La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 316
El día de la luna roja estaba a la vuelta de la esquina y Labrante no había podido encontrar una nueva carnada. No es que uno se encuentre a alguien con el cabello rosado así de fácil, pues.
Tampoco podía usar a Ariel. Para rastrear rápido la ubicación de la carnada se necesitaba ‘poder sagrado antiguo’, esa es una fuerza que solo Ariel podía usar por tener la sangre de hada tan pura. Labrante lo había intentado varias veces, pero no le llegaba ni a los talones al poder de Ariel.
—El día de la luna roja, Flint Howard se unirá al escuadrón de búsqueda del duque Rosana. Para cuando él vuelva al Norte, todo habrá terminado. Si Lia sale ilesa, el gran duque no tendrá nada que reclamar —había dicho Labrante.
Básicamente, lo que Labrante quería era ocultarle el cambio de planes a Flint. Siendo prácticos, Labrante tenía razón: lo mejor era engañarlo. Eliana sabía que, al final, Flint terminaría entendiéndola.
—Diez años es demasiado tiempo. No quiero que mi ahijado crezca sobreprotegido en una mansión; quiero que sea un hombre valiente que disfrute del mundo con libertad.
Eliana había crecido bajo una ‘sobreprotección’ que en realidad era puro maltrato, criada al antojo de su padre. Al menos su vida estaba a salvo, pero su mente y su cuerpo siempre estaban en un hilo.
Por más amor que le dieran, un niño criado entre algodones nunca tendría valentía. Eliana no quería que su hijo fuera un miedoso como ella.
Pero aun así, no podía engañar a Flint. No quería ocultarle nada más. Su relación ya casi se va al tacho una vez por empezar a punta de secretos y mentiras. No podía cometer el mismo error y encima pedirle que la entendiera después de haberlo herido.
Por eso, Eliana le enseñó la carta de la santa a Flint y le soltó toda la firme.
—Parece que esta vez no queda de otra. No podemos vivir diez años con los nervios de punta por Theo.
—…
—Solo por esta vez… Perdóname, Flint.
Flint no se asó. Se quedó mirando en silencio a su esposa, que le pedía perdón con una cara bien serena. A Eliana eso le dio más miedo todavía.
—Mejor grítame, di algo…
—Si me lo dices así, ¿cómo quieres que me enoje?
A decir verdad, Flint ya se la olía. Desde que Hereise se apareció caleta por la mansión, él ya estaba dándole vueltas al asunto.
—Llegué a pensar que tal vez me lo ocultarías y ayudarías a la santa a mis espaldas.
—Te dije que no te iba a ocultar nada más. ¿Con qué cara te volvería a engañar?
Atrapada entre una amiga que había cambiado y un esposo terco, la mujer se veía bien agotada. Flint estiró la mano y le acarició la mejilla. Aunque ella se acurrucó contra su palma, él no sonrió como siempre.
—La santa confía demasiado en su propio plan. ¿Siempre fue así de creída?
—No. La Labrante de ahora es un poco diferente a la Lalan que yo conocía; tiene su lado soberbio.
—¿Y no te dan ganas de bajarle los humos?
Eliana parpadeó sorprendida por lo que dijo Flint.
—Ella está jugando sus cartas confiando en que tú me vas a convencer, ¿no? Esa forma de confiar demasiado en la amistad me recuerda a alguien…
—Mmm…
—Si sigues aceptándole todo, va a terminar pasándose de la raya. Sin querer, podría terminar haciéndote daño.
—Pero Lalan nunca me ha hecho daño. Más bien, yo siempre la metía en problemas. Para serte honesta, en mi vida pasada me aproveché bastante de ella.
Para una emperatriz extranjera sin poder, la amistad con la santa era una carta muy útil. Eliana sentía que esto era como pagar una deuda de su vida anterior. Aquella santa que antes era inexperta y sufría por todos lados, ahora se había vuelto una experta que buscaba el poder. Eliana sentía un poquito de culpa por eso.
—Aun así, Lalan siempre confió en mí y trató de protegerme hasta el final. Eso nunca lo voy a olvidar. Te lo aseguro: ella jamás me haría daño.
Flint respondió con una voz grave y profunda:
—Hereise tampoco me hizo daño nunca. Aunque todos trataban de hundirme, él siempre confió en mí. Siempre trató de protegerme de Su Majestad. Por eso, yo también trataba de cumplirle todos sus deseos. Porque estaba agradecido.
—…
—A veces pienso… que tal vez debí pararle el carro a Hereise alguna vez. Si le hubiera bajado los humos, quizás todavía seguiríamos siendo amigos.
Quizás por no haber equilibrado esa relación terminaron así. Aunque a veces es más fácil cortar por lo sano con lo que duele, siempre hay excepciones. Los pedazos de esa amistad se quedaron como cicatrices en su corazón. Flint no quería que Eliana pasara por lo mismo.
—Lia, no te preocupes. Tengo una buena idea.
Flint empezó a explicarle su plan poco a poco. Mientras lo escuchaba, a Eliana le brillaron los ojos. Podía seguir con el plan de la santa, pero dándole una lección a su amiga.
—¡Es un plan excelente! Así Labrante aprenderá que las cosas en este mundo no siempre salen como ella quiere.
Eliana estaba contenta, pero seguía un poco cabizbaja. Flint se dio cuenta de que ella se sentía mal por el tema de su amiga. Así que, la rodeó con sus brazos y se echaron juntos en la cama.
—Flint…
Flint hundió sus labios en el cuello de Eliana. Entre besos, empezó a consolar a su esposa de la forma más dulce.
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Últimamente, a Damian le llovían los problemas por todos lados. No solo su padre se había escapado mientras lo llevaban a la Orden, sino que el viejo se dio cuenta de que su propio hijo lo había traicionado. Para colmo, el jefe del gremio Beled se puso del lado de su padre. Estaba en la peor situación posible.
—Joven Damian, se lo dije. Nuestro jefe fue el mejor amigo del anterior maestro de la torre, pero sobrevivió a punta de traiciones. Esa es su especialidad
comentó un miembro del gremio Beled que ahora trabajaba para Damian, mientras chasqueaba la lengua.
Gracias a este hombre, Damian pudo enterarse antes que nadie de la fuga de su padre. Dentro de todo lo malo, eso fue una suerte.
A ese mismo hombre le habían cortado la mano por entregarle una carta a Eliana, pero ahora estaba como si nada. Damian lo había llevado al templo apenas apareció llorando con su mano cortada en una bolsa, el sumo sacerdote Piaton usó su poder sagrado para pegársela de nuevo.
Desde ese día, el hombre le juró lealtad absoluta a Damian, gracias a eso él pudo enterarse rápido de la traición del jefe de Beled.
Esa traición fue como un baldazo de agua fría para Damian. Él esperaba que el jefe del gremio le entregara las pruebas de la trata de personas que la familia Rosana había cometido por generaciones. Su plan era juntar todo y dárselo al príncipe heredero y al sumo sacerdote.
Pero el jefe del gremio ayudó a escapar a su padre y desapareció del mapa. Damian estaba a punto de volverse loco, pero recuperó la calma pronto: Eliana le mandó el talón de Aquiles del jefe de Beled.
«El subjefe Hamilton es el yerno del jefe de Beled. No lo sabías por algo simple: se casó con la hija que el jefe tuvo con su amante. Si tomas como rehenes a la familia de Hamilton, el jefe va a saltar al toque. Él adora a esa mujer».
En la vida anterior, cuando Damian y Eliana se llevaban bien, él le contó una vez que ‘el jefe de Beled tenía dos familias y trataba a su amante como si fuera su esposa’. Eliana usó ese chisme insignificante para darle a Damian un arma letal.
Apenas recibió la carta, Damian mandó a la cárcel a toda la familia de Hamilton. El pobre hombre se quedó frío al ver que Damian conocía detalles que solo el duque Rosana sabía. Incluso la esposa de Hamilton le escribió una carta desgarradora a sus padres rogando por su vida, la cual terminó en manos de Damian.
—Joven Damian, ¿pero de verdad va a matar a la hija del jefe?
Ante la pregunta de su subordinado, Damian respondió con frialdad:
—Eso depende de lo que decida tu jefe. ¿Le entregaste mi mensaje clarito?
—Sí. En cuanto supo que su hija estaba en sus manos, casi le da un patatús. Parece que por las buenas no va a entender, así que mejor vamos con todo, de frente.
El hombre se rió con malicia. Se había vuelto el perro de presa de Damian y estaba extorsionando a su antiguo jefe con ganas.
—No tengo mucha paciencia. Si hoy mismo el jefe no me da una respuesta… creo que un dedo sería un buen comienzo.
Tras anunciar que cortaría dedos como si nada, Damian salió de su despacho. Ya era hora de encontrarse con los magos negros para pagar el rescate y traer de vuelta a Isabella.
De solo pensar en esos magos le dolía la cabeza. Los tipos habían subido el rescate por las nubes y habían tenido que negociar mil veces.
Bella ya llevaba demasiado tiempo en esa guarida. Le preocupaba horrores si la pobre estaría comiendo bien, si estaría llorando de miedo o si esos desgraciados le habrían puesto la mano encima.
Su subordinado lo seguía mientras se quejaba:
—Esos magos negros son unos aprovechados, de verdad. Pedir tanta cantidad de oro y piedras mágicas… Qué desperdicio de plata.
—Daría mucho más que eso con tal de que Bella regrese sana y salva. No me importa quién sea el enemigo.
Por eso, Damian aceptó todas las condiciones y decidió ir personalmente al lugar del intercambio. Por fin era el día de la verdad.
Al salir de la mansión, vio que en el cielo oscuro brillaba una luna rojiza. Recordó algo y le preguntó al hombre:
—Me dijeron que hoy hay una ‘vigilia de la luna roja’ en el templo central. ¿Tú no vas a ir?
La gente del continente creía que la ‘luna roja’ traía buena suerte. Como hoy era luna llena y encima caía en el ‘día de la fortuna’, el último día de la semana, todo el mundo estaba alborotado diciendo que era un gran presagio.
—¿Cómo me voy a ir si usted tiene cosas importantes que hacer? No entiendo por qué esos tipos quisieron hacer el trato justo hoy…
El hombre le comentó que el sumo sacerdote se había puesto triste porque Damian no iría. Damian se quedó mirando la luna roja en el firmamento.
—Es una pena perderme la bendición del sumo sacerdote, pero qué se va a hacer.
Dejó de mirar al cielo y empezó a dar órdenes a los caballeros de Rosana que estaban formados. Justo cuando iba a subir a su caballo, un sirviente llegó corriendo desesperado con una carta.
—¡Jovencito! ¡Jovencito! ¡Encontraron esto en el muro…!
Damian se bajó del caballo y le arrebató la carta. El sobre tenía el sello del gremio Beled. Al leer el contenido, sonrió.
—Parece que no tendré que cortar ningún dedo. El jefe de Beled resultó ser un buen padre después de todo.
Damian pensó en su propio padre y escupió al suelo con asco. Su viejo era peor que ese delincuente traidor.
No hubo ni un solo día en que no odiara a ese padre que maltrató a su primera hija hasta casi matarla, que vendió a la segunda a un país enemigo solo por un yacimiento de joyas.
Damian estaba pagando muy caro el haber sido un simple espectador para no complicarse la vida. Con Eliana ahora eran menos que extraños, aunque Isabella estaba viva, no sabía en qué estado se encontraba.
Para rematar, a su madre le habían diagnosticado una enfermedad terminal y le quedaba poco tiempo. Aun así, ella le ocultó su estado hasta el final porque no confiaba en su propio hijo.
Así, el resentimiento hacia su padre se volvió odio puro, ese odio intenso borró el miedo que tenía grabado en los huesos, transformando al hijo sumiso en un rebelde total.
—Díganle al jefe de Beled que venga él mismo a recoger a su hija.
Tras dar la orden, Damian subió a su caballo. Por fin iba a ver a Isabella. Se le aguaron los ojos; extrañaba demasiado a Bella, la única de su familia que de verdad se alegraría de verlo.
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