La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 310
Ariel, llorando a moco tendido, dijo:
—No puede ser… ¡Buaaa! Si Layla muere, la Santa se va a meter en un problemón.
Jane miró a Ariel de reojo, pero al ver las lágrimas del muchacho, le habló con un tono un poco más suave:
—No se preocupe. En realidad, Su Excelencia no tenía la menor intención de ejecutar a Layla. Debe ser porque valora mucho su amistad con la Santa.
Eliana confiaba en Labrante. Estaba segura de que, tal como en su vida pasada, estaban pasando cosas que escapaban al control de su amiga, y por eso quería evitarle dificultades. Como Ariel andaba repitiendo a cada rato que matar a Layla sería el fin para Labrante, Eliana decidió aguantarse una vez más.
Por eso, aunque de la boca para afuera le gritó a Jane que la ejecutara, le hizo una seña caleta con la mirada. Jane captó al toque la intención de su señora y solo hizo la finta de que iba a matarla, cuando en realidad ya había dejado otras órdenes.
—A Layla solo le he puesto arresto domiciliario. Y esas ‘horas de té’ entre esa mujer malvada y Su Excelencia se acabaron para siempre.
Recién con las palabras de Jane, Ariel se dio cuenta de la verdad: Eliana lo había agarrado de punto. El muchacho, que ya había soltado toda la sopa, se desplomó en el suelo agarrándose la cabeza. Ahora que lo pensaba, había hablado de más y contado cosas que debían ser alto secreto.
—¡Noooo! ¡Qué he hecho!
¡Con razón la Santa le había dicho que tuviera mucho cuidado con lo que decía frente a Su Excelencia! Pero por más que se arrepintiera, ya era demasiado tarde.
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Al día siguiente, Eliana le envió una carta a Labrante. Sentía que, de todas maneras, era necesario tener una conversación seria con su amiga. Flint, por su parte, redactó una carta oficial de protesta dirigida al Vaticano por canales informales. Eliana quiso aprovechar para meter una hoja más dentro del sobre.
—Agreguemos mi carta también.
El contenido era breve y directo:
「Layla Rosana ha fallecido por mano propia, consumida por el dolor de haber perdido a su hijo y por la culpa de haber recurrido a la magia negra. Es una pena que se lanzara al fuego en su habitación, por lo que no han quedado ni sus restos. Confío en que, al menos por su muerte, rezarán por el descanso de su alma.
Supongo que Su Santidad compensará el descuido del Ducado Howard en la custodia de la prisionera pasando por alto el hecho de que intentó usar a mi hijo como carnada. Espero que recuerde que mi amistad con la Santa ha influido mucho en esta decisión tan generosa.
En adelante, preferiría no tener que escribirle de forma personal.
Deseando que la voz sagrada de Dios llegue a oídos del Papa,
Eliana Howard」
¿’Voz sagrada’? Ni hablar. Lo que ella quería era que le cayera un rayo. Eliana dobló la carta y la metió al sobre de un tirón.
En ese momento, llamaron a la puerta y Gilbert entró.
—Su Alteza el Príncipe Heredero ha llegado. Está esperando en el salón de visitas.
Tal como esperaban, el Príncipe vino volando al Norte. Eliana salió de la habitación junto a Flint.
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Mientras los Duques se reunían con el Príncipe para tener una conversación privada, Layla temblaba de ansiedad en su cuarto. Desde ayer le habían restringido todos sus movimientos.
Primero le dijeron que no saliera del pabellón anexo, pero luego vino Jane y le notificó que tenía terminantemente prohibido salir de su habitación. O sea, estaba bajo arresto domiciliario.
‘¿Por qué de un momento a otro? ¡Solo falta que me metan a una celda, porque esto es prácticamente un secuestro!’.
Sintiéndose acorralada, Layla se metió al cuartito del fondo y contactó de inmediato a Knox.
— ¡Sácame de aquí ahora mismo! ¡Ya no aguanto un minuto más! ¡Y dame mi medicina de hoy primero!
Layla suplicó, pero Knox, en lugar de ayudarla a escapar, la amenazó usando la medicina que prolongaba su vida.
— Si quieres tu dosis, haz lo que te digo. El plan es perfecto, solo tienes que ejecutarlo. ¿Ves qué fácil es? Toma, agarra esto.
— ¿Qué es esto? ¡Te dije que me dieras mi medicina, no esta tontería!
— ¡Por eso te digo que hagas lo que te mando!
Su cuerpo reclamaba la medicina a gritos, pero como se la habían cortado, Layla estaba que se volvía loca. Por más que le reclamara, Knox no le hacía ni caso. Es más, le soltó una advertencia:
— ¡Ya no puedo quedarme aquí, siento una energía sagrada de porquería que me quema! Dicen que pronto habrá luna roja, ese día es cuando tienes que usar eso. Ya sabes cómo funciona, ¿no? Si quieres seguir viva, hazme caso.
Con esas últimas palabras, el círculo mágico de comunicación con Knox desapareció. Layla se sintió como si la hubieran abandonado en una isla desierta.
— ¡Maldito seas, Knox! ¡No se puede confiar en nadie en este mundo!
Layla estaba echando chispas cuando escuchó que tocaban la puerta. Miró hacia el cuartito con la cara iluminada por la esperanza. ‘¿Será que Knox regresó?’. Pero el sonido venía de la puerta de entrada.
Es más, antes de que Layla pudiera decir ‘pase’, la puerta se abrió de par en par. Era Clara, la jefa de empleadas, acompañada de un batallón de sirvientas. Layla las miró con furia por semejante falta de respeto, pero ellas entraron sin pedir permiso.
—Invitada, vamos a cambiarla de habitación.
Layla retrocedió ante la mirada severa de la jefa de empleadas y gritó:
— ¡No… no es necesario! ¿Por qué no me dejan salir de mi cuarto? ¡Llamen a Lia! ¿Saben las estupideces que me dijo la mocosa de Jane? Se cree la Gran Duquesa dándome órdenes…
Clara ni le prestó atención y les hizo una señal a las empleadas. Al toque, las mujeres agarraron a Layla de ambos brazos.
— ¡Suéltenme! ¡¿Qué creen que están haciendo?!
—Invitada, solo la estamos mudando de cuarto.
—No haga escándalo y colabore de una buena vez.
Las empleadas ya ni siquiera la llamaban ‘señorita’. Layla forcejeó gritando:
— ¡Dije que no quiero! ¡Me gusta este cuarto!
Clara le habló con un tono autoritario:
—No rechace la generosidad de Su Excelencia. La estamos pasando a una habitación mucho mejor en la mansión principal, así que no tiene por qué hacerse la difícil.
‘La mansión principal’. Al oír eso, a Layla se le prendió el foco. Justo eso era lo que Knox le había encargado de forma unilateral: que se mudara a la mansión principal para que fuera más fácil cumplir con el plan.
Layla se puso a pensar.
‘Ya. Si hago lo que dicen, podré largarme de aquí rápido. Knox prometió que vendría a buscarme sí o sí, ¿no? Y así me daría más medicina. Pero si fallo… es demasiado peligroso, ¿no?’.
Layla miró hacia el cuartito, pero luego sacudió la cabeza y gritó:
— ¡No! Me quedo en este cuarto. ¿A la mansión principal? Eso es demasiado para una arrimada como yo. Al menos tengo algo de vergüenza.
—Si tuviera vergüenza, obedecería las órdenes de la Gran Duquesa.
Layla estuvo a punto de explotar por el comentario venenoso de Clara, pero las manos toscas de las empleadas fueron más rápidas. Cuando empezaron a arrastrarla por el suelo, Layla se puso a chillar como loca:
— ¡Suéltenme! ¡Dije que me suelten! ¡Soy la prima de Lia! ¡¿Cómo se atreven a faltarme el respeto así?! ¡Le voy a decir a Lia y se van a arrepentir, par de igualadas!
Layla empezó a hacer un berrinche terrible, pero las empleadas del pabellón anexo, que ya estaban curtidas después de haber lidiado con Eliza, ni parpadearon. Más bien, se burlaban por lo bajo al ver a Layla haciendo el ridículo sin darse cuenta de su realidad.
Sea lo que sea que haya pasado, la Gran Duquesa ya no tenía la más mínima intención de seguir tratándola como una invitada de honor. ¿Acaso la señorita Jane no había dado la orden tajante de encerrar a esta mujer y no dejarla dar ni un paso fuera de su cuarto?
Al igual que Eliza en su momento, las empleadas ya se habían dado cuenta al toque del cambio de situación de Layla y, como por arte de magia, su actitud hacia ella se había vuelto fría desde hacía rato.
—¡Ya van a ver, todas ustedes! ¡Suéltenme!
Layla terminó siendo arrastrada hasta la entrada. Como no dejaba de hacer un escándalo insoportable, Clara le soltó una advertencia amenazante:
—Su Alteza el Príncipe Heredero ha tenido la gentileza de venir. Compórtese cuando lleguemos a la mansión principal. Si no lo hace, no nos va a quedar otra que usar la fuerza con usted.
‘El Príncipe Heredero’. Al oír eso, los ojos de Layla casi se salen de sus órbitas. Se puso extremadamente nerviosa.
‘¿El… el Príncipe? ¿Qué hace él en la residencia del Duque? Si me dijeron que el Duque Howard le había tirado la puerta en la cara…’.
De pronto, el terror se apoderó de ella.
‘¿No será… que Lia me va a entregar al Príncipe? Por eso me encerró en el cuarto…’.
El rostro de Layla se deformó por la angustia. Sintió que Eliana la había traicionado. ¡Ella había cooperado en todo lo que le pidieron y así le pagaban! ¡Lo de cambiar de habitación era puro floro para entregarla en bandeja de plata al Príncipe!
En ese plan, decidió cerrarse en banda y no moverse.
—¡No voy! ¡No pienso ir! ¡Si me quieren llevar, van a tener que matarme primero!
Layla forcejeaba pensando que, si salía del pabellón anexo, estaba frita. Max, uno de los sirvientes que observaba el chongo en silencio, se acercó a grandes zancadas. De un golpe seco en la nuca, dejó a Layla inconsciente.
—Qué tipa para más pesada. Llévensela de una vez. Rápido.
Las empleadas se movieron con más prisa.
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El sótano del Ducado Howard, donde tantos norteños habían sido torturados y ejecutados, se sentía tétrico. Había manchas de sangre seca por todos lados y el ambiente era de terror. Parecía que en cualquier momento algo iba a salir de las sombras.
Carter, que había recibido una paliza de aquellas por parte de Alex, el caballero de Howard, estaba hecho un desastre. Después de hacerse el duro y cerrar la boca, finalmente soltó el paradero del Príncipe para poder respirar un poco.
Sin embargo, no dijo ni una palabra sobre por qué el Príncipe se había puesto pálido y se había largado volando al palacio de verano. Eso era secreto de estado y no lo soltaría ni aunque le pusieran un cuchillo en el cuello.
Pero la situación era insoportable. Entre los golpes y estar encerrado en esa celda oscura y sin probar bocado, su resistencia se estaba quebrando. Solo había pasado un día, pero fue suficiente para desmoronar la mente de un sirviente acostumbrado a la vida cómoda junto al Príncipe.
‘¿Por qué el Duque Howard me hace esto? Solo soy un sirviente que atiende a Su Alteza…’.
De pronto, Carter contuvo el aliento.
‘¿Y si… el Duque Howard planea una traición contra el Príncipe? ¡Por eso me ha encerrado a mí, que soy su hombre de confianza!’.
Al empezar con esos pensamientos negativos, su imaginación voló sin frenos.
‘Está claro, el Duque Howard quiere el trono. Por eso me ha dejado en este estado. ¿Al final se va a cumplir el deseo de Su Majestad la Emperatriz? ¿El Duque de verdad se convertirá en Emperador…?’.
Carter empezó a reírse solo, pensando que el deseo de su verdadera dueña se haría realidad. Pero luego, al recordar su situación, se puso serio de nuevo.
—¿Y qué va a pasar conmigo…?
Carter se encogió en un rincón, temblando como un fideo. El Norte era ahorita una tierra sin ley donde la mano de la familia imperial no llegaba. Aquí no podía esperar que la Emperatriz lo protegiera.
‘¡Tengo que contarle todo al Duque ahora mismo para salvar mi pellejo! No puedo dejar que me maten como a un perro solo por creer que soy el aliado fiel del Príncipe’.
‘¡Sí, voy a decir quién soy realmente!’.
Carter, que hasta hace poco se lucía como el más leal de los servidores del Príncipe guardando silencio, se convirtió en un traidor en menos de un día. Aunque, técnicamente, como ya era un soplón de la Emperatriz infiltrado en el palacio, no era tanto una traición.
—¡Señor caballero! ¡Voy a hablar! ¡Dígale al Gran Duque Howard lo que tengo que decir! ¡Su Majestad la Emperatriz, que está detrás de mí, será un gran apoyo para su causa! ¡Por favor, déjenme ver al Duque!
Carter gritaba hasta quedarse afónico. Repetía una y otra vez que él era un hombre de la Emperatriz. Rezaba para que alguien lo escuchara y le pasara la voz al Duque.
Pero no había respuesta. Carter se puso sumamente ansioso. Tal vez lo habían dejado ahí tirado para cortarle la cabeza de un momento a otro. Podía ser hoy mismo. Si eso pasaba, moriría sin siquiera poder defenderse.
—¡Yo no soy del Príncipe, soy un hombre de Su Majestad la Emperatriz! ¡Le he servido fielmente por más de diez años!
En eso, la puerta del sótano se abrió con un chirrido: *¡creeeak!*. Carter, que ya estaba medio loco, no escuchó el ruido y siguió gritando:
—¡Gran Duque Howard! ¡Incluso si ya eliminó al Príncipe Heredero, la Emperatriz lo ayudará para que suba al trono sin problemas! ¡Yo también daré mi vida para apoyarlo……!
Varios pasos se acercaban a la celda. Carter, sumergido en su desesperación, tampoco los oyó.
—¡Yo solo era un espía cumpliendo órdenes de la Emperatriz! ¡Que alguien le diga al Duque lo que estoy diciendo!
Una sombra se proyectó sobre el cuerpo de Carter, que seguía suplicando. Al sentir la presencia, levantó la cabeza y sintió que el corazón se le detenía. El Príncipe Hereise estaba parado frente a él, con su joven sirviente al lado.
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