La lección secreta de Señorita Baronesa Felice - 133
En cuanto terminó la boda, Felice se dirigió de inmediato al vestidor. Al ver el vestido para la recepción, la tensión que la había mantenido rígida durante toda la ceremonia principal comenzó a disiparse un poco.
Lisa, con movimientos ágiles, le quitó el vestido de novia y le puso uno plateado de tafetán de seda, diseñado especialmente para el banquete.
El amplio escote tipo barco estaba adornado con perlas y encaje, mientras que la cintura, ceñida con delicadeza, se abría en una falda con forma de campana que realzaba perfectamente la silueta de Felice. Su cintura, excepcionalmente delgada, destacaba de forma especial.
—Uf, señora. Por último, creo que bastará con cambiar los guantes por estos.
Cuando las doncellas se acercaron, Felice extendió ambos brazos. Esbozó una pequeña sonrisa ante la suave sensación que envolvía su piel.
—¿Está listo el príncipe?
Lisa le preguntó al sirviente que estaba afuera y, en cuanto recibió una respuesta afirmativa, ayudó a Felice a incorporarse.
—Señora, el príncipe la está esperando afuera.
Felice asintió ante las palabras de Lisa y salió de la habitación.
Claude, que estaba de espaldas, se giró rápidamente al escuchar sus pasos. En cuanto la vio, no pudo evitar una exclamación de admiración y se acercó para besarla. Felice se sonrojó ante el gesto, pero pronto tomó su mano firme y ambos se dirigieron hacia donde se celebraba la recepción.
Estaban por llegar al salón cuando ocurrió.
Al final del pasillo, en una esquina, divisó una silueta familiar. Los pasos de Felice se hicieron más lentos y su mirada se clavó en un solo punto.
—¿Felice?
Claude la miró con extrañeza al notar que disminuía la velocidad. En ese momento, ella alcanzó a ver a Rose y a Tom. Él le hablaba con cautela, y Rose, al escucharlo, mostraba una expresión de ligera sorpresa mientras sonreía con los ojos.
Sus voces quedaban completamente opacadas por el sonido de las cuerdas y las risas que se filtraban por las rendijas de las puertas del salón, volviéndolas inaudibles. Sin embargo, Felice pudo entenderlo todo al instante.
La sonrisa en los labios de Rose se contagió lentamente al rostro de Tom, y ambos, como si se hubieran puesto de acuerdo, bajaron la mirada y volvieron a subirlos al mismo tiempo.
Al ver esa escena, Felice sonrió de oreja a oreja.
—…… No es nada.
Le dijo Felice a Claude, restándole importancia, mientras apretaba su mano con fuerza.
—Es solo que… me pareció ver a una pareja encantadora.
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El banquete se prolongó hasta bien entrada la noche. Entre los brindis de la Reina y las felicitaciones de los nobles, que se sucedían unas a otras, la pareja no pudo regresar a su residencia sino hasta mucho después de la medianoche. A diferencia de la majestuosidad del palacio, su hogar los recibió con una calidez familiar. A pesar de lo tarde que era, los sirvientes se movían de un lado a otro con premura, preparando el equipaje para el viaje de novios que comenzaría a la mañana siguiente.
—El equipaje ya está casi listo, señora.
—Gracias. ¿Hay algo en lo que pueda ayudar?
Ante la pregunta de Felice, los sirvientes negaron con la cabeza, pero ella caminó tranquilamente por el pasillo, echando un vistazo a cada habitación. Mientras caminaba, una puerta entreabierta que no le resultaba familiar llamó su atención.
—¿Había una habitación como esta…?
Felice abrió la puerta con curiosidad.
—Vaya… parece una galería.
En las paredes colgaban marcos de todos los tamaños, dispuestos en hileras. Entró a la habitación movida por la intriga. Bajo la suave luz de una lámpara, sus ojos se abrieron de par en par al reconocer los lienzos y los colores que le eran tan familiares.
A cada paso que daba frente a los cuadros, Felice no podía ocultar su asombro.
Un campo de trigo meciéndose al viento, un puerto bajo el sol del atardecer, la silueta de espaldas de una joven cuyo rostro no se veía… Eran todas pinturas suyas.
Eran los cuadros que ella había pintado como artista anónima y que habían estado expuestos en la Escuela Real de Artes. Incluso estaban allí aquellas obras que se habían vendido hacía años.
—Son pinturas maravillosas, ¿verdad?
Al escuchar la voz detrás de ella, Felice se giró lentamente. Claude estaba de pie junto a la puerta, con una sonrisa radiante.
—Claude. ¿Cómo es que estos cuadros…?
Él entró en la habitación y señaló uno de los marcos en la pared.
—Sorprendentemente, fue pura coincidencia. Hace unos años, escuché que se celebraba una exposición de un artista anónimo y asistí. Compré una pieza porque me gustó, y desde entonces… quedé encantado con el estilo. Empecé a coleccionarlos de vez en cuando.
El cuadro que Claude señaló era el del campo de trigo meciéndose al viento. Era una obra que Felice había pintado en soledad y melancolía, cuando aún era una estudiante no oficial que solo seguía las clases a escondidas.
—¿Cómo…? Pero ¿cómo…?
La mirada de Felice se desplazó hacia un lado. Sus ojos crecieron por la sorpresa al ver que los cuadros estaban expuestos en orden cronológico. A la derecha estaban las obras que había pintado en Duvray. Eran los cuadros de los que el director Edmund le había dicho que alguien, cuyo nombre desconocía, los había comprado todos excepto uno.
—Así que esta era la razón por la que el director Edmund me pedía que esperara.
—Compré todos menos uno a propósito, pero tú, que siempre estás tan ocupada, no me esperaste.
—Ese día… ¡Ah! Por eso sabías que yo había ido a Trouville.
Fue entonces cuando todas las piezas del rompecabezas encajaron en la mente de Felice al recordar aquel día.
—Sí… Aquel día, cuando nos cruzamos en la Escuela Real de Artes, sentí que si no hacía algo, te perdería para siempre. Así que salí a buscarte a ciegas, siguiendo tu rastro.
Claude rió al recordar ese momento, pero Felice no pudo devolverle la sonrisa con la misma ligereza. Su mente era un caos, preguntándose cómo podía existir una coincidencia semejante.
—Ya estaba hechizado incluso por tus pinceladas. En ese sentido, esa última pieza que no pude conseguir… ¿no me la darías como regalo de bodas?
—Por supuesto. A cambio de que respondas a una pregunta.
—¿Una pregunta? ¿Cuál?
—Como eres mi primer cliente, tengo curiosidad. De todas mis obras, ¿cuál es tu favorita?
Ante la pregunta de Felice, Claude se sumergió en sus pensamientos con un «Hm…», como si fuera una decisión difícil. Felice esperó con ojos divertidos mientras veía cómo él recorría con la mirada las obras de la habitación.
—Me gustan todas, pero… la primera que compré es la que más recuerdo.
Claude señaló el mismo cuadro de antes: el campo de trigo que ella pintó cuando era una alumna invisible. Felice siguió la punta de su dedo y, al observar la obra, recordó por un momento aquellos días.
Era una época en la que su tristeza por la pérdida de su abuelo y la depresión por las deudas de juego de su padre se hacían cada vez más profundas. Aquel cuadro nació de un pincel milagroso que le regaló la marquesa de Depend justo cuando ella se desmoronaba. Al observar aquel sutil toque de luz que pintó al final, quedándose a solas en el salón vacío tras la clase, los ojos de Felice se empañaron de nostalgia.
—Tanto antes como ahora, tú eres quien reconoce mis pinturas.
Felice apartó la mirada del cuadro y apoyó la cabeza en el pecho de Claude.
—Así es. Pero ahora las cosas podrían cambiar.
—¿Cambiar?
—Si tú lo deseas, Felice.
Felice ladeó la cabeza, confundida por sus palabras enigmáticas. En ese momento, Claude la tomó de la muñeca y se acercó al cajón del escritorio.
De su interior, sacó un pequeño recibo.
—Compré una galería para ti. Pensaba dártela después de la luna de miel, pero ya que descubriste las obras, no tiene sentido seguir ocultándolo.
—Claude…
—¿Hasta cuándo planeas pintar en el taller del palacio? Ya no te vayas tan lejos. Compré una galería cerca de la mansión. Pinta y exhibe tus cuadros allí, a tu antojo.
—Claude, de verdad… de verdad… muchas gracias.
—Es un regalo de bodas. ¿Te gusta?
—¡Por supuesto!
Felice lo abrazó con una sonrisa radiante. Luego, tras cubrirlo con una lluvia de besos en la mejilla, bajó la mirada por un momento hacia el recibo que él le había entregado.
—En la galería…….
la voz de Felice se quebró un poco por la emoción.
—Quisiera abrir clases para mujeres. Clases de pintura. Así como el arte fue un consuelo para mí, estoy segura de que pintar también lo será para ellas.
Mientras Felice hablaba lentamente, sin dejar de mirar el recibo, Claude asintió y respondió con serenidad:
—Está bien. Hagámoslo así. Para que puedas hacer cualquier cosa que desees.
Felice no pudo evitar sonreír ante su apoyo y amor incondicionales. Sin embargo, los ojos de Claude, que rodeaba la cintura de Felice con sus brazos, se entrecerraron con picardía.
—Pero que no me desplaces de tus prioridades. No quiero perder la batalla contra tus pinturas.
—¡Jajaja! Por supuesto que no. Claude, para mí tú eres la prioridad número uno por encima de cualquier cosa. Al punto de ponerte siempre por delante de mí misma.
Ante las palabras de Felice, Claude sonrió y la selló con un breve beso en los labios.
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