La Emperatriz que regresó en el tiempo - Capítulo 309
Eliana fulminó a Ariel con una mirada aterradora y le gritó:
—¡Debió decirme toda la verdad! ¡Si lo hubiera hecho, habría largado a Layla al Vaticano en ese mismo instante! ¡¿Por qué no me dijo que el móvil de la cuna tenía un problema?!
—¡Cof, cof! ¿Cómo… cómo se…?
Ariel terminó de pasarse la magdalena que tenía en la boca mientras tosía, pegándose un susto de aquellos.
—¡¿Acaso eso importa ahora?!
La voz de Eliana subió de tono. Al principio, cuando la niñera le mencionó lo del móvil, ella no le dio mucha importancia.
— El sacerdote estaba revisando la habitación y rompió el móvil por accidente. Como el joven amo parecía tristón porque ya no estaba, colgamos uno nuevo con un diseño parecido. Así que ya no esté molesta, por favor.
Eliana conocía perfectamente ese móvil porque a Theodore le encantaba. Tenía unas piedras preciosas que brillaban un montón cuando les daba el sol. Ella misma había elegido las joyas a su gusto para armarlo, y como veía que su hijo no le quitaba la vista de encima, siempre se reía diciendo: ‘¡Tienes los mismos gustos que tu mamá!’. Por eso lo recordaba clarito.
Pero que el móvil se rompiera era una minucia; cualquiera puede tener un accidente. Además, los chicos de la edad de Ariel suelen ser bien toscos. Sin embargo, Eliana se quedó con una espinita clavada, algo no le cuadraba.
Justo cuando ya se estaba olvidando del asunto, escuchó a la empleada Ena chismeando con Jane.
— Vi al sacerdote quemando algo en la chimenea. Parecía el móvil del joven amo, ese que dice que hizo leña por casualidad. Le pedí que me regalara aunque sea una piedrita, pero me cerró el paso en una. Estaba moliendo las joyas bien finito, ¡qué desperdicio, de verdad!
Ahí fue cuando Eliana empezó a sospechar. ‘¿No será que el móvil tenía algo raro y por eso lo rompió a propósito?’. Lo de que fue un ‘accidente’ seguro fue para ocultárselo a ella.
Las dudas empezaron a crecer y las piezas encajaron. ‘¿Por qué esconderlo? ¿Qué problema tenía ese móvil?’. Ahora que lo pensaba, ¿no fue por esos días que a Theodore le dio fiebre de la nada?
¿Quién habrá sido el desgraciado que se atrevió a tocar las cosas de su hijo?
Eliana apretó los dientes con una rabia contenida y preguntó casi masticando las palabras:
—¿Fue obra de Layla?
Finalmente, Ariel asintió con la cabeza, todo cabizbajo. Eliana murmuró como ida:
—¿Pero cómo…? ¿Cómo pudo…?
Layla vivía en el pabellón anexo y, fuera de las horas de té con Eliana, no tenía permiso de poner un pie en la mansión principal. Además, tanto la niñera como Jane aseguraron que Layla jamás había entrado al cuarto del pequeño heredero.
Ariel se encogió de hombros y luego soltó un grito:
—¡Se lo dije! ¡Esa mujer está compinchada con un mago negro! ¡Seguro hizo alguna de sus mañas!
Alguna vez, Ariel había corrido al cuarto de Theodore pensando que el bebé lo llamaba, pero solo se cruzaron miradas y no pasó nada. Sin embargo, apenas regresó al pabellón, sintió una vibra maligna.
Daba la casualidad que ese mismo día, el mago negro Knox se había aparecido en el cuarto de Layla para armar un círculo mágico.
Si Ariel se hubiera quedado en su cuarto o si hubiera llegado un poquito más tarde, no los habría ampayado. Knox era un tipo de alto nivel y había montado el círculo de comunicación con Layla de forma rápida y caleta.
Pero Ariel, siendo un sacerdote con un poder sagrado fuerte, era muy sensible a esas energías raras. Además, Knox subestimó al ‘mocoso’ sacerdote que vivía en la mansión. Gracias a eso, el secreto de Layla pasó de Ariel a oídos de Eliana.
Ariel empezó a resoplar recordando ese momento.
—Se lo dije clarito en ese entonces: hay que llevarse a esa mujer al Vaticano de una vez. ¡Pero tanto usted como la Santa dijeron que todavía no se podía!
Eliana se mordió el labio. Ella había sentido algo de pena por Layla, al verla como otra víctima de su padre que solo buscaba cómo sobrevivir. Además, le tenía compasión a su prima porque, aparte de perder al bebé que tanto le costó tener, estaba desahuciada.
Por eso, cuando se enteró de que Layla estaba en conversaciones con un mago negro, se sintió furiosa y decepcionada a la vez. Sabía que el muchacho no mentiría, y lo lógico era mandarla al Vaticano como él decía.
Pero si lo hacía, a Layla no solo la iban a torturar, sino que capaz terminaba en la hoguera. Mientras Eliana dudaba sobre qué hacer con la vida de su prima, le llegó una carta de Labrante.
La Santa decía que debían darle una oportunidad a esa pecadora que alguna vez tomó un mal camino. Decía que ese apenas era el primer día que aparecía Knox. Que si esperaban, tal vez Layla confesaría por su cuenta. Algo de ‘salvar a un alma pobre’, según ella.
Eliana chasqueó la lengua pensando que eso era típico de la inocente Labrante, pero al final le hizo caso. Ahora que lo pensaba, le dolía en el alma haber aceptado.
Pero como ella también se ablandó y estuvo de acuerdo, no podía simplemente echarle toda la culpa a su amiga.
—¡La que fue una tonta por creer en esa mujer fue usted, Excelencia!
Esa acusación de Ariel le cayó pésimo a Eliana. Levantó una ceja y le respondió de forma cortante:
—No sabía que ahora a tener piedad y buena voluntad para darle una oportunidad a una prima se le llamaba ser ‘tonta’. ¿Y quién fue el que andaba haciendo un escándalo diciendo que ella daba lástima y que iba a pedir clemencia por ella?
Ariel se quedó mudo por un segundo ante el misil de Eliana, pero reaccionó gritando más fuerte:
—¡Por eso mismo se lo dije después! ¡Esa mujer no tiene remedio! ¡Mire! ¡En vez de confesar, se puso a hacerle cosas feas a Theo!
—Sí, me equivoqué. Fue un error de mi parte.
Eliana admitió su falla sin rodeos. Sin embargo, ella había vigilado a Layla al milímetro, restringiendo sus movimientos para quitar cualquier peligro. Era un misterio total cómo se las arregló para tocar el móvil de Theodore.
Y por eso mismo, la rabia le quemaba por dentro.
—¡Si tanto quería llevarse a Layla al Vaticano, debió decirme que ese móvil tenía un problema grave! ¡Si lo hubiera hecho, yo misma habría agarrado a Layla del cuello para entregársela!
—…….
—Pero de un momento a otro, usted empezó a decir que ya no era necesario llevarse a la prisionera al Vaticano.
Ariel se quedó sin palabras ante la puntería de Eliana. Ella dejó de lado los modales y le gritó:
—Habla claro de una vez. En ese momento no lo analicé bien. Yo pude haberme equivocado, pero ¿en qué estaba pensando Labrante para decirme que le diera una oportunidad a Layla? ¿Por qué insistió tanto en que la dejara en mi casa?
Ariel apretó los labios y negó con la cabeza una y otra vez. Eliana se levantó de golpe, se acercó a grandes zancadas y agarró al muchacho por el cuello de la ropa.
—¡He… heeegh!
—Suéltalo todo. Si vuelves a ocultarme algo o a mentirme, yo misma voy a estrangular a Layla ahora mismo.
Ariel negó con la cabeza frenéticamente. Eliana añadió con un tono lúgubre:
—¿Qué pasa? ¿Crees que no soy capaz?
—…….
Eliana no insistió más. Soltó al muchacho de un tirón y le ordenó a Jane:
—Ve y córtale la cabeza a Layla de una vez. Ha atentado contra el joven heredero, así que la ejecución será inmediata.
Al oír eso, Ariel se puso pálido como un papel. Jane asintió con suma elegancia y dio media vuelta. Ariel se lanzó a gatear tras ella y le agarró las piernas.
—¡No, por favor! ¡No pueden matarla!
—¡Suélteme!
Jane intentó zafarse, pero Ariel se aferró con más fuerza, giró la cabeza hacia Eliana y gritó:
—¡Le dimos al Ducado Howard la custodia de la prisionera, pero nunca el derecho a ejecutarla! ¡Esto va en contra de lo prometido a la Santa!
Ariel se colgaba desesperado de la falda de Jane. Flint se levantó de un salto y arrancó al muchacho de encima de la empleada de un solo tirón.
—Lleven a Layla Rosana al sótano ahora mismo y ejecútenla.
—¡Sí, Su Excelencia!
Eliana le hizo una señal con la mirada; Jane dudó un segundo, pero asintió y salió de la habitación. Ariel quiso ir tras ella, pero Flint lo atrapó en el aire. El muchacho pataleaba mientras colgaba del cuello de su túnica.
Eliana le soltó una sonrisa gélida a Ariel:
—Llévele la cabeza de Layla a Labrante de mi parte.
—¿De… de verdad piensa poner en aprietos a la Santa? ¡Ustedes tienen una amistad única! ¡Esto es demasiado!
Ariel rompió en llanto mientras colgaba de la mano de Flint. Se veía totalmente desolado. Eliana respondió con frialdad:
—¿Amistad única? Lo era. Pero si Lalan pretendía jugarme sucio por la espalda, se acabó.
Ante esas palabras, Ariel reaccionó con los ojos desorbitados y temblando de impotencia:
—¡¿Cómo que jugarle sucio?! ¡La Santa se pelea todos los días con Su Santidad el Papa para frenar sus planes…..!
‘El Papa. Sus planes’. Finalmente apareció la pista que Eliana buscaba, y jaló del hilo sin dudar.
—¿Qué planes tiene el Papa?
—¡No lo sé! ¡Ya todo se arruinó! ¡Si ejecutan a esa mujer, la Santa se va a meter en un problemón! ¡Hágase responsable!
‘¿Responsable? No me hagas reír’. Eliana soltó un bufido y dijo:
—Hable de una vez, pequeño sacerdote. Jane camina lento, así que seguro todavía ni llega al pabellón anexo. Si me dice la verdad, dejaré que se vaya.
Acorralado contra la pared, Ariel soltó todo atropelladamente:
—¡Su Santidad el Papa quiere usar a esa pecadora para dar con el escondite de los magos negros y los apóstatas!
—¿Cómo?
—Porque esos magos negros de todas maneras van a intentar secuestrar a Theodore para entregárselo a los apóstatas. Esos tipos se vuelven locos con cualquiera que tenga el cabello rosado. Si lo usamos bien, su escondite quedará expuesto y… entonces… ¡Aaaaj!
Ariel no pudo terminar la frase y rodó por el suelo. Fue porque Flint, enfurecido, lo había lanzado contra el piso.
—¡¿Cómo te atreves siquiera a pensar en usar a mi hijo como carnada?!
El rugido aterrador de Flint retumbó en toda la sala. Bañado en un aura asesina, Ariel temblaba como una hoja mientras balbuceaba:
—¡Yo… yo… yo también dije que ni hablar! ¡La Santa también se opuso a muerte! Pero Su Santidad el Papa juró que garantizaría la seguridad del descendiente de los elfos y trató de convencerla… Pe… pero la Santa pelea todos los días diciendo que no… Por eso…
Esta vez, fue Eliana quien estalló en furia. Estaba tan indignada que no le importó soltar una blasfemia:
—¡Ese viejo del Papa ya debe estar chocho!
Eliana soltó un insulto grueso. Ariel, sobándose el cuerpo adolorido, salió disparado por la puerta. Esta vez, ni Flint ni Eliana intentaron detenerlo.
Ariel corría con todas sus fuerzas pensando que debía evitar la ejecución de Layla. De pronto, vio a Jane frente al sótano del primer piso.
—¡Hermana Jane!
El muchacho gritó su nombre con la voz quebrada.
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Jane estaba conversando con Alex, el caballero que acababa de salir del sótano. Por supuesto, trataba a Oliver, que estaba al lado de Alex, como si fuera un hombre invisible.
—… Es un tipo duro. No abre la boca para nada. ¿Pero quién soy yo? ¡Le di su buena tanda y ya sé dónde está el Príncipe Heredero! Se fue al palacio de verano en el territorio del Conde Mareng.
Sin embargo, Alex se quejó de que el tipo no soltaba prenda sobre nada más. Jane asintió y dijo:
—Entiendo. Por favor, esfuércese un poco más, Sir Alex.
—No se preocupe. Haré mi mejor esfuerzo.
Alex debía haber trabajado duro de verdad, porque tenía los puños manchados de sangre. Era la sangre de Carter. Jane le entregó un pañuelo al caballero, y Alex lo recibió con una risotada.
—Muchas gracias, señorita Jane.
Alex se frotó los puños con el pañuelo para limpiarse la sangre. Oliver miraba la escena con mala cara y empezó a fulminar a Alex con la mirada. Fue en ese momento que llegó Ariel.
—¡Hermana Jane…..!
La voz llorosa del muchacho llegó hasta ellos. Los tres pares de ojos se giraron instintivamente hacia el joven sacerdote. Ariel se horrorizó al ver las manchas de sangre en el pañuelo que Alex tenía en la mano.
—No… no… no me diga que ya mataron a Layla. ¡¿Ya terminó la ejecución?! Hermana… dígame que no es cierto…
—¿Usted qué cree? ¿La habré ejecutado o no? Adivine.
dijo Jane con una voz que daba escalofríos.
—No puede ser… No… Hermana, ¿por qué ha sido tan rápida…?
Ariel estaba a punto de llorar. Se sentía muy injusto tener que cargar él solo con toda la culpa.
‘¡Todo esto es culpa del abuelo Papa!’
Era tal como decía la Santa. Como el día del ritual de invocación de demonios de esos apóstatas locos estaba cerca, hasta el prudente abuelo Papa se había desesperado y estaba cometiendo imprudencias.
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