La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 330
La cara de Eliana se puso cada vez más pálida, como un papel. La sangre brotaba sin parar mientras un montón de gente moría a cada segundo. Flint, reaccionando al toque, le tapó los ojos.
—No mires.
Flint la jaló hacia su pecho y se movió de ahí. Con los ojos bien abiertos, buscó desesperadamente la entrada del pasadizo secreto. Tenía que sacar a Eliana de ese lugar de locos lo antes posible. Su espada sagrada volvió a vibrar con un zumbido, y eso no era una buena señal.
Tal como pensaban, en esta parte del piso sí había una manija. Flint abrió la compuerta del pasadizo de un solo tirón. Apenas vieron unos escalones bajos, los dos bajaron disparados por ahí.
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El lugar del ritual estaba inundado de sangre. El techo se había abierto de par en par, dejando que la luz de la luna se derramara sobre la escena. Esa luz roja, con un brillo casi hipnótico, envolvía a los muertos mientras se impregnaba del color del rastro sangriento.
Los paladines, bañados en sangre, estaban completamente en shock. No pudieron evitar la muerte masiva de los apóstatas. Alguien murmuró, con la mirada perdida:
—Lograron cumplir las condiciones del sacrificio de esta manera… El demonio del abismo…
Las espadas sagradas de los paladines empezaron a vibrar, soltando algo parecido a un lamento. Algunas, al sentir esa oscuridad primigenia, no pudieron resistir y se rajaron.
Recién en ese momento entendieron por qué la Santa les había insistido tanto en que no debía correr ni una gota de sangre. El abismo se abre ante la muerte masiva, y la luna roja reacciona a la sangre.
Pero nadie imaginó que los apóstatas llegarían al extremo de entregar sus propias vidas para ofrecer el sacrificio. Subestimaron por completo esa obsesión enfermiza que le tenían al demonio.
Una energía oscura empezó a llenar todo el lugar. Esa vibra, que es el polo opuesto al poder sagrado, ya estaba afectando a los paladines; era un miedo y una desesperación que se les metía por los poros.
La Santa, que debía ser quien diera ánimos a su gente, tampoco pudo escapar de eso. Labrante soltó un alarido desde el centro de la sala:
—¡¡Aaaaaaaaah!!
De su cabello blanco chorreaba la sangre. Ella estaba convencida de que había evitado la tragedia. En su vida pasada, llegó muy tarde y solo pudo detener el ritual cuando el sacrificio ya se había consumado, pero esta vez se suponía que había rescatado a todos.
Además, dio por hecho que el altar estaría en este lugar. Había registrado la mansión mil veces buscando a los que faltaban y no lo encontró por ningún lado, así que no tuvo dudas.
Pero aquí tampoco había rastro del altar, ni de Cecilia Hesse. Los apóstatas se la habían llevado a otro lado.
Con tantas muertes y la sangre de linaje élfico, finalmente las condiciones del ritual se habían cumplido. El abismo estaba por abrirse. Mejor dicho, ya se estaba abriendo; Labrante podía sentirlo con total claridad.
‘¿En qué me equivoqué?’
La situación no solo era peor que en su vida anterior, era un desastre total. En el pasado, al menos el abismo no llegó a abrirse. La Santa, sintiendo que había fallado en su misión divina, cayó en la desesperación.
‘¿Acaso este es el resultado de haber torcido el destino…?’
Si era así, era demasiado cruel. Lágrimas empezaron a rodar por los ojos color ámbar de Labrante mientras se desplomaba en el suelo.
—¡Santa…!
Ariel se aferró a su ropa, suplicándole:
—Tiene que reaccionar. ¡Si usted se rinde, la mansión será lo primero en venirse abajo!
El poder sagrado de Labrante era lo único que aún mantenía en pie la estructura de la mansión, que estaba a punto de colapsar. De pronto, ella pensó:
‘Sí, mejor dejo que la mansión se caiga de una vez. Así el altar que escondieron esos tipos quedará destruido y el abismo quedará sepultado aquí mismo’.
Si juntaba su poder con el de los paladines, podría contener la energía del abismo aunque sea un momento. Todos morirían, sí, pero al menos esa cosa no lograría salir…
Labrante, con la cara empapada en lágrimas, miró fijamente a Ariel.
‘Tengo que salvar a Ariel’.
Ese niño, que en el futuro se convertiría en Sumo Sacerdote, podría encargarse de sellar el abismo sepultado. El resto quedaría en manos de la próxima Santa.
Con una expresión solemne, Labrante sentenció:
—Ariel, vete de esta mansión ahora mismo. Eres muy joven para morir y, con tu talento, algún día podrás cerrar este abismo.
—¿Qué?
Ariel pestañeó, con la cara pálida. El muchacho pareció darse cuenta de lo que la Santa estaba tramando. El alto poder sagrado que protegía la mansión ya estaba empezando a flaquear.
—¡No, Santa! ¡De ninguna manera! Sigamos buscando el altar juntos, ¿sí?
—¡Si lo hacemos, será muy tarde…!
—¡Yo no puedo! ¡Sin usted no soy nada!
Ariel empezó a llorar desconsoladamente.
—Ariel, en el futuro nacerá una Santa en Vianteca. Si le preguntas a Lia, ella te dirá quién es. Y… dile que lo siento mucho.
Ariel negaba con la cabeza, pero Labrante lo apartó con frialdad.
—El abismo ha empezado a reaccionar… Ya abrió el portal.
—¡¡Saantaaaa!!
Ariel miró a su alrededor buscando ayuda, pero los paladines también estaban en un estado de pánico y desesperación total.
Mientras tanto, un grupo se reía de la escena. Eran los cabecillas de los apóstatas. Eran diez en total, pero en ese momento solo quedaban tres ahí.
—¿A dónde se fueron los demás…? Eran diez.
Ante el murmullo de Ariel, uno de los apóstatas respondió con tono burlón:
—Cinco ya se ofrecieron como sacrificio para alimentar a nuestro Señor, y otros dos deben estar viendo cómo se abre el abismo frente al altar. El sacrificio especial también está ahí.
—¡Dime dónde está el altar ahora mismo!
gritó Ariel con todas sus fuerzas.
Pero los tres líderes solo hacían girar sus dagas mientras se reían a carcajadas.
—¿Crees que te lo vamos a decir? ¡Lo logramos! ¡El abismo se abre y nuestro Señor descenderá! ¡Jajajaja!
—¡Antes de que el Vaticano nos mate, preferimos ser la carne y los huesos de nuestro Señor!
—Santa bárbara y arrogante. ¡Él te hará pedazos a ti primero como castigo! ¡Y después sigue el Vaticano!
Se habían quedado hasta el final solo para ver el dolor y la desesperación de la Santa. Sus caras de felicidad eran tan grandes que parecía que se les iba a partir la boca de tanto reír.
—Bueno, es hora del gran final.
Los tres miraron hacia la luna roja y desenvainaron sus dagas. Ariel volvió a mirar a Labrante.
Al ver a la Santa completamente derrumbada, Ariel apretó los dientes. De pronto, se lanzó contra los apóstatas que tenían las dagas en alto. El ataque sorpresa dejó a los tipos desconcertados.
—¡¡Quí… quítate!! ¡No nos estorbes!
Por instinto, lanzaron un tajo hacia Ariel, y un grito de agonía retumbó en el lugar.
—¡Ariel, no!
En ese preciso instante, un destello cegador brotó del cuerpo de Ariel. Esa luz dorada explotó, tragándose por completo el brillo rojo de la luna.
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Eliana y Flint estaban bajando por el tobogán. Como era un tubo cerrado por todos lados, estaba completamente a oscuras y no se veía el final. A medida que la velocidad aumentaba, él abrazó con más fuerza a Eliana, a quien llevaba sentada sobre su regazo.
‘¿Y esto… es un tobogán divertido?’
Para ser un juego de niños, era demasiado rápido y tenía tramos con una pendiente bien pronunciada. Definitivamente, Lia era demasiado buena gente y solo le había seguido la corriente a Demian Rosanna para jugar con él. ¿No habrá tenido miedo?
Pero, en este momento, Eliana no tenía cara de estar asustada. Al contrario, se le veía entretenida.
—¡Sigue igual de bien, baja sin detenerse en el medio!
Flint, en cambio, hubiera preferido que se detuviera. Pero como el ducto estaba bien pulido, seguían bajando a toda mecha. Aunque bueno, considerando la importancia de un pasadizo secreto, era lógico que estuviera en buen estado.
—Lia, ¿cuándo se acaba esto? Es demasiado lar…
Flint se quedó mudo en una curva cerrada. Eliana seguía parloteando como si nada.
—¿Te parece largo? Si recién nos hemos subido. Conecta hasta los túneles subterráneos, pero no es para tanto. No te preocupes, ¿crees que lo habrían diseñado para que uno se asfixie ahí dentro?
Pero a Flint el trayecto se le hacía eterno.
—¡¿O sea que vamos bajo tierra?! ¡Uff! ¿Y por qué rayos le hicieron tantas curvas?
Cuando dieron otro giro brusco, Flint se volvió a quejar. Eliana volteó un poquito y, al ver que él estaba medio pálido, soltó una carcajada.
—Flint, ¿no me digas que tienes miedo?
—Para nada.
Solo se sentía ansioso porque no veía nada y no sabía dónde terminaba. De verdad, no tenía miedo. ¿Quién podría disfrutar de la adrenalina en una situación así? Eliana dijo en tono burlón:
—Mmm… me parece que te está temblando la voz…
—Has escuchado mal.
Flint empezó a odiar este pasadizo con forma de tobogán. Justo cuando pensaba eso, vio que entraba un poco de luz. Por fin parecía que llegaban al final.
—¿Ves? Te dije que no era largo.
Los dos salieron disparados hacia afuera con un ¡pum!. Flint aterrizó de pompis contra el suelo y puso una mueca de dolor, cerrando un ojo. Eliana, como estaba en sus brazos, no sintió ni un raspón.
—¿Eh? ¿Se habrá cortado el tobogán? Me parece que ha sido muy corto.
Flint arrugó la cara ante el comentario. ¿Acaso tenía que subirse a ese maldito tobogán otra vez? Prefería salir gateando por un hueco antes que eso.
—Flint, mira allá…
Él se acomodó el cabello con fastidio y miró hacia donde Eliana señalaba.
Allí estaba: un altar inmenso. El mismo altar que Labrante y los paladines buscaban con tanta desesperación, y que los apóstatas habían movido a las voladas al sentir el peligro.
Frente al altar, había un apóstata tirado en el suelo. Flint pensó que quizás algún paladín ya se había encargado de limpiar la zona, así que empezó a revisar el lugar con la mirada. A través de un ventanal grande que daba hacia un lado, se filtraba la luz de la luna roja.
La luna estaba roja, roja. Daba mala espina.
—Flint, hay algo sobre el altar. Parece un ataúd…
Sobre el altar había dos urnas de vidrio. Eliana caminó hacia ellas como hipnotizada. Flint la siguió, pero su mirada se clavó en una piedra mágica que estaba incrustada frente al altar.
Era una piedra mágica blanca, enorme como una roca, y tenía grabados unos símbolos muy complejos en la superficie. Parecía un círculo mágico.
Al recibir de lleno la luz de la luna roja, la piedra emitía un brillo rosado. Flint iba a subir al altar, pero se detuvo en seco y volvió a mirar la piedra.
‘¿Me pareció que brilló en rojo hace un momento?’
Se quedó mirando fijo, pero la piedra no volvió a brillar. Quizás vio mal. Rápidamente, alcanzó a Eliana.
Ella ya estaba parada frente a una de las urnas de vidrio en medio del altar. Gritó:
—¡Flint! ¡Hay alguien aquí adentro!
Flint apuró el paso. Eliana forcejeaba con el candado de la urna y decía angustiada:
—Aún está viva. Hay que sacarla rápido.
Dentro de la urna de vidrio, una mujer de cabello rosado sufría entre sudores fríos. Parecía que le faltaba el aire y respiraba con dificultad; el vidrio estaba todo empañado.
—Ah, verdad. Tenía esa llave.
Eliana sacó la llave que había guardado antes. Era una de las que le quitó al apóstata que cuidaba el cuarto del pasadizo secreto.
Flint pestañeó al ver los grabados de la llave; eran idénticos a los de la piedra mágica.
—Por algo sentí que debía traérmela.
dijo ella mientras metía la llave en el candado.
Tenía que sacar a Cecilia Hesse de inmediato. Se notaba que llevaba encerrada mucho tiempo. De pronto, se escuchó un clac y el candado se abrió.
—Ja… ja… ja…
Apenas se abrió la urna, Cecilia empezó a jadear buscando aire. Al estar tanto tiempo encerrada en ese espacio hermético, el aire fresco le provocó un ataque de tos. Eliana y Flint la ayudaron a incorporarse.
La ropa blanca de Cecilia estaba empapada de sudor. Eliana le daba palmaditas en la espalda mientras le preguntaba:
—Señorita Cecilia, ¿está bien?
Cecilia abrió los ojos a medias. Estaba pálida y sus ojos rojos se veían nublados, como si estuviera en un trance. Además, no paraba de temblar.
—Señorita Cecilia, ¿me escucha? Ya todo pasó. Hemos venido a rescatarla.
—Agh… gracias. Pensé que me iba a morir ahí dentro…
Cecilia empezó a sollozar. Pensó que ya estaba muerta, sobre todo después de que el hombre que atraparon junto con ella como ‘sacrificio especial’ se escapara solo y la dejara tirada. Pero ver que alguien venía a rescatarla fue demasiado para ella; Cecilia rompió a llorar de puro alivio.
—Vámonos de una vez. ¿Puedes moverte?
—Snif… buaaa…
Mientras Eliana consolaba a Cecilia, Flint paseaba la mirada por todos lados buscando una salida. Tenía que sacar a una persona que no estaba bien de salud, así que ni a balas podían volver a tirarse por el tobogán.
—Flint, primero hay que sacar a la señorita de aquí.
Flint asintió y ayudó a Eliana. Cecilia, haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró poner fuerza en sus piernas y se puso de pie. Fue entonces cuando se quedó mirando el cabello rosado de Eliana.
—No me digas que tú también…
dijo Cecilia con la voz tensa.
—Ah, yo… Bueno, los detalles te los cuento afuera.
En el preciso instante en que los pies de Cecilia salieron de la urna de vidrio y tocaron el suelo, la piedra mágica brilló intensamente, tiñéndose del color de la sangre.
—Hay algo aquí.
sentenció Flint, con la mirada afilada y poniéndose en guardia al sentir una presencia.
Por su parte, Eliana volteó la cabeza al sentir una sensación que no la dejaba tranquila. Era la piedra mágica que estaba frente al altar.
Ahora, la luna roja ya no alumbraba a todos por igual. Toda su luz parecía concentrarse únicamente en la piedra mágica. Al absorber el resplandor rojizo, la piedra empezó a ondular de forma extraña. El corazón de Eliana latía a mil por hora. Cecilia también se puso pálida como un muerto.
Casi al mismo tiempo, las dos mujeres gritaron:
—¡Hay que destruir esa piedra ahora mismo!
—¡Flint! ¡Rompe esa piedra mágica de una vez!
Eliana y Cecilia se miraron sorprendidas la una a la otra. Cecilia soltó de pronto:
—¿Por qué dijiste que había que romperla?
—No sé… ¿Sentí que tenía que hacerlo? Es puro instinto.
Cecilia se alegró un montón y le agarró las manos a Eliana con fuerza.
—De verdad eres de mi misma sangre.
—Bueno, si te refieres a lo del ‘Hada de la Fortuna’, pues sí.
—Entonces ya sabes lo que tenemos que hacer, ¿no?
—¿Qué cosa…? Lo único que tengo en la cabeza es que tenemos que salir corriendo de aquí.
respondió Eliana con total sinceridad.
De verdad, Eliana no podía pensar en otra cosa. ‘Tenemos que irnos ya’. No sabía por qué, pero esa idea le llenaba la cabeza.
En ese momento, la cara de Cecilia se puso rígida. Pareció que se le iba la fuerza de las piernas y empezó a tambalearse, así que Eliana la sostuvo.
—¿Estás bien? Pon fuerza en los pies…
—El… el… el demonio… El demonio está… está subiendo…
—No digas eso. No va a haber ninguna invocación.
dijo Eliana con firmeza, aunque por dentro su corazón martilleaba de puro nerviosismo.
—Lamentablemente se cumplió lo del sacrificio masivo, pero la sangre de hada no ha sido entregada. Tú y yo estamos aquí vivitas y coleando. Es cierto que hay una más, pero ella debe estar protegida por la Santa ahora mismo.
Eliana soltó todo eso para calmar a la asustada Cecilia, aunque en realidad también se lo decía para calmarse a sí misma.
De pronto, a Eliana le dio un escalofrío tan fuerte que se encogió de hombros; sentía un frío de hiel. Cecilia murmuró tartamudeando:
—Sí… sí… claro, debe ser eso, ¿no? Pero es que… tengo tanto miedo… ¿Acaso… acaso tú no escuchas esa voz…?
Al oír eso, a Eliana se le puso la carne de gallina. Y más porque Flint acababa de decir que sentía que algo andaba cerca.
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