La criada azotada de la casa Calley - 96
En lugar de gritar preguntando quién era, Cedric se acercó directamente y abrió la puerta.
Allí estaba Alfonso, de pie y con una cara de pocos amigos.
—¿Estás borracho?
—Sí, he tomado un poco. Hablemos un toque, hermano.
La mirada de Cedric, sin darse cuenta, volvió a dirigirse hacia la cama. No quería dejar a la mujer sola en la habitación para salir.
—Si es algo largo, mejor mañana. Estoy cansado.
Alfonso, mirando con fastidio el rostro de Cedric —que no se veía cansado para nada—, lo empujó y se metió al cuarto.
—Va a ser corto.
Cedric lo dejó entrar, presintiendo que si se negaba, Alfonso iba a armar un escándalo ahí mismo.
—¿Qué pasa?
Alfonso soltó la pregunta como reclamándole, ante el tono de Cedric que parecía decirle ‘habla rápido y lárgate’.
—¿Te divertiste?
—¿Qué?
—¡Te pregunto si te dio risa verme la cara de idiota mientras me confundía de esa forma!
Con esas pocas palabras, Cedric lo intuyó: era obvio que el Marqués le había dicho algo.
—¿O sea que vienes a reclamarme porque tú solo te hiciste ideas en la cabeza?
Tal como Cedric sospechaba, el día anterior el Marqués había llamado a Alfonso en privado para aclararle el malentendido.
‘Después de que te fuiste, me quedé pensando y me parece que dejé espacio para que te confundas’.
‘……’
‘Hablo de tu hermano. No habrás imaginado cosas raras sobre él, ¿no? Cedric simplemente es mi tipo ideal. Alguien que me rechazó sabiendo perfectamente el cargo que tengo’.
—Tú también lo sabías, ¿no? Al menos sabías qué clase de tipo es el Príncipe Heredero. ¿Y aun sabiendo eso me mandas al palacio?
—Hablas como si te hubiera mandado a un nido de pestes.
—No hay mucha diferencia.
Alfonso recordó más de su conversación con el Príncipe Heredero.
‘Por supuesto, también tengo una curiosidad muy humana por ti, siendo el hermano de mi tipo ideal’
‘Yo, yo…’
‘Seguro tú crees que eres heterosexual. Pero piénsalo. Cuando a alguien le gusta otra persona, ¿qué tanto importa el género? Algunos dirán que el cuerpo del hombre y la mujer están hechos para encajar al amar. Pero eso es ver solo la mitad del cuadro. Los hombres con hombres, las mujeres con mujeres, también tienen formas de sobra para amarse. ¿Qué te parece? ¿No tienes curiosidad? Si tú quieres, yo puedo resolver todas tus dudas en cualquier momento…’
Le habían dicho que se movieran de sitio porque tenían algo que decirle sobre Cedric, pero al final, lo único que se dijo de él fue que, efectivamente, Cedric era heterosexual; el resto fueron explicaciones sobre la pansexualidad y puras indirectas para sonsacar a Alfonso.
Como estaba frente al Príncipe Heredero, Alfonso tuvo que rechazarlo de mil formas diplomáticas, recién pudo librarse de él cuando ya tenía los oídos hinchados de tanto escuchar ese ‘tú’ tan meloso.
Mientras más lo pensaba, más cólera le daba. Por eso Alfonso tenía la intención de ganar el torneo de justa para dejar a Cedric por los suelos.
¡Y la gloria de la victoria sería…!
Pero antes de que esa vana ilusión tomara forma, Alfonso perdió en la semifinal, también perdió en el duelo por el tercer y cuarto puesto.
Cedric, que no tenía idea de lo que pensaba su hermano ni le interesaba saberlo, dijo sin ocultar su cansancio:
—¿Acaso no te di una compensación suficiente?
Alfonso se quedó callado ante el comentario de Cedric.
Incluso para él, la recompensa por entregar una simple invitación había sido bastante grande. Era una compensación con la que uno no podría sentirse ofendido, incluso si incluía el aguante por el acoso del Príncipe Heredero.
Viendo que ya habían llegado a un punto medio, Cedric dijo:
—Parece que estás bien picado, así que si ya dijiste todo, lárgate a descansar.
Pero Alfonso, que se había calmado un poco, volvió a explotar ante esas palabras.
—No he terminado.
—¿Ahora qué?
—¿Por qué diablos le hiciste eso a la señorita Eloise?
Al escuchar el nombre de Eloise salir de la boca de Alfonso, Cedric sintió que el cansancio se le venía encima con más fuerza.
Ahora que lo pensaba, para Cedric, Alfonso y Eloise emitían una vibra algo parecida.
—Me refiero a la ceremonia de victoria. ¿No pensaste que la señorita Eloise te estaba esperando?
Y por alguna razón, Alfonso había venido a estas horas de la noche a reclamar en nombre de Eloise.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo?
—¿Cómo que qué tiene que ver? ¿Quién organizó este evento? Que quedes en ridículo en esta ceremonia es como manchar mi propia cara. Lo mismo si los invitados se van insatisfechos.
Mientras Alfonso soltaba una excusa tras otra, Cedric mantuvo esa actitud de ‘¿y cuál es el problema?’.
—¿Eso es todo?
—¿Ah, no? ¡Y ahora que me acuerdo, también estaba esa empleada!
Apenas mencionó a la empleada, la mirada aburrida de Cedric se volvió afilada. Sus ojos se dirigieron por un instante hacia la cama donde ella dormía, pero Alfonso, que estaba excitado por el alcohol, no se dio cuenta y siguió hablando.
—Me refiero a Sheila. Me enteré de que ahora es tu empleada personal, ¿no?
En la época en que Alfonso creía que Cedric era gay, pensó por su cuenta que él la estaba usando como una cortina de humo para ocultar sus gustos. Pero, para empezar, Cedric no era gay. Por lo tanto, el interés de Cedric por Sheila —algo que no iba para nada con su personalidad— no era ninguna cortina de humo.
Cedric no sentía la necesidad de darle explicaciones a Alfonso. Es más, para empezar, Cedric no lograba entender esa manía de Alfonso de querer saber la vida de los demás hasta el último detalle.
Alfonso, que por el efecto del trago procesaba todo con lentitud, habló como si lo que acababa de pensar le pareciera increíble hasta a él mismo.
—¿No me digas que de verdad te interesaba ella? ¿Una simple empleada…?
Para él, eso tenía menos sentido que el hecho de que Cedric fuera gay.
—Entonces, lo de esa vez… ¿lo de aquel entonces también…? No, esa vez la empleada era otra persona, ¿cierto? ¡Bueno, en fin…!
Alfonso empezó a sacar sus propias conclusiones hurgando en sus recuerdos.
—Una vez mandaste una carta cuando estabas estudiando afuera. ¿Qué decía? ¿Que cuidáramos bien a las empleadas de Judith, sobre todo de los mañosos? ¿Acaso eso también era por Sheila? ¿O sea que desde ese tiempo…? Ja, no te creo. No tiene sentido.
Aunque Cedric no soltaba ni una palabra, Alfonso, con el trago encima, seguía hablando solo y sorprendiéndose de sus propias deducciones.
Pero Alfonso le había dado en el clavo.
Fue exactamente en esa época cuando Cedric decidió que iba a saciar su deseo por Sheila.
Dos años antes de regresar al país, Cedric redactó un borrador de contrato laboral y lo envió a la mansión para que todos los trabajadores firmaran y se armara una lista. Ver el nombre de Sheila en esa lista no fue ninguna sorpresa.
Antes de irse a estudiar al extranjero, había escuchado algo de pura casualidad.
‘Pienso aguantar en esta casa por lo menos unos cinco o seis años’.
Había sido un día en que Judith se portó como una malcriada con las empleadas. Él escuchó a Sheila respondiéndole a una compañera justo cuando salía de calmar el chongo que se había armado.
Como sea, después de armar la lista, él mismo la controlaba recibiendo reportes mensuales de quiénes entraban y quiénes renunciaban. Además, a través de las cartas que intercambiaba con su familia, le había dejado instrucciones claras a Alfonso: que vigile bien la conducta de los sirvientes y que, sobre todo, no deje que ningún tipo se les acerque a las empleadas de Judith.
No es que pensara prohibirle a Sheila que se enamore, pero quería evitar que el mayordomo o cualquier otro con un carguito de quinta se aprovechara de su poder para tocarla. Justo antes de eso, había pasado algo parecido.
—La verdad, en ese momento no le di muchas vueltas. Como ya había habido problemas con una empleada de Judith, pensé que era por eso. Después, francamente, me olvidé. Total, después de ese incidente se puso orden y la cosa estuvo tranquila por un tiempo.
Alfonso también mencionó ese incidente en el que Cedric estaba pensando.
En cierto modo, era el típico romance entre una empleada y el mayordomo. Pero los dos se habían vuelto unos frescos teniendo relaciones en cualquier rincón de la mansión, faltando al respeto a todos. El problema más grande era la calaña de ese mayordomo; un tipo que ya de por sí se creía la gran cosa por su puesto. Al final, resultó que ocultaba que era casado mientras acosaba a la empleada.
En ese entonces, Cedric fue quien puso mano dura en la mansión en lugar del indeciso de Bernard. Despidió al mayordomo para que sirva de ejemplo y prohibió los romances entre sirvientes. A la empleada involucrada, una tal Ebony, no la despidió, pero ella terminó renunciando solita porque no aguantaba las miradas de la gente.
En fin, Alfonso pensaba que era solo por eso. Sobre todo porque no era apropiado que la empleada personal de Judith anduviera metida en chismes de faldas; además de lo difícil que sería explicarle esas cosas a Judith, que todavía era una niña. Y si una empleada que ya se había acostumbrado al genio de Judith renunciaba de la nada por un lío así, eso sí que sería un problema.
‘Si de por sí la chica ya está mal de la cabeza…’.
Ahora que lo recuerda, Alfonso volvió a pensar en esa carta de Cedric por culpa de Allen, que estaba igual de mal que Judith.
Cuando todo era un caos porque Cedric estaba por volver de sus estudios, Alfonso vio a Allen intentando conquistar a Sheila, de pronto se acordó de lo que su hermano le había encargado.
‘Bueno, la verdad que la chica sí es simpaticona’, pensó Alfonso en ese momento, se metió para salvar a Sheila del apuro. Aunque siempre se la pasaba peleando con Cedric, cumplía al pie de la letra lo que su hermano mayor le pedía. Para él, siendo el segundo hijo, esa era la única forma de sobrevivir en esa familia.
—Sí, la chica es guapa. Como me acordé de lo que dijiste, yo también le eché un ojo, así que lo sé. Pero por más que sea, es una empleada. No tiene lógica. ¡Y encima que seas tú, de todos los hombres!
Alfonso seguía hablando y amargándose solo. Pero Cedric sabía perfectamente a qué se refería su hermano. Para alguien como Cedric, que recibió la misma educación que Alfonso, sentir algo personal por una empleada era algo que simplemente no cuadraba.
—¡Contéstame! ¿Qué piensas hacer? ¿Acaso la vas a convertir en tu amante?
—¿Amante? ¿Tú crees que yo me prestaría para esas cosas?
Recién cuando salió la palabra ‘amante’, Cedric respondió con firmeza. Aunque lo dijo como una pregunta, era una respuesta clara de que eso jamás pasaría.
Solo después de esa respuesta satisfactoria, Alfonso dejó de hacer su berrinche. Y soltó una última frase:
—Como sea, si haces sufrir a la señorita Eloise, no me voy a quedar de brazos cruzados. ¿Me oíste?
Después de terminar de hablar él solo, Alfonso salió de la habitación tirando la puerta con un estruendo.
‘Alfonso y Eloise, qué buena…’.
—Mierda.
Cedric soltó un insulto en voz baja ante esa idea tan asquerosa.
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