La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 322
Eliana y Flint bajaron al sótano sin mayores contratiempos. Los que se cruzaban en su camino terminaban muertos o inconscientes. En el pasadizo que conectaba con la mansión de al lado, había un par de hombres haciendo guardia. Flint los dejó fuera de combate sin el menor esfuerzo.
—No parecen ser magos negros.
comentó Flint, echándole un ojo a la espada sagrada, que no emitía ninguna vibración.
Eliana registró los cuerpos de ambos hombres mientras respondía:
—Deben ser secuaces de los magos negros. Ten cuidado, que detrás de esa puerta podría haber apóstatas.
Eliana sacó un manojo de llaves del cinturón de uno de los hombres caídos. ‘¿Cuál de todas será?’, pensó. Escogió una al azar y la metió en la cerradura. Al instante, se escuchó un clic y la puerta se destrabó.
En cuanto Eliana retrocedió, Flint abrió la puerta de par en par. Sin embargo, no había nadie vigilando.
Subieron al primer piso manteniendo la guardia alta y los nervios de punta, pero el lugar seguía totalmente vacío. No se sentía ni el más mínimo rastro de presencia humana, lo que hizo que Flint entrecerrara los ojos con sospecha. Eliana estaba desconcertada.
‘¿Será que se dieron cuenta y arrancaron?’
Más allá de eso, se preguntaba cuándo llegarían Adele y los caballeros. Eliana volvió a mirar por la ventana. Sobre la mansión, el poder sagrado dorado seguía brillando intensamente.
Seguramente, al ver esa señal, no solo Adele, sino también las tropas de castigo de los otros bandos estarían viniendo a toda mecha: la gente de la Orden y los del Príncipe Heredero Hereise.
Entonces, ¿qué sería lo mejor que podían hacer ahora?
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Vendido a los apóstatas por los magos negros que lo desecharon, Marcel recibió tratamiento médico antes que nada. Esto se debió a que su cuerpo estaba hecho un desastre, lleno de heridas tras la paliza que le propinó Isabella.
― ¡Es una valiosa ofrenda de lujo! ¡Si está así de sucio, arruinará el ritual! Déjenlo impecable rápido. No queda mucho tiempo. ¡Ya casi es el día de la suerte, cuando sale la luna llena roja!
El día de la suerte de la luna llena roja.
El oído de Marcel no dejó pasar esas palabras. En un estado de alerta máxima, rebuscó en lo más profundo de su mente hasta desenterrar un recuerdo de su vida pasada.
‘¡El ritual de invocación del demonio…!’
En su vida anterior, Marcel había tenido contacto con magos negros desde que era príncipe. Gracias a que Eliana lo detuvo, no se involucró directamente con la magia negra como en esta vida, sino que solo recibió ayuda menor.
Marcel no podía olvidar la extraña petición que le hicieron una vez: que les diera un mechón del cabello rosado de Eliana. Por supuesto, no les dio ni una sola hebra. Detectando el peligro con astucia, nunca llevaba a Eliana con él cuando se reunía con gente del lado de la magia negra.
Tras ser nombrado Príncipe Heredero, se distanció gradualmente de ellos, y en cuanto se convirtió en Emperador, cortó los lazos por completo. No era bueno para su reinado.
Sin embargo, debido a esa relación pasada, aunque proclamaba ante el mundo que debían erradicar a los magos negros, no los capturaba activamente. La razón por la que Marcel pasó de ignorarlos a presionarlos y enfrentarse a ellos fue, nuevamente, Eliana.
‘¡Esos malditos finalmente le pusieron las manos encima a Lia!’
En la vida anterior, la emperatriz Eliana se topó con unos asesinos tras salir de paseo luego de una pelea con el emperador Marcel. Al enterarse, Marcel entró en cólera.
― ¡¿Se atreven a tocar a mi emperatriz?! ¡¿Qué insolentes fueron?!
Al regresar al palacio, Eliana se aferró a él llorando desconsoladamente, diciendo que se salvó gracias a que se encontró con una persona noble.
― ¡Si no fuera por Vivian, estaría muerta! Seguro fueron los que apoyan al Primer Príncipe para que sea el heredero… ¡Majestad Marcel, por favor, sálveme!
Marcel, que la abrazaba con fuerza para confirmar que estaba ilesa, la apartó con fastidio.
― ¡La emperatriz siempre intentando calumniar a mi hijo! ― ¡¿Acaso dije que fue el Primer Príncipe?! ¡Dije que fueron los que lo apoyan!
Ese día, Marcel volvió a pelear con Eliana. Ella le gritó con furia preguntándole cómo podía responder así cuando casi muere.
Marcel quería que Eliana criara a los hijos de sus concubinas con amor maternal. Pero Eliana nunca abrazó ni una sola vez a los príncipes o princesas.
Lleno de rabia, Marcel soltó palabras que nunca debió decir:
― ¡Por eso no tienes hijos, porque no tienes ni una pizca de instinto maternal!
Ese día, Eliana lloró amargamente y lo golpeó con todas sus fuerzas. Aunque los presentes intentaron detenerla diciendo que no podía tratar así a Su Majestad, ella descargó toda su furia sobre él.
Marcel se arrepintió al ver a Eliana llorar desconsolada mientras se tocaba el vientre. No debió decir eso. Todo era culpa de esos malditos asesinos.
Con las mejillas hinchadas y hecho un desastre, Marcel regresó a su palacio echando chispas, pero se encargó de investigar hasta la raíz quién envió a los asesinos.
Habría sido mejor si hubiera sido la facción de la primera concubina, Elizabeth. Pero, para su sorpresa, los culpables eran los magos negros.
En ese entonces, Marcel ya tenía dolor de cabeza por los secuestros que realizaban los magos negros, así que aprovechó para darles una advertencia letal:
― No me importa lo que hagan, pero dejen de hacer esas tonterías en Zacador. Y otra cosa: si vuelven a tocar a mi emperatriz, yo mismo los aniquilaré antes que la Orden.
Naturalmente, ellos ignoraron su advertencia. Sin embargo, no pudieron infiltrarse en el palacio para secuestrar a Eliana; simplemente se volvieron más activos en Zacador para provocarlo.
Así, la familia imperial de Zacador cooperó plenamente con la Orden para liderar el exterminio de los magos negros. Fue entonces cuando Marcel se enteró: los magos negros estaban aliados con un grupo de apóstatas que soñaban con invocar a un demonio.
En esta vida, Marcel estaba profundamente involucrado con ellos, pero no le dio importancia. Pensaba entregarlos a la Orden una vez que ascendiera al trono. Como el ritual fue frustrado por la Santa Labrante en su vida pasada, no se preocupó. Pero ahora, Marcel estaba aterrado.
‘Es demasiado pronto… ¿Ya van a hacer el ritual? Se supone que faltaban 10 años…’
Marcel tampoco creía en los demonios. El problema era que en ese absurdo ritual sacrificaban vidas humanas. En el pasado, la Santa detuvo el ritual y aniquiló a los apóstatas, pero para entonces ya habían muerto muchas personas. Fue una victoria agridulce.
‘¿No se suponía que el ritual era en Zacador? ¡¿Acaso este lugar es Zacador?!’
Marcel apretó los dientes. En ese momento, la puerta se abrió y entraron los apóstatas. Él retrocedió asustado, haciendo que la cadena de su tobillo tintineara.
—Príncipe, veo que todavía tiene fuerzas para intentar huir. Le dije que no hiciera tonterías.
Al escuchar esa voz empalagosa, Marcel sintió escalofríos. No usaban violencia física con él, sin importar cuánto se resistiera. Pero Marcel pensaba que la violencia sería preferible.
Cada vez que se resistía, lo obligaban a tomar una medicina que dejaba su mente en blanco y detenía sus pensamientos. En esa situación de impotencia, no poder ni siquiera pensar significaba el fin de toda esperanza. Por eso, dejó de resistirse.
—No intentaba huir. Me asusté porque entraron de repente…
—Príncipe, hoy es el último día, así que terminemos esto de la mejor manera.
Le quitaron la cadena del tobillo y lo llevaron a otra habitación. Escapar era imposible. En ese cuarto, una mujer miraba por la ventana con el rostro perdido. Por un instante, Marcel no pudo apartar la vista: el cabello de la mujer era de color rosado.
Los apóstatas murmuraron entre ellos:
—¿Por qué la señorita Cecilia sigue aquí? ¿Por qué está en ese estado?
—Como no dejaba de llorar, le dimos medicina. Le dijimos que era un sedante y se lo tomó todo. Parece que el efecto ya le pegó.
—Llévenla rápido a la parte superior. El altar ya debe estar listo.
Susurrando, sujetaron a la mujer llamada Cecilia por los brazos y la levantaron. Su cuerpo, lacio por la droga, fue arrastrado.
Marcel seguía con la mirada fija en ella. Ver ese cabello rosado le recordó inevitablemente a una persona.
‘Lia…’
Marcel también fue arrastrado a algún lugar: el baño. Lo desnudaron y lo metieron a la fuerza en una tina. El agua olía intensamente a hierbas medicinales.
Con el paso del tiempo, Marcel empezó a perder las fuerzas. Además, le metieron medicina en la boca y lo obligaron a tragar. Bajo el efecto de la droga, su mente volvió a quedar en blanco. Sus ojos azules perdieron el poco brillo que les quedaba.
Cuando su mente se vaciaba así, siempre había una persona que ocupaba todo el espacio. Era la razón por la que Marcel seguía manteniendo la cordura hasta ahora.
—Li… a…
Marcel cerró los ojos pensando con desesperación: ‘Quiero ver a Eliana. Si pudiera ver su rostro antes de morir, no pediría nada más’.
Pero no había razón para que ella viniera a este nido de maldad. Lia debía estar criando al hijo de Flint Howard en su cómoda mansión, sonriéndole felizmente a ese hombre.
‘Ese niño pudo ser mío. Debió ser mío. ¿En qué momento se torció todo?’
Marcel soltó una risa hueca mientras una lágrima rodaba por su rostro pálido.
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—Mmm, ¿a qué hora llegará el apoyo? El Norte y el Sur están lejitos, pues. Adele debería ser la primera en asomar la cabeza… ¿Nos quedamos esperando un toque más aquí en el primer piso?
Eliana parloteaba mientras miraba el cielo dorado, pero de pronto Flint la jaló hacia él con fuerza. En un segundo, ambos quedaron ocultos detrás de una columna.
Eliana, con la cara hundida en el pecho de Flint, levantó la mirada. Iba a preguntar ‘¿qué pasó?’ solo moviendo los labios, pero Flint le puso un dedo en la boca para que no hiciera ni rastro de ruido. Al mismo tiempo, se escuchó cómo se abría una puerta y varios pasos se acercaban.
—… Menos mal que mandé cerrar esta casa de campo. Esos del grupo de búsqueda no podrán llegar hasta acá, ¿no? Tengo que recuperar fuerzas aquí un tiempo. Definitivamente, en mi casa uno se siente más tranquilo.
Al escuchar esa voz de hombre mayor, Eliana casi se muerde la lengua del susto. ¡¿Qué hace ese tipo acá?! La siguiente voz que se escuchó también le resultó familiar… la había oído en su vida pasada.
—Debí traerlo aquí desde el principio, pero no tuve otra opción para despistar a los perseguidores. Afuera la cosa está bien fea; los movimientos del grupo de búsqueda no son normales.
Eliana le dijo a Flint moviendo los labios muy clarito: ‘Lí-der del gre-mio Be-led’. Flint asintió. La otra voz no hacía falta ni nombrarla; él también reconoció al Duque Rosana, el que se había escapado cuando se lo llevaban a la Orden.
—Bah, igual no van a encontrar este sitio.
El Duque Rosana, que huyó con la ayuda de Beled, había llegado ayer. Como no quería cruzarse con los apóstatas que caminaban por toda la mansión, se había quedado encerrado en un cuarto del rincón descansando.
Por el trajín de andar huyendo, el Duque estaba tan saltón que cualquier desconocido lo hacía saltar del susto. Especialmente el aire sombrío de los apóstatas que caminaban por el jardín lo dejaba aterrado. Al final, el Duque cerró todas las cortinas y se la pasó durmiendo.
Por eso, no tenía ni la más mínima idea de que la ubicación de la mansión ya había sido soplada. Y lo mismo le pasaba al líder de Beled, que no se le había despeguado desde ayer.
—Por cierto… ¡¿es verdad que el tesoro de esos tipos está metido en mi casa de campo?!
Ante la pregunta del Duque, el líder de Beled sonrió con malicia y dijo:
—Sí, es verdad. Dicen que cuando la Santa les destrozó su base anterior, su cámara del tesoro quedó hecha pedazos. Pero parece que lograron rescatar todas sus riquezas. Como andaban buscando un sitio temporal, yo les sugerí este lugar.
—Bien hecho, bien hecho. ¿Y dónde está ese tesoro?
El de Beled soltó una risita y respondió:
—¡En la mejor habitación de todas!
—Oh, excelente elección. Me voy para allá a descansar de una vez. La otra vez vi que había una cama hecha de diamantes… Hasta tiene una colcha de oro, así que me voy a tirar otra pestañita con eso.
—También había una tina de platino. Ya mandé que le preparen el agua calientita.
—¡Qué buen gusto tienes! Por cierto, ¿mandaste gente a mi mansión? ¡Tengo que encontrar el Derecho de Inmunidad Divina sí o sí! ¡Con eso limpio hasta mi pecado de haberme fugado!
Duque Rosana seguía jurando que ese documento estaba en su casa.
—¡Ese Damian… unirse al Príncipe Heredero…! ¡¿Tener un único hijo para que me clave el puñal por la espalda?!
—No se preocupe, yo mismo se lo voy a traer. Así usted le da su buena corregida. Ya tengo listos el potro de tortura y los látigos.
—¿Crees que un tipo ya grande va a hacer caso solo por estar amarrado y recibir unos latigazos?
—Jeje, no hay nadie que no se rinda ante el dolor. Seguro se dejó llevar por los cuentos del Príncipe Hereise y tomó una mala decisión. Pero al final, volverá bajo su mando.
—¡Claro, si es mi hijo! ¡Traigan a Damian ahorita mismo! ¡Le voy a quitar esas ideas raras a punta de golpes!
Ambos subieron las escaleras riéndose. El líder de Beled bajó un poco la voz, y en ese momento Eliana agudizó el oído al máximo.
—No le recomiendo ir a los pisos de arriba. Esos apóstatas están por todos lados. Hoy tienen un ritual importante y hasta han abierto el techo, están haciendo un chongo. Dicen que tiene que entrar la luz de la luna roja de la suerte, o algo así.
Duque Rosana hizo un gesto de desprecio.
—Ya, ya. No me interesa qué hagan esos locos. Por culpa de esa Macarise que me dieron… ¡maldita sea! Ya, olvida eso y vamos al tesoro. ¿Tienes la llave?
—Claro que sí. Aquí está.
La llave del tesoro de los apóstatas, la que tanto querían los magos negros, terminó en las manos de Duque Rosana.
En cuanto desaparecieron de vista, la pareja salió de detrás de la columna. Eliana, aguantándose las ganas de soltar una carcajada, dijo:
—Ahora sí mi padre va a caer como cómplice en pleno nido de apóstatas. Se metió solito a su propia tumba, pues.
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