Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 11
Sus dedos, fríos como la escarcha y duros como el hueso, reptaron lentamente sobre el vientre plano de ella. Liliet sintió un escalofrío que le caló hasta los huesos y la hizo estremecerse.
—Mmm… uff…
—¿Te duele?
—No… es que… está muy frío.
—Aguanta un poquito.
El dios la consoló sin muchas ganas y siguió moviendo la mano. Sus dedos, que casi no pesaban, como si fueran una brisa suave, acariciaban su piel con delicadeza.
De pronto, la piel se abrió de par en par como si la hubieran tajado con un cuchillo de hielo transparente, una línea negra empezó a aparecer como si se estuviera tiñendo con tinta.
—¡Ay!… ¡hic!…
—Shhh, tranquila.
Era una escena totalmente macabra: el corte era tan profundo que se alcanzaba a ver el interior, pero ella no sentía ni pizca de dolor y no brotaba ni una sola gota de sangre.
Liliet se mordió los labios y se aferró a su ropa con todas sus fuerzas. ‘Por favor, por favor, por favor’. Tragándose las lágrimas, observó su vientre con ojos temblorosos.
La marca que teñía su abdomen de negro era un símbolo que ella no podía leer, igual al que tenía en la lengua. Eran trazos enredados y complejos, parecidos a las figuras grabadas en ruinas antiguas o a las enredaderas que crecen en un muro.
En poco tiempo, todo su vientre bajo quedó cubierto por ese dibujo oscuro.
—Ya está.
El dios presionó justo debajo del ombligo para terminar y puso una sonrisa de satisfacción. Liliet, aún sujetando su túnica, lo miró hacia arriba con el miedo reflejado en los ojos.
—Señor… ¿qué… qué es esto?
—Es un conjuro.
—¿Un conjuro para qué?
—Uno que te ayudará a recibirme con más facilidad.
—¿Es diferente al que me puso en la lengua?
—Ese de allá es una marca.
Entre sus labios finos asomó la punta de su lengua, que lamió su propio labio antes de desaparecer. Él estiró la mano y acarició la mejilla de Liliet con ternura.
—La marca de que me perteneces.
Mientras las comisuras de sus labios se elevaban tanto que casi tocaban el velo, una serpiente negra empezó a salir reptando por detrás de su cuello.
Liliet se quedó tiesa, como un ratoncito frente a una cobra. La mano que antes acariciaba su mejilla pálida bajó y empezó a recorrer la parte interna de su muslo. Al sentir ese tacto frío como la neblina en su zona más íntima, un escalofrío aterrador la sacudió.
—Señor… Señor Mut…
—No tengas miedo.
Pero, a diferencia de sus palabras, se notaba que a él le vacilaba ver cómo el terror llenaba los ojos de la chica.
La serpiente, que había bajado deslizándose por el brazo robusto del dios, se estiró al lado de ella. Liliet encogió los hombros, temblando como una loca.
Cuando la serpiente estaba en el cuello del dios no parecía tan grande, pero de cerca era casi tan gruesa y larga como ella misma. Dicen que las serpientes pueden tragarse animales que les doblan el tamaño… si era así de grande, fácil se podía almorzar a una persona.
Sssshhh, sssshhh.
La serpiente sacó su lengua oscura y siseó directamente en el oído de ella. Sus ojos de color bronce brillaban mientras la escaneaban, como si estuviera calculando si se la podía tragar de un solo bocado.
Liliet sollozó y volteó la cara.
—Señor Mut, por favor… ¿no puede quitarla?
—No te va a hacer nada.
—Pero… tengo mucho miedo…
—Vaya.
Tal como decía el dios, la serpiente no abría el hocico ni intentaba asfixiarla, solo se quedaba ahí mirándola, pero Liliet no paraba de sacudir la cabeza desesperada.
El dios soltó una risita, como si le diera gracia verla tan asustada.
—Si te pones así de miedosa, vas a hacer que Nielunrihi se sienta mal.
—Lo… lo siento…
—No te preocupes. Tenemos tiempo de sobra.
El dios hizo un gesto con la mano y la serpiente bajó de la cama y desapareció. Aunque el cuerpo inmenso se perdió de vista en un segundo, Liliet seguía mirando de reojo hacia el suelo, con los pelos de punta, sin saber cuándo volvería a aparecer.
—Ya te irás acostumbrando poco a poco.
El dios inclinó su cuerpo enorme hacia ella y la jaló suavemente de la parte inferior del cuerpo.
—Te acostumbrarás a Nielunrihi… y también a mi lengua.
—¿Qué…? ¿Cómo?
—Ábrete para mí, ahora.
El dios ordenó con una voz cargada de autoridad mientras presionaba sus muslos con firmeza. Ella, toda confundida pero sin oponer resistencia, se abrió, el velo, que parecía neblina ondulante, rozó la parte interna de sus piernas.
Se le secó la boca por completo y sintió que la garganta le ardía. No corría ni un poquito de viento, pero se escuchaba el sonido constante de alguien inhalando profundo; Liliet empezó a mover los dedos de los pies, toda ansiosa. No podía ser cierto, pero sentía como si él estuviera oliendo sus partes íntimas…
El roche hizo que los pómulos le quemaran de puro calor. No tenía idea de cuánto tiempo más tendría que estar así, estaba mordiéndose el cachete por dentro, desesperada, cuando de pronto…
—¡Ah!
—Qué bonita.
De la nada, la punta de un dedo romo se hundió en ese orificio que ella jamás había explorado. Sintió como si le hubieran pinchado el mismo corazón.
—Tanto el color como la forma.
—Ah… mmm…
—No para de moverse. ¿Lo sientes?
Su dedo, que frotaba la entrada como si estuviera hurgando ligeramente, se deslizó hacia arriba raspando con fuerza. Como si fuera un niño jugando con un juguete nuevo, presionaba la carne tierna, la soltaba y luego la sacudía de un lado a otro con suavidad.
—¿Ah? ¡Mmm, ah, ay!
Liliet jamás pensó que esa parte de su cuerpo sería vista por alguien, mucho menos que sería tocada y burlada de esa forma. Al sentir ese tacto frío recorriéndola, una sensación totalmente desconocida le subió por todo el cuerpo.
Sentía un dolor sordo en el pecho y el corazón le latía como si se le fuera a salir. Por alguna razón, las ganas de llorar le ganaron; se cubrió la boca con el dorso de la mano, parpadeando desesperada sin saber qué hacer.
‘¿Qué es esto? ¿Qué me está pasando?’.
Tal como cuando Arden le succionó el pecho, la respiración se le cortó y un calor pegajoso se le acumuló en el vientre bajo.
A medida que ese dedo frío la acariciaba allá abajo, el calor se volvía insoportable, subiéndole hasta los ojos y empujando un líquido hacia afuera por ese orificio que no paraba de palpitar.
—Te estás mojando. ¿Te gusta?
—Ah… n-no sé… no entiendo…
—Claro que te gusta. Por eso estás soltando tanta agüita. Es muy limpia y transparente.
El dios susurraba con voz pausada mientras esparcía el líquido por toda su zona íntima con caricias, como si estuviera pintándola. Ella dudaba de sus palabras, pero viniendo de un dios, tenía que ser verdad.
‘Así que… esto es lo que se siente que te guste algo…’.
Le parecía increíble que esa sensación de querer escapar, de morir de vergüenza y de tener ganas de llorar, fuera en realidad algo ‘bueno’. Sentía que todo lo que sabía del mundo se estaba haciendo pedazos.
Aunque aceptó las palabras del dios, no podía tirar su dignidad por la borda así nomás, así que Liliet se mordió los labios para tragarse los gemidos.
—J-jic… ah… mmm…
—¿Por qué te aguantas? Puedes gritar si quieres.
Chic, chic.
El dios ladeó la cabeza mientras seguía frotando su orificio lentamente. Su velo negro ondulaba como las olas del mar. De pronto, sus movimientos se volvieron más bruscos, como si quisiera arrancarle a la fuerza esos gemidos que ella intentaba esconder.
—Delante de mí no tienes que aguantarte nada.
—¡Ah… sí… ay…!
—Muéstramelo todo, no me ocultes nada.
—Espere… ah… ¡no!
Con la intención de mirar hasta lo más profundo de su intimidad, él le abrió el orificio con sus dedos gruesos. Un viento húmedo golpeó su interior, que ahora estaba expuesto a la fuerza.
Lo que había ahí dentro era un banquete para él. Alegría, éxtasis, un placer infinito…
—Qué hermosa eres. Eres una delicia. Parece que hubieras nacido solo para recibirme.
Sus palabras susurradas eran tan oscuras como una noche sin estrellas; no parecía que las escuchara con los oídos, sino directamente con los pulmones. Antes de que pudiera procesar lo que él decía, algo duro como el hueso invadió su interior.
—¡Mmm, ah, ay!
El dedo que hasta hace poco solo jugaba en la entrada, entró de golpe y empezó a masajearla por dentro con fuerza. Sin exagerar, ese solo dedo era casi tan grueso como el brazo de un niño.
A pesar de ser algo tan grande, no sintió ni una pizca de dolor; al contrario, se llenó de un placer que la dejó totalmente aturdida.
—Está estrecho y caliente. Y muy mojado.
—¡Ah… mmm… sí!
—Me aprietas como si quisieras devorarme. Relájate un poco, Lili. Eso, así está bien.
Como si estuviera midiendo el ancho y la profundidad, su dedo iba y venía lentamente, acariciando cada rincón de su interior. Liliet sentía cómo su cuerpo se abría poco a poco, la sensación extraña de tener algo moviéndose en su vientre, ese escalofrío que le recorría la nuca. Todo era demasiado nuevo.
—Qué buena niña eres, mi Lili.
Tenía ganas de salir corriendo de ahí, pero cuando él le daba esas palmaditas cariñosas en el muslo y la llenaba de halagos, sentía un deseo rarísimo de querer complacerlo.
Sin darse cuenta, apretó el vientre y contrajo sus músculos allá abajo; el dios soltó una carcajada mostrando los dientes.
—¿Me estás apurando? ¿Dónde aprendiste a ser tan coqueta? ¿O es que naciste así?
—… Ah… uff.
—A las niñas buenas hay que darles un premio.
Tal como si estuviera rascándole el mentón a un perrito, él acarició las paredes internas de ella y agachó aún más la cabeza. Liliet estaba tan ocupada jadeando por la forma en que él la revolvía por dentro, que no se dio cuenta de lo que él planeaba hacer.
Solo cuando sintió un aliento helado esparciéndose como neblina por su zona íntima y una lengua húmeda lamiéndole la carne tierna, reaccionó asustada y trató de incorporarse.
—¿Qué… qué está haciendo? ¡Por favor, no haga eso!
—¿Y por qué no?
—Porque… es cochino… ¡ay!
—Pero si está riquísimo. Dame un poco más, ¿sí?
—¡Ah, por favor… mmm!
¡Dios mío! Por más caído que estuviera, ¿acaso él no era un ser sagrado y noble que debería estar en el cielo?
¡Que alguien como él estuviera succionando con la boca esa parte tan sucia de una humana insignificante, por donde sale la orina…!
Sentía que estaba cometiendo un pecado horrible, rompiendo un tabú que jamás debió tocarse. Pero, más allá de la culpa, cada vez que esa lengua escurridiza subía y bajaba burlándose de ella, un placer como un incendio forestal la consumía por completo.
‘Siento que me voy a volver loca…’
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