Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 14
Aunque el velo cubría la mitad de la cara del dios, la parte que quedaba a la vista siempre mostraba una sonrisa, como si estuviera disfrutando de algo. Sus movimientos también eran siempre pausados y tranquilos. En ese rostro tan relajado no se asomaba ni un poquito de dolor.
Arzobispo Gillian asintió con pesadez.
—Es porque carga con un karma que nosotros ni podemos imaginar. Por eso no puede mostrarse así nomás. Es realmente…
Sus ojos arrugados tuvieron un leve espasmo. Por un segundo, el dolor cruzó su cara como si alguien lo hubiera hincado con un cuchillo, pero esa expresión desapareció tan rápido como vino.
—Es un ser que sufre mucho y está muy solo. Nosotros, simples humanos, no podemos ni empezar a entender su tristeza, así que te pido, por favor, que lo consueles.
—…….
—Te lo encargo. Eres la única que puede cuidar de él.
Apretó un poco el hombro de Liliet. Su mano, fuerte como la de un joven, se sentía pesada como una roca sobre ella.
Ella asintió lentamente. El arzobispo le dio unas palmaditas algo toscas en el hombro. Liliet le devolvió una sonrisa tímida y se atrevió a preguntar:
—Este… por si acaso, ¿usted es el que ha escrito a mano todos esos libros de la biblioteca?
—Mmm, sí, así es.
—Vi que además de las escrituras hay libros de cuentos y salmos… ¿todos los hizo usted?
No era raro que en la biblioteca de un templo hubiera textos sagrados o documentos antiguos, pero ver libros de cuentos para niños le parecía fuera de lugar. El arzobispo se rascó la barbilla y carraspeó bajito.
—Sí. Esos son mis pasatiempos.
—Ah… ya veo…
—Es un hobby elegante: recopilar escritos y curiosidades para armar libros. ¿Te interesan los libros, Lili?
—No es eso… bueno, no exactamente…
Liliet bajó la mirada y empezó a jugar con sus dedos. La verdad era que sí le interesaban, mucho. Siempre miraba con envidia a Lariette cuando escribía con elegancia usando esos lapiceros caros con punta de oro.
Lariette, sabiendo eso, se lucía usando palabras antiguas y difíciles cada vez que escribía una carta solo para fregarla.
‘A ver, lee esto, rápido’. ‘… No sé qué dice’. ‘¿Ni esto puedes leer? ¿En serio?’. ‘No, lo siento’. ‘¡Qué ignorante! ¿De qué te sirve tener una cara bonita si no sabes ni estas palabras tan fáciles? El famoso filósofo Sharterch decía: ‘Sin conocimiento, el hombre es solo un saco lleno de caca’. Ni siquiera sabes quién es él, ¿no?’
¿Y a ella qué le importaba quién fuera ese señor? Saberlo no le iba a dar de comer, ni iba a hacer que la montaña de ropa sucia se lavara sola.
Pero aun con todos esos desplantes y burlas, Liliet siempre se quedaba al lado de Lariette cuando leía o escribía, solo para pescar un par de palabras o frases que la otra le tiraba como si fueran sobras.
Con mucho cuidado de no sonar desesperada, Liliet habló:
—Como acá no se pueden mandar ni recibir cartas… me siento un poco sola. Antes solía escribir en mi diario todos los días. ¿Cree que podría darme un poco de papel y una pluma? No importa si son retazos que le sobren.
—Claro que sí. No hay nada mejor que escribir para calmar las penas. Te voy a armar un cuadernito para que te sea más fácil.
—¿De… de verdad? ¡Muchísimas gracias!
Sin darse cuenta, Liliet se puso de puntitas y juntó las manos de la emoción. Es que el papel era un lujo que ella jamás podría costear; con lo poco que tenía, no le alcanzaba ni para comprar un libro en toda su vida.
Al verla tan feliz, el arzobispo Gillian puso una sonrisa suave. Con ese gesto, el viejo que antes le parecía tan difícil y aterrador se sentía un poco más cercano. No parecía el tipo de hombre que andaría azotando a niños.
Liliet ladeó la cabeza, curiosa.
—Arzobispo, ¿le puedo preguntar una cosita más?
—Hoy estás preguntona, Lili.
—Disculpe, es que no había tenido oportunidad. Es sobre Arden… ¿él está estudiando para ser sacerdote?
—Mmm, bueno… algo así…
Apenas mencionó a Arden, la sonrisa del arzobispo desapareció y su cara se puso rara. Volteó la cabeza para evitar mirarla y respondió de forma vaga.
—Ah, entonces lo de antes también debe ser parte de su entrenamiento.
—¿Mmm?
—Es que Arden me dijo que usted no lo dejaba comer. Que por eso siempre tiene hambre…
—¿Qué?
El arzobispo, que estaba mirando hacia la nada, volteó al toque y soltó una tos exagerada. Tosía tanto que hasta se le movía todo el cuerpo, luego soltó un suspiro profundo. Se quedó murmurando cosas mientras agarraba su rosario, en ese ratito parecía que hubiera envejecido varios años.
—Ese muchacho… ejem… aunque no lo parezca, es un glotón. Se podría comer un carnero entero en un ratito. Como el templo no está para gastos y un sacerdote debe ser humilde, le llamé la atención, eso es todo.
—Ah, era por eso.
—Tú también ten cuidado, Lili. Ese muchacho es de los que si le das la mano, se toma el brazo.
Liliet asintió un poco avergonzada. Al ver que los cachetes y las orejas de la chica se ponían rojos, la preocupación del arzobispo creció. Le puso la mano en la cabeza y recitó una oración en voz baja, una diferente a las que ella había escuchado antes.
—Él también carga con mucho dolor. Lili, por favor, quédate a su lado. Que la paz te acompañe siempre.
—… Gracias.
Liliet pensó que esas palabras eran demasiado dulces para alguien que servía a un dios maligno, pero igual juntó sus manos con respeto.
El arzobispo Gillian asintió, se apoyó en sus rodillas y se levantó lentamente. Fue hacia el pozo y levantó la tinaja llena de agua como si nada.
Liliet, que iba a ayudarlo, se quedó con los ojos como platos. No era una tinaja cualquiera; era grande y pesada, encima estaba llena hasta el tope, pero el viejo la cargó sin hacer ni un gesto de esfuerzo.
Sin embargo, mientras caminaba con la tinaja, lo hacía con ese paso lento y débil de anciano. Liliet murmuró para sí misma: ‘Definitivamente este templo es muy raro. El sacerdote, el dios… todos’.
Liliet lo siguió a paso rapidito.
Cua, cua.
Un cuervo pasó volando sobre su cabeza y, justo después, una ráfaga de viento helado la envolvió por un momento. El verano se estaba acabando rápido.
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—¡Oh, gran ■■■■■!, sálvenos… tenga piedad de nosotros…
—¡Dios mío, dame el poder para vengarme! Que ese tipo que mató a mi mujer y a mi hija pague con la misma cantidad de sangre. ¡Ah, juro que voy a destrozar a mi enemigo!
—¡Por favor, se lo ruego, no me deje morir…! ¡Aaaaah!
Criaturas blandas. Criaturas débiles. Criaturas inmaduras.
Los campos dorados se volvieron ceniza por el fuego, los tronos se derrumbaron y hasta la última planta de los montes gemía de dolor. A sus pies, los humanos enfermos y heridos se amontonaban como granos de arena en la playa.
Llamas oscuras devoraban todo a su paso, soltando chispas de un rojo intenso. Por donde él pisaba, la tierra se pudría y los ríos se teñían de sangre.
¿En qué se había equivocado? ¿Fue por tomar la mano de ese anciano que estaba muriendo? ¿O por abrazar a ese pecador que, tras desatar la furia de los dioses, terminó con los ojos arrancados y las extremidades cortadas? ¿Fue porque no pudo ignorar a los humanos que le suplicaban ayuda entre gritos de agonía? Nunca le dio mucha importancia a la razón, ahora, menos que menos, le interesaba saberla.
—Le entrego mi vida, se lo suplico…
‘No lo hagas. Tu vida miserable no sirve para pagar nada’.
—Por favor, calme su ira y perdone a nuestro señor…
‘Qué atrevidos. Cómo se atreven los humanos… simples humanos’.
Un cabello dorado ondeaba como una bandera con la brisa, mientras el filo de una espada le cortaba el cuello con suavidad. De la herida brotó una sangre tan roja que hacía ver al rubí como algo opaco. Bueno, después de todo, tú siempre fuiste como una joya.
La cabeza cortada rodó por el suelo hasta detenerse a sus pies. Sus ojos, abiertos de par en par hasta el último segundo, estaban llenos de rencor y amargura. Él le cerró los párpados con cuidado. ‘Qué feo te ves ahora. Y pensar que cuando estabas vivo eras tan radiante y hermoso’.
Había sido su primer discípulo. Un muchacho alegre como un tonto y puro como un inocente. Alguien que no era capaz de imaginar hacerle daño a otro ni en sueños. Alguien que rechazaba las riquezas y la fama, pero que era capaz de colgarse de él llorando y suplicando solo para que curara a un pajarito con el ala rota.
Era un chico tan tonto que daba pena. Por eso creyó que, si se sacrificaba a sí mismo, podría limpiar todos los pecados y el mal del mundo. Qué idiota.
Cuando su primer discípulo —su apóstol más amado— fue entregado como sacrificio, él finalmente regresó a esta tierra convertido en una pesadilla. Como un dios maligno que esparcía pestes y calamidades. Y así, los dioses del cielo le cortaron la cabeza, le cercenaron los brazos y las piernas, le arrancaron el corazón y lo sellaron para siempre.
Todo por ayudar a los humanos que sufrían tras ser abandonados por Dios. Por no pasar de largo y cuidarlos. Por haber querido y protegido a simples seres humanos.
Ese fue su pecado original. Qué estúpido, estúpido, mil veces estúpido.
Él soltó una risita burlona y se puso la mano sobre el pecho. No sentía nada en ese hueco vacío. Solo había vacío, soledad y aislamiento. Pero, al cerrar los ojos y concentrarse, sentía un calorcito muy tenue.
Un calor débil y delicado, como una llama que está a punto de apagarse…
Las comisuras de sus labios se elevaron en una sonrisa.
—Mi señor.
Como rompiendo un sueño profundo, una voz solemne invadió sus pensamientos.
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