La criada azotada de la casa Calley - 97
<Parte 5>
El silencio en el pasillo hacia la sala de castigos era pesado, de esos que te ponen la piel de gallina. Sheila caminaba un paso por detrás, mirando la espalda de Cedric, esa espalda que siempre se veía tan firme y fría.
Al entrar, el ambiente cambió. Ya no era el despacho elegante con olor a libros, sino un lugar que olía a encierro y a reglas estrictas.
—Siéntate.
ordenó Cedric, señalando la silla de madera que ya Sheila conocía de sobra.
Ella obedeció sin decir ni michi. Sabía que, aunque el Joven Conde hubiera tenido un momento de ‘buena gente’ en la mañana, en este cuarto las cosas eran distintas. Aquí él era el juez y ella, bueno, ella era la que siempre pagaba los platos rotos de Judith.
—Me dijiste que Judith ha mejorado.
soltó él, mientras se quitaba los guantes con una lentitud que desesperaba.
—Pero ambos sabemos que eso es solo la punta del iceberg. Si no fuera por la presión de este contrato, ella no habría movido ni un dedo.
Sheila bajó la mirada. En el fondo, le daba pena que la motivación de la niña fuera el miedo a que castiguen a su nana, pero así funcionaban las cosas en esa casa.
—El contrato se acaba pronto, Sheila.
continuó él, acercándose un poco más
—Y me pregunto… ¿qué piensas hacer cuando cruces esa puerta por última vez?
Esa pregunta le cayó como un balde de agua fría. Sheila apretó los labios. Tenía sus planes, claro, pero no era tan tonta como para soltárselos así nomás al patrón.
—Solo quiero irme a mi pueblo, señor. Buscar a mi hermano y vivir tranquila.
respondió ella, tratando de que no le temblara la voz.
Cedric soltó una risita seca, de esas que no llegan a los ojos.
—¿Tranquila? Con lo que sabes de esta familia, dudo mucho que la tranquilidad sea algo que te regalen así por así.
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—¡Ha… ah, h-ah…!
Desde el arranque, Cedric la embistió con una fuerza bruta. Sheila no hacía más que soltar gemidos, tratando de recuperar el aliento. Estaba ahí, amarrada, recibiendo cada una de sus estocadas. Esta vez, Cedric solo le había atado las manos con la soga. (Ella ya se había dado cuenta hace tiempo, pero al parecer a él le vacilaba eso de andar amarrándola). A Sheila no es que le molestara ese trato. Al principio le resultaba extraño y le daba miedo, pero en estos tres meses aprendió que él jamás le haría daño de verdad. Esa soga roja que él usaba era de seda, mucho más suave que las colchas de algodón tosco con las que ella dormía. Además, si durante el proceso ella soltaba un ‘ay’, él aflojaba la cuerda de a pocos. Seguramente, si ella exagerara un poquito, él la amarraría tan suelto que la soga se caería con un mínimo esfuerzo. Sabiendo eso, Sheila se esforzaba por no hacer ni un ruido, incluso sin querer. Mal que bien, le daba roche pedirle de frente que la apretara más fuerte.
En este lugar, solo aquí, Sheila se permitía dejarse llevar. Era el único momento donde dejaba de pensar, dejaba de luchar y simplemente aceptaba lo que venía. Entregándose a ese placer tan limitado, se dio cuenta de que los tres meses ya estaban por cumplirse. Si podía rendirse así era porque sabía que esto tenía fecha de caducidad; había una regla clara: el castigo era por un tiempo y una cantidad fija. Y ella confiaba en que Cedric no rompería esa promesa. Él no era de los que rompían las reglas por así nomás. Entre estocada y estocada, esa confianza se fue cocinando a fuego lento, como quien se moja sin darse cuenta bajo una garúa finita.
Obviamente, la imagen que ella tenía de él también cambió. El ‘joven amo’ que por años fue su mayor terror, ya no le daba tanto miedo. Y con ese cambio, no pudo evitar admitir que le daba pena que esto se estuviera acabando. Ya sabía que esto iba a pasar. Si ella era de las que terminaba tomándole cariño hasta a la malcriada de Judith, a pesar de los cuatro años de berrinches que se aguantó… Por más que intentara ponerse dura para sobrevivir, uno no puede cambiar su forma de ser así de fácil.
—¡Ah… h-ah!
Sheila soltó un gemido desesperado, casi como un llanto. Cedric, con la espalda recta y embistiendo tan profundo como si quisiera llegar al fondo de su alma, le levantó los brazos amarrados sobre la cabeza y pegó su cuerpo al de ella.
—¡Agh…!
Sus ojos se pusieron en blanco por la intensidad de la penetración.
—Ja… ¿tanto te gusta?
preguntó él, restregándose contra ella mientras se mantenía hundido al máximo.
Sheila sintió el aliento del joven conde de los Calley en su oreja y pensó: ‘¿Y qué? Si me gusta, ¿qué va a hacer por mí?’ Ahora que el contrato estaba por vencer, Sheila hacía un esfuerzo sobrehumano por no olvidar quién era él, incluso dentro de esa sala. Si se clavaba demasiado, volver a la realidad iba a ser un calvario. Irse de esa mansión se le iba a hacer un mundo. Había jurado para sus adentros que se largaría apenas terminara el contrato. Si flaqueaba ahora, capaz terminaba quedándose ahí para siempre, viendo cómo él se comprometía y se casaba con otra. Capaz, incluso después de juntar toda su plata, no tendría los pantalones para decidirse, viviendo cada día pensando si lo que pasó entre ellos fue solo un sueño.
‘Esto fue un contrato entre tú y yo desde el principio, Sheila’.
Empezó como la ‘sirvienta de azotes’ de Judith, pero terminó siendo un trato solo de los dos. Y en ese negocio donde ella solo debía poner el cuerpo, terminó entregando el corazón sin querer.
—Sí… ¡ah! Me gusta… mucho…
respondió ella con docilidad, con los ojos llorosos por el placer.
Él, que le sujetaba ambas manos sobre la cabeza con una sola mano, usó la otra para apretarle un pecho con fuerza.
—¡Ah!
El cuerpo de Sheila tuvo un leve espasmo. Solo con ese apretón, llegó a un clímax ligero. Sus paredes internas se contrajeron, mordiéndolo con ansias. Y así como su cuerpo pedía más abajo, sus labios también morían por algo. Era una sed que sentía desde la vez que él la lamió por completo, o quizás desde mucho antes.
—Amo… ah, sus… sus labios…
Si ya le había besado y lamido hasta ‘ahí atrás’, ¿por qué no podría besarla en la boca? Además, preguntar no cuesta nada; total, el ‘no’ ya lo tenía asegurado.
—Sus labios… ¡ah! Si pudiera bajarlos un poquito…
La cara de Cedric estaba ahí nomás. Si bajaba un poquito el rostro, se encontraban. No era algo tan difícil.
—¿Qué? ¿Me estás pidiendo que te bese?
preguntó él, como si no pudiera creerlo. Pero su expresión no era de molestia.
—Es que… es que tengo… tengo sed… ¡ah!
—¡No me vengas con excusas…!
le soltó él con frialdad.
Pero, por alguna razón, ella presintió que no le iba a decir que no. Y tal cual, de su boca salió una orden corta:
—Abre la boca.
Sheila, con el rostro desencajado por el placer, abrió los labios entreabiertos. Entonces, Cedric juntó saliva en su boca y la dejó caer dentro de la boca de Sheila, que esperaba como un pajarito. A Sheila, que esperaba un beso de verdad, se le pusieron los ojos rojos. Cerró la boca y se tragó la saliva que él le había dado.
‘Claro, qué más podía esperar…’
En ese instante, Sheila aterrizó. Recordó que el hombre que mandaba sobre ella era, después de todo, exactamente así.
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