La criada azotada de la casa Calley - 95
—Pe… pero por ahí no entra.
—¿Qué cosa? ¿Mi trozo?
Sheila, que ya se había acostumbrado a que él usara esas palabras tan vulgares que ni le pegaban, solo asintió con la cabeza.
—¿Y quién ha dicho que voy a meterte todo el bicho?
Ante su respuesta, Sheila sacó su cuenta al toque.
No era un mal negocio.
Al final, era preferible aguantarse diez manotazos suaves que estar una hora más en ese plan.
Los azotes en el cuarto de castigo no eran como los que conocía antes de saber que este lugar existía. Más que doler, le daban una sensación media rara, media excitante.
Hubo una vez que él la amarró al potro y le dio con todo, pero incluso esa vez, ella sintió unas ganas locas de que la trataran así de fuerte.
Además, si la cosa se ponía fea, siempre podía usar la palabra clave.
Y encima, se había dado el lujo de negociar para bajarle media hora más al castigo.
Aunque ahora estaba en el dilema de tener que usar su ‘otro huequito’ para algo que no era su función natural, bueno, dicen que lo difícil es la primera vez, ¿no?
Como ya lo había experimentado antes, esta vez no sentía que fuera a ser tan traumático aceptarlo.
Cedric tampoco era tonto; él sabía cómo funcionaba la cabeza de ella, por eso casi nunca aceptaba rebajar el tiempo a menos que fuera por algo nuevo.
Así que, para Sheila, este trato era puro negocio redondo.
Ni bien ella asintió, él chequeó la hora y, de un palmazo seco, le sonó la nalga.
—Ponte en cuatro.
El interior de Sheila se contrajo por el susto. Antes de que pudiera procesar ese pico de placer, sintió cómo el ‘mazo’ que la llenaba por completo se salía despacito.
Él sacó su miembro para dejar que ella se diera la vuelta.
Mientras Sheila se acomodaba como podía —con las manos amarradas era una vaina—, Cedric solo se quedó mirándola con una sonrisa media misteriosa.
Finalmente, ella logró ponerse en posición, como un perrito. Como la soga entre sus muñecas y el cuello era corta, le quedaba el pecho bien pegado a la cama.
Cedric se quedó contemplando ese rabo bien parado.
Tenía en primer plano su anito, que ya le había dado permiso de usar, su entrada principal que se abría y cerraba, toda hecha un desastre después de la primera ronda.
Él la agarró firme de la cadera y bajó la lengua.
—¡Ahhh!
Sheila soltó un grito de pura desesperación.
Al principio pensó: ‘No me digas que…’.
Pero, en vez de meterla de frente como ella esperaba, el tipo volvió a poner la boca donde no debía.
—¡Mmm…!
Él era el amo.
Más allá de ser el patrón de la casa, en ese cuarto él era el que mandaba sobre ella.
Sentir a un hombre así lamiéndole todo ahí abajo le provocaba una excitación bien extraña.
Por otro lado, se preguntaba: ‘¿Y a este qué le dio hoy?’.
Es que, normalmente, él no era de hacer previas ni nada.
Sheila sentía que lo del primer día no fue por cariño, sino simplemente un ‘trámite’ para que la primera vez no fuera tan yuca. Era mejor pensarlo así.
Entonces, ¿esto qué era? ¿Un capricho de este jovenito pervertido que ahora quería probar de todo?
Pero no pudo seguir pensando mucho, porque la lengua que le estaba hurgando la intimidad se pasó de frente al huequito de atrás.
—¡Ay! ¡Ahí no…!
¡ZAS!
—¡Au!
—A partir de ahora, cada vez que digas ‘no puedo’ o ‘no quiero’, te cae un golpe. ¿Estamos?
le advirtió él, separando los labios solo para darle un nalgazo que sonó en todo el cuarto.
—No, no… ¡Mmm!
A pesar de la advertencia, ella casi suelta otro ‘no’, pero se calló al toque en cuanto volvió a sentir la lengua de él trabajándole el anito.
Sheila intentó hacerse a un lado y apretó los músculos de las nalgas.
Pero estaba bien atrapada por la cadera; no tenía a dónde escapar. Él levantó la mano y le volvió a sonar la misma nalga de hace un rato.
¡ZAS!
—¡Ahhh!
—¡Te dije que no digas que no!
—¡Pero si no… no he dicho nada!
Sheila, con los ojos llorosos, se quejó de que le pegaran injustamente porque, técnicamente, no había abierto la boca. Pero él la cortó en seco:
—¿Cómo que no? Tu boca de atrás me está diciendo clarito que no quiere.
Se refería a cómo ella había apretado los músculos de las nalgas, cerrando el anito. Sheila se quedó muda, con la boca abierta, sin saber qué decir ante semejante salvajada. Mientras tanto, él volvió a agarrarla firme de la cadera y, con sus dos pulgares, le abrió las nalgas.
—¡Con… con los dedos!
—¿Qué?
—Amo… use sus dedos… meta los dedos.
‘Qué zorra resultó’
Sabía perfectamente que ella solo estaba rogando para que dejara de usar la lengua… Pero aun así, el hecho de que ella le suplicara que le ‘metiera’ algo lo hizo sonreír.
—No quiero.
No es que fuera a hacerle caso. Al final, lo único que prometió fue no meterle el miembro por ahí.
—¡Ay! ¡No! ¡Para! ¡No quiero!
‘Qué chistosa’
Si de verdad quisiera parar, ya habría usado la palabra clave. Sheila ya había demostrado que sabía usarla perfectamente. Sin embargo, en vez de decir ‘Cedric’, seguía gritando ‘no’, ‘para’, ‘así no’, todas esas palabras prohibidas.
Esa resistencia de ella, que parecía casi a propósito, lo excitó más. Cedric siguió en lo suyo, contando mentalmente cada vez que ella rompía la regla mientras se daba un banquete con su intimidad. Después de profanarle el huequito de atrás a su gusto, la dio vuelta para que quedara boca arriba. Quería verle la cara, quería ver cómo se transformaba por su culpa.
Tal como esperaba, la chica estaba roja como un tomate y llorando. Ya no sospechaba que lo hacía a propósito; era una reacción puramente instintiva. Cedric, como hace un rato, le apoyó las piernas sobre sus brazos y alineó su miembro con su entrada.
¡ZAS!
Entró sin problemas en esa cavidad pecaminosa que, a pesar de lo que le acababa de hacer en el anito, seguía chorreando flujo.
—¡Ahhh!
El gemido de ella ya era puro placer. Sus paredes internas estaban tan empapadas que se pegaban a su miembro largo, apretándolo con todo. Pero ese apretón, lejos de frenarlo, lo incitaba más; era como si ella lo mordiera y lo escupiera una y otra vez.
—Para ser una sirvienta, cómo sabes exprimirla, parece que estuvieras lavando trapos viejos.
soltó Cedric con toda la mala intención.
En realidad, a quien quería criticar era a sí mismo, por haber estado tan desesperado tras cuatro días de abstinencia que terminó lamiéndole hasta el rabo a su empleada. Cedric empezó a darle azotes en los pechos —uno por cada ‘no’ que ella había gritado— mientras movía la cintura con una fuerza bruta.
—¡Uf!
Después de un buen rato, soltó un quejido, se salió y sacudió su miembro ya endurecido sobre el vientre de ella. El líquido espeso quedó acumulado justo en el ombligo alargado de Sheila. Él se puso de rodillas sobre ella y, jalando la soga que unía su cuello con sus muñecas, la obligó a levantarse.
—Límpiame. Que no quede ni una gota.
Él se acomodó frente a ella. Sheila, con las manos amarradas, agarró la base de su miembro y empezó a succionarle la punta con entusiasmo. Era el ritual para limpiar el semen que quedaba en la uretra antes de volver a empezar. Le daba con la punta de la lengua, lo succionaba y lo lamió de arriba abajo.
Como buena sirvienta que aprende rápido, su técnica para ‘limpiarlo’ era impecable. Y verla ahí, con la cara toda encendida, esforzándose tanto por dejarlo limpio, hizo que a Cedric se le nublara la vista. Obviamente, lo que se había ablandado un poco tras venirse, volvió a ponerse como una piedra al toque.
—Me vas a volver loco.
Cedric la empujó de los hombros para que se echara de nuevo. Le subió las piernas hasta sus propios hombros y, de un solo viaje, la atravesó por completo.
—¡Ahhh!
Ante la entrada tan repentina, a Sheila se le fue la cabeza hacia atrás y empezó a babear por la comisura de la boca. Ver a su sirvienta, siempre tan recatada y ordenadita, toda desparramada y hecha un desastre debajo de él, le dio a Cedric una satisfacción enorme.
Ella no paraba de sacudirse mientras él le daba con todo. Cuando Cedric se apoyó en la cama y bajó más el cuerpo, Sheila terminó doblada por la mitad por tener las piernas sobre los hombros de él. El estímulo se volvió tan profundo que el cuerpo frágil de la chica empezó a vibrar de una manera casi penosa.
Sus rostros quedaron a nada de distancia.
Sheila, con la boca abierta como un bebé que busca pecho, lo miraba con una ansiedad desesperada.
Cualquier sonso se hubiera dado cuenta de la señal, pero Cedric, terco como él solo, le agarró la mandíbula y le volteó la cara hacia un lado.
Y en vez de besar esos labios que lo tentaban con dulzura, le metió la lengua de frente al oído.
—¡Ahhh…!
Ella empezó a golpearle el pecho con las manos amarradas por la soga roja, pero él se hizo el loco.
Es más, se puso más intenso hurgándole la oreja con la lengua.
Como si le respondiera, el interior de ella empezó a morderle el miembro con fuerza.
Mierda. Apenas se había venido hace un rato y ya sentía que se le subía la leche de nuevo.
—Carajo.
susurró por lo bajo y se acomodó.
Esta vez, la chica que lloraba debajo de él terminó encima de sus muslos.
Cedric la agarró de la cadera mientras ella jadeaba apoyada en su pecho y la levantó. Luego, usando su miembro como si fuera una estaca, dejó caer el cuerpo de ella de un solo porrazo.
—¡Aggh!
A Sheila se le escapó un grito extraño.
Estaba tan muerta de cansancio que sentía que se iba a desmayar, pero el placer era tan fuerte que la estaba matando; no podía ni pensar.
Ya no le quedaba una sola idea en la cabeza; lo único que podía hacer era entregarse por completo a lo que sentía.
Incluso estando agotada, el placer la revolcó como una ola gigante.
Sheila empezó a convulsionar y a temblar todita. Intentaba gritar, pero la voz se le quedaba atorada y solo abría la boca sin que saliera nada.
Sus paredes internas, que antes la apretaban, ahora sentía que iban a reventar de tanto exprimirlo.
Cedric abrazó fuerte a la mujer mientras ella llegaba al clímax de forma espectacular.
Aunque él todavía no se venía, sentía una satisfacción plena, como si estuviera bien pagado.
Era una sensación de triunfo mucho mayor a la que sintió cuando le entregaron la espada de la familia en la ceremonia de nombramiento.
‘Ni se te ocurra asomarte a la premiación’.
Pensándolo bien, hizo lo correcto al darle esa orden.
Cuando la vio aparecer tarde en el campo, Cedric mandó al diablo su obligación de dedicarle el triunfo a Eloise y se fue directo hacia ella con el caballo.
Si llegaba a verle la cara en plena ceremonia, quién sabe qué locura hubiera cometido.
Él siempre había sido un tipo seguro de sí mismo y con un autocontrol de hierro, pero ya iban varias veces que, tratándose de Sheila, perdía los papeles por completo.
Cedric se quedó abrazado a la mujer que siempre lo ponía en aprietos, disfrutando del momento.
Se escuchaba su respiración agitada, que poco a poco se fue normalizando. Después de un buen rato, Cedric sintió algo raro y, cuando la acomodó, se dio cuenta de que ya estaba otra vez en el mundo de los sueños.
—¿Ya te dio sueño, no?
le preguntó Cedric con tono de incredulidad a la mujer dormida.
Viendo que estaba molida, fue lo mejor haberle rebajado el tiempo del castigo.
La acomodó bien, se vistió y, tras pasarle una toalla húmeda para limpiarla, la cargó para sacarla del cuarto de castigo y llevarla a la cama de su propia habitación.
Como ya había pasado el tiempo acordado, no quería dejarla ahí.
Tampoco podía sacarla del cuarto así dormida, porque por el banquete había gente yendo y viniendo por los pasillos durante toda la noche.
Cedric la tapó bien con la colcha y cerró las cortinas de la cama.
En vez de echarse a dormir, se acercó al escritorio donde tenía un cerro de papeles. Quería avanzar con algunos pendientes que se le habían acumulado por la ceremonia.
Como ya se había desfogado, sentía la mente más clara que nunca.
Justo cuando estaba por abrir un documento, alguien tocó la puerta de su cuarto con fuerza.
Cedric miró de reojo hacia la cama donde dormía Sheila y, frunciendo el ceño, se levantó de su asiento.
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