La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 315
—¡Yo… yo no he hecho nada! ¡No hice nada! ¡Oye, Flint! ¡¿Qué pasa con esa mirada como si fuera un sinvergüenza?!
Aunque alguna vez la quiso, ¡el primer amor no es un delito, pues! Claro que Hereise fue lo suficientemente inteligente como para no decir eso en voz alta. Si Flint era de los que le metían un puñete a un príncipe extranjero por puros celos, a su viejo amigo se lo bajaba de un patadón sin pensarlo dos veces.
Después de eso, Labrante siguió agarrando la mano de Eliana y no se cansó de criticar, diciendo que su esposo era un ‘incompetente’ por hacer sufrir a su mujer embarazada. Eliana le soltaba la mano y le respondía: —¡No hables mal de mi esposo! ¡De incapaz no tiene nada! ¡¿Cómo un incapaz iba a unificar el continente, ah?!
Los gritos de las dos mujeres pararon en seco cuando apareció la niñera diciendo que el pequeño amo no dejaba de llorar. Theodore, llorando a todo pulmón en brazos de la niñera, le puso fin a la pelea de los adultos.
Ya para cuando Theodore dejó de llorar y empezó a sonreír de lo más lindo, la conversación se puso más calmada. La santa y el gran duque Howard por fin dejaron de mirarse con odio.
—Laran, de verdad te has vuelto bien viva. ¿Así es como llegaste a ser la que manda en el Vaticano? Extraño a la Laran de antes…
Ante el lamento de Eliana, Labrante solo sonrió de oreja a oreja.
—Lia, eso es un cumplido, ¿no? Porque a mí me cae mal la ‘yo’ que tú conocías. ¿Entonces qué vas a hacer, Lia?
—Ay… Bueno, por el futuro de mi hijo, acepto tu plan.
En cuanto Eliana declaró que sería la carnada según el plan de la santa, se desató una bronca de pareja. Flint se puso hecho una fiera, pero esta vez toda su furia fue contra Eliana.
—¡¿Acaso me ves como un estúpido que no puede proteger ni a su propio hijo?!
Eliana tampoco se quedó callada y alzó la voz:
—¡¿Acaso piensas encerrarlo en la mansión toda la vida con el pretexto de ‘protegerlo’?!
—¡¿Y por qué no podría hacerlo?!
—¡Yo no quiero que mi hijo viva temblando por miedo a que lo secuestren! ¡Y yo también tengo el cabello rosado que esos tipos tanto buscan!
La pelea de los esposos estaba tan fuerte que la santa y el príncipe heredero se quedaron chiquititos, asustados.
—¡Tenemos que arrancar a esos tipos de raíz para que nuestro Theo esté seguro! ¡Yo tampoco puedo esperar diez años!
Flint fulminó con la mirada a Eliana y luego se la agarró con la santa.
—¡¿Tanto vale tu amistad con la santa como para aceptar un plan tan peligroso?! Ahora que lo pienso, hace un rato también estabas toda embobada con sus trucos…
Hereise se quedó frío al escuchar a Flint llamar ‘truco’ al poder sagrado de alto nivel que todo el mundo venera. No solo la santa se sintió insultada, sino que Ariel también estaba que echaba chispas de la indignación.
Pero el ambiente entre Flint y Eliana era el más crítico. Flint, especialmente, tenía una cara como si se le fuera a ir el aire.
—¿De verdad me amas, aunque sea un poquito?
—¡Flint!
—Ah, claro… Como tu vínculo con la santa viene de otra vida y es tan profundo, yo no le llego ni a los talones, ¿no? Perdona, me olvidé de cuál es mi lugar.
Ante el sarcasmo de Flint, Eliana se puso roja como un tomate y le pegó un grito:
—¡Por ti soy capaz de mandar mi amistad al desvío! ¡¿Cuántas veces tengo que decirte que te amo para que me creas?! ¡Tú eres el que dice que confía en mí, pero al final no me crees ni un poquito!
A la santa, que fue ‘choteada’ por su amiga, se le desencajó la cara, a Flint le pasó algo parecido. Ante esa declaración de amor tan repentina, al hombre se le pusieron las orejas rojas y bajó la guardia de inmediato. Al ver eso, la santa puso una cara de asco total y se tomó un vaso de agua helada.
Incluso después, Flint siguió terco en su posición y Eliana dejó de intentar convencerlo. Al final, la santa tuvo que proponer un trato medio:
—Está bien. Buscaré a otra carnada hasta que llegue el día de la luna roja. Si no encuentro a nadie, tendré que usar a Ariel, pues, qué se va a hacer.
Ariel se puso pálido como un papel, pero el muchacho aceptó con madurez. Al irse de la mansión, Labrante le hizo una advertencia muy seria a Eliana:
—Ni se te ocurra matar a Layla, Lia.
Labrante ya se había dado cuenta de que Eliana se moría de ganas de eliminar a Layla de la forma más dolorosa usando a Verom.
—Tengo que usarla para encontrar la guarida de los apóstatas. No puedo esperar diez años. Si me malogras el plan, no me voy a quedar de brazos cruzados.
—¡Ya ya, ya vete de una vez! ¡Ya dije que no la voy a matar!
Eliana se quedó pensando mientras despedía a su amiga. ‘¿Debería tirar sal para la mala suerte?’. Flint, mirando la espalda de la santa, soltó:
—¿Y si tiramos un poco de sal? O podrías dejarle de hablar, no me molestaría.
Eliana terminó riéndose por ese comentario. Después de eso, no pasó nada fuera de lo común… aparte de que Hereise se apareció caleta un par de veces por la mansión Howard.
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La habitación del edificio principal donde encerraron a Layla era mejor que la del anexo. Su vida allí era más cómoda, pero la vigilancia se puso mucho más brava. A diferencia de las empleadas del anexo, las del edificio principal no la ninguneaban de forma tan descarada, pero eso era todo.
Layla no tenía ni idea de qué rayos estaba pasando con su situación. Pero de una cosa sí estaba segura:
‘Lia de todas maneras me va a entregar al príncipe heredero. Solo está esperando el momento preciso’.
Layla apretó los dientes. Solo le quedaba una opción: aceptar la propuesta de Knox y entregar a Eliana al grupo de los magos negros.
Ahora era el todo o nada. Ya que la mala suerte se volvió a su favor y terminó en el edificio principal, valía la pena intentarlo.
‘Para usar la herramienta mágica que me dio Knox tengo que estar a solas con Lia… ¿Y si salgo corriendo del cuarto como si estuviera loca? Estoy segura de que la habitación de Lia queda por…’.
Mientras Layla le daba vueltas al asunto, la puerta se abrió de par en par y trajeron la comida. Las empleadas ya ni se molestaban en tocar; entraban al cuarto de Layla así nomás. Especialmente la encargada de la comida, que con una cara de pocos amigos y sin decir ni miau, dejaba la bandeja, mientras las otras se ponían a registrar todo con el pretexto de la limpieza.
Layla suspiró mientras miraba de reojo a esas empleadas tan malcriadas. ‘Si tan solo tuviera a alguien que me ayude entre este grupo. ¿No habrá alguien que también le tenga jerma a Lia? O alguna empleada lo suficientemente tonta como para dejarse comprar…’.
—¿No va a comer? ¿O va a volver a hacer huelga de hambre? Porque si es así, me llevo la comida de una vez.
La empleada que trajo el almuerzo hoy hablaba bien pesado, como si la hubieran obligado a hacer un trabajo que no quería. Layla reaccionó al toque y agarró el tenedor. Cada día cambiaban a la empleada que entraba, así que ¿cómo diablos iba a poder comprar a alguien?
‘Primero comeré. Tengo que estar fuerte’.
Layla pinchó un pedazo de bistec que se veía buenazo. En ese momento, la empleada se le acercó al oído y le soltó una frase en voz muy bajita:
—Mejor no coma ese bistec. Tiene Verom.
—¡¿Qué?!
Layla pegó un salto del susto y soltó el tenedor. La empleada, dándose cuenta de que las otras mujeres estaban mirando, arrugó la cara y gritó:
—¡Señorita! ¡¿Otra vez con sus berrinches?! ¡Por más que haga eso, no vamos a dejar que salga de su habitación!
Ante ese reclamo tan atrevido, las otras empleadas no dijeron nada. Y es que Layla ya tenía antecedentes de declarar huelgas de hambre y hacer escándalo para que la dejaran salir. Terminaron sus tareas y salieron del cuarto como si estuvieran escapando.
En cuanto se quedaron a solas, Layla preguntó de inmediato:
—¿Q-qué dijiste? ¿Veneno…?
—Shhh, cállese. Está hablando muy fuerte.
La empleada le llamó la atención, le puso un tenedor nuevo y le susurró:
—Me enteré de que usted, señorita, está planeando algo para fregar a la gran duquesa, ¿verdad?
Layla lo negó al instante.
—Yo no he hecho na…
—Los gran duques ya saben toditas sus intenciones.
—¿Qué?
A Layla se le desencajó la cara. La empleada chasqueó la lengua y siguió:
—Los patrones ya saben que usted se mensajea con los magos negros. ¿De verdad pensó que se le iba a escapar a la gran duquesa? Ella tomó el control de esta mansión apenas se casó… Usted está bailando en la palma de su mano.
Layla estaba tan en shock que no podía ni hablar. La empleada se encogió de hombros y continuó:
—En esta casa no hay nadie que no sepa que usted es una criminal que usa magia negra. ¿Por qué cree que cada vez son menos las empleadas que vienen a atenderla? Todas tienen miedo de que se les pegue la magia negra y se la pasan yendo al templo por si acaso.
Recién ahí Layla se dio cuenta. Las empleadas que entraban ni siquiera la rozaban, si por casualidad se chocaban con ella, daban un salto de horror.
—Incluso la jefa sabe que usted quiso secuestrar al pequeño amo.
—¿C-cómo…?
Sin querer, se le escaparon las palabras y Layla se tapó la boca. ‘A lo mejor esta empleada es una infiltrada que mandó Lia. No puedo confiar en ella’. Mientras Layla miraba a todos lados bien asustada, la empleada le dijo como si fuera una tonta:
—Vaya, qué difícil es que reconozca a alguien que está de su lado… ¿Por qué cree que le advertí que la comida tenía veneno? Yo estoy de su parte.
Layla se la quedó mirando como si estuviera escuchando la cosa más rara del mundo. A la empleada no le importó la reacción y siguió hablando:
—La gran duquesa confía bastante en mí, así que puedo ayudarla. Yo trabajo bien cerca de ella.
Trabajar cerca de Eliana significaba que había pasado su filtro tan exigente. A Layla le pareció que la cara de esa empleada se le hacía conocida y achicó los ojos. Ahora que lo pensaba, creía haberla visto varias veces cuando Lia tomaba el té.
—¡¿Qué?! Ese día el mocoso salió detrás de Lia, ¡estoy segura!
exclamó Layla, pegando un brinco por la impresión ante lo que decía la empleada.
—Así es. Todos pensaron que el sacerdote Ariel se había ido con la jefa. Pero ese era Max, un sirviente disfrazado con la túnica de sacerdote. El verdadero sacerdote salió mucho después. ¿Entiende lo que eso significa?
A Layla le recorrió un escalofrío por la espalda. ‘Lo hicieron a propósito para engañarme… ¿O sea que el sacerdote se quedó en la mansión ese día? ¡¿Y encima escuchó mi conversación con Knox?!’.
‘¡Por eso Knox estaba tan asado diciendo que sentía un poder sagrado cerca…!’, pensó Layla, entendiendo por fin por qué él había borrado el círculo mágico y se había largado. De inmediato, miró a la empleada. ¿Por qué ella le contaba todo esto? ¿No decía que era del círculo cercano de Lia?
—Seguro se pregunta por qué estoy de su lado. Yo les tengo un hambre a los gran duques… La gran duquesa torturó a mi padre sin piedad solo porque él era un soplón del inspector general. ¡Y eso que mi padre le fue fiel a los Howard toda su vida!
Recién ahí Layla se acordó de quién era: ¡era la chica que siempre andaba pegada a Jane! La empleada, con los ojos llorosos, continuó:
—Mi padre se suicidó para salvarme la vida. Pero esos dos, los señores del Norte, igual querían mi cabeza. Al final, tuve que jugarme el todo por el todo para sobrevivir. Y aquí me tiene, respirando todavía… Me convertí en la empleada directa de la tontita de Jane.
Ena, la empleada, soltó una sonrisa de medio lado. Layla se estremeció al sentir tanto rencor. ‘¡Exacto, este es el tipo de gente que necesitaba!’.
—Yo soy joven y no tengo fuerza, por más que quiera no puedo vengarme de los asesinos de mi padre. Tampoco tengo el valor para meterme con la magia negra. Pero usted, señorita, usted sí podría.
La empleada realmente se veía consumida por la venganza. Layla escuchó con atención cada palabra. Ena se mandó con todo:
—Me ofrecí de voluntaria para atenderla a usted, cuando todas le corren, solo para ayudarla. ¿Podría cumplir mi venganza por mí?
Como Layla no respondió al toque, Ena hizo el amague de irse.
—Bueno, si no quiere, ni modo. Yo también valoro mi vida, sabe. Pensé que esta era la oportunidad de oro, pero… una sirvienta como yo qué va a estar pensando en venganzas, mejor sigo viviendo mi vida así nomás hasta que me muera.
Ena puso una cara de pena total. Al verla así, Layla le agarró las manos rápido.
—Espera. ¡Qué apurada eres!
Layla le sujetó fuerte las manos y le hizo una promesa:
—Te juro que haré que Eliana Rosana muera de la forma más miserable. Y Gran Duque Howard se va a volver loco cuando sepa que su esposa ha sido secuestrada.
Ante eso, Ena sonrió de oreja a oreja. Layla, emocionada con su nueva aliada, le preguntó al tiro:
—¿Cuándo sale la luna roja? Ese día tengo que estar a solas con Lia. Llévame a su cuarto o a donde sea que esté sola. Tiene que ser solo nosotras dos, nadie más. Eso significa que el gran duque Howard tampoco debe estar cerca.
Ena le respondió sin rodeos:
—La luna roja sale en tres días. No se preocupe, que ese día el gran duque se va a perseguir al duque Rosana, que se ha fugado.
—¡¿Qué?! ¡¿El duque Rosana se escapó?!
Layla se quedó fría, Ena la miró con una cara de ‘pobrecita’. La fuga del duque Rosana ya era noticia vieja en todo Bianteca.
—De verdad que usted no sabe nada de nada. Al duque se le escapó a la gente del Vaticano cuando se lo estaban llevando. El príncipe heredero le ha ordenado al gran duque que lidere el escuadrón de búsqueda.
—¡¿Y cuándo sale la expedición?!
—En tres días.
‘¡El día de la luna roja, el gran duque Howard no va a estar en la mansión!’. A Layla le brillaron los ojos. Todas las condiciones del plan de secuestro de Knox se habían cumplido. Layla se tapó la boca, aguantando la emoción que sentía en el pecho.
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