Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 17
A veces se porta como un chiquillo pidiéndole que le explique cosas que todo el mundo sabe, otras veces se las da de sabio o se pone a darle lecciones como si fuera un viejo que ya vivió de todo.
Si fuera otra persona, a ella ya le hubiera dado cólera, pero si no podía ni molestarse con él era, de hecho, por ese porte tan fuera de lo común que tenía.
Se le quedó mirando un rato a esa cara que parecía brillar con luz propia de lo hermosa que era, luego jaló su libro hacia ella.
—Bueno, gracias por la ayuda. Ahora sí, regresa a tu sitio…….
Se encogió un poco en su lugar tratando de tapar el libro con los brazos, cuando de la nada, Arden le plantó un beso en la mejilla.
—¿Qué… qué te pasa? Así de la nada.
—¿No tienes más dudas? Yo te enseño.
—…… Eso suena sospechoso.
—Me ampayaste. Lili, ¿sabes que en la vida todo es un ‘dando y dando’?
Lo sabía. ¿Será que todos los hombres de su edad son así? Parecía que tenía la cabeza llena de puras mañoserías. Arden la jaló de la cintura, le dio otro beso en la mejilla y soltó una sonrisa pícara.
—Un beso por cada palabra, ¿qué dices?
—¿Qué, qué cosa?
—¿No quieres? Mmm, ya pues, ¿un beso por cada diez palabras?
—No, Arden. No hables tonterías…….
—¿Por qué? Es un buen trato. Aprendes palabras nuevas y de paso la pasas bien. Ya pues, ¿sí?
Liliet no lo podía creer. Como si ella no se diera cuenta de sus segundas intenciones. Eso de ‘un beso por palabra’ ni a balas se iba a quedar solo en eso.
Y dicho y hecho, él se le acercó tanto que sintió su respiración haciéndole cosquillas, de pronto le pasó la lengua por el labio inferior. Además, ni cuenta se dio en qué momento él le había levantado la falda, pero su mano ya estaba trepando por encima de su rodilla, acariciándole el muslo suavemente.
—¡A-Arden!
—Te quiero chupar.
—……!
Al escuchar algo tan directo, los ojos de Liliet se abrieron como platos, totalmente en shock.
—Tus labios, tus tetas, tu cosita. Todo.
—¡Arden! ¡Por favor, cállate……!
—Quiero lamerte y chuparte todita. Déjame, Lili. Si te gustó cuando te lo hice, ¿no?
—No, no es eso. Esas cosas… no se deben hacer.
—¿Y por qué no?
Él la miró fijamente con esos ojos claros, transparentes como el cristal, sin rastro de malicia. Liliet sintió un hincón en el pecho, como si le dolieran las costillas.
Se quedó con la boca abierta, tratando de buscar aire, pero terminó cerrándola sin decir nada. ¿Acaso tenía que decírselo para que se diera cuenta? Lamentablemente, besarlo se sentía demasiado bien. Cuando se besaban, las penas que siempre le apretaban el pecho se le olvidaban por un rato y el ruido en su cabeza se calmaba. Por eso no podía mandarlo bien lejos. Y Arden, como si supiera lo que ella sentía, no tenía nada de roche en avanzar.
Pero ya no podía seguirle el juego. Porque ella era una ofrenda entregada a Dios. No era bueno para él estar pendiente de alguien que no tenía futuro. Algún día, Arden podría salir de este templo aburrido y casarse con otra mujer; no como ella, que estaba amarrada aquí de por vida.
Liliet cerró el puño con fuerza. Tenía que decírselo. Por más culto que fuera, él se había criado encerrado en este templo y no sabía nada de la vida real. Tenía que aterrizarlo.
—Arden, te lo he dicho mil veces: esas cosas solo se hacen entre enamorados o esposos. Nosotros no podemos.
—Ah, ¿ese es el problema?
—¿Eh?
—Entonces nos casamos y ya. Estamos en un templo, pues. Hay un Dios ante quien jurar, hay sacerdotes y hay una capilla. Me parece una buena idea. Lili, a ti el vestido de novia te quedaría mostro.
—Espera, ¿qué estás hablando?…….
—¿Nos casamos la próxima semana? Ah, seguro falta preparar cosas. ¿Por dónde empezamos? Primero hay que llamar a Gillian…….
—¡Arden!
Liliet lo escuchaba hablar todo emocionado y por un momento se quedó en las nubes, hasta que reaccionó y le gritó. Arden ladeó la cabeza con esa cara de ángel que tenía, como preguntándole por qué lo llamaba así.
Liliet soltó un suspiro.
—No podemos casarnos, Arden. No se puede, no se debe. Ay, de verdad… son cosas obvias…….
—¿Por qué obvias? No entiendo nada.
—Porque yo…….
—Dime.
Porque no te amo.
No pudo terminar la frase y solo tragó saliva. La gente se casa porque se ama. Los nobles que tienen de todo se casarán por interés o por plata, pero la gente de pueblo como ella, que no tiene ni dónde caerse muerta ni nadie que la cuide, lo único que puede pedir es amor o, al menos, estar con alguien que le dé una vida tranquila.
Y como Arden no era ni lo uno ni lo otro, no podía casarse con él. Pero al tenerlo ahí al frente, con esa cara tan limpia, las palabras no le salían. Movió los labios sin emitir sonido y terminó quitándole la mirada.
—Porque mi cuerpo le pertenece a Dios. Ya le entregué mi alma y mi cuerpo a Él, así que no puedo casarme contigo.
—Ah, ya veo…….
Como le puse a Dios de excusa, su voz sonó desanimada, como si por fin se le hubieran quitado las ganas. ¿Ya lo habrá entendido? Por un lado me sentí aliviada, pero por otro, se me bajó un poco el ánimo. Ay, yo también, de verdad…….
Estaba por mover la cabeza negando y decirle que mejor ya no hay que tocar ese tema, cuando de pronto me soltó una frase que no tenía ni pies ni cabeza.
—Entonces, no habría ningún problema si tú me deseas a mí, ¿no?
—…… ¿Ah?
—Claro, pues. Mi cuerpo es puro y no le pertenece a nadie.
—No, bueno…….
¿Será? ¿Así funciona la cosa? ¿O sea que… se puede?
—Tócame, Lili.
—O-oye, no, espera un ratito…….
—Ya pues, rápido.
Mientras ella estaba toda confundida, Arden se desató los cordones de la camisa y se la quitó de un tirón, dejándola tirada en el suelo. Sin darle tiempo a reaccionar o a taparse los ojos, Liliet se topó con el torso desnudo del hombre frente a ella. Se quedó con la boca abierta, recorriéndolo con la mirada sin poder evitarlo.
Lo primero que pensó fue: ‘No puede ser’. ¿Cómo el cuerpo de una persona puede ser así? En serio, no tiene sentido. A simple vista se veía flaquito, como si no tuviera ni carne ni músculo, pero resultó que tenía unos músculos increíbles, como si fuera un guerrero de esos templos que rinden culto a la fuerza. Su cuerpo estaba cubierto de puro músculo, sin un gramo de grasa, cada vez que respiraba se movía de forma delicada, como ondas en el agua.
Y qué decir de su piel… era incluso más clara y suave que la camisa que llevaba puesta. Le pareció que tenía mejor cutis que la señorita noble a la que ella servía.
‘Qué hermoso……’.
Ante una prueba tan clara, Liliet tuvo que aceptar, sintiéndose un poco humillada, que el cuerpo desnudo del hombre que tenía al frente era lo más bello que había visto en su vida. En verdad, ella casi nunca había visto a un hombre calato, salvo por algunas malas coincidencias.
Algún borracho tirado en la calle con la panza al aire, o los tipos que en verano se quitan el polo para jugar pelota. O esos de los circos ambulantes que, sin ninguna vergüenza, se desabrochaban la camisa para lanzarle miradas sucias a las mujeres. Esos hombres, que disfrutaban de andar así porque les daba la gana, tenían cuerpos feos, todos iguales.
Lo normal era que tuvieran pelos negros en el pecho y la panza como si fuera moho, o la barriga hinchada como mujer embarazada, tetillas oscurecidas y la espalda llena de granos o verrugas que parecían conchitas pegadas a una roca. Cada vez que veía algo así por accidente, le daban ganas de hincarse los ojos.
Pero el cuerpo de Arden no tenía ni una marca de acné, ni pecas, ni siquiera una cicatriz pequeña. Era blanco y limpio como un paisaje nevado; verloo era como apreciar una obra de arte de un pintor famoso.
‘Debe sentirse tan suave al toque……’.
Mientras ella lo miraba embobada, como hipnotizada, Arden sonrió entornando los ojos. Era rarísimo: él estaba ahí, calatito, pero en vez de parecerle algo feo o fuera de lugar, a ella el corazón le empezó a latir a mil por hora. Él la tomó suavemente de la muñeca y la jaló hacia él.
—Puedes tocarme.
—¿E-eh……?
—Todo lo que quieras, por todas partes.
Arden le susurró como una serpiente, sonriendo con la mirada. Antes de que se diera cuenta, la mano de ella ya estaba apoyada en su pecho firme. Liliet encogió los dedos por el susto, pero él puso su mano encima de la de ella y presionó con suavidad.
Estaba calientito y suave.
—¿Te gusta?
—…… Sí. Es… es lindo.
—¿De verdad? Qué bueno. Tócame, todo. No te dejes nada.
Ahhh,
Él soltó un suspiro pesado mientras movía la mano de ella lentamente. Sus dedos empezaron a resbalar con suavidad. Pasaron por la clavícula bien marcada, por el pecho que subía y bajaba despacio, por el huequito de la boca del estómago y bajaron por los abdominales bien definiditos…….
‘Así es el cuerpo de un hombre, entonces……’.
Sintiendo los latidos del corazón —pum, pum, pum— bajo su palma, ella sintió un escalofrío. Era totalmente diferente al cuerpo de una mujer, diferente al suyo. Ese cuerpo que parecía tan suave era, contra todo pronóstico, firme y duro. Por más que presionaba con fuerza, solo se hundía un poquito la piel, pero no llegaba más allá. Si no fuera por el calor que despedía y ese ligero temblor, habría jurado que estaba tocando una estatua de mármol pulido.
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