La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 324
Sin embargo, los que estaban a su alrededor la presionaban preguntándole qué rayos estaba tramando el Duque Rosana, mirándola con una expectativa tremenda. La Santa, al no poder ignorar esas miradas tan intensas, tuvo que abrir la boca.
—El Señor solo me ha revelado que el pecador de la Orden se encuentra en esta mansión. El resto nos toca a nosotros.
Labrante transmitió lo que vio, pero bien ‘maquillado’. ¿Cómo iba a decirles que Dmitry Rosana estaba disfrutando de su baño y hasta soltando un ‘¡Ahhh!’ de placer? Para que valiera la pena mencionarlo en una visión, mínimo ese tipo tendría que estar bañándose en sangre.
—Entren todos a la mansión de tres pisos y rescaten a las personas retenidas, incluida la Duquesa Howard. A los apóstatas, especialmente a los cabecillas, me los capturan vivos sí o sí.
Ante la orden tajante de la Santa, los paladines respondieron con un grito potente. Labrante les advirtió:
—Tengan esto muy presente: si llegan al lugar del ritual en los pisos superiores, por nada del mundo debe haber derramamiento de sangre ahí. Ni siquiera si se trata de los apóstatas.
Labrante dio instrucciones detalladas, dividiendo a los paladines para el primer, segundo y tercer piso. A excepción de unos cuantos que se quedaron para escoltarla, todos se infiltraron en la mansión en cuestión.
Labrante se dejó caer y se sentó apoyada en lo que quedaba del muro derribado. Estaba agotada porque las visiones constantes le habían consumido demasiado poder sagrado; sentía que le habían chupado toda la energía.
‘Al menos Lia está a buen recaudo con Flint Howard’.
Eso era lo único que la tranquilizaba. Ya no tenía que preocuparse por la seguridad de su amiga. En ese momento, Ariel señaló hacia un lado y gritó:
—¡Santa! ¡Es el ejército imperial de Bianteca!
Hacia donde apuntaba Ariel, se veía la bandera del imperio flameando con fuerza. Parecía que recién llegaban y estaban levantando el campamento. Seguro corrieron hacia aquí apenas vieron la señal en el cielo.
A la cabeza del ejército imperial, montado en un caballo blanco, estaba un hombre con una facha imponente. Era el Príncipe Heredero, Hereise. Apenas lo vio, a la Santa se le hinchó una vena en la frente.
‘Hereise Bianteca… ¿Así que te atreviste a pasarte mi pacto secreto por el arco del triunfo?’.
Cuando Lia decía que Hereise era un zorro, ella no le daba mucha bola, ¡pero le cayó a pelo! ¡Resultó ser un soplón que fue corriendo a contarle todo al Duque Howard!
—¡Tengo que ver al Príncipe de Bianteca ahora mismo!
Labrante montó su caballo y salió disparada hacia donde estaba él. Ante el arranque repentino de la Santa, los paladines y Ariel también montaron en un dos por tres para alcanzarla.
Los soldados del ejército imperial se quedaron desconcertados al ver a una mujer acercándose a toda velocidad, dejando atrás a los paladines. La mujer del caballo negro tenía el cabello blanco como la nieve y vestía el hábito de Santa que solo se veía en las pinturas de los templos.
El campamento imperial empezó a murmurar. Los caballeros más devotos hasta dejaron de hacer lo que estaban haciendo y se quedaron con el ojo cuadrado.
Por el contrario, el Príncipe, al ver que la disciplina se iba al diablo por la aparición de la Santa, puso cara de pocos amigos y gritó con autoridad:
—¡Esto es prácticamente un campo de batalla! ¡Aunque aparezca el mismísimo Papa y no solo la Santa, ustedes tienen que seguir apuntando al enemigo!
Ante la cuadreada del futuro emperador, los caballeros volvieron a mirar hacia la mansión. Sin embargo, algunos seguían chequeando a la Santa de reojo. Era inevitable; la ‘Santísima Santa’ ya era considerada un ser sagrado y grandioso.
Hereise, que estaba bien asado, espoleó a su caballo y se plantó frente a la Santa para cerrarle el paso. Labrante jaló las riendas con destreza para frenar en seco. Estuvieron tan cerca que casi se chocan por un pelito.
Labrante miró a Hereise con odio. Su cara decía claramente ‘¿qué te pasa?’, pero Hereise la saludó como si nada, bien fresco:
—Vaya, pero si es la mismísima Santa. Espero que la sagrada voz del Señor llegue a usted. ¿A qué se debe el honor de su visita por estos lares?
Hereise hablaba con un tono todo sarcástico y pesado, como si le tuviera una bronca guardada a Labrante.
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Flint y Eliana subieron las escaleras hacia el segundo piso. El motivo era simple: ahí se encontraba la habitación principal, el lugar donde los apóstatas guardaban sus tesoros. Además, era el mismo sitio donde el Duque Rosana se estaba dando la gran vida dándose un baño.
Al acercarse a la puerta que estaba al fondo del pasillo, Eliana dijo con tono animado:
—Es justo aquí. La mejor habitación de toda la mansión.
La entrada tenía una puerta doble de estilo antiguo, con el escudo de la familia Rosana claramente grabado en la madera. Eliana y Flint se pegaron a la puerta, cada uno por su lado, para intentar escuchar lo que pasaba adentro.
Eliana aguzó el oído y arrugó la cara, pero no logró oír ni ‘michi’. En cambio, los sentidos de Flint, que estaban en otro nivel, captaron algo de inmediato.
—Definitivamente hay alguien adentro. Debe ser Duque Rosana.
Al escuchar eso, Eliana se despegó de la puerta sin pensarlo dos veces y empezó a mirar a todos lados, buscando algo.
—Mmm, a ver… ¿habrá alguna tranca que sirva…?
Eliana señaló un trapeador que alguien había dejado apoyado en un rincón del pasillo después de limpiar. Por el largo y el grosor, estaba preciso para usarlo como tranca.
En cuanto Eliana trajo el trapeador, Flint lo pasó por las manijas de la puerta, bloqueándola por completo. Ahora, aunque el Duque Rosana se diera cuenta de que algo andaba mal e intentara escapar, se quedaría encerrado como un ratón.
Eliana se sacudió las manos, satisfecho con el trabajo, cuando de pronto se escuchó el eco de un montón de pasos acercándose. La mirada de Flint se puso afilada al instante.
—Flint, alguien viene. ¿Dónde nos podemos esconder…?
Flint jaló rápido a Eliana hacia la ventana. La escondió detrás de unas cortinas gruesas y largas que cubrían todo su cuerpo. Flint le advirtió:
—Por nada del mundo se mueva de aquí.
Eliana asintió y sacó el prendedor de Verom que llevaba en el cabello, lista para defenderse.
—Flint, ten cuidado.
—No se preocupe.
Flint le dio un beso en el dorso de la mano y cerró las cortinas. El sonido de los pasos se fue alejando, mientras se oían varias voces que venían de lejos, casi como un murmullo:
—… esa persona… si llegamos tarde… el sacrificio humano…
—… está por empezar. Muévanse rápido…
—… a la azotea… ¡apúrense!…
Parecía que se estaban apurando entre ellos para avanzar rápido. De fondo, no dejaban de sonar los ruidos de espadas chocando. Eliana, que apretaba las cortinas con nerviosismo, miró por casualidad hacia afuera de la ventana y entornó los ojos. Vio las banderas del ejército imperial de Bianteca y de la Orden flameando juntas.
‘¡Parece que Labrante y el Príncipe Heredero van a atacar en conjunto! Entonces esto va a terminar al toque’
A diferencia de lo que Eliana pensaba, ellos dos no estaban trabajando en conjunto. Apenas llegó, Labrante mandó a sus paladines de frente a la mansión de tres pisos, porque no quería que ningún otro grupo se metiera en su camino. Pero Hereise, por su parte, tenía toda la intención de encargarse de esos desgraciados que habían invadido su territorio en nombre de la familia imperial.
Como resultado, ahora los dos estaban en un ‘toma y daca’ tremendo. Además, Labrante le tenía una rabia acumulada a Hereise, así que su voz sonaba super afilada:
—¡Príncipe de Bianteca, de verdad que usted no tiene ni un poquito de palabra ni lealtad, tal como dicen! ¡Recuerdo clarito que me prometió que hoy sacaría al Duque Howard del norte! ¡¿Entonces por qué rayos… por qué el Duque está ahí adentro?!
La Santa botaba chispas de la furia, pero Hereise solo se encogió de hombros y le respondió bien fresco:
—Yo también quería cumplir con el deseo de su santidad, pero hay cosas que simplemente no se pueden, pues. ¿Cómo quiere que detenga la terquedad de acero del Duque Howard? Además, en este asunto también cuenta la voluntad de la Duquesa.
—¡Todo esto pasó porque usted fue de soplón con el Duque! Mi Lia debe estar siendo obligada por ese marido suyo que es un terco de primera…
—¡Habla, qué! ¿Obligada? Santa, por favor, mida sus palabras. ¿Usted cree que el Duque Howard va a obligar a su esposa?
Hereise puso una cara como si estuviera escuchando el chiste más malo del mundo. Ese tipo, que se pone a temblar solo de pensar que a su mujer le pase algo si él no está, ¡ni a balas la obligaría!
—¡¿Y por qué no?! ¡Ese salvaje loco por la guerra es capaz de cualquier cosa!
—¡Oiga, no venga a hablar pestes del Duque de Bianteca! ¡Flint Howard no es ningún loco por la guerra, es un héroe que trajo la paz a nuestro país!
—Mmm, qué gracioso que el Príncipe diga eso, cuando fue la misma familia imperial de Bianteca la que hizo que lo llamaran ‘loco por la guerra’.
—…
—Para ser exactos, fue su padre, Emperador Leopoldo.
La Santa le dio donde más le dolía, y Hereise se puso rojo como un tomate mientras le temblaban los labios. Él también le tenía una bronca guardada, así que no se quedó callado:
—¿Y usted, Santa? ¿Acaso está bien que alguien que dice ser la representante de Dios ande estafando a la gente? Me dijo que me daría la oportunidad de tener un vínculo profundo con la próxima Santa…
Hereise miró con odio a Labrante y soltó una risa amarga de solo recordar lo absurdo de la situación.
El día que Hereise le contó a Flint todo sobre su pacto secreto con la Santa, él estaba lamentándose por haber perdido una gran oportunidad, pero Eliana le hizo una propuesta:
—Yo puedo ser su madrina de bodas. Sé quién será la mujer que se convierta en la próxima Santa.
En ese momento, Hereise pensó que había hecho bien en ser leal y le preguntó al toque, emocionado:
—¡¿En serio?! Tenías que ser la amiga de la Santa… hice bien en elegir la lealtad. ¿Y de qué familia noble es la chica?
Pero la cara y el tono de Eliana estaban medio raros. Hereise le dijo que no le importaba si era una plebeya, que por favor le arreglara una cita. Entonces, Eliana, bien avergonzada, le soltó:
—Es que… la próxima Santa todavía ni ha nacido.
Al recordar eso, Hereise volvió a sentir una cólera tremenda al darse cuenta de que la Santa lo había agarrado de punto. ¡Con razón puso esa cara tan rara cuando él mencionó lo del matrimonio! Ahora que lo pensaba, Labrante había usado las palabras con maña, diciendo solo que ‘le daría la oportunidad de tener un vínculo profundo’.
Después de que Eliana lo engañara con lo de si Layla estaba viva o muerta, y que ahora Labrante lo estafara así, Hereise ya no sabía ni cómo molestarse. Pero tener a la Santa al frente hizo que se le subiera la presión.
—¡¿Me ofreció ser mi madrina con una Santa que ni siquiera ha nacido?!
gritó Hereise fuera de sí.
Labrante fingió una tos, pero le respondió con una conchudez total.
—La mediación la quiso el Príncipe, yo solo dije que les crearía un vínculo. ¿Acaso el único vínculo que existe entre las personas es el del matrimonio? Qué mente tan cerrada tiene usted, de verdad.
—¡No me venga con juegos de palabras!
gritó Hereise, perdiendo los papeles.
Labrante soltó una risita burlona y continuó:
—La verdad, como tanto me pedía que le busque pareja, pensé que el Príncipe tenía los mismos gustos que su padre. Tengo entendido que entre el Emperador y la Emperatriz de Bianteca hay una diferencia de edad bien marcada, ¿no?
Hereise se quedó mudo. Era verdad que el Emperador Leopold y la Emperatriz Beatriz se llevaban un montón de años.
—Incluso si la próxima Santa viera la luz del mundo mañana mismo, ¡creo que se llevaría menos años con usted que su padre con su madrastra!
Ante una verdad tan irrebatible, Hereise empezó a resoplar de la rabia. ¡No es que él quisiera casarse con una chiquilla siendo un viejo como su papá, para nada!
—¡Pero cuando le pregunté si me estaba buscando pareja, usted bien clarito me dijo que sí!
—… Bueno, como el Príncipe insistía tanto, no me quedó de otra. Se lo puede proponer a la señorita que será la próxima Santa cuando cumpla la mayoría de edad. Si esa chica resulta ser tan ambiciosa como su madrastra, de repente se anima a superar la diferencia de edad y…
—¡¡Santa!!
gritó el Príncipe, que ya no podía escuchar más.
Pero la Santa no se quedó atrás y le gritó con la misma fuerza:
—¡¡¿Quéeee?!!
El que le puso fin al chongazo fue el sacerdote Ariel. El muchacho llegó corriendo tras intentar detener a los soldados imperiales que ya estaban alistando flechas de fuego. Los soldados lo habían choteado educadamente diciendo que eran órdenes sagradas del Príncipe.
—¡Príncipe heredero! ¡Por favor, mande a bajar esas flechas de fuego de una vez! ¡Si disparan y la mansión se quema toda, ¿qué va a pasar con el Duque y la Duquesa?! ¡Les he dicho que tenemos que entrar caleta, sin que nadie nos vea!
El Príncipe, harto del escándalo del sacerdote, le soltó un:
—¡Todavía no han disparado!
Labrante aprovechó que Ariel cambió el tema y se enganchó de ahí:
—Es justo lo que dice Ariel. Nada de flechas de fuego. Ustedes, los del imperio, ya no se metan más. Los paladines ya entraron todos a escondidas…
—¿De qué habla? Mientras más gente para pelear, mejor. ¿Y qué es eso de entrar a escondidas? Aquí hay que entrar con todo. ¿Acaso se va a hacer responsable si esos tipos huelen el peligro y se escapan?
—¡Esos tipos ya cayeron en la trampa, no se preocupe por tonterías!
—Santa, este es el Imperio de Bianteca. Por más que sean de la Orden, respeten nuestra posición. ¡Como futuro Emperador, no voy a permitir que esos desgraciados hagan lo que les dé la gana en mi territorio!
En ese momento, Labrante volteó la cara de golpe y luego giró todo el cuerpo. Hereise se puso rojo de nuevo pensando que lo estaba ignorando, pero justo cuando le iba a reclamar, Ariel señaló hacia un punto y gritó:
—¡Santa! ¡Siento el poder mágico del tío de la Torre de Magia por allá!
Ariel apuntaba a un lugar específico. Labrante asintió; no es que estuviera ignorando a Hereise, sino que había sentido una energía mágica demasiado fuerte.
—¿El Maestro de la Torre? ¡¿Me está diciendo que ese viejo está aquí?!
preguntó Hereise con la boca abierta.
Labrante miraba fijamente hacia un punto, con cara de preocupación. Ariel también miraba hacia el mismo lugar, ladeando la cabeza.
—¿Y a qué ha venido ese señor? ¿Por los magos negros? ¿Cómo se habrá enterado?
Labrante se preguntaba lo mismo. Movía los ojos de un lado a otro mientras murmuraba:
—¿Qué clase de hechizo está lanzando para que hasta el suelo esté temblando? No me digas que…
Hereise no entendía nada, porque él no sentía ni un cosquilleo. ¿Cómo que el suelo temblaba? Estaba por preguntar cuando casi se le rompe el cuello del susto: ¡una bola roja gigante salió disparada a toda velocidad hacia la mansión!
¡¡BOOM!!
Se escuchó un estruendo horrible y todos los pájaros salieron volando de los árboles. La Santa se quedó pálida pensando en toda la gente que estaba dentro de la casa.
—Dios mío…
Ariel, con la cara blanca del susto, estaba a punto de llorar.
—Sa-Santa… ¿ahora qué hacemos?
A Labrante le empezaron a temblar los labios de la cólera hasta que soltó un grito de furia:
—¡¡Maestro de la Torre, viejo loco de remate!!
Justo en ese momento, otra bola gigante de energía pura salió disparada. A la Santa casi le da un patatús.
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Afuera de las cortinas, la pelea seguía con todo. Eliana, que estaba mirando por un huequito de la ventana, achinó los ojos. Vio que algo rojo y gigante venía volando hacia ellos.
—¿Eh? ¿Qué es eso…? ¡Ay!
Eliana se quedó sin aire. Esa bola roja venía directo hacia donde estaba ella. ¡Era un ataque mágico! Con ese tamaño, era capaz de traerse abajo toda la mansión.
‘¡¿A qué mago loco se le ocurre lanzar un hechizo así aquí…?!’.
Muerta de miedo, Eliana se quedó tiesa, sin poder ni siquiera moverse para esquivarlo.
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