La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 329
Eliana señaló el piso mientras explicaba dónde estaba el pasadizo secreto.
—Debe haber algo como una manija en el suelo. Apenas abres esa compuerta, aparece el tobogán. No estoy segura de en qué parte exacta está; lo usé un par de veces cuando era chiquilla.
Eliana soltó un quejido y murmuró para sus adentros:
—Debí preguntarle a Damian… Ese de todas maneras se acuerda de la ubicación exacta, porque paraba metido ahí.
—¿Tantas situaciones de peligro hubo como para que usaran el pasadizo a cada rato?
Flint apretó un poco más el agarre mientras la cargaba.
—Ya te dije que es un tobogán.
—Ah… ya entiendo.
—Es un pasadizo secreto importante, pero ¿qué saben los niños? Para nosotros era simplemente un juego divertido.
Ante la respuesta de Eliana, Flint comentó en tono de broma:
—Parece que de niña eras bien inquieta como para andar jugando en pasadizos secretos.
Ahora Flint tenía una sonrisa en el rostro. Imaginarse a la pequeña Eliana jugando ahí le parecía de lo más tierno. Sin embargo, a ella se le subieron los colores a la cara; le daba un poco de vergüenza recordar las travesuras de su infancia.
—…Es que yo ni sabía que era un pasadizo secreto. Demian se encaprichó con que había un tobogán increíble y me llevó casi a la fuerza para que jugáramos… Solo le seguí la corriente unas cuantas veces.
Era una excusa un poco floja, considerando que Eliana y Demian tenían la misma edad. Al final, a Flint se le escapó una carcajada.
—Se nota que de chicos se llevaban muy bien con el joven duque.
—Éramos bien patas.
En realidad, decir que eran ‘patas’ era poco. En ese entonces creían que eran mellizos de la misma sangre, se consideraban la mitad del otro y paraban juntos para arriba y para abajo. Al recordar por un momento su infancia, Eliana soltó una risita amarga.
—En ese tiempo yo era una chiquilla inmadura, ingenua hasta la tontera… Un poco ridículo, ¿no?
Pensó que él, habiendo crecido con tantas dificultades y sin padres en un país enemigo, la vería como alguien patética. Pero Flint sonrió de lado y dijo:
—Que un niño se comporte como niño es algo bueno.
De pronto, los labios del hombre buscaron los de ella. Eliana, que por un segundo cerró los ojos dejándose llevar, reaccionó de golpe y le metió un pellizco.
—Flint, no estamos para estas cosas. Ya bájame. Las luces están prendidas y se nota que han estado usando este cuarto. En cualquier momento puede venir alguien.
Flint la bajó con un poco de pena. Apenas sus pies tocaron el suelo, ella empezó a registrar al apóstata que acababa de morir. Encontró una daga con unos grabados raros y un manojo de llaves.
—¿Para qué querrá tantas llaves?…
Mientras murmuraba, notó que una de las llaves era distinta. Se veía muy vieja y tenía un símbolo extraño, igual al que estaba grabado en la daga.
Eliana guardó esa llave y tiró el resto frente a la puerta. Luego, le echó llave por dentro. Mientras tanto, Flint usó un eslabón para encender las lámparas de las paredes, iluminando todo el lugar.
En eso, Flint vio a una rata escapando hacia su agujero para esconderse de la luz, pero ni se inmutó. Solo volteó a mirar de reojo a Eliana para chequear cómo estaba. Por suerte, parece que ella no vio al bicho.
Eliana, buscando la manija en el suelo con la mirada, comentó:
—Como la mansión es vieja, parece que la acústica está hasta las patas. Se escucha todo lo de abajo.
Tal como decía Eliana, el chongazo de la pelea se oía clarito: desde la voz de Ariel hasta los gritos de los paladines. Se escuchaba tan fuerte que daba la impresión de que justo en el cuarto de abajo estaba el lugar del ritual de los apóstatas. Se percibía de todo, desde pisotones hasta un montón de alaridos.
—¡He dicho que salgan de una vez…!
—¡No quiero…! ¡El Señor va a descender…!
—¡A estos no se les puede ni matar…!
Al parecer, los paladines estaban teniendo tremendo lío tratando de sacar a los apóstatas a la fuerza. Flint, que también buscaba la manija en el piso, dijo con tono de pocos amigos:
—Sería más fácil eliminarlos a todos y listo. la Orden hace las cosas de una forma muy pesada.
—Me imagino que, aunque sean de la Orden, les debe dar cosa matar a tanta gente así por así.
Flint soltó un bufido. Sin despegar la vista del suelo, añadió:
—la Orden no valora para nada la vida de los apóstatas. En la cruzada de Molquia, me sugirieron que los liquidara a todos.
La cruzada de Molquia. Fue la guerra a la que Flint fue para combatir a los apóstatas junto al ejército aliado de Zacador, justo antes de casarse.
En ese entonces, Eliana intercambiaba cartas con él. Bueno, llamarlas ‘cartas’ era casi una exageración; eran notas tan secas que solo decían lo justo y necesario. Al recordar esas cartas sin sentimientos que venían junto a las invitaciones a los banquetes, Eliana dijo con un tono un poco picado:
—Y pensar que yo creía que te habías ido de inspección al norte.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
Flint dejó de mirar el suelo y se quedó mirando fijamente a Eliana.
—Me mandaste una carta diciendo que te ibas de la capital, ¿no te acuerdas? Venía con una invitación a un banquete. Yo ni enterada de que te ibas a la guerra.
Flint trató de recordar lo que había escrito en ese entonces. Se aclaró la garganta y se excusó diciendo que, si ella le hubiera preguntado, él le habría contado. Pero Eliana lo cortó en seco:
—No lo habrías hecho. La campaña de Molquia con los aliados de Zacador era secreta en ese tiempo. Además, nosotros no éramos nada.
Su capacidad de análisis era brillante, quizás demasiado. Pero eso de que ‘no eran nada’ le dolió un poquito a Flint. Él, por su parte, se había pasado esos días dándole vueltas al asunto y pensando en ella a cada momento.
Flint se quedó callado un rato, pero luego se acordó de algo y volvió a hablar:
—Pero Lia, tú tampoco me respondiste en esa ocasión.
—Es verdad.
—…Ah, ¿acaso el Duque Rosanna no te dejaba escribir?
La cara de Flint se puso seria. Pensó que ese tipo quizás le había reclamado por escribirse con un hombre y… Pero Eliana negó con la cabeza y lo soltó como si nada:
—No. Mi padre ni sabía que nos escribíamos. No te respondí porque no quise.
—¿Y eso por qué?
—Porque quería ponerte un poco ansioso. Sentía que no me dabas mucha bola.
Eliana lo dijo con toda la sinceridad del mundo. Flint se quedó pestañeando, procesando la información, y de pronto soltó una carcajada. Un poco avergonzada, Eliana se aclaró la garganta para cambiar de tema.
—¿Dónde diablos estará esa manija?… Este cuarto es un desastre. Salen ratas de la nada y encima la acústica es pésima.
El chongo en el piso de abajo seguía igual de fuerte. Se oía clarito cómo los apóstatas les gritaban a los paladines. Hasta se escuchaban insultos contra la Santa. Metían tanta bulla que parecía que se estaban peleando solo a punta de gritos.
Los dos dieron vueltas por todo el cuarto revisando el piso con cuidado. Pero por más que miraban, no aparecía nada que pareciera una manija.
—Qué raro…
Eliana se acercó a la puerta para volver a ubicarse en el espacio. Flint se pegó a ella de inmediato. Ella chequeó la posición del cuarto y cerró la puerta rápido, sin olvidarse de echarle llave.
Flint levantó un estante enorme como si no pesara nada y lo puso contra la puerta para bloquearla. Como la pelea abajo se estaba poniendo brava, quizás a algunos apóstatas se les ocurría trepar hacia el pasadizo secreto.
—Este es el cuarto, estoy segura. El pasadizo tiene que estar acá.
Ante la seguridad de Eliana, Flint, que seguía inspeccionando el suelo palmo a palmo, comentó:
—¿No será que con los años la manija se ha desgastado o se ha roto?
Su teoría tenía sentido. Desde que botaron a todos los miembros de la rama secundaria de la familia, el lugar quedó abandonado como una casa embrujada. Con razón ni la gente del pueblo sabía que había una mansión aquí.
—Lia, retrocede un poco.
Antes de que ella pudiera preguntar por qué, Flint lanzó un puñetazo directo al suelo. La madera crujió y se hizo trizas.
—Si levantamos todo el piso, el pasadizo va a tener que aparecer sí o sí.
Flint tanteó el suelo con unos golpecitos y volvió a descargar el puño. Eliana se quedó mirando cómo se rompía el piso y trató de detenerlo.
—Es… espera un ratito. Te vas a fregar la mano. Mejor salgamos por…
Eliana se calló de golpe. Entre todo el ruido de abajo, reconoció una voz muy familiar.
—¡Se acabó su cochinada de ritual…! ¡Ya no tienen al sacrificio que tanto pedían…!
Era la voz potente de Labrante. Eliana abrió los ojos de par en par.
¡Boom!
Flint ahora estaba rompiendo otra parte del piso. Eliana le agarró el puño con sus dos manos y agudizó el oído.
—¡Santa bárbara…! Has sido bien viva para llegar hasta aquí, pero… ¡podemos cumplir las condiciones para que Él descienda incluso sin el sacrificio…!
Eliana sintió que la voz del apóstata se escuchaba demasiado cerca. Se supone que en este cuarto solo estaban ella y Flint… En ese momento, Flint se puso de pie de un salto.
—Lia, ¿este cuarto no era originalmente más grande?
Él se quedó mirando fijamente la cortina que cubría una de las paredes. Con el rostro desencajado, Flint dijo:
—Parece que no es que la acústica sea mala, sino que detrás de esa cortina…
En ese momento, una voz inusualmente fuerte lo interrumpió. El sonido retumbaba como si estuvieran usando un megáfono mágico.
—¡Escuchen todos! ¡Él me ha respondido! ¡Dice que necesita sangre pura para descender a esta tierra! ¿Y quiénes podrían tener una sangre más pura que nosotros, sus fieles seguidores?
A través de la cortina se veía la sombra de una persona. Eliana se tapó la boca. ¡Este cuarto era una especie de altillo! ¡Estaba conectado directamente con el piso de abajo donde hacían el ritual!
Eliana y Flint se miraron. Los dos se acercaron de puntitas hacia la cortina. El pasadizo secreto tenía que estar ahí mismo, en el suelo detrás de esa tela.
Flint calculó en silencio el número de enemigos. Al otro lado de la cortina estaba el tipo que los arengaba y dos más a su lado. Solo eran tres. Como los paladines ya casi tenían controlados a los demás apóstatas, había posibilidades de ganar.
—Lia, apenas ese tipo termine de gritar, voy a abrir la cortina. En ese momento, busca al toque la entrada del pasadizo.
—¿Y si mejor nos olvidamos del pasadizo y salimos por otro lado?
Ante la pregunta de Eliana, Flint negó con la cabeza y señaló hacia la puerta del cuarto. Se escuchaba cómo alguien intentaba girar la manija desde afuera. Se oían voces:
—¿Por qué diablos le han echado llave? ¡Dijimos que no la cerraran! ¡Abran, somos nosotros!
Al parecer, el apóstata que mataron antes era el encargado de cuidar ese lugar. Ahora estaban probando una por una las llaves que Eliana había tirado afuera. Pero ni a balas iban a poder abrir, porque originalmente ese cuarto siempre paraba abierto.
—¿Qué llave es? ¡No me dijiste que todas las llaves eran igualitas!
—Esta tampoco es. ¡Maldita sea, si queremos irnos sin que la Santa se dé cuenta, este es el único camino!
Ahora habían empezado a tirar patadas a la puerta. Por el impacto, los adornos que estaban sobre el estante empezaron a caerse al suelo.
‘Claro. Detrás de la cortina está el lugar del ritual, y ahí está lleno de paladines, así que es más seguro. En vez de dejar que Flint se enfrente solo a los apóstatas aquí, mejor vamos a donde hay refuerzos’.
Tras decidirse, Eliana asintió. Al otro lado de la cortina, el fanático seguía con su discurso:
—¡Miren todos…! ¡Miren esta luz de luna roja! ¡Nuestra sangre y nuestra carne serán el alimento para nuestro Señor! ¡Entreguémosle nuestros corazones! ¡Si lo hacemos, quizás Él descienda usando el cuerpo del más valiente y fiel de todos nosotros!
Eliana pensó que eran puras estupideces. ¿Entregar el corazón? Eso era lo mismo que decirles que se suiciden. ‘Como ya no tienen al sacrificio, están dando manotazos de ahogado’, pensó ella con desprecio.
—Ahora sí esos locos van a salir corriendo. Por más rayados que estén con el demonio, ¿quién se va a quitar la vida así de fácil?
Pero los apóstatas estaban más locos de lo que ella pensaba.
El hombre detrás de la cortina sacó una daga corta y, sin dudarlo ni un segundo, se la clavó en el cuello. La sangre roja salpicó toda la cortina mientras su cuerpo caía hacia atrás.
Flint ni siquiera tuvo que jalar la tela, porque el cuerpo se desplomó pesadamente contra ella. Al final, la cortina se desgarró y el tubo cayó al suelo con un estruendo. ¡Pum!
Al desaparecer la tela oscura, quedó a la vista el cadáver ensangrentado. Tal como sospechaban, era un segundo nivel; los apóstatas habían remodelado el cuarto.
Flint pensó en caerles por la espalda a los otros dos para acabarlos, pero ya no fue necesario. Es más, nadie les estaba prestando atención a él ni a Eliana.
—¡Por el descenso de nuestro Señor!
—¡Por el descenso de nuestro Señor!
Los otros dos soltaron ese último grito y se clavaron las dagas en el cuello. La sangre salió disparada y sus cuerpos se desplomaron.
Esos tres que se habían quitado la vida para incitar a los demás eran los cabecillas del grupo. Al ver que sus líderes daban el ‘ejemplo’, los demás apóstatas entraron en un frenesí total.
Los que estaban ahí eran tipos recalcitrantes que, aun sabiendo que la mansión había sido tomada, seguían empecinados con el ritual. Ni cuando la Torre Mágica lanzó sus ataques y la casa temblaba se movieron de su sitio. ¡Pensaban que, cuando su Señor descendiera, los magos morirían como bichos! Y ahora que los paladines estaban arruinando todo, pensaban igual.
¿Qué importa si no hay sacrificio? Nosotros seremos el sacrificio.
—¡Yo también ofrezco mi sangre!
—¡Acepta mi corazón!
Los apóstatas sacaron sus dagas. Eran igualitas a la que Eliana encontró en el cadáver de arriba. Levantaron las armas y, al unísono, empezaron a apuñalarse el cuello y el pecho.
—¡Por el descenso de nuestro Señor!
—¡Por el descenso de nuestro Señor!
Bajo la luz roja de la luna, los cuerpos de los apóstatas caían al piso uno tras otro. La sangre fresca brotaba sin parar, formando charcos por todos lados.
—¡Por el descenso de nuestro Señor!
Habían pasado tanto tiempo adorando al demonio que su único deseo era verlo descender. No les importaba la represión de la Orden ni lo que dijera el mundo. Ese deseo se volvió obsesión, y la obsesión se volvió locura. Todos, con la mirada perdida por el fanatismo, se quitaban la vida por voluntad propia.
Si sus vidas servían de alimento para abrir el abismo, estaban dispuestos a hacer cosas peores.
—¡Por el descenso de nuestro Señor!
Los que estaban retenidos por los paladines se mordían la lengua hasta morir, o se lanzaban contra las espadas sagradas que los guardias usaban para amenazarlos. Otros simplemente abrían las ventanas y se tiraban al vacío.
Ver ese suicidio masivo frente a sus ojos era más que horrible; era algo macabro, bizarro. Eliana se quedó en shock, con el cerebro en blanco. Sentía el corazón a mil y unas ganas terribles de vomitar.
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