Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 19
Antes no me había fijado por el susto, pero la cama donde él estaba echado era gigante, como si se la hubieran robado a Snuhug, ese gigante castigado a picar piedra por toda la eternidad por hacer enojar a los dioses.
Era una cama de piedra gris, tosca, como tallada de un cerro, tenía encima una mantita delgada que no alcanzaba para tapar ni la cuarta parte. Para Liliet, el solo hecho de treparse a esa cama donde uno podría dar como diez vueltas sin caerse, ya era todo un reto.
Se agarró bien de su ropa estorbosa y empezó a escalar la cama con esfuerzo. Mientras hacía fuerza para subir una pierna, el Dios, con un toque suave como la neblina, la agarró de la cintura y la sentó encima de su barriga.
Ese velo que él llevaba parecía que se iba a desvanecer en cualquier momento, pero el cuerpo que ella sentía bajo sus palmas era duro como el granito. Él estiró la mano y le acarició la barbilla.
—Hoy también estás preciosa. Me moría de ganas por verte, sentía que me consumía.
—Le… le agradezco mucho.
—Ay, niña. En esos casos, uno tiene que decir que también me extrañaba.
—Ah, sí, sí…….
—Parece que no me extrañaste mucho, ¿no?
—¿Eh? Eso… bueno, este…
Como Liliet no tenía ni pizca de experiencia con esas palabras tan melosas, se quedó callada. ¿Qué sabía ella de coqueteos? Si ni siquiera sabía cómo ser amable con los vecinos…….
Era cuestión de decir ‘yo también lo extrañé’ y listo, pero no podía. El Dios soltó una carcajada al verla ahí toda trabada y terca, incapaz de decir esa simple frase.
—Qué honesta eres. No sirves para mentir, definitivamente. Es tierno, pero me da un poco de pena. Yo que estuve esperando con ansias a que llegaras.
—Ah, lo… lo siento…….
—No tienes por qué pedir perdón. Está bien. Pronto llegará el día en que no puedas vivir ni un segundo sin mí.
—¿De… de verdad?
Liliet abrió los ojos como platos, asustada. Se puso pálida y le empezaron a temblar las manos. Al ver esa reacción tan exagerada, el Dios ladeó la cabeza. Él solo había lanzado un piropo juguetón, pero ella se lo había tomado muy a pecho.
—No… no diga eso, por favor.
—Mmm, no quiero.
—Se lo ruego. Solo puedo ver al señor Mut una vez a la semana, ¿qué voy a hacer si me muero?
—¿Qué?
—Usted dijo que me iba a dejar vivir.
Ella se aferró a la manga de la túnica del Dios, suplicándole con toda el alma. Estaba a punto de ponerse de rodillas si era necesario. Por una vez, el Dios se quedó mudo, mirándola con la boca un poco abierta.
De pronto, soltó una risa que sonó como un trueno: ¡Jajaja! Fue una carcajada tan estrepitosa que el velo se le levantó y casi se le ve la nariz. No sé si era porque era un Dios o por su tamaño, pero su risa retumbaba en los oídos como si estuvieran tocando un tambor al costado.
‘¿Por qué… por qué se ríe así?……’. Liliet se encogió de hombros sin entender nada.
Después de reírse un buen rato haciendo vibrar su velo, el Dios soltó un suspiro largo y la abrazó con fuerza.
—Ay, de verdad. Me encantas.
—…… ?
—Era una forma de decir, una metáfora. Aunque a veces me dan ganas de que sea verdad.
—¿E-eh?
—Es broma, es broma. Ah, qué divertido es tomarte el pelo. Me voy a enviciar con esto.
—…….
Liliet ya no sabía si era broma o si hablaba en serio. Solo atinó a mover los ojos de un lado a otro. Literalmente, él estaba jugando con ella como quería. Por dentro, ella hizo un pucherito; se había pegado el susto de su vida y él se reía.
Teniéndola ahí sentada sobre su barriga, el Dios empezó a jugar con ella como si fuera un juguete. Le pasaba la yema de los dedos por los labios, le acariciaba los brazos y le apretaba las nalgas como si estuviera amasando pan.
De tal amo, tal criado, definitivamente. Ninguno de los dos la dejaba tranquila ni un segundo. El arzobispo Gillian no es así, pensó ella…….
—Ah…….
—Hasta tus gemidos son tiernos.
El Dios le dio un beso en el cuello mientras, con su mano enorme, le agarraba el pecho con cuidado, como quien sostiene el capullo de una flor. En cada lugar donde él la tocaba, ella sentía un hincadito caliente, como si le acercaran un fósforo encendido.
Liliet ya estaba empezando a dudar de quién era él realmente. Mucho ‘ritual’ y mucha cosa para asustar a la gente, pero al final solo se la pasaba haciendo mañoserías. ¿No será que en vez de un Dios del desastre, era el Dios de la calentura o algo así?
Mua, mua.
—Mmm, qué rico hueles…….
Mírenlo, pues. Ahí estaba otra vez, hundiendo la nariz en su piel y olfateándola como un perrito mientras no paraba de manosearla. Luego, le pasó la lengua suavemente como si la estuviera probando y, de un movimiento, la volteó y la echó en la cama.
Un frío helado, como neblina, envolvió su cuerpo y una sombra gigante le tapó toda la vista. Ella tragó saliva tratando de calmar su corazón. Una ansiedad rara empezó a treparle desde los pies. Cuando empezó a moverse incómoda, el Dios le tomó la cara con sus manos.
—¿Qué pasa? ¿Estás incómoda?
—Ah, sí. Es que la cama está muy… muy dura.
En verdad se estaba moviendo por otros motivos, pero lo que dijo era cierto: la cama era una piedra. Tenía una manta, sí, pero era tan delgada que el frío se le pasaba a los huesos. Si se quedaba a dormir ahí, de hecho que al día siguiente amanecía con una gripe de aquellas.
—¿Por qué duerme en un lugar tan incómodo? Si se mueve un poquito mal, fijo que se levanta llena de moretones.
—Jajaja, bueno, tengo mis razones.
Él le pasó la yema de los dedos por los labios, como si la estuviera lamiendo.
—Es la única forma de que busques refugio en mis brazos, ¿no crees?
—…… Ah.
—¿Viste? Es una razón bien justificada.
A Liliet se le pasó un pensamiento medio pecaminoso por la cabeza: definitivamente, este Dios era un tremendo mañoso. Sin perder tiempo, él le abrió las piernas y se acomodó entre ellas.
—Si quieres, puedo poner una manta más acolchada. ¿Qué prefieres, lana de oveja o plumas de ganso?
—Eh, este…….
Daba igual, ella nunca en su vida había usado sábanas tan finas. De pronto, sintió una mano helada que le subía la falda por encima de las rodillas. Ella movió los ojos de un lado a otro y respondió al toque:
—Entonces… de oveja…… ¡Ah!
—Ya está, mi dulce y débil ofrenda. Voy a ponerte edredones de lana bien suavecitos para que podamos revolcarnos a gusto.
El Dios hablaba con una voz cargada de risa que le rozaba los ojos mientras se inclinaba sobre ella. La mano que le jugueteaba en la rodilla se deslizó rápido hacia la entrepierna.
Como no llevaba ni pantalones ni ropa interior, sus dedos tocaron de frente esa carne suave y mojadita que se asomaba sonrosada. Liliet se mordió el labio inferior con fuerza. Sentía las orejas calientes y coloradas, como si alguien se las hubiera estado mordisqueando.
Sin dudarlo ni un segundo, esos dedos toscos le abrieron la entrada y se metieron con suavidad.
—¡Ah, ah……!
—Pero si ya estás empapada. Y eso que casi ni te he tocado.
El Dios soltó un gruñido desde la garganta y siguió con sus comentarios subidos de tono:
—Tu cosita se me pega a los dedos, como si no quisiera que me vaya.
—¡Ah, mmm, sí, ah!
—Te ves tan linda temblando así. ¿Quieres que te de hasta el fondo? Eso es lo que quieres, ¿no?
—¡Ah, ja, es-espera, mmm!
Chic, chic.
Esos dedos gruesos entraban y salían con una maña increíble de ese huequito que ya estaba chorreando. Como si estuviera sacando agua de un pozo, él se encargaba de empapar todo por fuera con el mismo líquido que ella soltaba. En un ratito, el calor que la estaba quemando por dentro se regó por todas partes.
Liliet arqueaba la espalda y las piernas le temblaban como gelatina. Definitivamente, cuando el Dios la tocaba, la sensación era otra. Se sentía más acorralada, más urgente, como si no hubiera tiempo que perder. Era como estar parada al borde de un abismo. Sentía un escalofrío que le subía por la nuca, un cosquilleo en las corvas y esa sensación de que se le escapaba el alma…
—¡Mmm, ah, se-señor Mut……!
—¿Ya te vas a venir? ¿Así de rápido?
—¡No, mmm, sí!
—Ni siquiera necesito chupártelo. ¿Ves esto? Tengo la mano mojada hasta la muñeca.
Él sacó la mano a propósito para enseñársela, chorreando líquido. Liliet lo miró con los ojos rojos y el ceño fruncido, muerta de la vergüenza pero también con una rabia contenida, como preguntándole por qué paraba justo cuando estaba en lo mejor.
‘Mira cómo me ruega, con la nariz toda roja…’, pensó él.
Se rió por lo bajo y le dio un beso en la rodilla. Le abrió bien las piernas y se hizo espacio entre sus ropas largas. Debajo de ese vello castaño, su carnecita rosada lo saludaba con timidez. Al ver su zona íntima brillando por la humedad, como si le hubieran echado aceite aromático, al Dios se le secó la garganta al instante.
Sintió un vacío en el estómago que le dolía y su sangre muerta empezó a recorrerle el cuerpo, despertando un deseo desesperado. Presionó la parte interna de sus muslos para verla mejor y le rascó suavemente el huequito con el dedo. Ella soltó un gemido bajito. Volteó la cara sin saber qué hacer, con los hombros encogidos y la parte de abajo dándole espasmos.
Él no le quitaba los ojos de encima, chequeando cada movimiento de Liliet mientras movía la mano sin prisa. Le abrió los labios y empezó a masajearla en círculos; su entrada, caliente y empapada, parecía tragarse sus dedos con ganas.
‘Sí, tú también tenías sed. Igual que yo’. ‘Me extrañabas, ¿verdad?’.
Soltó un suspiro pesado mientras la acariciaba con ternura. Sentía como si tuviera un pajarito entre las manos: algo que latía, calientito y suave. Verla ahí, batiendo sus alitas invisibles y jadeando con el corazón a mil, le recordaba tanto a eso…
Pum, pum.
Al sentir esos latidos tan bajitos, pareció que hasta su propio corazón muerto empezaba a vibrar otra vez.
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