La criada azotada de la casa Calley - 98
—¿Y bien?
El hombre, que le había pasado su saliva de una forma tan distinta a un beso, preguntó mientras volvía a embestirla con fuerza.
—Es… está rico.
Sheila apretó los dientes para no llorar. Tragándose las lágrimas, alcanzó a decir:
—Más… ¡ah! Deme… más.
Ante sus palabras, los ojos gris azulado de Cedric se oscurecieron como un pozo sin fondo. Él podía sentir en su propio cuerpo que lo que ella decía no era floro ni para quedar bien con él. Incluso cuando él se detuvo en seco, la intimidad de ella, excitada, se contraía por sí sola como apurándolo. Cedric la miró desde arriba y soltó una risita burlona, como si no pudiera creerlo.
—Qué igualada te has vuelto.
A diferencia de su tono frío, retomó el movimiento de caderas con más ganas. El interior de ella, rozando contra el miembro de él, se puso al rojo vivo. Conectados como uno solo, ambos cuerpos sentían la reacción del otro al milímetro.
—Maldita sea.
Soltando un insulto por la sensación de venirse que lo invadía, sacó su miembro de un solo tirón, sin avisar.
—¡Mmm-h-ah!
El gemido de la mujer fue tan largo como el recorrido que hizo él al salir. Cedric la hizo girar de costado y, acercándose de rodillas, se acomodó detrás de su espalda. Entonces, agarró la larga cabellera castaña de ella y la enrolló un par de veces alrededor de su pene. Sujetando su miembro envuelto en ese cabello suave como la seda, empezó a masturbarse con fuerza.
¡Tas, tas, tas!
A pesar de ser una práctica que Sheila jamás había visto ni oído, su cuerpo seguía encendido, como si hasta sus cabellos tuvieran terminaciones nerviosas.
—¡Ah, ah… k-h-ah!
Pronto, con un gemido ronco, el espeso líquido seminal brotó de él. La punta de su pene apuntaba directo a los pechos de ella, que seguía echada de lado. El líquido blanco y opaco aterrizó en su busto y fue escurriéndose hasta quedarse atrapado en la punta de su pezón. Parecía el pecho de una madre tan hinchado que la leche goteaba por sí sola. De pronto, él soltó el cabello manchado y, agarrando el busto de ella, lo empujó hacia arriba, contra su mandíbula. Su pecho, blanco y blandito como un malvavisco, fue aplastado hacia arriba por la fuerza de él.
—Lámelo. Que quede limpio.
Sheila, que jadeaba con el cabello aún revuelto, bajó la mirada hacia su propio pecho. Ver su propia carne bañada en ese líquido espeso y turbio le pareció algo terriblemente pecaminoso. Siguiendo su orden, agachó la cabeza todo lo que pudo y sacó la lengua hasta tocar su pezón rosado. Sintió el sabor fuerte y cobrizo del semen. Mientras se esforzaba por lamerlo todo, el líquido —que parecía haber brotado de su propio cuerpo— entraba en su boca.
‘No puedo creer que se puedan hacer estas locuras’.
Aun pensando eso, Sheila siguió haciendo lo que él le pidió sin dudar. A estas alturas, seguro ya se había vuelto una pervertida completa. O quizás es que nació con alma de sirvienta. De alguna forma, Sheila sentía unas ganas locas de complacer a su amo. Como si la satisfacción de él fuera la suya propia.
—Ya basta.
Cuando terminó de lamer hasta donde su lengua alcanzaba, Cedric la puso boca arriba. Le levantó los brazos amarrados sobre la cabeza, se colocó encima de ella y le puso el miembro cerca de la boca.
—Bésalo, todo lo que quieras.
Sheila miró ese miembro brillante que tenía en frente y respondió:
—Sí, mi señor.
Mirándolo de cerca, le pareció que la punta también tenía una boquita que se abría y cerraba. Sheila abrió la boca y se tragó a ese ‘amiguito’ que se veía tan despierto. Cerró los ojos y, dejándose llevar solo por el tacto de su lengua, la pasó una y otra vez por la parte que parecía el sombrero de un hongo. Luego, juntó los labios para recorrer el tronco de arriba abajo, hasta metió la puntita de la lengua en el orificio para succionar con fuerza.
—¡Agh…! Te has propuesto volverme loco, ¿no?
Aunque acababa de venirse, el ‘garrote’ de Cedric se puso duro otra vez, como si nada.
Esta parte es clave porque revela lo que Sheila realmente siente y lo que escuchó a escondidas. He mantenido la fuerza del encuentro físico mezclada con esa amargura interna que ella siente al procesar las palabras de Cedric.
Él retiró su miembro y le dio una orden seca:
—Ponte en cuatro.
Sheila se dio la vuelta como pudo y levantó las caderas.
¡Paj!
—¡H-ah!
El ‘garrote’, deslizándose por las paredes de su intimidad que aún estaban empapadas, golpeó con fuerza la entrada de su útero.
¡Paj!
—¡Agh!
De la boca de Sheila no dejaban de salir gemidos que parecían gritos. Cedric, como queriendo recordarle que esto era un ‘castigo’, sacaba el miembro casi por completo para luego hundirlo de golpe con un estruendo. A la vez, le apretaba la pelvis con una fuerza que no la dejaba escapar. La sujetaba tan fuerte que el sudor de sus palmas se mezclaba con la piel de ella.
—¡Ah, mmm… ¡ah!
Sheila hundió la cara en la cama para amortiguar los gritos que se le escapaban sin querer. La saliva se le escurría, terminando por mojar las sábanas.
—¡Ah, a-ah!
Al llegar al clímax, las lágrimas que brotaron de sus ojos también empaparon la cama, sumando dos manchas más a la sábana mojada.
‘¡Contéstame! ¿Qué piensas hacer? ¿Acaso piensas tenerla de amante?’
‘¿Amante? ¿Tú crees que yo me prestaría para esas cosas?’
En la cabeza de Sheila resonaba la voz del hombre que respondió a esa pregunta sin dudar ni un segundo. Así era. Al contrario de lo que Cedric pensaba, Sheila ya se había despertado por la voz del hombre extraño. Y dio la casualidad de que, mientras ocupaba su cama, escuchó esas palabras que se le clavaron en el pecho como un cuchillo. Si él le hubiera propuesto ser su amante, ella obviamente lo habría mandado a rodar. Su único objetivo era deshacerse de su hermano, que la tenía atada del cuello, vivir en libertad. Pero, por lo menos, ella no lo hubiera dicho con tanta frialdad. Quizás para otros no había diferencia, pero para Sheila lo era todo.
Como sea, antes de que saliera el tema de la ‘amante’, Sheila ya estaba despierta y había escuchado toda la conversación. Qué irónico que Sheila, que siempre vivía con los nervios de punta, solo pudiera bajar la guardia y dormir a pierna suelta frente a la persona que más miedo le daba: Cedric. La voz que la despertó era la de Alfonso. ¿Cómo pudo pensar antes que sus voces se parecían? Eran tan distintas…
‘¿No me digas que de verdad le habías echado el ojo? ¿A una simple sirvienta…?’
‘Alguna vez me enviaste una carta desde donde estudiabas, ¿no? ¿Qué decía? ¿Que vigilara bien a las empleadas de Judith? ¿Todo eso era por Sheila? ¿Desde ese entonces…? No, no puede ser’
‘Ya, acepto que la gringa es bonita. Como me dijiste que la chequeara, yo también le puse ojo y me di cuenta. Pero por más que sea, es una empleada nomás. No tiene sentido. Y menos viniendo de ti’
Como Alfonso no dejaba de hablar solo, Sheila se enteró de muchas cosas que no sabía. Primero, que Alfonso la había salvado de las mañas de Allen solo porque Cedric se lo pidió. Y que eso de que ‘tenía interés en ella’ era solo porque Cedric la había mencionado en sus cartas. Ahora que lo pensaba, ella fue la que se hizo bolas solita al escuchar la charla entre los dos hermanos. Alfonso dijo que tenía interés, no que le gustara. Pero bueno, eso no quitaba que ella nunca sintió por Alfonso nada parecido a lo que sentía por Cedric. Claro, sentía que de toda la familia Calley, él era el más humano, hasta le daba pena no poder corresponderle a ese supuesto cariño… pero no pasaba de ahí.
Además, ella ya se había dado cuenta hace tiempo de que, aunque Alfonso era buena gente con ella, no pasaba de ser una simple cortesía. Cuando vio a Alfonso abrazando a Eloise, Sheila no sintió nada más que sorpresa. Y si se sorprendió, fue puramente por Cedric (ya que ellas eran, respectivamente, la candidata a prometida y la hermana menor). Desde que Alfonso empezó a hablar hasta que soltó esa advertencia de que no le hiciera daño a Eloise, Cedric se quedó callado, casi sin decir ni pío.
Por eso, a Sheila le costaba tanto leerle el pensamiento a Cedric. No entendía por qué él mandaría esas cartas desde el extranjero, ni si esa ‘sirvienta de Judith’ de la que hablaba era realmente ella. Mientras escuchaba a escondidas, Sheila pasó por un sube y baja de ilusiones y decepciones. Al final, lo único que quedó fue esa frase lapidaria de él:
‘¿Amante? ¿Tú crees que yo me prestaría para esas cosas?’
Ya lo sabía, pero con eso le quedó clarísimo. Lo de ellos era algo que tenía fecha de vencimiento y punto. Así que Sheila decidió ser una conchuda y pedirle lo que quería. Total, quizás era la última vez que podía besarlo. El recuerdo de ese primer beso tan intenso siempre la dejaba con las ganas. Cuando estaba en pleno acto, toda agitada, buscaba sus labios húmedos como quien busca agua en el desierto. Pero nunca se atrevió a pedírselo. Al final del día, ella no era más que la ‘sirvienta de azotes’ que recibía el castigo. Hace unos días, incluso cuando ella le lanzó una mirada que era un poema, Cedric simplemente le volteó la cara para lamerle la oreja. Pero bueno, ¿qué podía esperar? Cedric es un pervertido de marca mayor; incluso cuando ella le pidió el beso casi de frente, el tipo va y le escupe. Es un enfermo. Un enfermo guapo… pero enfermo. El beso con el joven conde ya fue, ya pasó.
Aun así, no le caía mal. Como ella misma le dijo, hasta eso le supo rico. Y pensándolo bien, casi mejor que fuera así. Si se va a ir de todas maneras, ¿para qué hacerse más paltas o llenarse de sentimientos? Ya había probado ‘lo bueno con un hombre’, eso de lo que tanto hablaban las otras empleadas, así que no perdía nada. Dudaba mucho que en el futuro conociera a otro hombre con tanta clase y tan pintón como Cedric.
‘Y menos que me encuentre a otro así de enfermito’
Las lágrimas seguían cayendo de los ojos de Sheila, nublados por el placer. Era una buena señal. Ella sabía por experiencia que las lágrimas llevan parte del sentimiento, que mientras más lloraba, más se le iba vaciando el corazón de esa ilusión.
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De vuelta en su cuarto, Sheila sacó su cuaderno de cuentas. Ahí estaban anotadas, una por una, todas las propinas que recibió durante el banquete. Pensó que se quedaría misia porque Cedric le cortó el negocio, pero siempre hay una salida. Tras mirar sus cuentas con orgullo, arrancó una hoja en blanco de la parte de atrás. Acomodó el papel con determinación y, con el mismo lápiz con el que sacaba sus cuentas, escribió bien grande en el centro:
[CARTA DE RENUNCIA]
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