba bien apretadita, lo que encontró al fondo fue mucho más increíble. Si uno se tirara de cabeza al cráter de un volcán en plena erupción, seguro se sentiría así. Era como si un fuego infernal estuviera corriendo por sus venas.
Burbujeo, Sentía que la cabeza se le prendía fuego.
—Mmm, ah, ja, ah……!
—Quema. Está demasiado estrecho…….
‘Qué mostro sería poderme meter todito aquí’, pensó él.
Miraba con ojos de hambre ese huequito todo empapado que parecía querer morderle los dedos, pero se veía tan chiquitito que sentía que no iba a alcanzar. Le parecía que si metía tres dedos a la vez, ella no iba a aguantar y se iba a desgarrar.
—Uff…….
Soltó un suspiro de pura impaciencia.
¿Cuánto tiempo y cuánta paciencia le tomaría poder poseerla por completo? No le quedaba otra que aguantarse y seguir esperando. Ella era demasiado frágil y suave; tenía que cuidarla para no romperla ni lastimarla.
Él empezó a masajear esa carne firme con el pulgar mientras le daba unas palmaditas en las nalgas.
—Ya, ya, tranquila. Pórtate bien. Suéltate un poco más, pues.
—Mmm, ah, ya no puedo… ¡ay!
—Te he dicho que te sueltes. Si aprietas más, ¿cómo vamos a hacer?
—¡Es que se siente… raro, ah!
Mientras le masajeaba con cuidado los pliegues internos, que ya estaban todos suaves por el placer, empezó a darle toquecitos al clítoris y hasta a pellizcarlo un poquito. Liliet le lanzó una mirada de reojo, toda picada.
Esta sierva suya tenía su lado rebelde; por fuera se hacía la sumisa, pero él sabía perfectamente que por dentro se le pasaban mil ideas atrevidas por la cabeza. Y lo peor —o lo mejor— era que hasta eso le encantaba.
Él le respondió raspándole el clítoris con la punta de sus dedos endurecidos. El cuerpo de ella volvió a sacudirse como si le hubieran pasado electricidad.
¡Ah, ah, mmm! Entre esos gemidos bajitos que le hacían cosquillas en el oído, él siguió moviendo la mano con ganas. En un ratito, ese huequito tan obediente empezó a chorrear agua otra vez.
Le daba orgullo ver que ella sentía tanto con solo meterle los dedos. Pero todavía no era suficiente; tenía que ponerla más ‘a punto’, que se derritiera como mantequilla apenas le pasara la lengua…….
—Mmm, ah, ja…….
Domesticar a su sierva era un trabajo que requería mucha paciencia, pero que disfrutaba un montón.
No paraba de darle besos cariñosos para mantenerla excitada mientras seguía acariciándola ahí abajo con calma. Bajo su toque, el cuerpo de ella se deshacía como mantequilla en una sartén caliente. El líquido que salía de su intimidad ya no solo le empapaba la palma, sino que le chorreaba por las piernas y mojaba toda la manta.
Pero el Dios no iba a dejar que ella ensuciara la cama. Con un simple movimiento de mano, el charco transparente que se había formado desapareció en un segundo, como si hubiera sido un sueño.
Eso sí, no quitó lo que ella tenía en el cuerpo; le encantaba verla toda mojada por su propio fluido.
Le quitó la túnica, que era muy bonita pero estorbaba, empezó a masajearle los pechos, succionándole los pezones como si fueran una fruta dulce.
Cuando sintió que ella ya estaba lo suficientemente lista, la jaló y la sentó sobre sus rodillas. Luego, señaló hacia la pared.
—¿Ves eso? ¿Lo ves?
—Sí, sí…….
Como él la volteó para que viera bien, Liliet hizo un esfuerzo por levantar la cabeza. Tenía la garganta seca de tanto gemir y casi no tenía fuerzas, pero si el Dios decía que mirara, tenía que obedecer.
Como todo estaba medio oscuro, no distinguía bien al principio, así que se frotó los ojos. Poco a poco, la vista se le aclaró y las formas se hicieron más nítidas.
‘¿Qué es eso……?’.
Se volvió a frotar los ojos pensando que estaba viendo visiones. Pero por más que miraba, la imagen no cambiaba.
Detrás de unas cortinas de terciopelo, en unos nichos de la pared que no había visto antes, había un montón de objetos con formas raras alineaditos como soldados esperando órdenes.
Ella ladeó la cabeza con la boca abierta. Se veían bien extraños y hasta vergonzosos, pero sentía que ya los había visto en algún lado.
‘Siento que… he visto algo parecido hace poco……’.
—¿Te gustan? No les quitas la vista de encima.
El Dios le susurró bajito al oído. Le lamió un poquito la oreja y luego le sopló suavemente, lo que la puso toda nerviosa.
Ella sacudió la cabeza con fuerza.
O sea, o sea que eso era…….
—…… ¡Ay, no!
Cuando por fin se dio cuenta de qué eran, Liliet se tapó la boca con las dos manos, muerta del susto. Estaba tan en shock que no podía ni hablar bien.
—¡Eso… eso es……!
—¿Tanto te gustan? Te has puesto bien excitada.
—¡No, nooo!
‘¿Cómo me van a gustar?’, pensó ella. Si él no fuera un Dios, lo hubiera agarrado de la camisa para reclamarle. Estaba demasiado impresionada.
En ese lugar sagrado, donde deberían estar estatuas de santos, lo que había eran… miembros de hombres, todos ahí bien puestos.
Había algunos tan feos que ni parecían de humano, pero en general tenían la misma forma que lo que le había visto a Arden hace un rato. Y de todos los colores: rojo oscuro, amarillo, verde, morado…….
‘El de Arden… hasta eso era bonito’, pensó de la nada.
El de Arden era grueso y grande, difícil de agarrar con las dos manos, pero al menos tenía una forma… derecha, digamos. Al ver esas cosas horribles que parecían arrancadas de monstruos de otro mundo, el miembro de Arden le pareció lo más normal y hasta hermoso del planeta.
Ella se volteó a mirar al Dios, pálida como un papel.
—¿Qué… qué es eso?
—¿Qué te parece que es?
—No, señor Mut. Por favor, dígame. No me diga que los ha… ¿los ha cortado?
—Jajaja, claro que no. Son réplicas, son solo modelos.
Ah, eran modelos…….
Para ser réplicas, se veían demasiado reales, tenían una pinta de estar vivos que daba miedo. Pero bueno, al menos me tranquilicé un poco cuando dijo que eran falsos. El problema fue que, con lo siguiente que soltó, el corazón me volvió a saltar como un loco.
—Incluso puedo hacer que se muevan. ¿Quieres ver?
—¿Qué? ¿Quéeee?
Él hizo un gesto elegante con la mano y, de pronto, todos esos miembros que estaban ahí quietecitos empezaron a vibrar.
Brrr, brrr, clac, clac…
Empezaron a sacudirse y a empujar el aire con una fuerza bárbara, como si estuvieran taladrando un hueco invisible.
‘¡Qué… qué asco!’.
Si ya de por sí se veían feos y grotescos estando quietos, verlos vibrar y moverse así me revolvió el estómago. ¡Ay, Dios mío! O sea, un Dios de verdad, no este…
Como no tenía a dónde escapar, no me quedó otra que hundir la cara en su pecho firme, sin fuerzas. Justo cuando iba a rogarle que, por favor, quitara esas cosas horribles de mi vista, el Dios me dio unas palmaditas en la cintura y soltó una bomba:
—No los mires con tanto asco, si todos esos tienen que entrar en ti algún día.
—¿Qué? ¿Cómo que… qué?
—A ver, ¿cuál te gusta más? Elige uno, te voy a dejar que tú misma escojas.
—Señor Mut, espere… ¿qué, qué cosa acaba de decir?
—¿Te gustan todos y por eso no puedes elegir? ¿Quieres que yo escoja por ti?
—¡E-espere un ratito!
Su voz, mientras me acariciaba la mejilla, era dulce y cariñosa, pero lo que decía era una verdadera salvajada. Me puse pálida y me aferré a su manga como si me fuera la vida en ello.
—Señor Mut, por favor, no haga eso. No… no puedo.
—¿Por qué no?
—¿Cómo que por qué? Es imposible que eso entre. Son demasiado grandes. Si me mete eso, se me va a reventar la panza.
—No pasa nada. Yo te voy a ayudar para que entre bien.
¡Que no, pues! Eso es imposible, no hay forma…….
Aunque cada uno tenía una forma distinta, todos esos miembros de juguete eran enormes. Eran casi del tamaño del brazo de un hombre adulto; si me metían eso, fija que terminaba con la barriga rajada. Liliet puso una cara de querer llorar mientras apretaba la manga del Dios con tanta fuerza que casi la rompe.
Al verla con los ojos llorosos y a punto de quebrarse, el Dios le sonrió con una mirada que parecía de lástima.
—Vaya, si te asustas por este tamañito, ¿entonces cómo vas a hacer con el mío?
—¿Eh……?
—Algún día vas a tener que recibirme a mí, así que tenemos que ir preparándote desde ahorita.
—…….
Después de escuchar algo tan fuerte que me hizo dudar de mis propios oídos, cometí la falta de respeto de bajar la mirada para chequearle la entrepierna al Dios. Tenía la parte baja cubierta con una tela azul oscuro, así que no se veía nada, pero no hacía falta ser adivina para imaginárselo. Dicen que por la maleta se saca el equipaje, ¿no?
El hombre que me tenía sentada en sus piernas como si fuera una niña tenía las manos, los pies y los hombros gigantescos. Aun sentado, era casi tan alto como un hombre normal parado. Si el tal Arden, que se veía flaquito, resultó tener un miembro increíblemente grande cuando se quitó la ropa, ni me quería imaginar cómo sería el de un Dios tan enorme como este…….
Cerré los ojos con fuerza. ‘Y eso que me prometió que no me iba a matar’.
¿Acaso los dioses pueden mentir así? Bueno, es un Dios del desastre, así que supongo que lo raro sería que dijera la verdad. Junté mis manos como si estuviera rezando y me puse a temblar.
—Por favor… no me mate…….
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