La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 321
Damian revisó que Isabella estuviera bien y le dijo:
—Bella, estás viva… No sabes cuánto me alegra. Cuánto habrás sufrido. Tal como dijo Eliana, realmente tú…
Isabella se apuró en susurrarle al oído:
—Hermano, chapa a esos tipos ahorita mismo. ¡Son magos negros…! No son ningunos salvadores ni nada por el estilo. ¡¿Y por qué diablos les das tanta plata de rescate?!
Damian sonrió de medio lado y respondió:
—Ya sé que son magos negros.
El día que terminó esa larga charla con Hereise en la cafetería, Eliana le mandó una carta a Damian de inmediato para ponerlo al tanto. Ella no confiaba en Damian, sino en Hereise (que se había aliado con él), y así, queriendo o no, los hermanos terminaron trabajando juntos.
—Bella, ¿crees que tu hermano se va a dejar quitar la plata así de fácil por estos giles?
—… ¿Eh?
De pronto, en medio del monte oscuro, aparecieron varias antorchas y empezaron a llover flechas. Las puntas brillaban con un color plateado. Acto seguido, aparecieron las armaduras de los paladines y surgió el gran sacerdote Piaton, con su barba bien tupida.
—¡Son magos negros! ¡Chápenlos a todos, no dejen que ninguno se escape!
Ante el grito potente del gran sacerdote, los magos negros se desesperaron.
—¡¿C-cómo supieron quiénes éramos…?!
Apenas pudieron mirar con odio a Damian por un segundo, porque las flechas cargadas de poder sagrado empezaron a hacerles efecto.
Damian ya le había pasado la voz al gran sacerdote Piaton sobre el trato de hoy para pedirle apoyo. Como resultado, se armó esta emboscada para capturarlos vivos. Los magos negros se habían confiado porque Damian se mostró muy cooperativo, y mientras celebraban por la plata que tenían al frente, les cayó el cielo encima.
—¡Es una trampa! ¡Arranquen todos! ¡Si nos agarran, ya fuimos!
Los magos negros corrieron desesperados hacia el círculo mágico. Por si pasaba algo así, ya habían dibujado un círculo de escape en el suelo.
Abrieron el saco que les dio Damian y chaparon las piedras mágicas. El saco con los lingotes de oro quedó tirado en el suelo. Alguien se puso a recoger los lingotes volando para meterlos en su bolsa.
Mientras tanto, Damian jalaba a Isabella.
—¡Hermano, qué estás…!
Damian metió a Isabella a la fuerza en un carruaje que estaba esperando a un lado.
—Bella, quédate acá y no te muevas por nada del mundo. Si pasa algo, este carruaje va a arrancar al toque. Ya estás a salvo.
Damian desenfundó su espada de inmediato. Clavó la mirada en los magos negros que tiraban las piedras mágicas hacia el círculo. Uno de ellos fue envuelto por la luz y desapareció. Se escapó solo, el cobarde.
—¡Ese desgraciado nos traicionó y se dio a la fuga solo!
Los otros magos negros saltaron de la rabia, pero no tenían tiempo para quejarse porque los paladines ya los tenían rodeados.
—¡Activen el círculo mágico de una vez! ¡Cuando regresemos, le voy a cortar el cuello a ese traidor!
Pero no les dieron tiempo de activar nada. El gran sacerdote Piaton dio la orden de ataque. Damian apretó el mango de su espada y se metió al frente de batalla.
Desde que el duque Rosana se escapó, Hereise empezó a dudar de las intenciones de Damian. Él tenía que demostrar su lealtad como sea para salvar su propio cuello. Por eso, se lanzó a la vanguardia sin dudarlo.
Pero para Damian, que nunca había estado en una guerra de verdad, el combate no era nada fácil. Encima, sus rivales eran magos negros de los más peligrosos del continente.
Los magos soltaron una ráfaga inmensa de magia negra y Damian quedó expuesto. En el momento en que el ataque mágico le dio de lleno, su cuerpo se desplomó.
—¡¡¡Nooo, hermano!!!
gritó Isabella desde adentro del carruaje.
Al toque, el carruaje arrancó. Como la pelea se puso fea, el caballero que tenía órdenes previas se llevó a Isabella de ahí.
Damian se agarró el cuello, que chorreaba sangre. Veía todo borroso. Por la cantidad de sangre que estaba perdiendo, se dio cuenta de que ahí quedaba.
—¡Joven duque! ¡No se desmaye, por favor!
—¡Joven Damian!
Los caballeros de Rosana intentaron detener la hemorragia, pero la sangre no paraba de salir. Damian movió los labios con las pocas fuerzas que le quedaban.
—Es-está… bien…
—¡¿Qué va a estar bien?! ¡Malditos magos negros!
Un miembro del gremio gritaba desesperado. Pero para Damian, de verdad estaba bien. Isabella estaba viva y su hermana ya estaba lejos de ese peligro. Si él moría y la casa Rosana desaparecía de una vez, quizás era lo mejor. Después de todo, eso era lo que Eliana quería.
‘¿Así es como se siente ver pasar tu vida antes de morir?’
Damian cerró los ojos aceptando su destino. En su rostro pálido se dibujó una leve sonrisa.
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Eliana seguía exprimiendo al mago negro para sacarle información. Ella movía el gancho de Berom frente a los ojos del tipo, haciéndolo girar en círculos como una amenaza.
—Si me has mentido, te saco los ojos aquí mismo. ¿Te imaginas el dolor que sentirías si te clavo el Berom en el ojo?
—¡E-e-es la verdad! ¡De verdad….!
—Entonces, ¿dónde queda la guarida de esos apóstatas?
—¡A-aquí al ladito! ¡La mansión de al lado es su base de operaciones!
—¿Hay otra mansión al lado? ¿En qué lugar estamos exactamente?
—¡E-en el marquesado de Hesse, al sur! ¡Cerca de las minas gemelas!
—¿Las minas gemelas?
Eliana parpadeó sorprendida.
—¡Sí, esas mismas! ¡La veta inagotable de joyas que el anterior emperador de Bianteca le quitó al ducado de Rosana! ¡En una de ellas brotan piedras mágicas por montones, por eso el gremio Beled nos ha estado vendiendo muchísimas!
Eliana soltó una risita burlona. Ese era el negocio bajo la mesa que el líder del gremio Veled hacía a espaldas de su padre en su vida pasada.
Pero tiempo después, cuando la Orden descubrió que el gremio Veled negociaba con magos negros, el líder del gremio terminó vendiendo al duque Rosana para salvarse. A su padre se lo llevaron preso a la Orden por estar vinculado con la magia negra, y tuvo que usar su derecho de inmunidad divina para salir del apuro.
—Con que realmente había piedras mágicas regadas en esa mina.
Ante el murmullo de Eliana, el mago negro asintió y gritó:
—¡S-sí! El líder del gremio Veled nos llevaba a escondidas del dueño de la mina, el duque Rosana, ¡y de verdad que había demasiadas piedras…!
—¿Y Duque Rosana no sabe que ustedes entran y salen de la mina como si nada?
—¡Ni enterado! El duque le ha encargado toda la parte operativa al líder del gremio Veled…
Al ver que Eliana mostraba interés, el mago negro empezó a parlotear por los codos. Eliana le preguntó con una sonrisa:
—¿De cuántos pisos es esta mansión?
—¡De un solo piso!
—¿Y la de al lado?
—¡De tres pisos!
Al sur, en el marquesado de Hesse, cerca de las minas gemelas. Una mansión de un piso y la otra de tres… Eliana preguntó de nuevo:
—¿Es esa mansión que tiene enredaderas de rosas en el portón de hierro y parece un bosque?
—¡S-sí! Parece una casa en medio del bosque, por eso nadie que pasa por ahí la nota. ¡Ni la gente del pueblo ni los del sur saben que aquí hay una casa!
El mago negro metió la mano disimuladamente en su ropa para tocar una piedra mágica. Pensaba atacar a la mujer con magia negra y arrancar. Eliana volvió a preguntar:
—Y debe haber un pasadizo que conecta la casa de un piso con la de tres, ¿no? Probablemente esté en el sótano.
—Oh, exacto. Por ahí nos comunicamos al toque con los apóstatas… Pero, ¿usted cómo sabe eso?
Eliana le quitó el gancho del cuello mientras le daba la respuesta:
—Porque yo soy la hija del dueño de esta mansión.
—… ¡Gack!
En ese momento, la sangre brotó a chorros del cuello del mago. Eliana volteó y vio a Flint envainando su espada.
—Este infeliz estaba por lanzar un hechizo. Realmente la espada sagrada es una maravilla.
En cuanto el mago negro empezó a conjurar, la espada sagrada comenzó a zumbar. Gracias a eso, Flint se dio cuenta de sus malas intenciones y pudo despacharlo al toque.
—Él mismo se buscó la muerte. Bueno, igual no pensaba dejarlo vivo.
dijo Eliana como si le diera un poco de pena interrumpir la charla.
—Debí preguntarle en qué lugar le entregarían a Isabella a Damian.
—No creo que hayan ido hasta la capital. Puede que el joven duque haya venido en persona hasta este territorio.
La pareja salió de la habitación. Eliana seguía a Flint mientras contaba cuántos ganchos de Berom le quedaban. Observó con cuidado el papel tapiz y el suelo, y comentó:
—Es seguro. Esta mansión es propiedad del ducado de Rosana. Hubo un tiempo en que los parientes lejanos vivían aquí todos juntos. Recuerdo haber venido de niña.
—¿Usted estuvo en el sur?
preguntó Flint. Tenía entendido que ella nunca había salido de la capital desde que nació.
Eliana le explicó:
—Fue hace tiempo… cuando tenía siete años. Esos parientes lejanos me secuestraron porque querían quedarse con la fortuna de la familia principal. Me tuvieron encerrada en un cuarto de esta misma mansión.
En su momento fue un escándalo total. El duque Rosana no solo borró a la familia de Layla del árbol genealógico, sino que les quitó hasta el título de nobles. Por eso les confiscaron todas sus propiedades, y hasta esta mansión donde vivían todos felices pasó a manos del duque Rosana.
La razón por la que Flint no sabía de esto era simple: mientras Eliana lloraba a moco tendido encerrada en ese cuarto a los siete años, él, con doce años, vivía cada día al límite en Ringsgen, en Zacador.
Eliana continuó con su relato:
—Esos parientes vivían en la mansión de tres pisos, y esta de acá, de un solo piso, es la casa de campo de la familia principal. Y lo más gracioso de todo es que, mientras yo estaba secuestrada y encerrada, mi madre estaba aquí mismo en la casa de campo, pasando el rato con Isabella.
Eliana soltó una risita suave. Sin embargo, Flint no tenía cara de estar divirtiéndose para nada.
—A esto le dicen que ‘el lugar más oscuro es justo debajo de la lámpara’. Dicen que mi madre, cuando se enteró tiempo después, se sintió muy culpable. Se lamentaba de no haber sabido que su hija estaba secuestrada en la mansión de al lado.
—…….
Flint pensó: ‘¿Acaso alguien tiene cabeza para irse de vacaciones a una casa de campo con su otra hija cuando la pequeña de siete años ha sido secuestrada?’. Por mucho que no fuera su hija biológica… Flint sintió asco al recordar cómo la Duquesa de Rosana le enviaba constantemente hojas de té para dejarla estéril.
—En ese entonces, yo pensé que mi madre se había preocupado muchísimo por mí. Pamela también me lo dijo: que cuando me secuestraron, mi madre no podía ni comer y cayó enferma de la angustia, así que mi padre, al no poder verla así, la mandó a la casa de campo para que descansara.
En ese momento, unos magos negros que estaban de guardia saltaron sobre ellos. Pero Flint, con un movimiento fluido de la espada sagrada, los despachó al instante. Como si nada hubiera pasado, Eliana continuó hablando con un tono de voz normal:
—Pero Isabella me contó la verdad. Resulta que en esa época hubo una subasta en el marquesado de Hesse. Mi madre no vino por instinto materno, sino por sus ganas de coleccionar antigüedades.
Que el tema saliera con Isabella fue pura coincidencia. Por supuesto, ambas hermanas evitaban mencionar a la familia conscientemente. Sin embargo, cuando hablaban del Goldstein —el medio para probar la identidad de Isabella en Zacador—, el tema de su madre era inevitable.
—Me enteré de que mi madre me enviaba hojas de té de Melanie constantemente.
Al oír eso, Flint, que estaba cortando a otro enemigo que se les vino encima, vaciló por un microsegundo. No obstante, su espada seguía aniquilando magos negros sin dejar ni un solo hueco en su defensa. Cuando ya no quedó nadie que les cerrara el paso, Eliana murmuró:
—Pensé que mis gustos habían cambiado por el embarazo… pero cuando me fijé bien, me di cuenta de que las hojas de té eran distintas.
Flint se puso tenso. ‘¿Y si Lia se amarga porque soborné a las sirvientas para cambiar el té a escondidas y le oculté algo tan importante?’. Él sabía que a Eliana le reventaba que le ocultaran cosas. Pero ella no se enojó.
—Gracias.
Al contrario, Eliana le agradeció por su consideración. Ahora entendía perfectamente por qué él lo había ocultado. Ella preguntó con la mirada limpia:
—¿Cuándo te diste cuenta?
—… Me enteré poco después de nuestra boda. Morgan me dijo que tu té favorito no era el Melanie, sino el ‘Ranimel’.
—Ah…
Si era el Ranimel, se trataba del mismo té que dejó estéril a la Emperatriz. El mismo que su padre le había entregado al Emperador en el pasado.
En su vida anterior, su padre, que tanto le insistía en que se casara en Jacador y le diera un hijo, jamás le habría dado de beber un té así. Probablemente su madre —no, la Duquesa— robó esas hojas y las cultivó en secreto.
Ese té que tanto disfrutaba en su vida pasada no era amor materno, sino el odio hacia una hija fuera del matrimonio. ‘¿Por eso me costó tanto quedar embarazada antes? ¿Por eso tuve tantos abortos…?’, pensó ella con un sabor amargo en la boca.
—¿De verdad mi madre biológica sedujo a mi padre para tenerme? ¿Por qué la Duquesa me odió tanto? ¿Solo por ser una hija ilegítima?
En su vida anterior, Eliana llegó a sentir recelo de los hijos de las concubinas de Marcel, pero jamás les hizo una maldad semejante.
—Eso no tiene importancia.
Flint cortó el tema de raíz para que Eliana no se hundiera en pensamientos negativos.
—Uno no le hace algo así ni a un extraño con el que no tiene ningún vínculo, mucho menos al hijo de su pareja. Lia, tú no tienes la culpa de absolutamente nada.
Eliana sonrió con tristeza. Sí, eso era lo que quería escuchar. Que ella no tenía la culpa de nada. Con los ojos llorosos, dijo:
—Es cierto. No tengo ninguna culpa. En mi vida anterior me sacrifiqué por mi familia, así que creo que ya les pagué con creces a mi padre y a la Duquesa por haberme criado.
—Lia…
La cara de Flint estaba llena de preocupación. Eliana agarró la mano de su esposo y sonrió con ternura.
—Flint, ahora estoy bien.
Y lo decía de verdad. Ahora tenía una familia auténtica. La tristeza se esfumó rápido y en su lugar floreció la felicidad.
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