La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 317
Ena resultó ser una aliada excepcional. En el fondo, Layla se había quedado preocupada después de enviarla; temía que Eliana regresara con ella de la mano solo para burlarse de que la habían vuelto a engañar y luego matarla.
Pero nada de eso pasó. La tal Ena, esa sirvienta, de verdad estaba consumida por la pena y el rencor de haber perdido a su padre. Layla soltó una carcajada burlona.
—Ja, sabía que Lia no era la gran cosa. Se las daba de muy sabionda, pero al final no es nada del otro mundo.
Originalmente, no era más que una chiquilla limitada que no podía ni despegarse de las faldas de su nodriza, Pamela. La gente decía que el cargo había transformado a Eliana, pero ¿cuándo ha cambiado así nomás la esencia de una persona?
—Esa Lia siempre ha sido media tonta. Es una boba, no tiene ni un pelo de lista.
Layla se despachó a su gusto hablando pestes de Eliana frente a Ena, quien le había traído la comida.
—Uff, por fin se acaba este encierro. Dijiste que hoy salía la luna roja, ¿no?
—Sí. Por eso hoy a medianoche van a hacer la ‘Oración de la Luna Roja’ en el templo. Me dio pena que solo fuera en la capital, ¡pero me enteré de que también la harán en el Templo Central del Norte! Pienso ir a medianoche para pedir que me vaya bien.
—Eso, pide por mi buena suerte.
Layla estaba de excelente humor. Por la ventana había visto al Gran Duque Howard salir de la mansión temprano por la mañana junto a sus caballeros. Hicieron tanto escándalo que terminaron despertándola.
Ena siguió con el parloteo:
—Sacerdote Ariel también está a mil con eso de la oración. Me dijeron que él también va a salir pronto.
A Layla le brillaron los ojos al saber que el sacerdote, el enemigo natural de los magos negros, estaría fuera del camino.
—O sea que, cuando caiga la noche, el sacerdote Ariel no estará en la mansión… y el Gran Duque Howard tampoco…
Ena asintió con la cabeza una y otra vez ante lo dicho por Layla.
—Así es. Es una orden imperial directa, ni el Gran Duque puede negarse. Además, se trata de capturar a la duquesa Rosana. Dicen que el Príncipe Heredero incluso dio permiso de matarla ahí mismo.
¿Qué cara pondrá ese hombre cuando, después de vengarse del asesino de sus padres, reciba la noticia de la muerte de su esposa? Layla soltó una risita maliciosa y le dio las instrucciones finales:
—Trae a Lia al jardín a la hora que te dije. Dijiste que por ahí la vigilancia es más baja, ¿verdad?
—Sí. Como el Gran Duque se llevó a casi todos sus caballeros, solo queda un treinta por ciento en la mansión. Yo le sugeriré a Su Alteza que salga a caminar. A ella le gusta pasear tranquila por las noches, y si yo voy con ella, nadie más se nos pegará.
Layla estaba convencida: hoy todo saldría a pedir de boca. Duquesa Rosana y esa hija suya estaban acabadas. ¡Se vengaría con sangre de esas dos que solo la habían utilizado…!
El cielo nocturno se puso negro como la brea y la luna roja brilló con fuerza. A estas alturas, Ena ya debía estar llevando a Lia hacia el jardín. Layla, con una sonrisa de oreja a oreja, empezó a desvestirse. De entre su ropa salió una tela gruesa y grande; era un artefacto mágico que Knox le había dado a la fuerza antes de irse.
Se la había envuelto al cuerpo por miedo a que se la quitaran. Aunque la habían revisado al cambiarla de habitación, nadie se dio cuenta de la existencia de esa tela mágica.
Layla entró al cuartito del fondo y extendió la tela en el piso. Sobre ella había un círculo mágico dibujado con delicadeza, con pequeñas piedras mágicas incrustadas como si fueran brillantes. Era una herramienta que Knox había modificado para que Layla pudiera usar magia negra.
Layla rompió un florero y se hizo un corte en el dedo con uno de los pedazos. Sangre negra empezó a gotear sobre la tela. Al instante, el círculo mágico comenzó a emitir una luz oscura. Layla cerró la puerta del cuartito y salió.
Poco después, se escuchó que alguien tocaba la puerta desde adentro del cuarto pequeño. Layla, con una sonrisa de lado a lado, abrió la puerta para recibir al intruso.
—Knox, hice todo lo que me dijiste, así que dame la medicina de una vez… ¿Ah? ¿Vienes con gente?
Layla se dio un susto. No solo estaba Knox, sino tres personas más. Por su vestimenta, uno era un mago negro; los otros dos llevaban túnicas negras que les cubrían todo, con unos diseños rarísimos bordados. Además, usaban máscaras negras y tenían una mirada que daba mala espina.
‘Estos tipos son sospechosos. Tienen una mirada extraña…‘
Si la mirada del Príncipe Heredero cuando estaba poseído por la energía oscura le daba escalofríos, esto era de otro nivel. Layla tomó distancia de ellos, mientras uno de los enmascarados decía con voz lánguida:
—Lo que vinimos a buscar está en esta mansión, ¿no, Knox? ¡¿Qué tal si nos llevamos tanto al bebé como a la mujer?!
Knox frunció el ceño con fastidio.
—¡Ya te dije que no seas ambicioso! ¡Lo único que nos podemos llevar de aquí es a la pelirosa! No pienso colaborar en nada más que eso.
En un abrir y cerrar de ojos, el cuarto de Layla se llenó con la pelea entre los dos magos negros y los dos apóstatas. Layla se quedó desconcertada al ver que los dos grupos no se ponían de acuerdo.
‘¿No decían que iban a secuestrar a Lia? ¿Ahora hasta al bebé? ¡¿De qué diablos están hablando?!‘
El apóstata que tenía la mirada más zafada de todas dijo temblando:
—Hoy es el día de la suerte, sale la luna roja. Tenemos un ritual importantísimo. ¡Si ‘Él’ no desciende hoy día, tendremos que esperar por lo menos diez años más!
Layla no podía seguir perdiendo el tiempo con estos locos que tenían la mirada perdida. Se puso las manos en la cintura y dijo toda histérica:
—Yo ya hice mi parte y creé la oportunidad para que estén a solas con la gran duquesa, tal como querían. La voy a gatusar para atraerla hacia ustedes. Grábense esto: si la fregamos hoy, no habrá otra oportunidad. He puesto mi vida en juego para esto. ¡Esa tal Lia ya intentó matarme una vez con veneno!
Layla sentía que Eliana la dejaba vivir solo para vacilarse con ella, como un gato jugando con un ratón. Pero hasta el ratón más zonzo muerde al gato cuando lo arrinconan.
—¿Cuál es el objetivo? ¿La gran duquesa o el heredero? Hablen claro. ¿Tengo que ir al jardín donde está ella o al cuarto del bebé?
—…….
—Hoy no hay sacerdotes ni está el Gran Duque Howard en la mansión, pero el cuarto del bebé tiene una vigilancia brava. ¡No pierdan el tiempo y decidan de una vez!
Al oír que el Gran Duque no estaba, a Knox y a los demás les brillaron los ojos. Al final, Layla terminó convenciéndolos. Como ya habían fallado antes intentando secuestrar al bebé, lo más lógico era ir tras la gran duquesa.
Incluso los apóstatas, que andaban de ambiciosos queriendo llevarse a los dos, terminaron cediendo.
—Bueno, si la vigilancia está tan fuerte… sería un problema si el bebé se pone a llorar. Además, capaz no aguanta el ritual y se nos muere… En cambio, por el jardín es más fácil escapar.
Apenas tomaron una decisión, Layla salió volando del cuarto hacia el jardín. Caminaba sin miedo. No se veía ni un alma, seguro porque todos estaban en la ceremonia de oración o porque ya era de madrugada. Probablemente era obra de Ena.
En el jardín la cosa estaba igual. No se veía ni una estrella en el cielo y hasta la luna roja, que brillaba con fuerza, se había escondido tras las nubes. Estaba todo oscurito y no se oía a nadie; el escenario perfecto para un secuestro.
Knox y su gente seguían a Layla bien caletas, escondidos en las sombras. No se cruzaron con nadie. El incienso para dormir y las bombas de humo que traían en las manos estaban de adorno por ahora.
Al ver que el ambiente era perfecto para el secuestro, se les quitó el miedo de estar en el corazón del Norte y se llenaron de confianza. Hasta Knox, que andaba chequeando todo el rato, se relajó. Había escuchado que el sacerdote se la pasaba floreciendo el jardín con su poder sagrado, y aunque el rastro de esa energía le daba ‘cosa’, todo marchaba sobre ruedas.
Vieron que Layla ya estaba haciendo contacto con la gran duquesa. Uno de los apóstatas soltó un suspiro de emoción al ver la escena.
—Parece que hoy el hada de la suerte nos está bendiciendo. Miren, allá se ve una linterna. ¡Ala!
El sujeto soltó una exclamación bajito. Efectivamente, más allá se veía clarito a una mujer con el cabello de color rosado encendido.
—Hay que chaparla ahorita mismo y…
—Aguanta. Voy a preparar el círculo mágico. Apenas la agarremos, nos movemos.
Knox extendió la tela gruesa que Layla había usado y empezó a repasar el círculo mágico. Apenas le pusieran eso encima a la gran duquesa, todos se teletransportarían. Él les advirtió:
—No se olviden que apenas lleguemos me tienen que entregar el tesoro.
—Obvio. Solo tenemos que llegar y confirmar que ese pelo es de verdad… Sería bacán que sus ojos también fueran rosados.
—Lamentablemente, los ojos de la Gran Duquesa Howard son verdes. Dicen que los del bebé son gris plata.
Knox se reía entre dientes mientras sobaba la piedra de maná que tenía en el bolsillo.
‘¿Qué cara pondrá ese tal Flint Howard cuando se entere de que secuestraron a su adorada esposa en plena noche?‘
Quién diría que llegaría el día en que podría verle la cara de derrotado a ese demonio de Flint Howard. Knox se aguantó las ganas de soltar una carcajada y les hizo la señal a los demás. Las cuatro sombras se fueron acercando poco a poco hacia las dos mujeres.
—¡Ahora!
Al grito de Layla, una tela mágica, gruesa y gigante, cayó sobre Eliana. Ella intentó quitársela de encima, pero Layla se le tiró encima para inmovilizarla.
—¡Aaaaaaah!
Eliana soltó un grito desgarrador, como si estuviera aterrorizada, pero no pudo contra tantos. Entre todos la envolvieron a la fuerza con esa tela pesada. Mientras ella forcejeaba por debajo, Layla la aplastaba con todas sus fuerzas.
—Lia, ya hablaremos con calma cuando lleguemos. Tu maridito se fue a la Orden en el momento preciso, qué buena gente resultó. Además, ¿no decías que no había sacerdotes? Pues aquí todos somos magos negros. Así que cállate si no quieres que te mueras de un chispazo de magia oscura.
Se empezaron a escuchar pasos; parece que el escándalo en el jardín alertó a los caballeros. ¡Hay intrusos en el jardín!, gritaban. Layla se burló. ‘Qué rápido llegan’, pensó. El hechizo ya estaba activado y faltaba nada para el salto.
—Lia, antes de mandarte a vender como mercancía, dejaré que digas tus últimas palabras. Eso sí, primero te voy a dar tu buena tunda.
La cara de Layla se puso diabólica. Desde abajo de la tela se escuchó un sonido metálico, pero ella estaba tan alucinada con su propio discurso que ni cuenta se dio. Los magos negros, concentrados en activar el círculo mágico de la tela, y los apóstatas, emocionados por tener a su ‘ofrenda de lujo’, tampoco escucharon nada.
—¡Sujeten bien la tela…!
Knox sacó una piedra de maná y la lanzó sobre la tela. Layla y los demás se agarraron fuerte de Eliana envuelta. Los magos negros empezaron a susurrar sus conjuros, metiéndole toda la energía oscura. La piedra de maná se rajó hasta hacerse polvo y de pronto estalló una luz negra.
Esa energía inmensa levantó un ventarrón que hizo flamear la tela. El jardín, que por un momento fue un caos, volvió a quedar en un silencio de tumba.
Lo único que quedó en el grass fue el polvillo de la piedra de maná.
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La vista les cambió de porrazo. Se dieron cuenta de que el secuestro de la gran duquesa había sido un éxito. Pero, al aterrizar, todos terminaron cayéndose de poto o dándose de cara contra el suelo.
—¡Ay, mi potito!
—¡Auch, duele!
La única que no chocó contra el piso fue Eliana, que seguía bajo la tela, porque cayó encima de alguien.
—¡¿Qué pasa con este aterrizaje?! ¡¿No se supone que lo seteamos para seis personas?!
Contando a la gran duquesa secuestrada, a Layla, a los dos magos negros y a los dos apóstatas, eran seis en total. Uno de los magos gritó:
—¡Sí, eran seis! Estoy seguro… ¿entonces por qué sentí como si fuéramos más? ¡Ay, mi coxis!
—¡Aaaaaagh!
Por otro lado, Layla sentía que se le iba la vida, le dolía la cabeza horriblemente. Por la anemia le vino un mareo fuerte; ni podía levantar la cabeza e intentó apoyarse en el suelo. Pero lo que tocó fue una piel gruesa y caliente. Apenas sintió eso, salió volando por los aires.
Layla chocó contra la pared y, mientras se agarraba la cabeza, escuchó un grito de terror puro. Alguien lanzó una bomba de humo. ¡Pum! El lugar se llenó de una nube espesa. Layla frunció el ceño.
‘¿Lia? ¿Habrá gritado al darse cuenta de que la secuestraron? ¿Pero para qué lanzó una bomba de humo…?‘
Lo raro era que se oían varios gritos, y cada vez eran más. Layla se quedó confundida un segundo. ‘¿La voz de Lia era tan gruesa?’, pensó. Empezó a manotear el aire para despejar el humo frente a sus ojos.
—¡No puede ser!
Layla se quedó helada. Los mismos tipos que la ayudaron a secuestrar a Eliana estaban tirados en el suelo, desangrándose. A Knox le habían cortado las piernas y estaba intentando arrastrarse; los magos negros y los apóstatas que esperaban para el trato también estaban todos destrozados.
En medio del humo, se alzaba la figura de un hombre altísimo. Tenía una espada en la mano. La hoja de plata brillaba mientras la sangre saltaba sin parar.
—¡Aaaaaah!
—¡¿Quién eres tú?!
El humo se fue yendo y la imagen del hombre se hizo clara. Entre su cabello negro manchado de sangre, su rostro sombrío dibujaba un perfil gélido. Al reconocerlo, Layla se puso pálida, como un papel. Los demás estaban igual de aterrorizados.
—¡Es… es Flint Howard!
—¡¿Por qué demonios se trajeron a este tipo?!
—¡¿Qué loco se trajo al Gran Duque Howard…?! Se suponía que solo venía la gran duquesa… ¡Agh!
Los magos negros y los apóstatas intentaron escapar tarde, porque la muerte les llegó al toque. En ese mismo instante, la espada seguía cortando carne y quitando vidas sin piedad. Ver esa matanza unilateral era el mismísimo terror. Alguien gritó desesperado:
—¡Se supone que ese tipo se fue a capturar a Duquesa Rosana! ¡¿Por qué está Flint Howard aquí?!
Eliana, que se había hecho a un lado en un rincón para no estorbar, soltó una sonrisa helada. Todo había salido de acuerdo al plan.
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