Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 12
Su lengua bífida entraba y salía alternadamente de su orificio, provocando un sonido húmedo y pegajoso: slurp, slurp.
De esa lengua escurridiza y gélida brotaba un fluido denso, como una resina negra, que al mezclarse con el flujo de ella y esparcirse por toda su zona íntima, hacía que Liliet sintiera un ardor insoportable, como si le hubieran prendido fuego allá abajo.
Era una sensación tan extraña y macabra que Liliet no paraba de morderse los labios mientras sus párpados temblaban sin control. Sus dedos fríos, como carámbanos, presionaban y restregaban su clítoris una y otra vez.
Sentía el corazón galopando a mil por hora, como si estuviera al borde de un abismo infinito.
—Tu agüita es tan dulce, deliciosa… dame más, dámelo todo…
El dios le ordenaba mientras soltaba un suspiro cargado de lujuria. El sonido de su succión era escandaloso, como el de un perro sediento lamiendo desesperadamente su plato de agua.
Enterraba la lengua profundamente en ese orificio que no dejaba de manar una marea transparente, raspando las paredes internas con saña.
Mientras la acariciaba con una devoción perversa, como si quisiera devorar por completo esa carne que ya estaba blanda y totalmente entregada, estiró la mano para apretar el pecho de Liliet.
A través de la fina malla de la túnica, sus dedos duros y helados empezaron a juguetear con su pezón erecto, haciéndolo rodar con delicadeza, como si estuviera contando granos de arena.
—¡Ah… mmm… sí… ay…!
Liliet arqueó la espalda, estremeciéndose y pataleando débilmente sobre la cama. En cada lugar donde él la tocaba, brotaba un calor abrasador que la hacía sentir que perdería el juicio en cualquier momento.
Su visión se llenó de manchas de colores, como si estallaran fuegos artificiales, sentía el cerebro tan encendido que parecía que solo quedarían cenizas blancas dentro de su cabeza. ‘Ah, yo no quería conocer esta sensación’, pensó.
Lloraba de placer, pero al mismo tiempo sentía un terror profundo. Tenía el presentimiento de que, después de esto, jamás volvería a ser la misma de antes.
Esa mano inmensa le amasaba el pecho con destreza, como si quisiera ordeñarla, mientras la lengua viscosa le lamía la vulva de forma vulgar. Tras lamer con obsesión las paredes vaginales, como si quisiera contar cada pliegue, la lengua se retiró lentamente, solo para que las dos puntas bífidas se cruzaran y atraparan su clítoris con fuerza.
—¡Ah… jic… ay!
Sintió como si un rayo la hubiera atravesado de golpe.
Liliet sacudió la cadera violentamente y pateó las sábanas. No podía más. Esto era demasiado…
El dios, que le había estado succionando las partes íntimas con descaro, levantó la cabeza y le sonrió. Era una sonrisa lasciva y pecaminosa, como la de un demonio tentando a un santo.
—¿Quieres que siga?
—Ah… jaf… mmm…
—Dilo. Sé sincera. Dime qué es lo que quieres.
Él retiró la lengua que la había estado empapando y empezó a acariciarle el abdomen con suavidad, susurrándole al oído. El calor que aún no se disipaba le nublaba la mente como el humo de una cocina a leña.
‘No… no puedo…’.
Liliet se aferró a su túnica con tal fuerza que parecía que la iba a romper, mientras jadeaba con dificultad.
Se sentía como si hubiera subido una colina cargando un bulto pesado bajo el sol de mediodía, solo para rodar cuesta abajo otra vez. O como si hubiera pasado tres días sin comer y, justo cuando le daban la primera cucharada, se la arrebataran de la boca. Su cuerpo, encendido por el deseo, gritaba que no era suficiente, que no podía quedarse así.
La voz maligna del dios volvió a insistir.
—Habla. Ahora.
—Ah… mmm… uff…
—Pídeme, ruégame… que yo te cumpliré tus deseos. Dime qué quieres.
Él le susurraba que le daría lo que fuera, pero que tenía que implorarle. ¿Cómo negarse? No era cualquier voz; era la voz imponente de un dios.
Liliet asintió con los labios temblando.
—Démelo… por favor… rápido… Como hace un rato… como me estaba haciendo…
—¿Dónde? ¿Cómo?
—Ah… toque… tóqueme ahí… con su lengua…
—¿Quieres que te succione? ¿Quieres que entre profundo y te revuelva las entrañas?
—Sí… sí… por favor… se lo ruego…
Incapaz de soportar el calor que le hervía en las venas, Liliet soltó las palabras que él le dictaba.
Ahí estaba ella, con la ropa hecha un desastre y las piernas abiertas de par en par, mostrándole hasta el último rincón de su intimidad; se veía terriblemente impúdica y vulgar, pero al mismo tiempo sagrada y pura.
Él enterró la cabeza con gusto y le entregó el placer que ella pedía. Bajo su mano, la mujer temblaba con la fragilidad de un cordero recién nacido.
‘Ah, qué cosita más adorable’.
Por más que la succionaba y la lamía, él sentía una sed que no se apagaba. Quería devorarla de la cabeza a los pies, triturarla con sus dientes, meterse dentro de ella y volverse uno solo de una vez por todas.
‘Tú me engendrarás, yo vestiré nueva piel y carne para descender a esta tierra…’.
Pero…
‘Tengo que aguantarme. Debo esperar’.
Ella era demasiado pequeña y frágil. Su cuerpo aún era blando y no estaba listo para contenerlo. Tenía que tomarse su tiempo, prepararla poco a poco para que pudiera recibirlo por completo. Si se desesperaba, este recipiente tan delicado podría romperse.
‘Ah, me la quiero comer ya. No puedo con la impaciencia…’.
Su piel era tan suave y tierna. El olor dulce que emanaba su cuerpo lo dejaba aturdido. Su estómago, hambriento tras siglos de espera, se retorcía con dolor.
Dejó caer gotas de saliva mientras la lamía y, de repente, raspó ligeramente la piel delicada con sus dientes. Una gota de sangre brillante brotó y endulzó su lengua. Él la succionó al instante y la herida cerró de inmediato.
—Ah… mmm… sí…
Por suerte, ella estaba tan perdida en el placer que ni se dio cuenta. Él, manoseando ese orificio que ya estaba pegajoso por la mezcla de fluidos, se incorporó y le tomó la mandíbula.
—Ábrete, Lili.
—Ah… jaf… sí…
—Eso, muy bien.
Con los ojos nublados por el éxtasis, la mujer abrió la boca de inmediato. ‘Qué buena niña’. Él metió sus dedos en ese orificio húmedo y, al mismo tiempo, le metió la lengua en su pequeña boquita.
—¡Mmm… uff… mmm!
Metió tanta lengua en ese espacio tan chiquito que ella, sintiéndose asfixiada, empezó a soltar jadeos calientes por la nariz.
Chic, chic.
Mientras hurgaba con sus dedos gruesos allá abajo con fuerza, recorriendo también el interior de sus mejillas que estaban hinchadas a punto de reventar, los ojos castaños de ella empezaron a convulsionar por el agobio.
‘Qué cosita más linda…’.
Él tenía cuidado de no taparle la garganta, mientras succionaba lentamente esa lengua tan suave que parecía que se iba a derretir como azúcar en agua caliente. Por más que la lamía y la probaba, no se cansaba.
—¡Mmm… uff… mmm!
Tanto arriba como abajo, ella era tan estrecha que no podía morder nada como se debe; solo vibraba y temblaba escandalosamente.
Sin embargo, aunque lloraba a mares y pataleaba como si le doliera, la mujer no soltaba ni la lengua ni la mano del dios.
—Ah… jaf… jaf…
Es más, cada vez que él abría paso entre su carne apretada para llegar hasta lo más profundo, ella lo apretaba más fuerte, como pidiéndole que entrara más. ‘Qué buena niña’. Parecía que de verdad había nacido solo para recibirlo a él.
Ah, pero claro, así tenía que ser.
Ella era la bendición y el regalo que el cielo le había mandado para calmar su dolor y sus penas. Para que lavara su pecado original y volviera a engendrar. No necesitaba revelaciones; apenas la vio, lo supo.
Supo que era la ofrenda y la redentora preparada para él. Por eso, no podía evitar que le pareciera tan adorable que hasta le cortaba la respiración.
—¡Ah… jaf… sí… mmm!
Aplastó con su pulgar el clítoris, que brillaba de lo mojado y no paraba de saltar, mientras le metía un dedo más. En ese momento, el vientre plano de ella se hinchó y se puso redondito, como si estuviera recibiendo un miembro de verdad.
Él empezó a girar la muñeca suavemente, revolviéndola con furia por dentro. Pum, pum, con cada estocada de sus dedos, las paredes internas se empapaban más y el pecho de la mujer subía y bajaba a toda velocidad.
—¡Ah… ah… sí!
Jadeando, aunque fuera de forma torpe, ella empezó a succionar la lengua del dios y se colgó de su cuello con fuerza, soltando un gemido agudo.
Como respuesta, él hundió los dedos tan al fondo que hasta se sentían los huesos del dorso de su mano. Los espasmos de ella se calmaron por un segundo y, de pronto, un chorro de líquido transparente salió disparado dibujando una parábola.
Era demasiado para ser solo flujo, pero demasiado claro y transparente para ser orina.
—Uff… mmm… ah…
Liliet parpadeó rápido mientras sus hombros no dejaban de temblar.
‘¿Qué acaba de pasar…?’.
No tenía idea de qué era eso que la había arrollado, ni qué era lo que acababa de expulsar de su cuerpo. La habían empujado sin piedad hasta el fondo de un pozo de placer y, justo antes de ahogarse, había logrado salir a la superficie.
Se sentía tan agotada, tan ‘trapo’, que lo único que quería era desmayarse ahí mismo. Con los brazos y piernas lánguidos, estaba a punto de cerrar los ojos porque los párpados le pesaban una tonelada, cuando…
—Vaya, ¿te vas a dormir?
El dios soltó una risita baja mientras lamía el líquido que le chorreaba por sus dedos gruesos. Le arrancó la túnica sagrada, la cargó en vilo y le dio un beso en la mejilla.
—No te puedes dormir. La noche recién empieza.
—Estoy… estoy muy cansada… no puedo más…
—Tranquila. Yo mismo te voy a despertar.
‘¿No me puede dejar dormir y ya?’.
Como estaba tan muerta de sueño y agotada, Liliet, en un acto casi de rebeldía, hizo un puchero. El dios la acarició como si estuviera saboreando su piel suave y, de pronto, la puso encima de su cara.
—¡Ah! ¡Ay!
Su lengua húmeda volvió a lamerle de arriba abajo la zona que aún quemaba por los restos del placer anterior. El sueño que la vencía desapareció al toque; su espalda saltó como si le hubieran clavado la punta de una lanza.
Liliet empezó a manotear al aire, buscando de dónde agarrarse, mientras movía la cadera sin saber qué hacer.
—¡Ah… no… por favor, Señor Mut! ¡Ya basta!
—Pero si te encanta. Te voy a dar más.
—¡Ah… mmm… no… ay!
—Eso, así, qué niña tan buena.
Dándole palmaditas cariñosas en sus nalgas turgentes, el dios empezó a succionarla con ganas. Slurp, slurp, mientras le metía más saliva de la que ella misma expulsaba, lamía con total devoción su vulva, que ya estaba roja e hinchada de tanto trajín.
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