Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 13
Un placer como un rayo le recorría el cuerpo, quemándole la mente. Ahí estaba ella, sentada sobre la cabeza de un ser sagrado, balanceándose sin rumbo al ritmo que él dictaba.
Con la cabeza encendida, como si el mismo fuego del infierno la estuviera consumiendo, ya no quedaba espacio para la vergüenza ni para la culpa.
Lo único que alcanzaba a procesar era esa sensación de su nariz perfilada presionándola, de su lengua escurridiza hurgando en su interior y de su aliento esparciéndose como neblina; todo eso le gustaba demasiado.
El dios maligno le hacía honor a su nombre: era cruel.
Al principio esperaba con paciencia hasta que ella estuviera empapada, pero después empezó a jugar con sus ansias, deteniéndose justo cuando ella estaba a punto de llegar al clímax.
—Ruégame, Lili. Pídeme por favor, ¿ya?
Con una sonrisa seductora, él le exigía que suplicara. Que la succionara hasta que la carne le ardiera ya era un tormento, pero que se detuviera justo antes de que ella estallara era muchísimo peor.
Al final, ella terminaba colgada de su cuello, rogándole por favor que siguiera. Desesperada, hasta se abría ella misma con sus manos, implorándole que entrara de una vez.
—¿Ah, sí? Bueno, entonces tendré que cumplirte el deseo.
Solo entonces, el dios ponía una cara de satisfacción total y enterraba el rostro entre sus piernas, besándola con devoción. De pronto, la luz tenue que iluminaba el cuarto se apagó de un soplo, una oscuridad espesa como un manto cayó sobre ellos.
Él la abrazó con una ternura infinita, como si temiera que se le escapara un solo cabello, la acarició de pies a cabeza. No quedó ni un rincón de su cuerpo que no fuera tocado por sus manos.
No sabía si era de día o de noche. Ni siquiera sabía dónde estaba. En medio de ese placer pegajoso, Liliet cerró los ojos. Se sentía… como si se estuviera hundiendo en un pantano sin fondo.
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Igual que el comienzo, el final tampoco lo recordaba bien. El arzobispo le había advertido que saliera antes del amanecer, pero para cuando recuperó el sentido, ya estaba de vuelta en su cuarto.
—Agua…
Con los ojos cerrados, Liliet estiró la mano para tantear la jarra sobre la mesa de noche, pero de pronto se despertó de golpe.
‘¿Qué hora es? ¿Dónde estoy?’.
Su cerebro, aún pesado por el sueño, demoraba en reaccionar. Sacudió la cabeza para despejarse y de inmediato levantó la manta para revisarse el cuerpo.
Para su suerte (o su desgracia), no estaba desnuda ni llevaba esa túnica indecente; vestía su ropa común de sacerdotisa.
No recordaba haberse cambiado. ¿Quién lo habría hecho? ‘No me digas que fue el arzobispo Gillian…’, pensó, de inmediato se cubrió la cara con ambas manos.
—¡Estoy loca…!
Se agarró la cabeza como si quisiera arrancarse el pelo y empezó a patalear desesperada en la cama. Pateó las mantas hasta levantar polvo y luego se puso a rodar de un lado a otro.
—¡Estoy mal de la cabeza, de verdad!
Finalmente, hundió la cara en la almohada y soltó un grito sordo: ‘¡Aaaaaah!’.
Es que no podía con la angustia. Por desgracia, los recuerdos de la noche anterior estaban intactos en su mente.
Cómo había gritado, qué cosas había dicho mientras movía la cadera… Incluso sentía todavía el movimiento de esa lengua burlándose de ella.
—Ay, por favor…
Liliet se estremeció sin querer y se dio un pequeño golpe en la cabeza con el puño. Aunque fue despacio, le dolió. Tenía unas ganas inmensas de llorar.
‘Ya fue… ya nadie se va a querer casar conmigo…’.
Bueno, desde que la entregaron como sacrificio, la idea del matrimonio ya estaba más que descartada, pero aun así…
Liliet soltó un quejido de dolor y se frotó la cara.
Su cuerpo se sentía bien. Como si todo hubiera sido un sueño, no le dolía nada ni sentía ninguna molestia. Increíblemente, después de todo lo que la habían succionado y frotado anoche, su piel blanca no tenía ni una sola marca.
Se levantó un poco la falda para revisarse la entrepierna y, aparte de un calorcito muy tenue, no había rastro de nada. Estaba tan limpia que, si no fuera por sus recuerdos tan vívidos, hasta dudaría de si fue real o no.
—Ah, un momento.
De pronto le vino una idea a la cabeza y, rogando que no fuera cierto, se desabrochó la túnica para mirarse el vientre. Ahí estaba. La prueba irrefutable de que lo de anoche no fue un sueño.
Justo debajo del ombligo, su vientre plano estaba cubierto por ese extraño tatuaje. Soltó un suspiro y se pasó la mano por la zona. Como esperaba, no sentía ningún dolor.
Liliet empezó a morderse los labios, toda ansiosa.
¿Se sentiría mejor si le doliera horriblemente? Siendo sincera, lo de anoche… lo que hizo con el dios… no le había disgustado. Incluso ahora, al recordarlo, sentía vergüenza, pero no asco ni rechazo.
Es más, le había gustado tanto que él la besara con ternura, que le dijera cosas lindas y que la abrazara, que hasta sentía un poquito de nostalgia por ese abrazo frío.
Por eso mismo estaba tan asustada.
‘¿Está bien esto? ¿Sentir ganas de que me abrace de nuevo en vez de querer colgarme de un árbol porque un monstruo me tocó?’.
Cualquier mujer decente y bien educada debería estar llorando mares de lágrimas por la culpa y la deshonra. Pero ella, por más que lo intentaba, solo recordaba lo bien que se sentía el pecho ancho del dios y lo increíble que fue cuando esa lengua la lamió allá abajo.
‘¿Será que soy una rara…?’.
Liliet se agarró los brazos con fuerza y se mordió el labio. No sabía si se le había zafado un tornillo por estar en ese templo maldito o si es que ella ya era mala desde que nació. Si todas sus desgracias habían sido por culpa de su propia ‘suciedad’…
No. Eso no podía ser.
Sacudió la cabeza con fuerza, tratando de espantar esos pensamientos. Se levantó de la cama, caminó un rato de un lado a otro por el cuarto y luego se lavó la cara para arreglarse un poco.
Necesitaba preguntarle a alguien. Lo que fuera. Con tal de sentirse un poquito más tranquila, cualquier persona servía, aunque no esperaba una respuesta muy clara.
Así que salió a buscar a su única esperanza, el arzobispo Gillian, recorriendo los pasillos del templo.
Normalmente, se le podía encontrar ordenando el altar de la capilla o rezando en la sala de oración; a veces también lo veía yendo hacia la sala de escritura cargando un montón de pergaminos.
Sin embargo, el arzobispo no estaba en ninguno de esos lugares.
Después de buscarlo por todos lados, Liliet finalmente lo encontró en un pequeño pozo detrás del templo. Estaba encorvado, llenando una tinaja de agua con el balde.
Ella se frotó las manos con nerviosismo y se acercó a él.
—Arzobispo.
—¿Qué se le ofrece, señorita Lili?
Arzobispo Gillian casi nunca le hablaba, a menos que fuera durante un ritual. Y Liliet, por su parte, tampoco solía dirigirle la palabra. No era muy sociable que digamos y, además, no sabía ni de qué conversar con él.
Los ojos del arzobispo eran achinados y medio borrosos por las arrugas, sus iris grisáceos se veían nublados, como si tuvieran neblina por dentro. Como nunca cambiaba de expresión, era imposible saber qué estaba pensando; además, siempre tenía las comisuras de los labios hacia abajo, lo que le daba un aire de estar amargado o descontento con la vida.
Sus pasos lentos daban la impresión de que cargaba el peso de mil años en los tobillos, pero curiosamente, sus movimientos eran tan ágiles como los de un joven. Su rostro, siempre serio y callado, parecía el de un clérigo de mucha disciplina, pero sus facciones —mandíbula ancha y nariz grande y perfilada— le daban un aire de cazador que vive solo en el monte.
Era un viejo de lo más ambiguo: nadie sabía su edad exacta, ni su origen, ni mucho menos sus intenciones. La única vez que mostraba alguna emoción era cuando Arden se le pegaba a Liliet para bromear y coquetearle. Claro que en esos momentos tampoco le decía nada de frente; solo fruncía el ceño de mala gana y murmuraba cositas entre dientes que apenas se entendían.
En resumen, era un hombre difícil de tratar. Pero no tenía a nadie más a quien preguntarle.
Ella rompió el silencio con timidez.
—Arzobispo, este… ¿cree que podría darme un consejo?
—Mmm, no veo por qué no. ¿Qué te inquieta?
El arzobispo dejó el balde y se volteó hacia ella. Se secó las manos mojadas en su túnica y empezó a caminar. Al doblar la esquina del templo, un poco alejado del pozo, había un pequeño huerto.
Trajo una silla y le pidió que se sentara. Liliet asintió con la cabeza en señal de agradecimiento y tomó asiento.
Entonces, le soltó con cuidado la preocupación que le pesaba en el corazón: lo que el dios le había dicho sobre ‘engendrarlo’, el significado de las marcas en su vientre y lengua, ese misterioso plazo de diez meses y nueve días.
Durante todo el relato, el arzobispo Gillian no dijo ni pío. Solo tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas, mientras las arrugas de su frente se hacían más profundas en silencio. En ese espacio tan callado, el viento soplaba fuerte, silbando como una quena. Después de un largo silencio, él bajó la cabeza lentamente.
—La verdad, yo tampoco estoy seguro de cuáles sean sus intenciones exactas.
Fue una respuesta bastante decepcionante para todo lo que ella había esperado. Liliet trató de no desanimarse y ya iba a cerrar la conversación agradeciéndole por su tiempo, cuando el arzobispo continuó:
—Pero no te va a hacer daño. De eso puedes estar segura.
—¿Usted… cree?
—Así es. Porque tú serás su hogar, su recipiente y su ataúd. ¿Quién destruiría su propia casa? Al contrario, él te protegerá para que nada malo te pase.
‘Bueno, quién sabe si será cierto’, pensó ella. Eso de ser un ‘hogar’ o un ‘recipiente’ seguía siendo chino para ella, así que se tragó un suspiro. El arzobispo dudó un segundo y luego le puso una mano suavemente en el hombro.
—Es un ser digno de lástima… el señor de este templo. Sabes que está sellado, ¿verdad?
—Sí. Bueno, no sé mucho, pero dicen que cometió un pecado y cayó a la tierra…
—Exacto. Originalmente, él debería estar en lo más alto del cielo, pero por cosas del destino tuvo que bajar. Por eso, está soportando un dolor tremendo.
—¿Un dolor?
Liliet abrió los ojos de par en par, sorprendida.
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