La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 320
Eliana le gritó de forma amenazante:
—¿Aumentar tu vida? ¿Crees que eso importa ahora? ¡Eso no justifica que le hayas puesto la mano encima a mi hijo ni que me hayas traído a rastras hasta aquí!
A Eliana se le partía el corazón al recordar cómo a Theodore le volaba la fiebre por culpa de las artimañas de Layla. Aunque Theo crecía mucho más rápido que otros bebés por tener la sangre de elfo bien marcada, no dejaba de ser un recién nacido que ni siquiera podía hablar.
—Originalmente pensaba limpiar tu cadáver en mi casa, pero parece que tu sitio de entierro cambió. Te voy a escuchar tu última voluntad antes de mandarte al otro mundo.
Para matar a Layla en secreto, Eliana le había enviado una carta falsa a la Orden diciendo que se había suicidado, y también le había mentido a Hereise. Al final se dieron cuenta de todo, pero ya no le importaba.
—Hoy vas a morir aquí.
Eliana le sentenció la muerte. Pero parecía que Layla no se iba a quedar tranquila sin dar sus últimos manotazos de ahogado.
—¡Lia, tú no puedes matarme! ¡Me necesitas viva para testificar y poder meter a tu padre tras las rejas como se debe!
Eliana le respondió con una cara como si estuviera viendo a alguien digno de lástima:
—Hermana, ya te lo mandé a decir con Ena. Mi padre ya se dio a la fuga.
A Layla se le pusieron los pelos de punta por el shock. ¿A través de Ena…? No puede ser… Su cara pasó de roja a pálida en un segundo.
—¡¡Agh, maldita perra!!
Layla comprendió todo entre gritos de rabia. Había caído redondita en la trampa de Eliana: confió en quien no debía y, para colmo, terminó ayudando a que aniquilaran a los magos negros.
Sus ojos se llenaron con la imagen de los cadáveres que colmaban la habitación. Se horrorizó al pensar que ese era su futuro. Eliana se incorporó y dijo como si nada:
—La historia de Ena es real. Pero ella siente vergüenza de su padre, que trabajó como espía en la casa Howard… exactamente como yo odio al mío.
—¡¡Sí, tu padre!!
Layla se aferró a un hilo de esperanza y agarró la falda de Eliana
—¡Lia, no puedes matarme aquí! ¡Tú misma lo dijiste! ¡Que no podías hacerme daño porque necesitabas mi testimonio en vivo!
—¿Y por qué crees que te hice escribir todas esas confesiones con tanto lujo de detalle?
—¡¿Crees que un pedazo de papel con una confesión va a ser suficiente?!
Eliana soltó una risita burlona y terminó de romperle las ilusiones a Layla.
—Bueno, antes no era suficiente. Pero ahora, con ese ‘pedazo de papel’ nos basta y sobra.
No solo estaba Eliana; Damian también había denunciado a Duque Rosana en su calidad de hijo, hasta tenían el respaldo del Príncipe Heredero. Layla ya no servía para nada.
Eliana le susurró cada palabra con una fuerza implacable:
—Ya no me eres útil. Eso significa que no cambia nada si hablas o te quedas callada. ¿Mi padre? Él ya está acabado.
Socialmente, el duque Rosana ya estaba muerto. Se dice que escapó con ayuda del líder del gremio Veled, pero ¿cuánto tiempo podría durar huyendo? Como ella ya le había dado a Damian el punto débil de Veled, si Damian no era un tonto, ya le debía de estar sacando la mugre para que hable.
—Incluso si llegaras a ser necesaria… dejarte viva solo para acabar con mi padre sería una pérdida total para mí. No quiero dejar cabos sueltos. Así que, chau, hermana.
Eliana empujó a Layla con todas sus fuerzas hacia la pila de muertos. Layla dio un grito de puro horror al sentir el contacto con los cadáveres.
Flint, que observaba la escena en silencio, apretó con fuerza el mango de la espada sagrada. Lo lógico era cortar el problema de raíz. Pero Eliana lo detuvo.
—Flint, no hace falta.
—No tienes por qué ensuciarte las manos.
—No solo yo, tú tampoco tienes que hacer nada.
Flint frunció el ceño.
—Lia, ¿no me digas que piensas dejarla viva?
Para Flint, Layla no merecía seguir respirando. Eliana ya había sido demasiado misericordiosa al pasarle por alto tantas malandradas. Pero ella respondió a esa confianza con engaños y pagó el favor con una traición. Que pagara con su muerte era poco. Especialmente después de escuchar lo que le pasó a Hereise, Layla le parecía de lo más repugnante.
—Lia, ya fue suficiente de jugar con esta mujer. Déjamelo a mí ahora y…
—¡Aaaaaghh!
En ese preciso instante, Layla se agarró el pecho soltando un grito de dolor. Su corazón latía tan fuerte que parecía que le iba a reventar. Se quedó sin aire de golpe. Luego, con un dolor punzante atravesándole el pecho, abrió la boca desesperada.
—¡Guuaj!
De los labios entrebiertos de Layla brotó una sangre negra. Empezó a tener convulsiones en todo el cuerpo hasta que se desplomó pesadamente. Se veía que estaba sufriendo lo peor mientras rascaba el suelo con las uñas.
Eliana comentó como quien no quiere la cosa:
—Ya ves, hermana. Te lo dije. Ese tipo te vio la cara.
Layla, sumida en el arrepentimiento y la desesperación, soltaba estertores buscando aire. Eliana observaba con total frialdad cómo su prima se moría.
—Vi que Knox, antes de morir, le hizo rodar un frasco a Layla. Vi clarito cómo le echaba un polvo adentro.
Eliana se había fijado en cómo Knox, después de que le cortaran la pierna, miraba a Layla con unas ganas de matarla increíbles. Con una cara de demonio, el tipo sacudió el polvo dentro del frasco y lo hizo rodar hacia ella.
—Parece que le puso veneno.
Eliana asintió.
—Sí. Tal como sospeché, era veneno. Y Layla, sin saberlo, se lo tomó de un solo rulo.
Por cómo se lo tomó todito de un porrazo mientras temblaba en el rincón, debía de ser la famosa ‘medicina de longevidad’. Layla se puso pálida al darse cuenta, demasiado tarde, de que estaba envenenada.
Pero ya ni siquiera podía abrir la boca. Sentía como si le estuvieran succionando toda la sangre del cuerpo y empezó a temblar del horror. Tras poner los ojos en blanco y convulsionar por última vez, la mujer dejó de respirar.
Flint, mirando el final de Layla sin inmutarse, sentenció brevemente:
—Es el final que se merece una traidora.
Él le dio la vuelta al cuerpo de Eliana y le tapó los ojos con la mano. No quería que ella siguiera viendo el rostro de Layla, que ya tenía los labios morados. Además, el lugar estaba lleno de cadáveres en estados deplorables y restos por todos lados.
—Siento haberte hecho ver escenas tan horribles hoy. Por eso no quería que vinieras…
Incluso en este momento, a Flint no le cuadraba que Eliana hubiera servido de cebo. Por eso se opuso desde el inicio y hasta terminaron discutiendo. Él siempre le daba el gusto en todo, pero en esto simplemente no podía. Al final, el pacto fue este: como no podía dejarla sola en la boca del lobo, decidió correr el riesgo junto a ella, y les salió bien.
Pero igual le reventaba la idea.
Flint era un general legendario que hacía temblar de miedo a sus enemigos en el campo de batalla, pero sus propios aliados también le tenían terror. Hasta Adele se ponía seria y no se le subía a las barbas cuando estaban en guerra.
Su apodo de ‘loco por la guerra’ no se lo pusieron por las puras. Flint empezó a preocuparse de verdad.
‘¿Y si Lia piensa que soy un salvaje?’.
Además, su estilo con la espada no era nada elegante comparado con otros nobles. Él no usaba técnicas refinadas ni tradicionales; simplemente se enfocaba en quitarle la vida al oponente de la forma más rápida. Si lo decías bonito, era práctico; si lo decías feo, era una carnicería sin clase.
Hasta ahora, él se reía de los que se preocupaban por las formas en la guerra, pero ahora le importaba, y mucho.
—Lia, ¿estás bien? ¿No te dio miedo o…?
—¿Eh? ¿Miedo de qué?
Eliana le quitó la mano de los ojos y empezó a parlotear animadamente:
—¡Estuviste increíble hace un rato! ¿Cómo haces para lanzar las dagas con tanta puntería sin siquiera mirar? De verdad pensé que tenías ojos en la nuca.
Bromeando, Eliana sacó un pañuelo de su ropa y le limpió con cuidado la sangre de las manos a su esposo. Recién ahí Flint pudo respirar tranquilo.
—Flint, gracias a ti nuestro plan fue todo un éxito. Deja de preocuparte y siéntete orgulloso de ti mismo.
Ante eso, Flint soltó un suspiro y le dijo seriamente:
—Esta es la primera y la última vez que pasa algo así. No habrá próxima.
—Ya, ya entendí.
Eliana se movió con ligereza y se acercó a la ventana. Al abrirla con fuerza, vio cómo el poder sagrado dorado se enredaba en el cielo nocturno como hilos de luz. Se quedó maravillada ante semejante escena mística.
—Guau…
Flint se acercó y, mirando junto a ella, comentó:
—Parece que el sacerdote Ariel hizo bien su chamba con el rastreo.
El cielo nocturno brillaba literalmente en color oro. Eliana se dio cuenta de que ese era el rastreo de ubicación del que tanto alardeaba Labrante. Como estaba brillando tanto sobre el lugar, seguro que las tropas de castigo ya venían en camino desde varios puntos.
—Adele será la primera en llegar. Como le di el pase del Maestro de la Torre, usará algún portal mágico o algo así. Lo que no sé es dónde diablos estamos exactamente.
Eliana respondió mientras buscaba la luna en el cielo oscuro donde no se veía ni una estrella.
—Bueno, ahora salimos a ver pues. Chapamos a cualquiera que pase por ahí y lo amenazamos. Pero la luna… no se ve.
Excepto por las líneas doradas, el cielo estaba oscurísimo. La luna roja que buscaba Eliana estaba caleta, escondida tras las nubes. Pero poco a poco las nubes se movieron y la luna roja y redonda se dejó ver.
—¡Ay, Flint, mira allá! Es una luna llena bien redondita. Además, hoy es el día de la suerte, el último de la semana… de verdad es un día bendecido.
La luna llena se veía más grande y roja que nunca. Eliana no paraba de hablar emocionada mientras señalaba la luna roja con el dedo.
—¿Sabes qué, Flint? Dicen que la luna de este mes está tan roja que hasta en la Orden han estado murmurando que es un mal presagio. Yo más bien creo que, si está así de roja, es mejor…
En ese momento, la puerta se abrió de par en par y las palabras de Eliana se cortaron en seco. Quien apareció fue un sujeto con una túnica negra.
—¿Qué están haciendo? Los apóstatas están armando un chongo porque dicen que la ofrenda de lujo no llega y… ¡¿QUÉ?!
El tipo, un mago negro, se quedó con la boca abierta al ver el panorama dentro de la habitación, y en cuanto vio a Flint, se quedó blanco del susto.
—¡F-F-F-Flint Howard…!
El mago negro, muerto de miedo, intentó arrancar, pero la espada de Flint voló más rápido que él.
—¡Aaaaaagh!
La espada se clavó justo entre las piernas del mago.
—Se me desvió.
murmuró Flint con voz grave mientras se acercaba y lo chapaba del cuello.
El mago negro apenas podía soltar unos quejidos porque le faltaba el aire. Justo cuando Flint estaba por romperle el pescuezo, Eliana gritó:
—¡Todavía no lo mates! ¡Tengo algo que preguntarle!
Al oírla, Flint tiró al mago contra el suelo como si fuera basura. Eliana corrió y cerró la puerta de un porrazo. Ya no tenían que buscar a nadie afuera; les acababa de caer del cielo un sujeto perfecto para extorsionar.
—¡P-p-por favor, no me maten…!
El mago negro le suplicaba por su vida a Eliana. Pero ella le apuntó directo al cuello con su gancho de Berom.
—Si no me respondes bien, te clavo el Berom en la yugular ahora mismo. ¿Qué pasó con Isabella Rosana?
El mago, que estaba que se meaba del susto, soltó todo de corrido:
—¡E-e-esa mujer ya debe de estar camino a su casa! El ducado de Rosana iba a pagar el rescate, así que mis compañeros fueron a hacer el trato… ¡Dijeron que el mismo joven duque iba a ir en persona!
Como a él no le tocó ir a entregar al rehén y cobrar la plata, solo podía repetir lo que había escuchado. Pero Eliana puso una cara de duda.
—¿Y por qué no vendieron a Isabella Rosana como sacrificio para los apóstatas? Tengo entendido que andan recolectando ofrendas como locos para invocar a un demonio.
Eliana había decidido creer en la carta de Damian, donde decía que traería a Isabella de vuelta pagando el rescate sin importar quién fuera el captor. Era más fácil para ella pensar eso que vivir con el miedo de que Isabella estuviera muerta.
Si se dejaba llevar por la angustia y el terror todo el tiempo, no iba a poder hacer nada. Así que, aunque sabía que confiar en Damian podía ser una tontería, tenía que hacerlo. Después de todo, a diferencia de ella, Isabella era la hermana de sangre de Damian.
Y esa confianza no la traicionó. Hereise, quien era aliado de Damian, se lo había asegurado. Pero como no sabía cómo estaban las cosas ahora, necesitaba confirmar si Damian no estaba teniendo problemas por ese lado.
El mago negro, tosiendo y jadeando, gritó:
—¡Porque el ducado de Rosana iba a soltar más plata, pues! ¡Nosotros, a diferencia de esos locos, no creemos en demonios ni en esas tonterías!
Todo este lío era por haberse metido con ese grupo de apóstatas tan pesados. El mago negro se lamentaba en el alma de no haber cortado palitos con ellos hace tiempo.
—¡Nuestra única meta es la plata! ¡Tenemos la regla de oro de negociar solo con quien pague más!
Al oírlo hablar de ‘reglas de oro’ en medio del tráfico de personas, Flint soltó una risa burlona. Eliana, sintiendo el mismo asco, frunció el ceño.
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Los magos negros se hicieron los héroes, fingiendo que ellos habían salvado a Isabella, para poder cobrar el rescate. En cuanto terminaron de contar los lingotes de oro y las piedras mágicas, le entregaron a Isabella a Damian.
—¡Bella!
—¡Hermano Damian!
Al ver el reencuentro de los hermanos, los magos negros sintieron un gran alivio. ¡Por fin se libraban para siempre de esa mujer tan insoportable y de mal genio!
—Espero que no nos volvamos a ver nunca más.
—¡Señorita Isabella, ojalá no nos crucemos de nuevo!
Al oír a los magos negros, la cara de Damian se puso dura y fría. ‘¿Acaso estos infelices están amenazando a mi hermana?’, pensó.
Pero los tipos lo decían muy en serio. De verdad, solo de recordar los días que tuvieron que aguantar el carácter de m… de Isabella Rosana, se les ponía la piel de gallina.
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