Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 10
—Ya, está bien. No sé nada. Como no sé nada, ya no me preguntes más.
—Ya te amargaste otra vez. ¿Oye, Lili, de casualidad eres así de caprichosa? Primero lloras, luego estás feliz y al toque te amargas.
—Ese comentario, viniendo de ti, es el colmo.
—¿Ah, sí?
—Ya fue. No se puede hablar contigo.
Ella gritó un poco más fuerte de lo normal y salió disparada hacia su cuarto. Entró y le puso el pestillo al toque. Arden empezó a tocar la puerta, toc-toc, pidiendo que lo dejara entrar.
‘¡Ja! Ni loca te abro’.
‘A ver si te abro… ni creas…’.
Liliet se pasó la mano por el pecho, que todavía sentía caliente y con un cosquilleo medio punzante. Tenía el estómago revuelto. Sin querer, empezó a encoger los dedos de los pies dentro de sus zapatos.
Era la primera vez. La primera vez que alzaba la voz para discutir con un chico de su edad… bueno, en verdad, con cualquier persona, sin importar la edad o el sexo. Y menos de esa forma, así como quien se pelea jugando.
—Es que no te entiendo.
se quejó Arden afuera, mientras acariciaba la madera de la puerta.
Al escuchar cómo sus pasos se iban alejando, Liliet murmuró para sus adentros:
‘Estamos iguales, yo tampoco te entiendo’.
Qué hombre más raro. Un dios de la calamidad al que todo el mundo odia y le tiene terror, un templo que se cae a pedazos, un viejo sacerdote que nadie sabe qué trama, este tipo hermoso, pero mañoso y malcriado.
Y encima ella, que habiendo sido entregada como sacrificio, todavía seguía con vida…
Todo era una suma de cosas raras y extrañas.
Liliet soltó un suspiro bajito, pensando que, quizás, la más rara de todos era ella misma por haberse acostumbrado con tanto descaro a vivir en el templo de un dios maligno.
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El ‘ritual’ para encontrarse con el dios maligno regresaba cada semana.
Liliet, que una vez más tuvo que ponerse esa túnica sagrada tan indecente, juntó sus manos y empezó a temblar como una hoja. No era la primera vez, aunque el mismo dios le había dicho que le perdonaría la vida, no podía evitar que los dientes le castañetearan al recordar el frío que le subía por los tobillos y esa mirada oculta en la oscuridad total tras el velo.
‘¿De verdad estaré bien?’. ‘¿Estaré a salvo…?’.
Mientras andaba en esas dudas, el sol se ocultó en un abrir y cerrar de ojos y llegó la hora del ritual. Como siempre, Arden no aparecía por ningún lado; se lo había tragado la tierra.
El arzobispo Gillian le derramó aceite perfumado en la cabeza y recitó una oración corta. Seguía siendo ese idioma que ella no entendía para nada.
—Un consejo.
Él achinó sus ojos arrugados y bajó la voz.
—Sal de ahí antes de que amanezca.
—¿Qué? ¿Y qué pasa si no logro salir…?
—… Se va a armar un problemón.
¿Para quién?, ¿por qué?, ¿cómo que un problemón? A pesar de haberse comido todos los detalles importantes, el arzobispo Gillian cerró los ojos con pesadez, como si ya hubiera cumplido con su chamba. Para eso, mejor no me decía nada, pensó Liliet sintiendo un poco de rencor hacia él mientras el miedo le crecía en el pecho.
—He venido ante el Señor.
Apenas entró, Liliet se arrodilló de frente. Inclinó la cabeza hasta que su frente tocó el piso y puso las palmas de las manos hacia arriba.
Aunque no podía verlo, el dios, que emanaba una presencia pesadísima, empezó a caminar lentamente hacia ella.
—Levanta la cabeza.
Esa voz tan característica, que parecía mezclada con el siseo de una serpiente, cayó sobre su cabeza. Tal como la última vez, su cuerpo flotó en el aire y el dios la cargó en sus brazos como si fuera una muñeca de trapo.
Tras el velo que ondulaba de forma casi transparente, unos ojos invisibles la miraban con suavidad. Aunque no podía saber si él tenía ojos o si de verdad la estaba mirando, Liliet sentía clarito una mirada densa y pegajosa recorriéndole toda la cara.
El dios soltó una sonrisita.
—¿Tienes miedo?
—… ¿Eh?, ¿yo?
—¿Es porque te asusto? ¿Por qué tiemblas tanto?
—Es que, bueno, es por…
Liliet no sabía qué responder y empezó a mover los ojos de un lado a otro. Lo lógico sería decir que no, pero sabía que a algunos tipos pesados les encantaba ser el centro del terror de los demás. Gente que confunde la confianza con la falta de respeto, que ve el miedo en los ojos ajenos como si fuera admiración. Justo como era el vizconde Herms.
Pero parece que al dios maligno no le vacilaban esos placeres tan bajos, porque le dio unas palmaditas cariñosas en la espalda.
—No temas. Eres mi valiosa servidora y mi recipiente. No tienes por qué tenerle miedo a nada.
—…….
—Yo te protegeré, para que nada en este mundo pueda hacerte daño.
Si un héroe que salvó a su patria hablara, ¿tendría esa misma voz? Su voz sonaba con tanta autoridad y santidad, realmente como un dios, que Liliet asintió como si estuviera hechizada.
El dios la recostó en una cama de piedra gigante que estaba en el centro de la recámara. Era una cama dura y fría, con apenas una mantita delgada encima.
—Además, de ahora en adelante, no te arrodilles ante mí. Me gusta verte la cara. Y sería mucho mejor si, apenas me veas, grites mi nombre y te lances a mis brazos.
—… Sí.
—¿Harás eso por mí?
—Sí, este… bueno…
Como todavía no sabía su nombre, Liliet se quedó dudando mientras lo miraba de reojo. El dios abrió un poco los labios, soltando un leve suspiro, ladeó la cabeza. Tras quedarse sumergido en sus pensamientos por un momento, por fin habló con lentitud.
—Bahramut.
—¿Perdón?
—Es mi nombre. De preferencia, no lo digas delante de otros. Pero frente a mí, puedes usarlo cuantas veces quieras.
—Sí… está bien…
—Perfecto.
Las comisuras de sus labios se elevaron tanto que casi rozaban el velo. El dios soltó una carcajada de pura satisfacción y acarició la mejilla de ella con la punta de sus dedos. Aunque su mano emanaba un frío intenso, ella llegó a sentir una calidez muy tenue.
—Mmm, me parece que es muy largo para usarlo seguido. ¿Por qué no me pones un apodo?
—¿Qué? ¿Yo?
—Sí. Tengo ganas de escuchar el nombre que elijas para mí.
—Pero… ¿cómo podría yo? Eso sería… un atrevimiento… una falta de respeto…
Un nombre significaba la existencia misma. Los reyes, los nobles y toda esa gente que se cree sangre azul, ¿no se llenan acaso de títulos, apellidos y nombres de tierras para inflar su autoridad?
Que una humana insignificante como ella se atreviera siquiera a pronunciar el nombre de un dios ya era una falta grave, pero ¿encima cambiarlo o acortarlo? Eso era buscarse un problema de los grandes.
Cuando ella agachó la cabeza, abrumada por la situación, el dios maligno le levantó el mentón. Entre el vaivén del velo, sus ojos se dejaban ver por ratos.
Era como intentar ver la campana de una torre a través de una neblina espesa; una luz pálida ondulaba débilmente en medio de esa penumbra borrosa. Se sentía como si toda la oscuridad de la noche se le viniera encima.
—Dime uno.
—Ah… uff…
—¿Y bien? Que sea con cariño y devoción.
—…….
El dios le tomó la mano y le plantó un beso mientras susurraba.
Sshhhhh.
Parecía que las estrellas caían como una lluvia torrencial. El cielo nocturno, los astros, planetas gigantes… Liliet sintió náuseas, como si estuviera colgada del techo de cabeza, las lágrimas empezaron a brotarle sin parar. Era como si alguien hubiera metido la mano dentro de su cráneo para manosearle el cerebro.
Sin poder cerrar los ojos ni voltear la cara, Liliet solo atinaba a balbucear.
‘Tengo que responder algo. Tengo que decir algo…’.
De sus labios temblorosos, apenas logró escapar un nombre.
—Señor… Mut.
—¿Mmm?
—¿Estaría bien si le digo… Señor Mut?
—Ah.
‘Mut’, solo el final de su nombre. Era un apodo de lo más simple y sin mucha ciencia. El dios lo repitió para sus adentros y sonrió. Liliet soltó un suspiro de alivio.
—Si a ti te gusta, que así sea. De ahora en adelante, llámame así.
—Sí… muchas gracias… Señor Mut.
—No tienes nada que agradecer.
El dios soltó una risa llena de alegría, de esas que le suben el ánimo a cualquiera. Le acarició la mejilla con ternura y luego bajó la mano.
Su mano fría le recorrió el cuello, tanteó la zona de la clavícula y siguió bajando. Aunque la estaba manoseando de forma descarada, sus movimientos eran tan suaves, como si estuviera envuelta en la neblina de la madrugada, que ella no sintió ni una pizca de rechazo.
Esa mano enorme, que fácilmente podría aplastar la cabeza de un hombre, presionó delicadamente su vientre bajo.
—Eres demasiado débil y pequeña. Para poder recibirme, necesitas una preparación.
—¿Prepa… ración?
—No tengas miedo. No te va a doler.
Al escuchar que no le dolería, el miedo le subió más bien por la espalda. El dios le dio unas palmaditas en la mejilla para calmarla y le abrió las piernas. La tela de la falda se tensó al máximo.
—Levántate la túnica.
—¿Qué?
—Hazlo de una vez.
Ante la orden tan tajante, no le quedó otra que subirse la falda. La prenda ligera se deslizó hacia arriba y dejó ver unos pantalones gruesos.
En ese momento, la sonrisa que el dios tenía en el rostro se borró un poco.
—La próxima vez, no te pongas pantalones. Ni ropa interior, ni arriba ni abajo. Nada más que la túnica sagrada.
—¿Qué? ¿Tampoco… ropa interior?
—Exacto. Para que me lo puedas mostrar todo apenas me veas. Sin reservas.
Acariciando con parsimonia sus piernas temblorosas, él le quitó el pantalón y la ropa interior de un solo tirón. La tela que protegía su piel desapareció y un frío cortante la golpeó de lleno.
Liliet encogió los hombros por el susto, pero como el dios la tenía agarrada de las rodillas, no pudo cerrar las piernas. Sintió el viento helado y húmedo directamente en su zona íntima.
—Ah… mmm…
¿Por qué hacía esto? Tenía la cabeza hecha un nudo por la vergüenza, el roche y la confusión. Pero el dios la miraba con una ternura infinita mientras le acariciaba la piel. Era como si fuera un artesano moldeando arcilla fresca para crear una vasija; parecía estar esculpiendo de nuevo el cuerpo de ella con cada caricia.
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