La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 327
Sin embargo, Eliana no tenía el poder para calmarlos. La gente seguía gritando por ayuda, sin siquiera darse cuenta de que ellos mismos habían aplastado a los apóstatas en su huida.
—¡Los apóstatas nos persiguen!
—¡Auxilio! ¡No me quiero morir!
Corrían de un lado a otro como locos, dispersándose por todos lados. En el proceso, se chocaban entre sí o terminaban metiéndose en cualquier parte al no encontrar la salida.
Los paladines andaban todos confundidos sin poder controlar a la gente. En cuanto cesaron los ataques mágicos, los soldados imperiales que entraron a la mansión también terminaron envueltos por la multitud que bullía por doquier.
Como los apóstatas habían secuestrado a personas de todo el continente con ayuda de la magia negra, había gente de Bianteca y de Zacador mezclada. El lugar era un caos total donde se cruzaban los acentos de ambos imperios.
Flint y Eliana también estaban entre la gente, pero al menos ellos la pasaban algo mejor; a fin de cuentas, nadie se atrevía a empujar a Flint a la fuerza.
Flint se movía con cuidado protegiendo a Eliana. En eso, una niña se sacó la mugre a su costado.
—¡Buaaaa!
La pequeña se quedó tirada en el suelo llorando, incapaz de levantarse. Pero nadie la ayudaba; todos estaban demasiado ocupados tratando de salvar su propio pellejo. Pensando que la niña terminaría pisoteada si la dejaban ahí, Eliana le estiró la mano.
—Pequeña, levántate rápido. Tenemos que salir.
La niña, muerta de miedo, solo atinaba a llorar a mares. Como no tenían tiempo para esperar, Flint la cargó en brazos. Al verle la cara, Eliana sintió un pequeño déjà vu, pero como la situación no estaba para rodeos, lo dejó pasar.
La pareja recién pudo respirar tranquila cuando lograron pegarse bien a una pared. Eliana dijo con preocupación:
—Flint, la salida está por allá… pero si vamos por ahí, nos van a aplastar.
—Parece que los ataques mágicos ya pararon, así que mejor vayamos por un lugar más despejado.
—Me parece bien. Conozco un pasadizo secreto.
Ambos se movieron con agilidad, sin olvidarse de la niña. Con el pasar de los minutos, la pequeña dejó de llorar y empezó a parlotear en brazos de Flint. Tenía un acento de Zacador que se le notaba a leguas.
—¿Quiénes son ustedes? Yo soy Haley. ¿Dónde estamos? ¿A dónde vamos? ¿Voy a ir a mi casa? ¿De verdad esto es Bianteca? ¿Me pueden llevar a Zacador?
Eliana pensó que la niña era un poquito cargosa. Sin embargo, haciendo gala de su paciencia como adulta, no quiso regañar a una pequeña que acababa de pasar por algo tan traumático.
—Hermana, extraño a mi hermano Bas… por favor, llévenme a Zacador.
Eliana le habló con la mayor dulzura posible:
—Pequeña, nosotros somos los que te estamos rescatando, si quieres ver a ese tal hermano Bas, más te vale quedarte calladita.
—No soy una pequeña, soy Haley.
—Ya, ya, Haley.
Flint se quedó mirando a Eliana por un segundo. Ella estaba hablando con un acento de Zacador perfecto; es más, incluso usaba ese tono característico de la familia real o de la alta nobleza.
La niña abrió los ojos de par en par y exclamó:
—¡Ah! ¿Usted es de Zacador? ¿A que sí? ¡Guau, qué bien!
Ahora la niña se puso a preguntar de qué familia eran. Había captado al toque que Eliana y Flint eran nobles. Flint, ya un poco harto de tanta cháchara, abrió la boca:
—Si no te callas, te dejo aquí.
Al escuchar su voz baja con el marcado acento de Bianteca, la niña se quedó desconcertada. ¿Qué pasa aquí? ¿Acaso alguna noble de Zacador se casó con un Biantequino? Mi abuelo decía que la única tonta capaz de hacer eso era mi mamá…
—¡Ah, ya sé! ¡Ustedes también se han escapado para casarse a escondidas, ¿no?! Mi mamá hizo lo mismo…
Flint, en vez de responder, simplemente bajó a la niña al suelo. Por cómo hablaba, se notaba que le sobraban las energías. Seguro que si caminaba un poco se cansaría y cerraría el pico.
La niña, moviendo sus ojos celestes de aquí para allá, agarró fuerte la mano de Eliana. Eliana se la sostuvo, pero le dio una advertencia ‘amable’:
—Haley, ya me estás empezando a aburrir. A la próxima, te quedas.
—Ya… voy a estar calladita… Pero la escalera está rota, ¿qué hacemos?
Tal como dijo la niña, los escalones estaban destruidos. Pero Eliana respondió como si nada:
—No pasa nada. Hay otra escalera al otro lado.
Eliana y Flint se dirigieron hacia la otra escalera y subieron directo hasta el tercer piso. La niña los siguió calladita, aguantando la respiración.
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Mientras Eliana iba hacia el tercer piso con Flint, abajo las cosas se estaban calmando. La Santa había aparecido y estaba dirigiendo todo personalmente. La gente, como si fueran un mar de hormigas, se movía a toda prisa hacia la salida.
—¡¡Lia!! ¡Lia! ¡¿Dónde estás?!
Labrante buscaba a Eliana con el alma en un hilo. Al mismo tiempo que aseguraba la ruta de escape de la gente, apuraba a los paladines:
—¡Busquen a la Gran Duquesa Howard ahora mismo! ¡Puede que esté en los pisos de arriba!
En ese momento, un paladín logró salir de entre la multitud para informar:
—¡Santa! ¡Tal como usted predijo, el duque Rosana estaba en una habitación del segundo piso! Imagínese, el muy sinvergüenza estaba intentando escaparse otra vez.
Labrante, con el rostro desencajado por la tensión, le gritó:
—¡Señor! ¡Dmitry Rosana no es lo importante ahora! ¡Ese tipo no va a llegar muy lejos! ¡Lo que urge es encontrar a la Gran Duquesa Howard y sacarla de aquí!
De pronto, Labrante giró la cabeza y miró hacia el techo. En el instante en que su rostro se puso rígido, se escuchó un estruendo que casi les revienta los oídos: ¡BOOM! ¡BOOM!
Era el resultado de los magos intentando detener los hechizos que ya estaban en marcha después de que el Maestro de la Torre se desmayara. El Maestro solo había anulado los ataques que ya volaban, pero no pudo detener los círculos mágicos que ya estaban activados.
Las bombas mágicas disparadas impactaron de lleno en el techo de la mansión. Como la barrera que protegía la casa ya había sido destruida antes, el golpe se sintió con toda su fuerza.
—¡¡Aaaaaaaaah!!
Un grito desgarrador dio inicio a un nuevo caos. La gente, otra vez muerta de miedo, empezó a correr empujando y atropellando a los que tenían delante.
Las columnas que sostenían la mansión temblaron y el techo comenzó a rajarse con un sonido seco. En un abrir y cerrar de ojos, aquello se volvió un infierno.
—¡La casa se viene abajo!
—¡Guaaa, auxilio!
Justo cuando el techo altísimo estaba a punto de colapsar sobre ellos, la Santa liberó todo su poder. Un torrente de energía sagrada dorada brotó de ella y sostuvo el techo en el aire. De inmediato, se hizo un silencio sepulcral y todos se quedaron quietos. Ante semejante fuerza divina, todos se sintieron pequeños y guardaron respeto.
Labrante alzó la voz con todas sus fuerzas para que todos la escucharan:
—¡Ninguno de ustedes va a morir! ¡Dios todavía no tiene intenciones de recibirlos en su gloria! ¡Así que mantengan el orden y evacúen! ¡Todos podrán regresar sanos y salvos a los brazos de sus familias!
Las palabras de la Santa tenían un poder místico. La gente recuperó la calma y empezó a movilizarse de forma ordenada.
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Eliana y Flint también vieron cómo el techo se detenía justo antes de colapsar. Ellos estaban en el tercer piso; por un pelito no fueron los primeros en morir aplastados.
La niña miraba el techo con los ojos brillantes, como si fuera algo increíble, luego agarró las manos de Eliana y Flint. Eliana le apretó la mano con fuerza, Flint, aunque serio, no se soltó.
Mientras avanzaban a paso firme, los tres se cruzaron con unos paladines. Ellos venían de revisar si quedaba alguien rezagado en el tercer piso y justo estaban buscando a Eliana.
—Excelencia, la Santa nos dio órdenes estrictas de escoltarla hacia afuera de inmediato. Nosotros la protegeremos.
—Ya, perfecto. Justo íbamos a salir por un pasadizo secreto.
Eliana y Flint se movieron junto a los paladines. Cuando uno de ellos cargó a la niña, Eliana habló:
—Esta niña es la prima del segundo príncipe de Zacador y nieta del marqués Mendel. En cuanto salgan de la mansión, avisen de inmediato a la casa del marqués. Deben estar buscándola como locos.
Al escucharla, la niña dio un brinco de sorpresa y gritó:
—¡¿Cómo sabe quién soy?! ¡Si yo no he dicho nada!
Eliana sonrió de forma sutil y le acarició la cabecita. Su cara le parecía conocida porque, en su vida pasada, ella fue una de las damas que la acompañó fielmente cuando era emperatriz. Al oír que su madre se había escapado de casa y ver ese cabello rubio claro y los ojos celestes típicos de los Mendel, no tuvo dudas de quién era.
Haley también fue la dama que iba a visitarla tercamente al palacio de la emperatriz incluso después de que se descubriera que Eliana era una hija ilegítima y cayera en desgracia. Verla así de pequeñita le dio alegría, pero a la vez sintió un escalofrío al pensar que casi muere secuestrada en un lugar como este. En su vida anterior, Haley nunca pasó por algo así.
Esto debía ser a lo que se refería Labrante: el destino se había torcido porque ella había regresado en el tiempo. Menos mal no pasó de largo y logró salvarla.
—Señor caballero, ¿no puede avisarle mejor a mi hermano Bastian en vez de a mi familia? Si mi abuelo se entera… y-yo… me van a botar de la casa.
suplicó Haley con los ojos llorosos, pataleando en brazos del paladín.
La niña le tenía un miedo atroz a su abuelo, el marqués Mendel. Y no era para menos: el marqués fue quien persiguió sin descanso a su hija menor cuando se escapó con un hombre de clase baja hasta que los destruyó.
Obviamente, el que terminó peor fue el papá de Haley. A la madre de la niña la trajeron a rastras a casa y perdió el juicio tras ver cómo su propio padre mataba a golpes a su esposo frente a sus ojos. El marqués mandó a su hija loca a una villa y así Haley se quedó sola con apenas un añito.
Todos guardaban el secreto para que Haley no supiera la tragedia de sus padres, pero siempre hay gente chismosa que habla de más. La niña le tenía miedo a su abuelo porque, en el fondo, sabía la verdad.
Eliana la consoló con ternura:
—Haley, ¿cómo crees que tu abuelo te va a botar? No te preocupes. De seguro te está buscando desesperado.
El marqués Mendel, que hasta cayó en cama cuando su hija se escapó, era incapaz de botar a su nieta. Si hubiera querido, se habría deshacido de ella desde el principio. Lo más probable es que el pobre viejo esté otra vez postrado por el susto.
—Pe-pero… mi abuelo me… me-me odia… S-si me botan, ¿qué voy a hacer?…
Haley ya estaba hipando, diciendo que no quería volver. Eliana le secó las lágrimas y le susurró
—No es verdad. Pero si por algún motivo te botaran, ve a buscar a Bastian. Y si las cosas se ponen feas con él, ven a buscarme a mí. —¿Y a quién voy a buscar si ni sé quién es usted? —lloriqueó la niña.
Eliana iba a buscar algo entre sus ropas cuando Flint le alcanzó una daga. El arma tenía grabado el escudo del ducado de Howard. Él, al ver la mirada llena de afecto de Eliana hacia una niña que supuestamente acababa de conocer, sospechó que tal vez era alguien a quien Lia había querido mucho en su otra vida.
Eliana puso la daga en manos de la pequeña y le dijo con cariño:
—Eliana Howard. Ese es mi nombre. No creo que pase, pero si alguna vez te botan o las cosas en tu familia se ponen color de hormiga, trae esto y ven al norte de Bianteca.
Seguramente, a estas alturas, Valdemar y Bastian estarían en plena guerra por el trono. Como el perdedor solo encontraría la muerte, si a Bastian le iba mal, la familia Mendel no se libraría de la purga. En su vida pasada, Marcel los dejó vivir porque su base de poder era débil, pero Valdemar era capaz de exterminar a todo el linaje sin que le tiemble la mano.
Haley se quedó con la boca abierta y soltó una ráfaga de preguntas:
—¡¿Ah?! ¿Usted es la Gran Duquesa Howard? ¡¿No será la dama de Rosana que se escapó por amor?!
Eliana estaba asintiendo, cuando de pronto Flint la empujó hacia abajo para que se agachara y gritó:
—¡Todos al suelo!
Apenas terminaron de tirarse al suelo, una ráfaga de luz dorada pasó zumbando sobre ellos. El ataque iba directo hacia la pared que tenían al frente. Justo antes del impacto, unas manos grandes cubrieron con urgencia los oídos de Eliana. Se escuchó un estruendo aterrador y un enorme agujero apareció en el muro.
La niña, del puro susto, ya se había desmayado. Se hizo un silencio sepulcral. Los paladines intentaron levantarse para ver qué pasaba, pero tuvieron que volver a echarse al suelo de barriga: otra ráfaga de luz dorada venía en camino. Esta vez, el ataque terminó de derrumbar la pared por completo.
Al sentir ese poder, los paladines se estremecieron de la emoción.
—¡E-es poder sagrado…! ¿No me diga que es la Santa?
—¡Ohhh, Santa Labrante!
A diferencia de ellos, Eliana y Flint no estaban para nada conmovidos. Flint tenía el ceño fruncido y Eliana no pudo evitar quejarse:
—¿A Lalan qué le pasa para atacar así a lo loco? Casi no la contamos.
Pero el que estaba lanzando los ataques no era Labrante, sino Ariel. Para ser exactos, el muchacho venía corriendo seguido por un grupo de paladines. Estaba tan concentrado buscando el lugar del ritual que ni cuenta se había dado de que Eliana y su grupo estaban ahí.
—¡Ahí es donde están haciendo el ritual! ¡Esos tipos también han puesto una barrera en la habitación, por eso no tienen ni idea de lo que pasa afuera!
Flint levantó la mirada hacia la pared derruida. Había una especie de membrana borrosa marcando el límite; debía ser la barrera de la que hablaba Ariel.
Detrás de esa barrera, un montón de apóstatas estaban arrodillados, apiñados unos con otros. Lo más raro era que, a pesar de que la pared se había venido abajo, ellos seguían mirando a un solo punto fijo, moviendo los labios sin parar. No se oía ni michi de lo que decían; parece que esa membrana también bloqueaba el sonido.
Ahí dentro todo se veía en total paz, con expresiones solemnes en cada rostro. No podía haber una escena más tétrica y extraña.
Flint intentó moverse con Eliana para salir de ahí. Como el paladín tenía a la niña cargada, asumió que la cuidaría bien. Sin embargo, la pareja tuvo que volver a tirarse al suelo porque el muchacho volvió a cargar su poder sagrado para atacar.
—¡Voy a hacer leña esa barrera! ¡Confíen en mí!
¡Oye, fíjate primero quién está aquí antes de disparar! Flint estaba a punto de pegarle un grito, pero el ataque de Ariel dio en el clavo con una fuerza letal.
Finalmente, la barrera no pudo aguantar tanto poder sagrado y empezó a rajarse. Al romperse el aislamiento, el sonido del interior se filtró de golpe:
—Sal del abismo. Siembra la oscuridad en este mundo. Te ofrendamos a Makarisera.
—Sal del abismo. Siembra la oscuridad en este mundo. Te ofrendamos a Makarisera.
—Sal del abismo. Siembra la oscuridad en este mundo. Te ofrendamos a Makarisera.
Los apóstatas repetían el rezo como un murmullo incesante. A Eliana se le puso la piel de gallina y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
Con un crujido seco, la barrera terminó de hacerse trizas.
—¡Eso! ¡La rompí!
gritó Ariel todo emocionado.
Al mismo tiempo, las voces lúgubres de los apóstatas se detuvieron en seco. Ahora que la barrera había desaparecido, los que estaban en pleno ritual por fin podían oír lo que pasaba afuera.
Cientos de apóstatas voltearon la cabeza al mismo tiempo. Una multitud de ojos se clavó directamente en ellos.
—¡Intrusos!
—¡Aniquílenlos!
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