Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 18
Liliet tragó saliva mientras miraba de reojo sus pezones, sonrosados como si los hubiera teñido estrujando geranios rosados.
Le acarició el abdomen marcado y luego subió suavemente por entre sus costillas; Arden, al sentir las cosquillas, se mordió el labio inferior con fuerza mientras sonreía. Estaba tan hipnotizada por ese cuerpo hermoso —que parecía esculpido a mano por un dios con cincel y martillo, casi sin rastro de humanidad—, que ni siquiera se dio cuenta cuando Arden se desabrochó la correa, se soltó el pantalón y sacó su miembro.
—Ummm…….
Solo cuando él, con movimientos elegantes como si estuviera tocando un instrumento, envolvió su miembro junto con la mano de ella y empezó a moverlo lento, Liliet bajó la mirada asustada por esa sensación extraña que le hacía cosquillas en la palma. Pero para ese entonces, él ya le tenía las dos manos bien sujetas; no podía ni moverse. En un segundo, la cara de ella se puso roja como un tomate.
—Suéltame, Arden. Ya… ya para…….
—Pero si se siente rico. Tú dijiste que podía tocarte.
—Te he dicho que estas cosas no se deben hacer.
—Tu mano está fresquita, me gusta. Uff, agárrame más fuerte.
Ignorando por completo lo que ella decía, Arden echó la cabeza hacia atrás con pesadez. A comparación de su cuerpo blanco y fino, su miembro se veía de un color púrpura oscuro, casi rojizo, lo que le daba un aire muy lujurioso. Era tan grande que ni con la mano de él —que cubría sobradamente el dorso de la mano de ella— alcanzaban a taparlo todo; la punta roma sobresalía y soltaba un líquido transparente que pronto terminó ensuciándole toda la mano.
Fric, fric.
—Sí, ah, qué rico…….
—…….
Si lo pensaba con lógica, que te obliguen a agarrar el miembro de otro debería ser algo asqueroso y pesado. Para colmo, lo que tenía entre manos era demasiado grande y duro, él la sujetaba con tanta fuerza que le dolía el dorso de la mano. Y ni qué decir de lo pegajosa que sentía la palma por ese líquido que él soltaba; era una sensación bien cargosa.
—Lili, ah, qué bien se siente.
Pero al verle la cara a él, jadeando de placer mientras decía su nombre, se veía tan malditamente atractivo y provocador que no podía soltarlo.
—Agarra más fuerte.
—…… ¿Así?
—Ah, sí. Joder… arriba también, ah, sóbame arriba también.
—…… Ya.
Al contrario de lo que decía, terminó haciendo lo que él le pedía: rodeó la punta brillante con los dedos y apretó con todas sus fuerzas. Arden jadeó roncamente como si lo estuvieran asfixiando y frunció el ceño.
Pum, pum, pum.
Su corazón latía como si fuera a reventar. Tal vez estaba bien porque, como él decía, no era ella a la que estaban ‘poseyendo’. Aun así, sentía un hincón de culpa en el pecho que no sabía de dónde venía y que la dejaba sin aire. Pronto, Liliet también estaba jadeando tan fuerte como Arden, con el cuello todo rojo. Tenía la palma pegajosa, lo que sujetaba estaba ardiendo y la falta de aire le nublaba la cabeza. Aunque por la ventana abierta entraba un viento fresco, sentía el cuarto bochornoso, como si estuviera encerrada en un lugar sin salida.
—Ay, Lili.
Sin soltarle la mano, Arden la llamó. Con su otra mano, grande y cálida, le rodeó la nuca y empezó a frotarle suavemente desde el cuello hasta la columna. En ese instante, un escalofrío le recorrió toda la espalda y se le acumuló en el bajo vientre. Sintió un cosquilleo ahí abajo, como si su cuerpo estuviera buscando algo que lo llenara.
—Bésame.
—…….
—Anda, rápido. Abre la boca.
Se lo ordenó con una voz tan dulce que sentía que se le derretían los oídos. Era un tono cariñoso, pero con esa firmeza típica de los nobles que no aceptan un ‘no’ por respuesta. Su triste naturaleza de haber sido sirvienta media vida reaccionó al toque. Apenas asomó los labios y los abrió un poquito, la lengua de él, que parecía sonreír, entró en el huequito y empezó a recorrerle las paredes de la boca con suavidad.
Mua, mua.
—Ah, ja…….
No es que le estuviera succionando la lengua hasta que le doliera la raíz, ni se la estaba metiendo hasta la garganta, pero extrañamente le faltaba el aire. Empezó a respirar agitada por la nariz y, como no le alcanzaba el oxígeno, soltó un jadeo; Arden se rió entre dientes mientras le jugueteaba en la oreja.
—¿Ya te cansaste? Pero si recién empezamos.
—Es que tú… me… me pones nerviosa.
—Ya, ya. No te piques. Lo haré despacio. Lili, mueve la mano también. Mientras me chupas la lengua…….
Aunque ya sentía el brazo adolorido de tanto moverlo, Arden la apuraba para que lo hiciera con más ganas. Él no dejaba de acariciarla mientras le susurraba al oído para que nadie los oyera. Ver a este hombre tan rojo por la excitación, perdiendo los papeles por cómo ella lo tocaba, le pareció… encantador. De verdad, no entendía nada.
‘¿Cómo terminamos así?’.
Si ella solo quería escribir en su diario. Si solo le había preguntado por una palabra que no sabía. Por más que se esforzó para no caer en las redes de este hombre tan astuto y hermoso, en un abrir y cerrar de ojos, ya había caído redondita en sus mañas y le estaba siguiendo el amén ahí abajo.
El hecho de que ya no me pareciera un problema… eso sí que era un problema de verdad. Sentía que esto no estaba bien, que no debíamos estar haciendo estas cosas, pero cuando estaba con él, se me cruzaban los cables y ya no sabía qué era lo correcto.
Al principio, la voz de mi conciencia era clara y fuerte, pero ahora se había vuelto tan débil como un granito de arena. En cambio, el placer y las ganas me susurraban cochinadas al oído, diciéndome que qué tenía de malo, que mejor aprovechara la única alegría de esta vida tan aburrida en el templo.
—No te estás concentrando, Lili.
Arden, que se daba cuenta de todo como si fuera un brujo, me llamó la atención. Así como un profesor le toca la frente a su alumno para que atienda, él me dio unos golpecitos con la lengua en el paladar y luego, de la nada, me mordió la puntita de la lengua.
No me salió sangre, pero sí me dolió regular.
—¡Auh, me dolió!
—¿Viste? Eso te pasa por andar distraída. Es tu culpa por pensar en otras cosas cuando estás conmigo.
—Siento que me está saliendo sangre…….
—Ya, no pasa nada. Si sale sangre, yo te la chupo toda. Ya, ven, acércate.
Arden metió sus dedos entre mi pelo y ladeó la cabeza. Nuestros labios se juntaron sin dejar ni un huequito, él empezó a succionarme la lengua como si estuviera tomando miel.
Fric, fric, fric.
—Ah, ja… qué rico. Siento que ya me vengo…….
El ritmo con el que yo le sobaba su miembro se volvió más rápido, la respiración de Arden se puso igual de agitada. Su cuerpo, pegado al mío, quemaba y vibraba de a poquitos.
Liliet tenía mil dudas. ‘Me falta… el aire’. No sabía si era normal sentirse tan mareada. ‘Siento que… me asfixio……’.
Se preguntaba si esto de que el corazón le saltara como un tambor cada vez que se daban un beso de lengua, o ese calor pegajoso que sentía en el vientre y cómo se iba mojando ahí abajo… ¿sería una reacción normal del cuerpo o sería algún tipo de brujería o maldición? De verdad, se moría de la curiosidad por saberlo…….
—Lili, Lili…….
Arden masculló su nombre entre dientes y apretó las manos. Por un segundo, pareció que de verdad se había convertido en una estatua de mármol. Aguantó la respiración, frunció un poco el ceño y puso todo el cuerpo duro.
De pronto, un líquido blanco salió disparado de la punta y cayó como lluvia. Mis manos, que lo tenían bien agarrado, terminaron todas empapadas y pegajosas, como si hubiera reventado un pie de limón con los dedos.
—Ah, qué rico fue, Lili.
—…….
—Fue tan, pero tan bueno, que hasta me dolió el corazón…….
A diferencia de ella, que estaba tiesa sin saber qué hacer, Arden murmuraba con los ojos entrecerrados y una sonrisa de satisfacción. Liliet lo miró a los ojos, que brillaban como piedritas mojadas por la lluvia, pensó para sus adentros: No sé si esto que siento es normal o no, pero hacer cosas con este hombre, sean cuales sean, se siente demasiado bien…….
Como si me hubiera leído el pensamiento, Arden estiró la boca en una sonrisa larga. Su lengua tibia me lamió los labios suavemente. Al sentir eso, por alguna razón, sentí un cosquilleo en el pecho, como si me estuviera lamiendo los pezones por encima de la ropa.
Arden susurró algo bajito y yo, sin darme cuenta, asentí con la cabeza. Él se rió. Su suspiro dulce me envolvió y ya no pude escuchar nada más.
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La abuela del pueblo siempre decía que uno se termina acostumbrando hasta a lo más difícil. Y dicho y hecho, Liliet se fue acostumbrando poco a poco. A esos brazos gruesos que la rodeaban de la nada, a los besos que le daba a cada rato como si fueran pétalos volando, a esa voz que le susurraba pegadito como si fueran una pareja de tortolitos.
—Lili, mírame. Mírame y regálame una sonrisita.
—Ya pues, aléjate un poco.
—Mírame, pues. ¿Acaso no soy guapo? ¿Ah?
Ya ni le sorprendían las tonterías que él decía con esa sonrisa tan brillante. Como por más que le hablara no hacía caso, por más que lo empujara no se movía, ella terminó cansándose y dejó que le diera besitos en la mejilla como si fuera algo normal.
Mientras tanto, el tiempo pasó volando y, otra vez, llegó el día de la ceremonia. Liliet estaba temblando frente a la sala del ritual. Ya era la tercera vez, pero cada vez que le tocaba, le venía un escalofrío de los nervios. ¿Sería por la ropa que llevaba puesta?
El arzobispo Gillian tenía los ojos cerrados y no los abrió para nada. Eso me alivió, pero igual sentía las orejas calientes por la vergüenza. Como siempre, me echaron agua bendita en la cabeza, rezaron y entré a la sala. Esta vez no entré gateando como Dios me había pedido antes, solo entré con la cabeza agachada.
—He… he venido a ver a Dios.
—Ven aquí.
Apenas puse un pie adentro, escuché esa voz profunda, como si me hubiera estado esperando con ansias. Ese hombre gigante, imponente como una montaña, estaba recostado de lado en la cama de piedra y me hizo una seña con la mano para que me acercara rápido.
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