Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 15
Al voltear la cabeza, vio a su sirviente inclinándose respetuosamente. La mitad del rostro del sirviente estaba intacta, pero la otra mitad se veía oscura y seca como la raíz de un árbol muerto, su pupila brillaba con un color carmesí. Su sombra, proyectada largamente sobre el suelo, ondulaba de forma siniestra.
—¿Tuvo un buen sueño?
—Un sueño, ¿eh?
Él sonrió levemente. Era una pregunta graciosa. Los dioses no sueñan, pues son seres completos y plenos. Solo los humanos sueñan, por ser criaturas incompletas y llenas de carencias. Sin embargo, él había tenido un sueño. Como si fuera un humano.
—Sí, tuve un sueño maravilloso.
El velo que lo cubría como una neblina se agitó, soltando un viento helado. Su figura robusta, que llenaba casi la mitad de esa enorme cámara de piedra donde cabrían decenas de personas, se sentía sorprendentemente etérea.
—Soñé que la tierra ardía y la cabeza de mi discípulo rodaba por el suelo.
Su voz salía pausada y con un matiz empalagoso. En la cámara no había ventanas y no corría ni la más mínima brisa, pero el velo negro bailaba solo, como si tuviera vida propia.
Al ver a su señor así, el arzobispo Gillian se tragó un gemido de preocupación. Cada vez que tenía un mal sueño, su caprichoso y excéntrico amo solía desquitarse atormentando a sus sirvientes inmortales para calmar su inquietud.
Pero, extrañamente, aunque había tenido una pesadilla, el amo parecía estar de muy buen humor. Incluso tarareaba una melodía sombría que le bajaba el ánimo a cualquiera que la escuchara.
—Parece que está de buen humor. ¿Es por esa niña?
—Así es. Estoy satisfecho. Mucho más de lo que esperaba.
—Me alegra oír eso…
Arzobispo Gillian asintió lentamente. Era una niña de buen corazón y muy considerada. Daba hasta pena.
Mientras él movía la cabeza, estiró el brazo y un cuervo apareció de la nada, posándose en su antebrazo.
—Estuve vigilando su casa y vi que ya tiene una tumba. Parece que siguen tratando a los sacrificios como si ya estuvieran muertos.
—Es lo de esperarse.
El cuervo soltó un graznido y ladeó la cabeza. Al igual que Gillian, la mitad de su cabeza estaba normal, pero la otra mitad no tenía plumas y mostraba la piel rojiza y viva, un aspecto horripilante. Su ojo gris, sujeto apenas por unas venas, parecía que se iba a caer en cualquier momento.
El poder que el dios le había otorgado era la hechicería para controlar las almas. Su cuerpo físico no podía salir fácilmente del templo, pero sí podía enviar animales conectados a su alma para espiar.
En lo alto de la colina, detrás de una mansión lujosa, la tumba de ‘Lariette Humms’ estaba ubicada entre los nichos familiares. Era una tumba solitaria, cubierta de hojas secas y sin una sola flor, como si nadie la visitara.
—Vigilé la mansión por un tiempo y no vi que entraran familiares ni visitas. La baronesa incluso ya vestía de luto.
—¿Ah, sí?
—Pero no parecía estar muy triste. Al contrario, se le veía algo contenta.
—No me sorprende.
El dios se incorporó un poco y apoyó el brazo en su rodilla. Su tono se volvió cínico.
—Es la costumbre de los humanos: aunque compartan la misma sangre, si ya no sirven, los desechan.
—Bueno, no todos son así…
—Pobrecita. ¿Será por eso que se veía tan triste? No parecía que la extrañaran mucho.
El dios ignoró las palabras de Gillian y se apoyó la barbilla en la mano. Fingía sentir lástima, pero en su rostro se notaba una alegría desbordante. De verdad que…
Arzobispo Gillian aguantó las ganas de negar con la cabeza. No pudo evitar sentir una profunda lástima por la jovencita. Qué mala suerte haber sido entregada como sacrificio justo a un dios maligno.
Él también estaba encadenado a este templo, pero el caso de Lariette Humms era mucho más trágico. Aun así, no tenía la más mínima intención de ayudarla a escapar.
Él era el sirviente del dios. Si el dios estaba feliz, él estaba feliz; si el dios sufría, él sufría. No era una metáfora ni una muestra de lealtad, era ‘literal’. Desde el momento en que entregó su cuerpo y alma para pedirle un deseo al dios maligno.
Él, al igual que todos los apóstoles, estaba subordinado al dios y conectado espiritualmente con él. Por eso, si el dios padecía, él también sentía ese tormento. Aunque solo recibía una mínima parte del dolor que el dios soportaba, cada segundo de su existencia era una tortura.
Por lo tanto, no solo por el descanso de su señor, sino también por su propia paz, el sacrificio de Lariette era necesario. Esa era la razón por la que, aunque sentía lástima por ella y deseaba que estuviera bien, se mantenía como un simple espectador.
Aún con un poco de humanidad en su interior, carraspeó ligeramente.
—Misericordioso señor, entiendo su alegría, pero la señorita Lariette apenas acaba de cumplir la mayoría de edad; es muy inmadura.
—¿Y?
—¿Cómo que ‘y’? Pues que todavía no tiene experiencia y es fácil herir sus sentimientos. Si se burla demasiado de ella, va a terminar odiándolo.
—¿Yo, burlarme? ¿Ella, herida?
—… Sí.
Gillian frunció el ceño levemente al recordar cómo su señor jugueteaba con la chica. El dios soltó una risita burlona.
—Mi poco iluminado sacerdote… tú no sabes nada de mujeres.
—¿Cómo dice?
—Bueno, es normal que no sepas. Te la pasas metido en la sala de escritura peleándote con los libros.
Arzobispo Gillian se quedó de piedra. Por más que no supiera, ¿acaso iba a saber menos que un dios? Él fue un hombre que alguna vez tuvo esposa e hijos, aunque de eso hiciera ya una eternidad.
Pero el dios sentenció con total seguridad:
—Esa niña me ama. Me adora y me desea. Solo tengo que mirarla a los ojos para saberlo. Brillan como el reflejo del sol sobre la superficie de un lago.
—…….
—¿Y qué me dices de sus labios? Aunque la bese hasta cansarme, siempre está moviendo la boquita pidiendo más. Y cuando la beso, finge que no quiere y se queja solo para emocionarme. ¿Acaso no es lo más adorable del mundo?
Arzobispo Gillian cerró los ojos, sintiéndose fatal. Si había algo que no quería escuchar en este mundo, era precisamente los cuentos de amor de su patrón. Si pudiera, se arrancaría las orejas y las enterraría en la arena. ‘Qué horror…’.
El velo negro del dios tembló ligeramente.
—Hablar de ella me ha dado sed. Quiero ir a verla…
—Tiene que aguantarse.
Gillian soltó esas palabras con firmeza al ver que el dios ya hacía el ademán de levantarse para ir a buscarla. El dios torció los labios, molesto.
—Ahora mismo ya la ve una vez por semana. Incluso una vez al mes ya es mucho; si se muestra con tanta frecuencia, podría terminar perdiendo su propia existencia.
—…….
—Además, no es bueno para la salud de la señorita Lariette. Usted ya lo sabe.
—Cállate. Por eso mismo estoy aguantando que esa asquerosa cucaracha ponga sus pies sucios en mi templo, ¿no?
Parece que el humor del amo se arruinó, porque de pronto el aire se puso pesadísimo. Se sentía como si una sierra oxidada y tosca estuviera serruchando los pulmones. El arzobispo Gillian soltó un suspiro y empezó a pasar las cuentas de su rosario lentamente.
—Es lo que toca. Así es el trato.
—Yo no hago promesas con sabandijas que usurpan la autoridad divina y la usan como si fuera suya.
—Gran soberano, usted no necesita nada de lo que hay en esta tierra, pero nosotros, pobres miserables, no podemos vivir si nos alejamos de ella.
Para calmar los ánimos de su amo, Gillian añadió:
—Y más que nada, la señorita Lariette también lo necesita.
—…….
—Comida, ropa y tantas otras cosas que una mujer requiere, ¿no cree? Usted ya sabe cómo es.
Gillian, al estar muerto, no necesitaba comer, pero para vivir hacían falta velas, papel, ropa y muchas cosas más aparte de techo y comida. Casi todo lo hacían ellos mismos, pero había artículos especiales que solo se conseguían ‘afuera’.
Y desde que llegó Lariette Humms, el contacto con el mundo exterior era más necesario que nunca. Tenían un huertito, sí, pero lo que podían sembrar ahí era limitado.
Al mencionar el nombre de la mujer, el aire que antes estaba helado se entibió y el dolor que oprimía el corazón de Gillian disminuyó. Aprovechando el momento, el arzobispo se puso a reclamar:
—¿Cuántas veces le he pedido que no se acerque al pozo ni al huerto? Si una planta se enferma por su energía, la peste se pasa al toque a las demás.
—Ni siquiera he caminado por ahí.
—¿Entonces por qué mis zanahorias, que estaban perfectas, se pudrieron en medio día? ¿Sabe cuánto me costó que crecieran?
El dios miró con fastidio a su sirviente, que le reclamaba como si fuera un cobrador de deudas. Se recostó de lado y chasqueó la lengua.
—A este paso, ya no sé quién es el amo y quién es el empleado.
—En un país del sur hay un dicho que dice: ‘Tal para cual, el amo y el mozo’. ¿Acaso mi sabio y brillante señor no lo conocía?
—¿Quieres que te aplaste el único ojo que te queda?
—Bueno, entonces la señorita Lili se va a preocupar mucho.
Gillian respondió sin inmutarse. El dios, que parecía estar a punto de levantar la mano para reventarle el ojo, se quedó callado y lo miró fijamente.
—¿Lili?
—Ah, sí. La señorita Lariette. Me pidió que la llamara así.
—No la llames así.
—¿Perdón?
—Es el nombre que ella me dio a mí.
Gillian no tuvo qué responder a eso. Se quedó callado, aguantándose las ganas de decir algo. El dios, tras ese arranque de celos, se levantó de golpe. Su cuerpo inmenso onduló como las ondas en la superficie de un lago.
—¿A dónde cree que va? No me diga que…
—Me dieron ganas de verla. Tengo que ir con ella.
—¿Qué? ¡No! Por favor, aguántese. Solo han pasado tres días. Si espera un poquito más…
—Solo la voy a mirar, no pasa nada.
Respondió el dios con tono tosco y, antes de que Gillian pudiera detenerlo, se derritió entre las sombras y desapareció. El arzobispo Gillian frunció el ceño y soltó un suspiro profundo.
Su dios era, de verdad, muy débil ante la tentación.
Bueno, después de haber esperado tanto tiempo, era comprensible. Pero ojalá tuviera un poquito más de paciencia. Qué difícil es ser el sirviente de un patrón tan caprichoso.
Gillian apretó su rosario y rezó. Rezó por el futuro de Lariette Humms… y también por el suyo, que se veía lleno de problemas.
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