La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 323
Flint asintió con la cabeza y respondió:
—Así es. Eso le va a ahorrar bastante trabajo al grupo de rastreo.
Eliana hizo un ruidito de duda y comentó:
—Pero parece que hoy sí es la ceremonia de invocación del demonio. Me siento raro porque está pasando mucho antes que en mi vida pasada.
—A mí también me parece muy extraño.
Flint pensaba que ese grupo de apóstatas estaba lleno de locos de remate. ¿Cómo podían creer que existía un demonio y encima secuestrar gente para ofrecerla como sacrificio en algo tan absurdo? Esos tipos perversos, con sus creencias vacías, se habían vuelto una auténtica desgracia para el continente.
Eliana murmuró con expresión seria:
—Originalmente, el lugar del ritual era en Zacador…
Por eso, en su vida pasada, Marcel se había roto la cabeza con ese asunto, y Eliana también. Soltando un suspiro, Eliana continuó:
—No entiendo por qué lo están haciendo aquí en Bianteca. Además, en ese ritual matan a un montón de gente inocente para ofrecerla como sacrificio humano en masa.
—Qué cosa más espantosa.
—Sí. En mi vida anterior, Lalan sufrió muchísimo por eso. Tenemos que evitar que muera esa gente…
Aunque Labrante acababa de jugarle sucio matando a todos los magos negros que debía capturar vivos, Eliana no tenía intenciones de hacer que su amigo pasara por un dolor verdadero. Flint dijo con desgano:
—Si se trata de la Santa, el sacerdote Ariel ya debe haberle avisado, así que llegará a tiempo. Más bien, Adel está por llegar con la orden de caballeros. Salgamos en ese momento.
—¿Y si es muy tarde? Si para entonces esos malditos apóstatas ya mataron a todos…
Flint iba a decir algo, pero de pronto volvió a jalar a Eliana hacia él. Los cuerpos de ambos quedaron ocultos nuevamente tras la columna. Vieron al jefe del gremio Beled bajando otra vez las escaleras.
—¡Ja! Dmitry Rosana ya está acabado. ¡Ni crean que Damian Rosana se va a quedar de brazos cruzados! Qué tipo tan patético, ni siquiera sabe que su hijo es una cría de serpiente. ¡Ash!
Tras soltar esos insultos, Jefe Veled le dijo al subordinado que lo seguía:
—¿Le entregaste bien la mercancía a Damian Rosana?
Jefe Veled había perdido contra Damian, quien lo estaba chantajeando con la vida de su hija. Al final, no le quedó otra que entregar las pruebas de tráfico de personas que Damian quería para poder recuperar a su pequeña. El subordinado respondió con cara de preocupación:
—Dijo que usted mismo tiene que ir a recoger a su hija y a sus parientes…
—¡¿Qué?! ¡¿No me digas que le entregaste todas las pruebas al joven duque?!
—Es que… dijo que si no se las daba, iba a matar a su hija…
—¡Imbécil! ¡¿Cómo se te ocurre dárselas?!
—¡Pe-pero es que el sirviente de la familia Rosana estaba a punto de cortarle un dedo a la señorita frente a mis ojos! ¡Usted mismo dijo que no le podía pasar nada, ni que le tocaran un pelo!
Jefe Veled soltó un grito de desesperación. Al final, eligió ir por su hija. ¿Qué más podía hacer? Su amada mujer lloraba a mares todos los días preguntándose qué sería de la niña, y eso le partía el corazón. Tenía que rescatar a su hija de las garras del malvado Damian Rosana como fuera.
—¡Vamos ahora mismo! ¡Esa serpiente es capaz de matar a mi hija sin que le tiemble la mano! ¡Hija mía, ya va tu padre!
—¡Pero jefe, ¿y si es una trampa?!
—¡Ya le di todo lo que quería, ¿para qué me pondría otra trampa?! ¡Y si lo es, ya veré cómo salimos!
Jefe Veled se zafó del subordinado que intentaba detenerlo y salió corriendo a toda prisa. Al final, el subordinado no tuvo de otra que ir tras él. Cuando se alejaron, Eliana murmuró como para sí mismo:
—Jefe Veled de verdad quiere a su hija. No lo parecía, pero resultó ser un buen padre. Fue por ella sin dudarlo, aun sabiendo que podía ser una trampa…
—Pero se están yendo por el lado contrario a la entrada principal.
Ante la duda de Flint, Eliana respondió:
—Seguro piensan salir por la puerta trasera. Cuando se enteren de cómo está la situación, no van a volver aquí nunca más.
Jefe Beled se va a pegar un susto de muerte cuando vea esa línea dorada brillando en el cielo nocturno. Y entonces, huirá lo más lejos posible.
—Igual, Damian Rosana lo va a atrapar. Parece que el joven duque piensa capturarlo vivo para entregárselo a Hereis.
Eliana asintió ante el preciso resumen de Flint.
—Eso parece. No solo le quita todo lo que necesita, sino que le exprime hasta la última gota.
Eliana estaba a punto de hablar mal de Damian diciendo que era un tipo de lo más astuto, cuando Flint soltó de repente:
—Usted y él…
Flint se tragó las palabras justo antes de decir que se parecían. Sintió que, si lo decía, a Eliana le iba a caer pesado. Eliana lo miró como preguntándole por qué se callaba a medias.
—¿Yo y él, qué?
—… Que son totalmente diferentes.
—Claro pues, Flint. Yo no sería capaz de hacer esas cosas.
Viendo a Eliana hacerse el santito, Flint dejó escapar una pequeña risa. Al final, el hombre no pudo aguantarse y le dio un corto beso en la mejilla.
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En este momento, la mansión Rosana —que era el nido de los magos negros y los apóstatas— se había convertido en el punto de encuentro hacia donde varios grupos se dirigían. Los primeros en llegar fueron los caballeros de Howard, con Adel a la cabeza.
Gracias a que Ariel les especificó que el lugar estaba al sur de Bianteca, ellos pudieron usar portales mágicos; y guiándose por las líneas doradas que adornaban el cielo nocturno, llegaron volando.
—¡Conde, aquí hay dos casas!
exclamó el caballero Alex, señalando una mansión de un solo piso y otra de tres.
Adel se quedó pensando un toque sobre cuál de las dos atacar primero.
—¡A la de un piso! ¡Vamos por la de un piso! Por si las moscas, entremos sin hacer bulla.
Pero fue por las puras. Para ese entonces, Flint y Eliana ya se habían bajado a casi todos los magos negros y se habían pasado a la mansión de tres pisos.
Los magos negros que quedaban en la primera casa eran solo unos gatos de poca monta que habían sobrevivido de pura suerte por no cruzarse con Flint. Estaban todos desesperados viendo que sus jefes, incluido Nox, estaban muertos, así que ya estaban planeando cómo fugarse. Sin embargo, su escape fue frustrado por los caballeros de Howard.
—¡Aaaagh!
Adel y sus caballeros pensaron que algo andaba mal. Estaba demasiado fácil, papayita. Incluso esos supuestos magos negros ni podían usar su magia bien y estaban todos debiluchos.
—¿Seguro que estos tipos son magos negros? Sir Adel, estos ni siquiera pueden lanzar hechizos. ¿No serán solo unos delincuentes comunes?
Al ser tratados como simples rateros, los magos negros se indignaron. Pero no tenían cómo defenderse. El poder sagrado que envolvía la mansión se había vuelto tan denso que bloqueaba su energía oscura. Como eran magos de bajo rango, no tenían ni un poquito de fuerza para reaccionar.
Adel, que no entendía la razón de esto, empezó a dudar.
—¿No será que este sitio en verdad no es la guarida de los magos negros? ¿Solo hay estos tipos? Ya, dejen a uno vivo para que hable.
Agarraron del cuello a un mago negro que intentaba dibujar un círculo mágico a escondidas. Alex lo ajustó para que soltara la lengua y luego arrugó la cara.
—¿Me estás diciendo que esta es la verdadera guarida? ¡No me mientas, oye! ¿No será que todos ya se escaparon?
—¡Buaaa, no! ¡Ese tipo, Flint Howard, los mató a todos!
Un caballero novato le dio un cocacho al mago negro y lo cuadró:
—Sir Alex, parece que a este todavía le falta que lo goteen más. Ni que el Gran Duque fuera un monstruo para bajarse él solo a tantos magos negros.
—¡Es que ese tipo ES un monstruo!
gritó el mago negro desesperado, mientras guiaba al grupo de Adel hacia la habitación donde Flint había hecho su masacre.
Apenas abrieron la puerta, un olor a sangre les dio de golpe en la cara.
—¡Si tienen ojos, vean! Gran Duque Howard… buaaa.
El cuarto era un completo desastre. Había cuerpos destrozados por todos lados y charcos de sangre que demostraban que hubo una pelea brutal. Aunque la pelea fue brutal solo para el lado de los magos, algunos caballeros que no habían visto la escena se pusieron serios.
—A este paso, ni el Gran Duque…
—Seguro que todos esos magos negros se le fueron encima al señor. ¡Qué cobardes!
—Por más que sea el Gran Duque, debe haberle costado. Encima que estaba medio herido por lo de la guerra santa…
—¿Y si han tomado a la Gran Duquesa como rehén?
Los caballeros, que eran bien pilas pero estaban preocupados, empezaron a revisar los cadáveres. Al ver eso, el mago negro se golpeaba el pecho de la frustración.
—¡Pero qué están diciendo! ¡A nosotros nos aniquiló el Duque! ¡Miren bien, por favor!
—¡Cállate, oye! ¡Seguro es un truco para que bajemos la guardia!
Algunos caballeros empezaron a darle su chiquita al mago negro sobreviviente. Por otro lado, Adel y la mitad de los caballeros estaban de lo más tranquilos. Ellos solo chasquearon la lengua y dijeron:
—Lo dejó todo hecho trizas…
—Simplemente pasó como un huracán por aquí.
—Parece que llegamos recontra tarde. El Duque Flint ya hizo toda la limpieza.
Adel se quejó:
—Lord Flint también se pasa. ¡No nos dejó ni un poquito de diversión para nosotros!
Adel tranquilizó a los caballeros que estaban asustados y ordenó que amarraran bien al mago negro.
—A este lo entregamos a la Orden. Al menos uno quedó vivo, qué suerte.
El objetivo de la Santa era capturar a todos los magos vivos. Pero como Flint ya se había despachado a la mayoría y el resto lo eliminó el grupo de Adel… les convenía tener al menos a uno vivo para que la Santa no se amargue tanto con ellos.
—¡Sueltenme! ¡Dijeron que me iban a dejar vivir!
Como el mago negro se puso faltoso, Adel le metió un golpe en la cabeza y le dijo:
—¿Nosotros? Yo no he dicho nada. Además, sigues con vida, ¿no? No te quejes.
—¡Malditos…!
El mago negro estaba que rabiaba, pero no tenía fuerzas para resistirse. Adel dio la orden:
—Alex, la gente de la Orden ya debe haber llegado afuera. Entrégaselo a ellos.
—¡Entendido!
Adel se dispuso a ir hacia la mansión de tres pisos que estaba al lado. Todo indicaba que el Gran Duque y su esposa estaban ahí. Sin embargo, una voz apurada detuvo sus pasos.
—¡Conde!
Era Mason. Él se había encargado de vigilar los alrededores de la mansión y llegaba casi sin aire.
—¿Qué pasa, Mason? ¿Acaso los de la Orden nos están pidiendo que nos retiremos? En vez de perder tiempo en eso, mejor busquemos al Duque y a la Duquesa.
Ante el comentario sarcástico de Adel, Mason negó con la cabeza. Sí, los paladines de la Orden habían llegado, pero ese no era el problema ahora.
—¡La Torre de Magia también ha enviado gente! ¡Hay un montón de magos allá afuera, incluida la señorita Charlotte!
Parece que, como los magos negros son los enemigos jurados de la Torre de Magia, ellos también se habían apuntado. Adel respondió como si nada:
—Vaya, qué buen olfato tienen para oler a los magos negros. Díganles que vengan y se lleven los cadáveres. ¿A qué viene tanto escándalo?
—¡Es que no son cualquier mago, parece que han enviado a los magos secretos!
Los magos secretos de la Torre de Magia eran básicamente la fuerza de choque. Eran una unidad de élite formada por los discípulos directos del Maestro de la Torre, el mismo grupo que Charlotte tomó bajo su mando apenas regresó a la Torre tras la muerte de Pavel.
—Usted ya sabe cómo son los magos de pesados. ¿Qué tal si usan esta mansión como blanco y lanzan un ataque masivo? Estaba pensando que deberíamos retirarnos, pero…
Adel se pegó un susto y ordenó moverse de inmediato.
—¡Salgan de aquí ahora mismo! ¡Vayan directo a la mansión de tres pisos y busquen al Gran Duque y a la Duquesa!
Aunque la mansión se le cayera encima, Adel no pensaba retirarse. Tenía que encontrar a sus señores cuanto antes y sacarlos del rango de ataque de la Torre de Magia. Como lanzar un hechizo para destruir una casa toma su tiempo, todavía tenían una oportunidad.
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Mientras tanto, afuera de la mansión Rosana —la guarida de los magos negros y los apóstatas—, la cosa estaba que quemaba. Justo después de que llegara Adel con los caballeros de Howard, aparecieron los paladines de la Orden. Fue tal como Adel lo había pensado: ambos bandos llegaron casi al mismo tiempo, pero por una diferencia de segundos no se cruzaron.
Por eso, la Santa ni se enteró de que los caballeros del Duque Howard ya estaban dándose el gusto de registrar la casa de un solo piso y deshaciéndose de los magos negros de poca monta.
Como las líneas doradas en el cielo les marcaban el camino tal como estaba planeado, llegaron al toque sin perderse. Hasta ahí todo iba bien, pero en el camino se encontraron con Ariel, quien les soltó la bomba: los planes habían cambiado por completo.
—¡Dicen que Gran Duque Howard se fue con la Duquesa! ¡Es obvio que el Príncipe Heredero de Bianteca nos ha traicionado! ¡Cómo es posible que la Duquesa ni siquiera nos haya mandado un mensajito para avisar!
A Labrante casi se le sale el corazón del pecho; estaba en shock. A ver, ¿cuál era la razón principal por la que querían dejar fuera a Flint Howard? ¡Porque ya sabían que ese tipo es un salvaje y se iba a bajar a todos, sean magos negros o apóstatas, sin que le tiemble la mano!
‘¡Dios mío! ¡¿Por qué no me diste una visión de esto antes?!’.
Durante todo el camino, Labrante no dejaba de clamar a Dios en su interior. Parece que sus ruegos llegaron al cielo, porque Dios, para que vea que sí la escuchaba, le mandó una visión a su representante ahí mismo.
La imagen de Flint masacrando a los magos negros llenó la cabeza de la Santa. Fue una escena tan sangrienta y caótica que, por poco, se saca la mugre cayéndose del caballo mientras cabalgaba.
Ella no tenía cómo rechazar esas visiones que le venían de porrazo. Así que, aunque le costaba seguir cabalgando, tuvo que aguantarse y ver cómo morían todos esos magos negros. Caballero nomás, porque así era la voluntad divina.
Por más que fueran magos negros perversos, ver a tanta gente muriendo en mancha era suficiente para que a la Santa le dolieran hasta los oídos. Y encima, lo que más bronca le daba —y hasta ahora no lo procesaba— era que, en un rincón, Eliana miraba a ese hombre con unos ojos llenos de amor.
‘De verdad, creo que Lia se ha quedado ciega de amor o algo le pasa en los ojos’.
Labrante, con una cara de agotamiento total, miró a los paladines. Los guerreros estaban derribando un muro para entrar a la propiedad. En cuanto el muro se vino abajo y quedó libre el paso, la Santa dio la orden:
—¡Entraremos todos a la mansión de tres pisos! Un grupo que busque a la Duquesa Howard y los demás que rescaten a la gente que tienen retenida…
En ese momento, Labrante se calló en seco y se agarró la sien. Otra visión le había caído de golpe. Con los ojos perdidos, empezó a hablar con una voz que sonaba solemne, como si estuviera lanzando una profecía:
—Dmitry Rosana está dentro de la mansión… Ese tipo está en la habitación al fondo del pasillo del segundo piso…
El capitán de los paladines juntó las manos y miró a la Santa con una devoción única, como esperando el mensaje divino. Ariel también asentía con la cabeza, con los ojos brillando de la emoción. Uno de los paladines gritó conmovido:
—¡Ohhh, Santa! ¡¿Qué es lo que está viendo?! ¡¿Qué revelación le está mandando el Señor?!
Labrante, en lugar de responder, arrugó la cara con un gesto de asco total. Era la cara de alguien que está viendo algo que preferiría no haber visto nunca. Ariel preguntó preocupada:
—Santa, ¿ese fugitivo de Dmitry Rosana está tramando alguna maldad ahí adentro? ¡Seguro que, como dijo el sumo sacerdote Piaton, se ha compinchado con esos apóstatas! ¡Qué tal tipo para más malo!
—…
Pero la Santa no podía soltar ni una palabra. Duque Rosana no estaba tramando nada. Simplemente… se estaba bañando.
Esa era una escena que, en un sentido muy distinto a las matanzas del Duque Howard, no quería ver por nada del mundo. Tener que ver a un hombre ya mayor, calato, metiéndose a una tina… Eso no era una visión, ¡era un castigo divino! En ese momento, Labrante sentía que prefería arrancarse los ojos.
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