La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 325
Por suerte, no pasó nada. No se sintió el impacto del choque destruyendo la mansión, ni siquiera un ligero temblor. Esto pasó porque esa bola de energía que venía volando con toda la intención de matar a alguien, rebotó contra algo. El impacto terminó dejando un tremendo hueco en el jardín delantero de la propiedad.
Eliana soltó un suspiro de alivio.
‘Uff, menos mal. Pero, ¿por qué no se escucha nada?’
Con esa fuerza de explosión, lo lógico era que se oyera un ruido estruendoso, pero no se escuchaba absolutamente nada. Otra vez voló una bola roja, pero rebotó sin siquiera rozar la mansión.
En el momento del choque, Eliana vio claramente cómo se revelaba una especie de barrera opaca. Sus ojos, que no se pierden una, captaron incluso que esa barrera ya se estaba agrietando.
‘¡Esos apóstatas le han puesto una barrera de protección a toda la casa! Hay otro mago negro por aquí.’
Si seguían lanzando magia de esa forma, la barrera no tardaría en romperse. No había forma de que Labrante permitiera un ataque tan peligroso que pusiera en riesgo las vidas dentro de la mansión. Al parecer, se trataba de una acción arbitraria por parte de la Torre Mágica.
‘O sea que ahora están aquí los de la Orden, la familia imperial Bianteca y hasta los de la Torre Mágica… y el ejército imperial está estancado. Por lo visto, no están colaborando ni un poquito entre ellos.’
Tras analizar cómo estaba la situación afuera, Eliana se dio media vuelta e intentó abrir las cortinas. El ruido había bajado, como si la pelea hubiera entrado en una pequeña tregua.
Sin embargo, sintió la presencia de alguien. Para ser exactos, estaban rodeando la cortina donde ella se escondía. Y por si fuera poco, eran varios.
Eliana aguantó la respiración y preparó su prendedor de Verom. Al quitarle la tapa, el veneno negro brilló en la punta de la hoja afilada. ‘Primero les clavo esto y de ahí corro donde Flint’, pensó.
Tras inhalar profundo, abrió las cortinas de un tirón y levantó el prendedor de Verom con todas sus fuerzas.
—¡AAAH!
La persona que estaba frente a Eliana se llevó un susto de muerte y retrocedió de un salto. Como ella le había puesto todo su peso a la mano que sostenía el prendedor, terminó yéndose de cara contra el suelo.
Al perder su objetivo, el prendedor de Verom acabó clavado en el piso. Justo cuando Eliana, apretando los dientes, sacaba el prendedor y levantaba la cabeza de golpe, el otro gritó desesperado:
—¡P-Princesa! ¡S-soy yo…!
Apenas lo vio, esa mirada de ojos verdes que parecía capaz de matar a cualquiera se suavizó al instante. Eliana, aún tirada en el suelo, gritó con alegría:
—¡Adel!
Para su suerte, los que la rodeaban eran Adel y los caballeros de la Orden de Howard. Ellos habían estado buscando a Flint por toda la mansión de un solo piso, pero al enterarse de los movimientos de la Torre Mágica, se vinieron volando a la mansión de tres pisos.
Tras encontrar a Flint sin problemas, se dividieron en dos grupos: unos se encargaban de los apóstatas y los otros hacían guardia frente a la cortina donde se escondía Eliana.
Pero como ella estaba con los nervios de punta, se armó el malentendido.
—Adel, por fin llegaste. No sabes cuánto te he esperado.
Eliana sonrió con ternura y le estiró la mano a Adel. Él iba a darle la mano para ayudarla a levantarse, pero se detuvo en seco.
—Princesa… ¿Podría, por favor, alejar ese Verom? Me da miedito.
Ese veneno negro en la punta afilada del prendedor le ponía los pelos de punta. De solo pensar que si no esquivaba terminaba sufriendo por el Verom, a Adel le dio un escalofrío. Menos mal que los movimientos de la princesa fueron lentos.
Los caballeros de alrededor, apenas vieron el Verom, se pegaron un susto y se alejaron más de tres pasos de Eliana. En ese momento entendieron perfectamente por qué Adel no andaba preocupado por la Gran Duquesa.
Eliana, con una sonrisa dulce, soltó unas palabras de terror:
—¿Por qué te da miedo esto? Si gracias a este Verom no fui una carga para Flint. ¡Con esto me bajé a los tipos que querían usarme como rehén!
Los caballeros pensaron que Eliana no solo no fue una carga, sino que debió ser una gran aliada en combate. ¿Qué tanto habrán subestimado los enemigos a una mujer armada solo con un prendedor de joyas lujosas? Pero lo que tenía esa punta afilada era un veneno letal que causaba un dolor peor que la muerte.
Además, ellos ya habían visto en la habitación que Flint dejó hecha un desastre a varios tipos que cayeron por el Verom. Todos esos cadáveres tenían la cara deformada por el sufrimiento.
—Sí, princesa. Pero por ahora… ¿podría guardar ese Verom?
Hasta el caballero Alex se lo pidió educadamente. Eliana se rió bajito y empezó a buscar entre sus cosas. Su intención era guardar el prendedor bonito en su tapa, pero no encontraba nada.
—Mmm. Se me perdió la tapa. ¿Ahora qué hago? Me da pena botarlo.
Adel y los demás caballeros se pusieron a buscar como locos la tapa del prendedor por todo el suelo.
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Afuera, Labrante estaba que echaba chispas. Toda la furia de la Santa se descargó contra el Maestro de la Torre Mágica.
—¡Ese viejo loco debería haberse quedado encerrado en su torre! ¡¿Qué diablos hace aquí?!
Ariel exclamó llevándose las manos a los cachetes:
—¡S-Santa! ¡Parece que el tío de la Torre Mágica se ha traído a todos los magos, hasta a los mayores! Siento una corriente de maná alucinante… ¡Ah! ¡Mire, allá está el tío, flotando en el cielo!
Donde Ariel señalaba, se veía una silueta elevándose por los aires. Era un hombre con una túnica plateada y una capa morada que ondeaba con toda la elegancia del mundo. Se trataba del mismísimo Maestro de la Torre, ese que para siempre metido en su mundo y que no recibe a cualquiera así nomás. También era el responsable de haber hecho un hueco en el jardín por intentar bajarse la mansión donde estaba Eliana.
El Maestro de la Torre achinó los ojos, calculando la resistencia de la barrera que cubría la casa.
—Knox, desgraciado… mira que armar algo así. ¿Quieres medirte conmigo?
En eso, divisó a Ariel y a Labrante. El hombre les sacudió la mano a la descendiente de los elfos y a la representante de Dios. Su cabello pelirrojo volaba con el viento y se le notaba una sonrisa en los ojos, como si estuviera feliz de verlas, aunque desde esa distancia era imposible verle bien la cara.
—Hum, quisiera saludarlas, pero están lejitos.
Parecía que la única forma era gritando a todo pulmón, pero el Maestro no era de los que hacían cosas tan poco elegantes. En su lugar, usó magia para meter sus palabras directo en el oído de la Santa.
[Labrante, ¿no te bastó con los caballeros sagrados que ahora traes a tanta gente colgando? ¿Tanto miedo les tienes? No te preocupes, que este tío se va a encargar de derrotar a todos los magos negros y a los apóstatas.]
Al oír esa voz grave retumbándole en el oído, Labrante hasta tembló de la cólera. ‘¿Qué tío ni qué ocho cuartos?’, pensó. Cualquiera que los viera creería que eran familia. Ella se golpeó la oreja con la mano y le gritó con todas sus fuerzas:
—¡Pare de lanzar magia ahora mismo!
¡¿Tiene idea de lo que acaba de hacer?!
Obviamente, el Maestro de la Torre ni le hizo caso. Se hurgó la oreja de forma descarada, lo que terminó de sacar de quicio a la Santa.
—¡¡¡Venga aquí ahora mismo……!!!
¡¿Qué se cree haciendo lo que le da la gana en un imperio ajeno?! ¡Esto va en contra del tratado de paz del continente! ¡Si viene ahorita y se une a nosotros, haré que no le caiga tanta responsabilidad!
[No quiero. Qué flojera. ¿Y cómo que igual me vas a echar la culpa? Qué pesada eres]
El Maestro no tenía la más mínima intención de discutir estrategias con los otros grupos. Dejó de hablarle a la Santa, levantó el mentón y murmuró para sí:
—¿Tratado de paz? Si limpio toda esta zona de estos tipos, la familia imperial Bianteca debería estarme agradecida.
La Santa, gritándole que se detenga, empezó a liberar su poder sagrado. El Maestro de la Torre esquivaba con toda la calma del mundo las ráfagas de poder que intentaban atraparlo y se mataba de risa.
—¡Vaya, la representante de Dios me está echando porras!
Incluso Ariel empezó a lanzarle poder sagrado antiguo, haciendo que unas líneas doradas ondularan por todo el cielo nocturno. El Maestro soltó un ‘¡Uy!’ y se puso un escudo mágico. De inmediato, los dos tipos de poder sagrado chocaron contra su barrera, sacando chispas por todos lados.
—Ay, este chiquillo, es igualito al perrito de la Santa. Si no fuera porque tiene sangre de elfo, le daría una buena lección para que aprenda…
Chasqueó la lengua y les gritó a sus magos subordinados:
—¡Ya deben estar listos, ¿no?! ¡Demuestren de lo que son capaces los magos secretos! ¡Vamos a pulverizar a Knox y a su gentuza!
El Maestro señaló con su dedo bronceado hacia la mansión de tres pisos, pero luego regresó la mano hacia la de un solo piso.
—¿Eh? ¿Hay otra casa más?
Su dedo iba de un lado a otro entre las dos mansiones, como si estuviera jugando al ‘tin marín de do pingüé’. Si miraba bien, en la casa de un piso también se sentía un poquito de esa magia negra sospechosa.
—Fijo que Knox está en una de esas dos…
Como no sabía que Knox ya había pasado a mejor vida a manos de Flint, el hombre se lo estaba tomando muy en serio. Abajo, los magos no paraban de cambiar las coordenadas siguiendo la dirección a la que apuntaba el dedo de su jefe.
Los magos ya estaban empezando a poner cara de pocos amigos. Al final, Charlotte, la líder del grupo, agitó su báculo y gritó harta:
—¡¿A cuál le damos?! ¡¿A la de un piso o a la de tres?!
—Eeeh… ¿qué tal esa? No, mejor a la de tres, que tiene la barrera… Aunque no, capaz ese Knox está jugando con mi mente…
Charlotte le gritó furiosa:
—¡Ay, maestro….! ¡Ya escoja una de una vez!
—¡Ya, qué importa! ¡Bájense cualquiera de las dos!
Apenas dio la orden, Charlotte les hizo una seña a los demás. Su elección fue la mansión de un solo piso. Al toque, los círculos mágicos brillaron intensamente y se cargaron varias bombas mágicas. La más grande de todas voló de forma amenazante y se estrelló directo contra la casa pequeña.
¡BooM!
Al ver cómo la mansión de un piso se venía abajo, el Maestro de la Torre soltó una carcajada.
—¡Si Knox estaba ahí dentro, habrá quedado hecho puré! ¡Jajajaja!
Con una sonrisa de oreja a oreja, siguió mandando:
—¡Pero ojo, que ese bicho es astuto y capaz está en la de tres pisos! ¡La siguiente es esa, Charlotte!
Lamentablemente, el siguiente ataque falló por completo. Después del hueco en el jardín delantero, ahora apareció otro al costado de la casa. El Maestro se lamentó todo decepcionado.
—¡Charlotte! ¡¿Cómo vas a fallar así?! ¡Ay, qué desperdicio! ¡Lancen el hechizo otra vez! ¡Rápido, rápido, par de lerdos!
Esta vez, la bomba mágica salió volando ‘fiuuuu’, pero antes de llegar a la mansión, se cayó solita. La siguiente pareció chocar contra algo y salió rebotada. El Maestro arrugó la frente, renegando:
—¡Oigan, ¿qué les pasa?! ¡¿A eso le llaman ataque?!
A lo lejos, el Príncipe Heredero y la Santa estaban en shock por el ataque tan repentino y la puntería tan pésima.
—Me habían dicho que el Maestro de la Torre era el genio del siglo… ¿De verdad ese tipo es quien dice ser?
preguntó Hereise, ya dudando seriamente.
Labrante soltó un suspiro de resignación y respondió:
—Sí, lamentablemente ese loco de remate es el Maestro de la Torre.
—¿Lo conoce bien? Escuché que tenía cierta amistad con usted, Santa…
Ante la curiosidad de Hereise, Labrante hizo una cruz con los brazos, negándolo todo:
—Yo no tengo ninguna amistad con un demente como ese.
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Adel encontró la tapa del prendedor tirada por el suelo. Eliana guardó el prendedor de Verom en su funda y se lo volvió a poner en el cabello. Recién ahí, los caballeros respiraron tranquilos y se acercaron a ella.
En ese tiempo, Flint y los demás terminaron de encargarse de los apóstatas. Gracias a que se unieron los caballeros sagrados que la Santa había mandado infiltrar, todo acabó rápido. Para los apóstatas que se estaban llevando a las víctimas para el sacrificio, esto fue como un baldazo de agua fría.
—No puede ser… nuestro ritual… necesitamos el sacrificio…
Uno de ellos no soltó su obsesión por el sacrificio ni estando a punto de morir. Sin embargo, todas las personas que habían sido secuestradas y encerradas por los apóstatas recuperaron su libertad.
—Gracias, muchas gracias…
—Gracias por salvarnos, snif. Pensé que de esta no salíamos…
La gente que había estado retenida hasta ahora se conmovió apenas vio a sus rescatistas. Entre ellos había quienes lloraban desconsoladamente, otros que se habían desmayado por el susto de la pelea, y algunos que ni podían mantenerse en pie por las drogas que les habían obligado a tomar.
Los caballeros sagrados les quitaron las mordazas y les desataron las sogas. Los caballeros de Howard también les dieron una mano. Adel animaba a la gente que estaba sin fuerzas para que salieran de ahí.
—Un último esfuerzo, por favor. Ellos son caballeros sagrados de la Orden, así que todos van a poder salir bien. Una vez que estemos fuera de esta mansión, estarán a salvo.
Al oír que la Orden había venido al rescate, a la gente le cambió la cara y se llenaron de esperanza.
Eliana también estaba desatando a las personas con su daga. Una mujer que no dejaba de forcejear, apenas sintió sus manos y pies libres, se quitó la mordaza y gritó:
—¡Allá arriba se llevaron a mi señorita Cecilia! ¡Por favor, salven a mi señorita! Ella es la hija mayor del marqués de Hesse. ¡Si la salvan, el marqués se los recompensará de todas maneras! ¡Por favor…!
La hija mayor de la familia Hesse. Cecilia. Eliana se quedó pensando en ese nombre que le sonaba conocido, hasta que reaccionó sorprendida y preguntó:
—¿Cecilia Hesse? ¡¿Te refieres a la prometida de Damian Rosana?!
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