La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 326
La mujer gritó entre lágrimas:
—¡Es verdad! ¡Nuestra señorita Cecilia es la prometida del joven duque Rosana!
Cecilia Hesse era la hija de una familia noble del sur que se había mudado a la capital tras comprometerse con Demian. Se decía que, al no adaptarse al clima de la ciudad, fue decayendo poco a poco hasta morir de nostalgia. Eso era, al menos, lo que Demian había vivido en su vida pasada.
Sin embargo, cuando Eliana escuchó la noticia, le pareció extraño. La razón era que la joven con la que Demian se había comprometido en esta vida era distinta a la de su vida anterior. Había un trasfondo oculto en el hecho de que personas diferentes murieran por la misma causa.
‘¡¿O sea que Cecilia Hesse estuvo atrapada aquí todo este tiempo?! Ella no murió de nostalgia; la secuestraron y desapareció. Ahora que lo pienso, también hubo rumores de que fue un asesinato…’.
En aquel entonces, Duque Rosana fue al sur para dar explicaciones sobre la muerte de Cecilia, pero le cerraron la puerta en la cara. Pensándolo bien ahora, era lógico que reaccionaran así, ya que seguramente nunca pudieron hallar el cuerpo.
La mujer, que no dejaba de sollozar, volvió a hablar:
—Yo… yo era la mucama personal de la señorita Cecilia. Pero, ¿quién es usted, señorita? ¿N-no me diga que a usted también la trajeron como un sacrificio de alto rango, igual que a mi señora? ¿Y el caballero a su lado ha venido a rescatarla?
—¿Sacrificio de alto rango?
—¡Buaaa! ¡Esos locos, apenas le vieron el cabello rosado a mi señorita, se la llevaron diciendo que era un sacrificio de alto rango!
Eliana se cubrió la boca con la mano. Así que el cabello de Cecilia Hesse era rosado. De seguro se la llevaron aparte por tener sangre de hada.
—Mi pobre señorita Cecil. Yo estoy aquí por mi mala suerte, pero… ¡pensé que mi señora se la estaba pasando de lo lindo en el ducado de Rosana! Nunca imaginé que nos volveríamos a ver en este nido de maldad. Snif, snif.
La mujer suplicó sumida en un llanto amargo:
—Por favor, salve a mi señorita. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que le vi la cara. Esos tipos le cortaron el cabello y de pronto irrumpieron… snif. ¡S-si ha muerto, aunque sea su cuerpo…!
Eliana intercambió una mirada con Flint y asintió. En ese momento, los apóstatas, que habían venido personalmente al ver que los sacrificios no llegaban, se pegaron un susto de muerte.
—¡P-pero qué es esto…! ¡Ahhh!
—¡Los sacrificios se están escapa…! ¡Ugh!
Al ver a los apóstatas, las personas que ya tenían las manos y pies libres se espantaron y empezaron a correr. El ambiente, que apenas habían logrado calmar, se volvió un caos otra vez. Eran tantos que los paladines no daban abasto para controlar a la gente presa del pánico.
Sin embargo, no era el peor de los escenarios. Los apóstatas no pudieron contener a la multitud y terminaron siendo pisoteados por la turba. Se escucharon gritos desgarradores, pero la gente estaba demasiado ocupada huyendo a trompicones.
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Afuera de la mansión, la situación era un desastre. El ataque de la Torre de Magia era cada vez más violento. Por más que Labrante y Ariel reclamaban y hacían un escándalo, el Maestro de la Torre les hacía caso omiso. Ambos lanzaron ataques con su poder sagrado, pero no lograron darle al Maestro ni una sola vez.
Ariel estaba que ardía de la picardía y la frustración.
—¡Ese viejo escurridizo como una anguila! ¡Le voy a dar, ya va a ver!
—Ariel, ya no gastes fuerzas.
Labrante jaló a Ariel y montó de inmediato en su caballo. Mirando a Hereise, le dijo:
—Príncipe Heredero, tengo que entrar a esa mansión ahora mismo.
—¿Qué? ¿Con esa lluvia de ataques mágicos al azar piensa ir allá?
La mirada de Hereise se dirigió hacia los ataques que caían sobre la propiedad. Los magos, tras haber derrumbado la casa de un solo piso, ahora concentraban toda su ofensiva contra la mansión de tres niveles.
Sin embargo, seguían teniendo una puntería pésima. Ni uno solo de los hechizos lograba impactar la casa; solo se la pasaban haciendo huecos en el suelo.
Pero lo más extraño era que nadie salía de la mansión, ni siquiera los paladines que se habían infiltrado antes. Lo normal sería que, al sentir el ataque exterior, salieran despavoridos.
‘El escondite de estos apóstatas debe tener algún tipo de barrera oscura. Está bloqueando todo lo que viene de afuera. ¿Qué demonios estarán haciendo ahí dentro?’.
Aun así, la persistencia de la Torre de Magia era peligrosa. A este paso, en cualquier momento le atinarían un golpe crítico y la mansión se vendría abajo como un castillo de naipes.
Hereise intentó detener a Labrante, quien estaba decidida a meterse en la boca del lobo.
—Santa, es muy peligroso. Lo primero es ir al campamento de la Torre y hacer que detengan el ataque. Hay que hablar con el Maestro de la Torre…
—Yo también quisiera hacer eso, pero no hay tiempo. Ahora mismo hay muchísimas vidas a punto de apagarse.
Seguramente el ritual para invocar al demonio ya estaba en marcha. Tenía que evitar que mataran a la gente como si fueran simples ofrendas. Labrante no pensaba permitir que se repitiera la tragedia de su vida pasada.
Además, Cecilia Hesse, la descendiente de las hadas de cabello rosado, estaba allí dentro. Labrante se había enterado de que Cecilia había caído en manos de los apóstatas durante su anterior enfrentamiento contra los magos negros en el feudo del Marqués Hesse.
Ese ser que los apóstatas llamaban ‘demonio’ ansiaba a las hadas de la buena fortuna, y existía el riesgo de que reaccionara ante Cecilia. Si eso pasaba, el abismo se abriría incluso sin necesidad de sacrificar a los demás. Ese monstruo podría terminar saliendo a la superficie.
Labrante no podía contarle todos estos detalles a Hereise. Si el Príncipe se enteraba de que algo tan diabólico podría descender en pleno corazón de Vianteca, le daría un patatús.
Casi nadie cree en ese tipo de seres desconocidos, pero si las palabras salían de la boca de la Santa, cobraban un peso real. Labrante no podía ser tan imprudente de sembrar el pánico.
—Santa, entonces mande un mensajero y dé la orden de evacuación. El ejército imperial también colaborará.
Ante la sugerencia de Hereise, Labrante negó con la cabeza.
—Ojalá fuera tan fácil como dices, Príncipe, pero no puedo demorarme más. Hay algo que debo hacer incluso si me cuesta la vida. Algo que solo yo puedo lograr.
Labrante habló con un tono solemne y decidido:
—Príncipe, todos los desaparecidos del continente están cautivos ahí dentro. Yo los salvaré y detendré esta maldad, así que, por favor, encárgate de frenar a la Torre de Magia. Te lo ruego.
Tras pedirlo encarecidamente, Labrante espoleó su caballo hacia la mansión. Hereise ya no pudo detenerla. Los paladines que escoltaban a la Santa y Ariel también salieron disparados tras ella.
A pesar del bombardeo mágico, Labrante no vaciló. Envolvió a su grupo con una barrera de poder sagrado dorado y cargó sin dudar.
—Definitivamente, por algo es la Santa……
murmuró Hereise con un suspiro.
—¿Y qué va a pasar si no logro detener a la Torre?
Al pensar que tantos desaparecidos estaban ahí dentro, Hereise sintió que los hombros le pesaban. Entre ellos debía haber muchísimos ciudadanos de su propio imperio.
Montando su caballo, Hereise dio la orden a sus tropas:
—¡Escuchen, soldados imperiales! ¡Nuestra gente está secuestrada en esa mansión! En cuanto los ataques mágicos cesen, entren y rescátenlos. ¡La prioridad es el rescate, no matar al enemigo!
Tras ordenar a su lugarteniente que reorganizara las filas, se dirigió de frente al campamento de la Torre de Magia, seguido por su guardia personal.
El ambiente en el bando de la Torre era tenso y pesado. El Maestro de la Torre estaba furioso porque ni uno solo de los ataques le daba a la mansión. No dejaba de presionar para que siguieran lanzando hechizos, pero los magos se quejaban de que ya no les quedaban piedras de maná.
—¡Pedazo de idiotas! ¡Si no tienen piedras, usen el maná de su propio cuerpo!
Ante los gritos del Maestro, los magos pusieron una cara de pocos amigos. El Maestro estaba hablando como si dijera: ‘si no tienen pan, coman torta’. Se usan piedras precisamente porque el maná interno tiene un límite…
—¡Charlotte! ¡Tú también me has decepcionado! ¡¿Dices que te fuiste de la Torre para entrenar y este es el resultado?! ¡Ni se te ocurra decirle a nadie que eres mi discípula! ¡Si vas a seguir así, mejor enciérrate en la Torre a investigar objetos mágicos y ya!
A Charlotte se le saltó una vena en la frente por el sermón. Tuvo que aguantarse las ganas de tirarle el bastón con el que trazaba el círculo mágico.
El malhumorado Maestro de la Torre no solo se la agarraba con ella, sino que trataba a todos los magos como si fueran basura.
—¡Oigan, ustedes! ¡¿Acaso no entrenan?! ¡¿Esa es toda la miseria de maná que tienen en el cuerpo?! ¡Ay, qué desgracia con estos inútiles!
Esta vez, a los magos les empezó a temblar la cara. Estaban sudando la gota gorda dibujando los círculos mágicos e inyectándoles maná. Tenían que concentrarse al máximo para lanzar los hechizos, pero con el Maestro de la Torre encima, era un auténtico suplicio.
—¡Cuando volvamos a la Torre, los voy a encerrar a todos en el sótano con Charlotte para que aprendan a punta de disciplina!
—¡Ay, caracho!
Al final, Charlotte tiró su bastón al suelo. Miró al Maestro con ojos de fuego y le pegó un grito:
—¡¿Acaso no ve que esos tipos han puesto capas y capas de barreras de magia negra en la mansión?! ¡Es obvio que están haciendo algo en esa casa de tres pisos! ¡La magia oscura está concentrada en la parte de arriba!
—¡¿Crees que no me he dado cuenta?! ¡Por eso mismo tienen que romper esa barrera! ¡Ay, qué desesperación me dan! ¡Si fuera yo, ya me hubiera bajado esa cosa de un solo golpe!
—¡Si tanto le desespera, pues hágalo usted mismo, ‘Gran Maestro’!
—¡Ya pues! ¡Mira cómo te enseño cómo se hace!
En ese momento, Hereise, que acababa de llegar al campamento, gritó a todo pulmón:
—¡Basta! ¡Maestro de la Torre, deténgase! ¡¿Acaso piensa matar a todos los que están adentro?!
Ante la aparición del intruso, el Maestro rugió con ferocidad:
—¡Ahí dentro solo hay magos negros y apóstatas! ¡¿Quién eres tú para meterte en los asuntos de la Torre?!
Charlotte, al verle la cara a Hereise, le susurró al Maestro: ‘Maestro, es el Príncipe Heredero, Hereise Vianteca’. Pero aunque se tratara del príncipe del gran imperio, el Maestro de la Torre no bajó la guardia ni el orgullo. Lo único que hizo fue dejar de hablarle como si fuera un subordinado.
—¡Aunque sea el Príncipe de Vianteca, no se meta! ¡La Torre de Magia ha venido a aniquilar a los magos negros!
Para lucirse, el Maestro concentró maná en su mano y lanzó una esfera roja gigante. Esta voló hacia la mansión y chocó contra la barrera con un estruendo brutal: ¡KABOOM! El Maestro soltó una carcajada y gritó:
—¡Jajaja! ¡Miren, par de inútiles, admiren mi grandeza!
Los magos soltaron un ‘¡Ooooh!’, mirando al Maestro con pura admiración. ¡Efectivamente, el Maestro de la Torre se había bajado la barrera de un solo porrazo!
Por otro lado, Hereise se puso pálido. Para colmo, el Maestro ya estaba concentrando otra esfera roja en su mano. Hereise gritó desesperado:
—¡Maestro de la Torre! ¡¿Está loco?! ¡¿Usted cree que ahí adentro solo hay ciudadanos comunes?! Están el Gran Duque Howard y…
El Maestro lo cortó con un bufido:
—¡Pfff! ¡¿Crees que Flint Howard se va a morir porque se le caiga una casucha encima?! Qué ganas de preocuparse por puras tonterías…
—¡También está la Gran Duquesa Howard!
—¡Y a mí qué me importa si está la Gran Duquesa o…! ¿Qué? ¡¿La Gran Duquesa Howard?! ¡¿Te refieres a la hija de Primrose?!
El maná que crecía en la mano del Maestro se detuvo en seco.
—¡Sí! ¡Eliana Howard está ahí dentro!
—¡No seas… qué loco!
Ante la confirmación de Hereise, el Maestro dispersó su maná hacia los lados y empezó a gritarles a sus magos como un loco para que se detuvieran
—¡Oigan, bestias, detengan la magia ahorita mismo! ¡La Gran Duquesa Howard está ahí!
Un mago, que justo acababa de soltar un hechizo, se quejó:
—¿Y a nosotros qué nos importa eso? ¡Seguro el Gran Duque la protege y ya!
—¡Ese es el problema, animal! ¡¿No sabes que si le haces daño a un hada de la fortuna vas a tener mala suerte toda tu vida?!
A diferencia de la Iglesia, que decía que dañar a un hada traía un ‘castigo divino’, en la Torre de Magia lo llamaban simplemente ‘tener una saladez de por vida’.
—¡La Gran Duquesa Howard tiene sangre de hada y sus poderes! ¡Si le pasa algo por nuestra culpa, vamos a estar salados por lo menos un año entero!
—Ma-Maestro… pero es que el hechizo ya…
—¡Les he dicho que dejen de lanzar magia ahora mismoooo!
Pero, ¿cómo iban a detener algo que ya habían lanzado? Tenían que obedecer, pero el poder humano tiene límites. Al final, varias esferas salieron disparadas.
—¡Ay, caramba!
El Maestro de la Torre extendió ambas manos y, con un movimiento, anuló todos los ataques mágicos que volaban hacia la mansión. Todos se quedaron mudos de la impresión por semejante nivel de poder, incluso Hereise abrió los ojos como platos.
Sintiéndose el centro del universo, el Maestro levantó la barbilla y miró a todos con aire de grandeza. Pero, de pronto, vomitó un chorro de sangre, perdiendo todo el estilo en un segundo.
—¡¿Ma-Maestro?! ¡¿Está bien?!
—¡Ay, Dios mío, Maestro!
Todos empezaron a gritar preocupados desde sus sitios. Por muy fuerte que fuera, anular tantos hechizos de gran escala al mismo tiempo le había pasado la factura. Por la forma en que seguía escupiendo sangre, era obvio que tenía una lesión interna grave. Estaba pálido como un papel.
Mientras seguía botando sangre, el Maestro se picó:
—¡Aaaag! ¡Ya ven! ¡Ya me cayó la saladez! ¡Que yo esté escupiendo sangre es algo imposible…! ¡Cof, cof!
Finalmente, después de estar un buen rato tosiendo sangre, el Maestro de la Torre se desmayó. Pero, curiosamente, los magos fueron bien fríos: ninguno se acercó a ver cómo estaba.
Incluso, apenas el Maestro de la Torre se desmayó, los gritos de preocupación se cortaron en seco. Alguien se acercó despacio y le pasó la mano por la cara para ver si reaccionaba. Con una expresión media rara, dijo:
—No responde. Se ha ido a la porra, está inconsciente. Pero bueno, no parece muerto… todavía.
Tras un breve silencio, los magos no perdieron la oportunidad y empezaron a rajar del Maestro con todo:
—¡Ese viejo es un pesado! ¡¿Cómo se le ocurre decir que usemos nuestro propio maná si no hay piedras?! ¡Habla puras sandeces!
—¿Que los apóstatas están invocando a un demonio? ¿Para qué se toman tanta molestia si ya tenemos a uno aquí mismo con nosotros?
—¡Es peor que un demonio! ¡¿Cómo diablos pretende que detengamos un hechizo que ya soltamos?! ¡Cree que todos somos unos genios como él, caracho!
Mientras tanto, Charlotte arrastró el cuerpo del Maestro y lo acomodó bajo un árbol. Al verla mirándolo fijamente con cara de seriedad, Hereise pensó que, después de todo, sí era una discípula leal preocupada por su maestro.
Pero no fue más que un palmazo de Hereise. Charlotte volteó la cabeza y les dijo a los demás magos con una cara de preocupación, pero por ella misma:
—Oigan, ¿y si a nosotros también nos cae la saladez? Creo que le metí como cinco ataques mágicos a esa mansión…
—Charlotte, yo le metí seis… ya fue, ya cagué.
—Yo solo tres, ¿estaré un poco mejor?
Charlotte se quedó pensando un rato y soltó:
—¿Alguien aquí sabe algún truco para pasarle toda nuestra mala suerte a una sola persona?
No hacía falta decir a quién se refería. Todos los magos clavaron la mirada en el Maestro de la Torre.
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Eliana, mientras estaba en los brazos de Flint, pensó que la situación se había puesto color de hormiga. La gente, que apenas se había calmado, volvió a entrar en pánico al ver a los apóstatas. La evacuación, que iba viento en popa, se volvió un arroz con mango. Todos se empujaban para escapar, corriendo por donde sea.
A este paso, en vez de salvarse, iba a haber heridos o muertos por pura desesperación.
—¡Señor caballero! ¡¿Dónde está?! ¡Esos locos apóstatas nos quieren matar!
—¡¿Por dónde se sale de aquí?!
—¡Es una mansión noble, debe tener un pasadizo secreto!
—¡Caballeroooo! ¡Sálvenos! ¡Los apóstatas nos persiguen!
Eliana deseó tener un megáfono mágico en ese momento. Si lo tuviera, les gritaría a todos esos que habían perdido los papeles: ‘¡Cálmense, que a los apóstatas ya se los bajaron a todos!’. Así, tal vez, se tranquilizarían.
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