La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 319
Además, Labrante le lanzó una propuesta a Hereise que sabía que no podría rechazar.
― Me han dicho que el Príncipe Heredero está solterito todavía. Le ofrezco la oportunidad de entablar un vínculo profundo con la Santa.
¿Un vínculo profundo con la Santa? Hereise, a cuadros, le preguntó:
― ¿Acaso no es usted una religiosa? ¿Cómo es que alguien que ha entregado su cuerpo y alma a Dios me habla de matrimonio?
Ante sus palabras, Labrante abrió grandes los ojos. Por alguna razón, su expresión era algo extraña.
― Ah, ¿o sea que ya estaba pensando hasta en boda? Por si acaso, esa Santa no soy yo, sino la próxima.
― ¿Qué? ¿Acaso pueden haber dos Santas en la misma época?
A la pregunta llena de duda de Hereise, Labrante respondió con un rastro de amargura:
― Sí, es posible.
En su vida pasada, Labrante, por pedido de Eliana —quien era la emperatriz de Zacador—, no le concedió a Bianteca la gloria de tener una Santa. Labrante también, debido a su propia posición inestable, recelaba de la aparición de una nueva Santa y por eso cometió algo que no debió hacer: bloqueó por completo el despertar de la sucesora.
― Algún día dejaré mi puesto como Santa, y en ese momento haré que la nueva despierte. En el futuro, usted será el soberano que tenga a la Santa de su lado.
― He oído que tiene el don de la profecía… O sea que piensa elegir a la mujer que será la futura Santa y hacerme de cupido, ¿verdad?
― Exacto. ¿Qué le parece mi propuesta?
Como Hereise dudaba, la Santa le dijo con una sonrisa:
― No se preocupe, Príncipe Heredero. Rescataremos a la Gran Duquesa de inmediato. Soy su amiga, jamás le haría daño. No quisiera provocar la ira divina poniendo en peligro a una descendiente de los elfos.
En esto también había un poco de pica pica infantil, dirigido obviamente hacia Flint. Labrante se sentía fastidiada porque sentía que Flint le había quitado a su amiga por completo.
Ella recordaba la reacción de Eliana cuando, tiñéndose el cabello de negro, liberó su poder sagrado. Esos ojos verdes, brillantes de fascinación, estaban llenos de afecto. Era tal cual el recuerdo de su vida pasada que vio en sus profecías. ¡Qué emoción sintió en ese momento!
Sin embargo, en cuanto ‘Lia’ se vio en los brazos de su esposo, ignoró a Labrante. Esa mirada llena de amor fue directo y sin escalas hacia Flint Howard. Antes Lia no era así. Antes me buscaba y me abrazaba. Labrante estuvo a punto de llorar porque sintió que su amiga de verdad había cambiado.
Pero bueno, no importaba. Al final, Lia terminaría haciéndole caso.
La Santa, sonriendo con ternura, le recalcó al Príncipe Heredero:
― Lo juro por mi nombre y por Dios. ¿Le preocupa el Gran Duque Howard? Ese tipo se va a poner como loco cuando se entere, pero… en cuanto Lia regrese a salvo, se le pasará el berrinche.
― …….
― Piénselo a largo plazo. ¿Acaso no es bueno para la casa del Gran Duque Howard llevarse el mérito de una hazaña tan grande?
El Príncipe Heredero, con una sonrisa radiante, aceptó la propuesta de la Santa.
― Entonces no tengo motivos para negarme. La seguridad de la Gran Duquesa y el contacto con la próxima Santa… no se olvide de eso.
Hereise acordó que, para el día de la luna roja, sacaría al Gran Duque Howard de la jugada para que Eliana pudiera servir de cebo tranquilamente, sin que Flint estorbara.
Tras engatusar al Príncipe Heredero, la Santa le dio una orden secreta a Ariel: informarle a Eliana que el plan original seguía en pie.
De todos modos, Eliana ya había aceptado ser el cebo por el futuro de su hijo, y como el plan se había frustrado por culpa de su esposo, estaba segura de que ella aceptaría.
Labrante, conociendo el carácter independiente de Eliana, estaba confiada. Lia no le consultaría este asunto a su marido, porque sabía que si ese tipo se enteraba, se armaría un problemón.
Así, Labrante regresó tranquila para preparar el gran día.
Sin embargo, Dios no le dio a la Santa una profecía importante antes de la misión.
Eliana, rompiendo todas las expectativas de Labrante, le contó absolutamente todo a Flint, y el Príncipe Heredero también visitó la mansión del Gran Duque en secreto.
Hereise compartió con la pareja todas las propuestas que recibió de la Santa. Como él ya había perdido a un amigo por un error de juicio en el pasado, no iba a cometer el mismo error dos veces. Si seguía el pacto secreto con la Santa, no solo no obtendría el perdón de Flint, sino que ni siquiera podría darle la cara.
― Le dije a la Santa que aceptaba, pero como he venido a contarles todo, ya se malogró el plan, pues.
Soltando un suspiro, Hereise empezó a parlotear diciendo que no sabían todo lo que estaba sacrificando por ellos, que hasta perdió la oportunidad de ser ‘el hombre de la Santa’. No se arrepentía de haber sido leal, pero admitía que las condiciones eran bien tentadoras.
Ante eso, Eliana le sonrió y le hizo una contrapropuesta:
― Yo misma le haré de cupido. Yo sé quién es la mujer que se convertirá en la próxima Santa.
En ese entonces, Eliana y Flint ya estaban en pleno preparativo para jugársela a Labrante. Reconstruyeron el pasadizo secreto del invernadero para que Flint pudiera salir de la mansión y volver a entrar con sus caballeros a escondidas.
― Flint me dio una buena idea. Decidió acompañarme cuando yo sirva de cebo.
El plan de Flint era este: salir de la mansión como si fuera a cumplir la orden imperial de liderar la búsqueda del duque Rosanna, pero regresar a hurtadillas y esconderse cerca de Eliana. Y en el momento en que ella fuera secuestrada, saltar y marcharse con ella.
― Ariel dice que la herramienta mágica que Knox le dio a Layla es una tela con un círculo mágico dibujado. Como viene del sacerdote, debe ser información exacta.
Esa era información que Ariel había conseguido vigilando a Layla sin dejarle ni un respiro. Layla ni se imaginaba que alguien estaba escuchando sus conversaciones secretas con Knox.
― Seguramente Layla Rosanna intentará quedarse a solas contigo.
dijo Flint, y Hereise asintió dándole la razón.
Eliana se quedó pensando:
― Mmm, en una habitación así no sería fácil que te escondas… Si irrumpen de pronto en mi cuarto y me tiran la tela encima…
Flint lo pensó un momento y dijo:
― Haremos que esa mujer use la herramienta mágica en el jardín. Ahí no llamarás la atención.
Por eso, Eliana metió a Ena en la habitación de Layla. Layla, que necesitaba desesperadamente ayuda interna, se tragó el cuento y la labia de Ena, y eligió el jardín como el lugar del secuestro.
Layla pensó que ella había llevado a Eliana al jardín bajo engaños, pero la que terminó siendo engañada fue ella. Y así, los magos negros y los apóstatas terminaron secuestrando a Flint junto con Eliana sin querer queriendo.
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Eliana estaba rodeada por una fila de cadáveres que le servían de escudo. Eran los apóstatas que habían intentado llevarse a la ‘ofrenda de lujo’ de pelo rosado, y los magos negros que quisieron usarla como rehén.
Protegida tras ese muro de cuerpos, Eliana sacó uno de sus ganchos de Berom. Estaba decidida a que, si alguien intentaba pasarse de vivo con ella por verla ‘débil’, le haría probar el mismísimo dolor de la muerte.
De pronto, divisó a Knox, que todavía se retorcía en el suelo.
‘Qué suertudo este tipo. ¿Sigue vivo después de que le cortaran la pierna?’.
Knox seguía con vida, pero su situación era como una vela frente a un vendaval. Eliana volteó la cara y se quedó admirando cómo Flint masacraba a los magos negros.
‘¡Qué churro…!’.
Con razón decían que Flint era el guerrero más bravo del continente. Eliana sintió un vuelco en el corazón al ver, una vez más, el poder abrumador de su esposo. Pero no se distrajo del todo: siguió firme tras su escudo y no perdió de vista lo que hacía Layla.
Los magos negros, viendo que ya no tenían escapatoria, empezaron a hacerse los muertos. ‘Qué tales teatreros’, pensó Eliana con una mueca de burla. Fue entonces cuando notó que Knox, apoyado contra la pared, movía los dedos de forma sospechosa.
‘¿Qué estará tramando ese cojo…? ¿Ah? Un momento, ese fue el que hace un rato le hizo rodar un frasco a Layla…’.
Eliana entrecerró los ojos.
‘¿No será este el tal Knox, el jefe de los magos negros que el Maestro de la Torre busca como loco para matar?’.
A diferencia de los demás, Knox no se hacía el muerto ni atacaba de frente, simplemente porque no podía moverse bien. Pero ya había tomado una decisión: ya que no podía escapar, ¡le dejaría una herida imborrable a Flint Howard cueste lo que cueste!
Empezó a dibujar un círculo mágico usando su propia sangre. Al ver cómo movía los dedos manchados en medio de un charco rojo, los ojos de Eliana brillaron con furia.
‘Este tipo está dando sus últimos manotazos de ahogado. ¡Ni creas que te voy a dejar!’.
Sujetando con fuerza el gancho de Berom, se lanzó hacia Knox. Al ver a la mujer salir disparada de entre la pila de muertos que se derrumbaba, Knox se llevó el susto de su vida.
—¡Hiiiik!
Sobre todo, el veneno en la punta del gancho que Eliana empuñaba como una daga se veía aterrador. ¡Era Berom! Knox, pálido como un muerto, gritó:
—¡Quí-quí-quítate! ¡Nooo…! ¡Mi círculo mááágico!
Pero Eliana no se movió. Es más, le pisoteó todo el círculo que ya tenía medio avanzado, borrándolo por completo. Entonces, levantó el Berom para clavárselo de una vez.
Sin embargo, Knox fue más rápido y se alejó rodando. Eliana se asó.
—¿Te escapas?
Picada, estuvo a punto de lanzarle el gancho, pero prefirió guardar su arma y regresar a su refugio. Total, Knox se estaba rodando solito hacia la boca del lobo.
Flint, que estaba rematando a los magos negros que se hacían los muertos, se topó cara a cara con Knox, que llegó rodando hasta sus pies.
—¡Uff!
Muerto de miedo, Knox sacó todas las piedras mágicas que tenía y las tiró al suelo para empezar un conjuro de magia negra. El ataque apuntaba directo al corazón de Flint. ¡Estaba tan cerca que no podía fallar!
—¡Vas a morir! ¡En realidad, no necesito dibujar círculos para usar magia de alto nivel! ¡No por algo soy el jefe de los magos negros!
Knox soltó una carcajada estridente. Pero Flint conocía el punto débil de los magos mejor que nadie.
Antes de que el tipo terminara el conjuro, Flint les metió un pisotón a las piedras mágicas. ¡Crac, crac, crac! Por donde pasaba su bota, las piedras se deshacían como si fueran cubitos de azúcar.
La risa de Knox se cortó en seco. Temblando de pies a cabeza, soltó una lisura:
—¡Hijo de p… cobarde!
Flint ni pestañeó y levantó la espada sagrada. Como no le daba tiempo ni de respirar, y mucho menos de recitar un hechizo, Knox no pudo ni dar pelea. Bajo la influencia de la espada, la energía negra que Knox había logrado reunir se desvaneció como humo.
—¡A-a-noooo! ¡Gack!
La espada sagrada le dio una muerte rápida y efectiva al líder de los magos negros. La luz de sus ojos se apagó y su cuerpo quedó tirado en el suelo.
Ya no quedaba ningún enemigo que pudiera detener a Flint. En medio de esa habitación bañada en sangre, Flint murmuró:
—Realmente es una espada sagrada.
Con esa arma, acabar con los magos negros era mucho más fácil que cuando estuvo en la guerra santa en el Reino de Kenason. Flint se pasó la mano por el cabello para quitarse la sangre.
El líquido rojo resbalaba por la hoja plateada de la espada y caía gota a gota. El ceño que tuvo fruncido todo el tiempo —por estar pendiente de los enemigos y de Eliana a la vez— por fin se relajó, y su mirada asesina se suavizó un poco.
Pero todavía quedaba un último enemigo por despachar: Layla Rosanna.
Layla estaba en shock, temblando como una hoja. La escena que había presenciado era demasiado sangrienta. Esto no había sido una pelea; había sido una carnicería por parte de Flint Howard.
Flint, todavía con un aura peligrosa, clavó sus ojos plateados en ella. En cuanto él dio un paso, Layla pegó un grito al cielo:
—¡Aaaaah! ¡P-por favor, no…! ¡Ay!
Pero Eliana fue más rápida que Flint. Sus manos delicadas agarraron de frente a Layla por el cuello de la ropa. Lo que siguió fue el sonido seco y violento de carne contra carne; Eliana, como si estuviera desquitándose de todo, le metió tres cachetadas bien puestas.
Cuando el cuerpo de Layla quedó todo flojo, Eliana la empujó con fuerza contra la pared.
—Yo hice que mi padre cayera en desgracia, mi esposo se fue a buscarlo ahora que se ha escapado, y tú, mientras tanto, aprovechas para venderme a los magos negros… Pensaste que era el plan perfecto, ¿no?
Pero en realidad, había sido la trampa perfecta.
—Yo de verdad quería salvarte la vida. Pero tú insististe en secuestrarme…
¿Salvarla? Los ojos de Layla ardieron de rabia por un segundo. Eliana no toleró esa mirada desafiante y le volvió a cruzar la cara de un manazo. Con las mejillas hinchadas, Layla comenzó a soltar lágrimas a chorros.
—¡Tú, tú me engañaste primero…! ¡La que me ocultó cómo estaba mi salud y me usó fuiste tú, Lia! ¡Lo que hice fue en defensa propia!
Layla se había enterado por Knox que le quedaba poco tiempo de vida. Mientras ella estaba sumida en la desesperación por el shock, Knox le había susurrado con malicia:
― ¿Crees que la Gran Duquesa te va a salvar? Esa mujer es amiga de la Santa. ¿Sabes cuánto asco le tiene la Santa a la magia negra? Esas dos son compinches, Layla, no seas tonta. ¿Quién crees que es tu único salvador? ¡Soy yo!
Así como Eliana nunca confió plenamente en Layla, Layla tampoco confió del todo en Eliana. Temblando de ansiedad, y tras recibir de manos de Knox el supuesto elixir de longevidad, terminó por desconfiar totalmente de Eliana.
Esa pequeña duda se convirtió en engaño, y terminó en una traición de proporciones enormes. Al final, eso fue lo que terminó ahorcando a Layla. Estaba sufriendo las consecuencias de haber actuado sin darse cuenta de que ella misma se había puesto la soga al cuello.
—¡¿Crees que no sé qué tramabas?! ¡Me ibas a usar todo lo que pudieras para luego azuzar a la Orden y que me maten! ¡Y por si fuera poco, hace poco me quisiste entregar al Príncipe Heredero!
—¡¿Y acaso te entregué?! ¡¡No lo hice, pues!!
—No te dije que te quedaba poco tiempo de vida porque no quería que te chocara tanto. ¡Debiste reclamarme a mí directamente en lugar de hacer esto!
Fue un gesto de buena voluntad, pero la otra parte nunca lo entendió. Eliana continuó, casi escupiendo las palabras:
—¡Mil veces mejor te hubiera ido recibiendo el poder sagrado del sacerdote Ariel que tomando esas porquerías de pociones!
—¡¿De qué hablas?! ¡Cada vez que ese mocoso me pasaba su poder, terminaba en cama enferma todo el día!
En cambio, con la medicina de Knox, se sentía aliviada al instante. Por eso Layla se hizo la idea de que Ariel le estaba haciendo alguna jugada sucia a propósito.
—Qué tonta eres. Te sentías mal porque el poder sagrado estaba expulsando la magia negra de tu cuerpo. ¿De verdad crees que esa poción te alarga la vida? Knox te vio la cara de tonta.
—¡No! ¡La que me engañó no fue Knox, fuiste tú!
—No, él te engañó. En lugar de purificarte, te estuviste metiendo pociones de magia negra… Probablemente era una droga. ¡Por eso te volviste tan dependiente de eso!
A Layla se le dio un vuelco el corazón. Era cierto que su dependencia a la medicina había aumentado muchísimo.
—No, ¡Knox no me haría eso! Él… él dijo que esta medicina me daría más tiempo de vida…
Layla lo negaba con todas sus fuerzas. De hecho, justo acababa de tomarse la poción que Knox le hizo rodar antes de morir. Su única opción era creer en él. Tenía que ser así.
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