La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 312
A decir verdad, Carter detestaba al Duque Sanders. Era el tipo de sujeto que nunca movió un dedo para ayudar a Beatrice mientras ella era humillada por su hijastro. Él era frío con su prima lejana, Beatrice, pero adoraba a su propia hija. Sin embargo, por esa misma razón, tuvo que tirar a la basura la oportunidad de tener al futuro emperador como yerno; y eso, a Carter, le daba un gusto enorme.
—¿Le duele tanto que la princesa Liliana haya roto el compromiso? Pero, siendo honestos, si usted ni siquiera la quería, ¿por qué reacciona así?
Carter hurgó sin piedad en la herida de Hereise.
—Sinceramente, me da pena el joven duque Rosana. En cuanto su amante le dijo que ambicionaba la corona de la emperatriz, él se hizo a un lado sin problemas, ¿no es cierto? Incluso ahora, el joven duque Rosana sigue mirando a la señorita Liliana con una devoción que desgarra el alma.
—…….
—Por eso dejó que ellos dos se sigan viendo a sus espaldas, ¿verdad? Pero, al fin y al cabo, fue usted, Alteza Hereise, quien separó a esa pareja que estaba bien. Y encima, se las da de misericordioso…….
Los ojos de Carter se llenaron de veneno.
—Su Alteza el Príncipe Heredero es igualito a su padre, Su Majestad el Emperador. Él es exactamente así. ¿Sabe qué dijo el emperador cuando se enteró de que Lady Beatrice era estéril y la vio llorar?
Continuó hablando mientras rechinaba los dientes con rabia.
—Dijo, con toda la frescura del mundo, que debería considerarse afortunada, porque muchas mujeres mueren dando a luz. Que para qué se buscaba desgracias ella misma.
El día que escuchó eso, la emperatriz Beatrice se aferró a Carter y lloró desconsoladamente. Decía que eso solo significaba que, si ella hubiera llegado a engendrar un heredero imperial, él la habría matado.
—…….
La cabeza de Hereise cayó sin fuerzas. Él había detestado a su madrastra por mucho tiempo y ahora incluso la odiaba, pero no era capaz de decir ni una sola palabra sobre las desgracias que ella había sufrido.
Carter, tras haberle bajado los humos por completo al príncipe, mostró los dientes en una sonrisa. Sin embargo, su expresión se fue apagando poco a poco. Aunque había pasado años trabajando como espía para la emperatriz, no es que no le tuviera cariño al príncipe. Al contrario, el afecto era profundo.
Durante siete años sirvió al príncipe con esmero. Después de todo, era el heredero del imperio donde él nació y creció. Tenía que ganarse su confianza para convertirse en su mano derecha.
Visto de cerca, Hereise era una persona tan admirable como su noble linaje. Era tan generoso y amable con sus subordinados que, en muchísimas ocasiones, Carter se sintió conmovido. Entre los nobles, no había mucha gente con esa calidad humana; la misma emperatriz Beatrice era una jefa implacable con sus sirvientes.
Por eso, llegó a querer bastante a Hereise y, por irónico que fuera, terminó naciendo en él una lealtad real. Cuando la emperatriz Beatrice dijo que mataría al príncipe para poner al Archiduque Howard en el trono, Carter se entristeció en su fuero interno.
Pero el Archiduque Howard no tiene intenciones de arrebatar el trono para vengar la tragedia de sus padres. Al final, parece que el príncipe Hereise será quien se alce con la victoria.
Siendo así, él no podía desmoronarse de esta manera. Lo correcto era que se levantara de inmediato y se deshiciera de este traidor atrevido. ¿Por qué seguía él con vida? Carter rugió:
—Alteza Hereise, ¿cómo se va a quebrar y a dejar herir por algo así? Por eso hasta un simple sirviente como yo se está burlando de usted y se pone así de faltoso.
Carter recordó lo feliz que se veía Beatrice al completar su venganza. Para Hereise, aquello era una desgracia equivalente a una catástrofe. Seguramente su fortaleza mental había llegado al límite y por eso se derrumbó tan fácil. Carter no pudo evitar aconsejarlo:
—No se tenga lástima a sí mismo. Todo el mundo carga con alguna desgracia. El Archiduque Howard, que está ahí parado, nunca recibió ni un gesto de cariño de sus padres, y la Archiduquesa que está a su lado tampoco tuvo padres de verdad.
Pero, a pesar de eso, el príncipe sufría como si se fuera a morir por ese nivel de desdicha. Al ver al príncipe tan destrozado, a Carter se le hizo un nudo en la garganta por un momento.
Sin embargo, su lealtad hacia su verdadera señora, la emperatriz Beatrice, era más fuerte. Carter continuó con malicia, destilando veneno en sus palabras:
—Comparado con ellos, usted recibió suficiente amor de sus padres, y en cuanto el lugar de su madre quedó vacío, tuvo una nueva madre de inmediato, ¿acaso eso no es ser feliz?
Al mencionar a la emperatriz, Hereise levantó la cabeza de golpe y lo miró con furia. De sus ojos azules como el mar volvieron a brotar las lágrimas. Se veía terriblemente agobiado, y a Carter le costaba soportar esa imagen.
—¡No se haga la víctima! ¡Por más grande que sea el dolor de Su Alteza, no se compara con el de Lady Beatrice, quien fue traicionada por el esposo en quien confiaba y encima quedó estéril!
Al salir a la luz las perversidades cometidas por el emperador Leopold, Hereise se mordió el labio. Pero esta vez no bajó la cabeza. En sus ojos húmedos se extendía una mezcla de melancolía y culpa. Carter le agarró la mano y gritó con el rostro desencajado:
—¡Usted no tiene derecho a ponerle un dedo encima a Lady Beatrice! ¡Si nos ponemos a pensar, toda la infelicidad de Lady Beatrice fue por su culpa!
—¿Que mi madrastra es infeliz? ¿Que es por mi culpa?
Al ver que Carter defendía tan fervientemente a la emperatriz, Hereise finalmente pudo hablar. Reaccionó con una indignación débil:
—¿Pero qué demonios le hice yo tan malo a mi madrastra?
—¡¿Acaso no hizo usted cada una de las peores cosas que un hijastro puede hacer solo porque ella le caía mal?! ¡¿Alguna vez la trató como a una madre?!
—Mi madrastra tampoco me consideró nunca como a un hijo. ¿Por qué tendría que haberla tratado yo como a una madre?
Tal como gritaba Carter, Hereise odiaba a la emperatriz Beatrice. Todo empezó desde aquel día en que, siendo un niño que lloraba por extrañar a su madre fallecida, vio a una de las damas de compañía salir del dormitorio de su padre.
Cuando esa sirvienta se puso la corona de emperatriz y se convirtió en su madrastra, ese odio se hizo más profundo. Sin embargo, aunque Hereise la fastidiaba con cosas pequeñas, nunca llegó a amenazarla de forma real. Así como la emperatriz Beatrice jamás envió sicarios para atentar contra la vida de Hereise, él hizo lo mismo. La relación de ambos no pasaba de ser una pelea constante pero sin golpes mortales.
—¡Usted la atormentó durante años!
—Que yo atormenté a mi madrastra……. ¿Solo por esa estupidez?
Desde pequeño, Hereise le hacía desplantes a su madrastra y le arruinaba sus planes. Cuando creció, le arrebató el control de la vida social de la corte. Si se miraba bien, sí, era acoso. Pero, ¿acaso por ‘solo eso’ tenía que pagar un precio tan terrible?
—¿’Solo eso’? De entrada, el poder que ambos tenían era muy distinto, ¡¿cómo no se da cuenta de que cada pequeña acción de Su Alteza era un puñal para ella?!
—¿O sea que por eso te pusiste a mi lado? ¿Para hacerme daño en el momento justo?
Hereise murmuró temblando de rabia.
—Qué mujer tan calculadora y malvada. Menos mal que la maté antes de venir.
Al oír eso, el rostro de Carter se desencajó por el shock. Su cuerpo empezó a sacudirse como una hoja.
—Be, be, be, ¿que Lady Beatrice mu, murió……?
Hereise soltó una carcajada y dijo:
—Así es, la maté con mis propias manos. ¿Por qué tendría que dejar viva a esa fuente de desgracias? ¡Me arrepiento de no haberlo hecho antes! ¡De verdad que me arrepiento…..!!
La voz baja de Hereise se transformó al final en un grito desgarrador.
—Có, cómo pudo…….
La cara de Carter pasaba del rojo al azul por la impresión. Al verlo, Hereise torció la boca en una mueca. Carter, ya totalmente fuera de sí, empezó a chillar:
—¡¿Por qué la mató?! ¡Lady Beatrice me puso a su servicio, pero jamás me ordenó que le hiciera daño! ¡Ella me puso a su lado solo para defenderse!
—Yo tampoco le hice daño a mi madrastra. Además, mi padre la amaba muchísimo. La convirtió en la mujer más importante de Bianteca y le dio toda la riqueza y la gloria del mundo. ¿Cuál era el maldito problema entonces?
A veces, Hereise pensaba que su padre amaba más a Beatrice que a su difunta madre. Quizás por eso la odiaba más.
—¿Que el Emperador amaba mucho a Lady Beatrice?
Carter preguntó retóricamente, como si no pudiera creer lo que oía. ¿Qué hombre en este mundo dejaría estéril a la mujer que ama? Carter explotó:
—¡Su Majestad el Emperador amaba mil veces más al hijo de su primera esposa que a su segunda mujer! ¡Ni siquiera le dio a Lady Beatrice la oportunidad de tener un hijo imperial! ¡¿Sabe cuánto sufrió ella?! ¡A esa pobre mujer, usted le hizo……!
Carter, sollozando, agarró al príncipe por las solapas. Hereise miró a aquel hombre sumido en la frustración y la desesperación. De pronto, le entró la risa. Hereise susurró con una sonrisa de oreja a oreja:
—Tu ama está muerta. Grábatelo bien.
—¡No! ¡Diga que no es cierto! ¡Es mentira……!!
—Jajajajaja. ¿Por qué piensas que es mentira? ¿Para qué mentiría yo? Si es una mujer que merecía morir.
Hereise seguía riendo mientras las lágrimas rodaban por su cara. Soltaba carcajadas como si hubiera perdido el juicio. En sus ojos azules vacíos se reflejaba el rostro desencajado del sirviente.
—¡Maldito hijo desalmado! Aunque muera, te voy a maldecir y voy a…… ¡aghk!
La maldición de Carter se cortó en seco. Una daga que voló velozmente rozó la oreja de Hereise y se clavó directo en el cuello de Carter. El cuerpo del sirviente se desplomó contra el suelo, mientras unos mechones de cabello rubio cortados flotaban por el aire.
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Quien lanzó la daga fue Flint. Ya no aguantaba más, la situación se había vuelto un circo. Como ya no podía seguir viendo ese espectáculo, su mano se movió antes de pensarlo.
Hereise, tambaleándose, giró el cuerpo y se quedó mirando a Flint con la mirada perdida. Flint preguntó con una calma absoluta:
—¿Todavía no debía morir?
—No……. Gra, gracias…….
Al escuchar el ‘gracias’ de Hereise, Flint frunció el ceño. No le había gustado nada verlo ahí, parado como un tonto, escuchando las sandeces que soltaba ese sirviente. ¿Qué significaba esa actitud tan debilucha? De pronto, a Flint le hirvió la sangre.
Justo antes de que explotara en un grito, Eliana habló:
—Solo son palabras que alguien que está por morir soltó al azar. No les preste atención.
—No está del todo equivocado.
La voz quebrada de Hereise estaba cargada de arrepentimiento y culpa. Se quedó sentado en el suelo, mirando con tristeza al sirviente que acababa de expirar.
—Carter de verdad me cuidó con mucha dedicación. Pensar que todo fue mentira……. Ahora que lo recuerdo, creo que alguna vez me dijo, como quien no quiere la cosa, que intentara llevarme bien con mi madrastra. Claro, si yo no hubiera existido, mi madrastra habría tenido un heredero imperial……. Entonces mi padre tampoco habría hecho eso…….
Flint terminó perdiendo la paciencia y le rugió:
—¡Qué poco hombre! ¡¿Qué piensas hacer con esa actitud tan cobarde……?!
Al ver el rostro de Hereise empapado en lágrimas, Flint soltó una lisura. Hereise dijo sin fuerzas:
—Flint, mi padre……. Mi padre…….
Parecía que el dolor no lo dejaba ni articular palabra. Flint no quiso escuchar más y se dio la vuelta. El sonido de sus pasos pesados se fue alejando. Eliana también volteó para que Hereise pudiera ordenar sus sentimientos a solas.
—Lia.
Hereise llamó a Eliana, haciendo que se detuviera.
—Quisiera arrancarme la sangre que corre por mis venas.
—…….
Eliana sabía perfectamente qué clase de culpa sentía el príncipe. Ella también había sufrido muchísimo por las atrocidades que cometieron sus padres.
—Nunca había odiado tanto ser el hijo de mi padre. ¿A ti también te ha pasado?
Ante la pregunta de Hereise, Eliana miró de reojo hacia atrás. En ese momento, se escuchó el portazo de una puerta. Parecía que Flint finalmente había salido del sótano. Solo entonces, Eliana abrió la boca:
—Sí. Siempre me pasa.
Tras decir esto, Eliana también se alejó de él. Después de caminar un poco por el pasillo oscuro, aparecieron las escaleras que daban a la salida del sótano. Cuando estaba por subirlas, vio una silueta parada frente a la puerta.
—Ah, Flint…….
Mientras Eliana dudaba, el hombre bajó de un salto y la tomó de la cintura. Su cuerpo fue jalado con fuerza hasta que su nariz chocó contra el pecho de él.
—¿Por qué hizo como si se hubiera ido?
Ante el reclamo algo engreído de Eliana, Flint respondió:
—No hice como si me hubiera ido. Solo abrí la puerta, pero de pronto sopló un viento y se cerró sola, ¿qué le parece?
Eliana soltó una risita incrédula ante semejante mentira. ¿Qué viento iba a soplar dentro de la mansión? Ante la mirada fija de Eliana, a Flint no le quedó otra que confesar:
—¿Cómo la voy a dejar sola cuando está con un loco y un cadáver?
—Un loco…….
La forma en que Flint se refería a Hereise no tenía ninguna contemplación. En ese momento, se escuchó un sollozo desde atrás. Al oír el llanto desconsolado de Hereise, Eliana lo apresuró:
—Vámonos de una vez.
Los dos subieron las escaleras a paso rápido. La puerta del sótano se abrió y se cerró otra vez. Esta vez, Flint tuvo la delicadeza de cerrarla despacio. Fue un gesto de consideración por aquel que se quedaba adentro llorando a mares.
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Apenas llegaron a la habitación privada, Flint le puso un chal grueso sobre los hombros de Eliana. Como el sótano estaba bastante helado, Flint acercó un sillón frente a la chimenea. No se olvidó de sentar a su esposa y de cubrirle las rodillas con una manta.
Entonces, Eliana abrió los brazos. Por alguna razón, esa imagen le recordó a Flint a su hijo estirando las manos para que lo cargaran, y soltó una pequeña risa. El hombre la abrazó con fuerza, tal como ella quería.
Flint susurró:
—Se le ve muy agobiada.
—Estoy un poco confundida.
Eliana soltó un largo suspiro. Le dolía la cabeza de ver cómo pasaban una tras otra cosas que no ocurrieron en su vida pasada.
—En mi vida anterior no pasó nada de esto. No puedo predecir absolutamente nada…….
—Que usted y yo nos convirtiéramos en esposos tampoco era algo que debía pasar, ¿no?
—Eso es algo que yo quise.
Ante la respuesta de Eliana, las comisuras de los labios de Flint se elevaron ligeramente. Él besó el dorso de su mano y dijo:
—Ya lo dijo Hereise. Mató a la emperatriz Beatrice. Ya no tiene por qué preocuparse de eso.
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