La criada azotada de la casa Calley - 94
Con una mezcla de muchísima vergüenza, Sheila se dejó llevar de la mano por él hacia la tina.
Apenas bajó de la cama, la ropa que le quedaba suelta en la cintura terminó de caerse; ya estaba completamente desnuda.
Cedric, sin hacerse de rogar, también se desvistió al toque.
Sheila se había dado la vuelta por el roche, pero cuando sintió el pecho firme de él pegado a su espalda, los nervios se le duplicaron.
Guiada como si fuera un bebé que recién aprende a caminar, entró con él a la tina y recién ahí cayó en la cuenta: cuando él dijo ‘hay que lavarse’, en realidad había omitido la parte de ‘porque yo mismo te voy a lavar’.
—Apóyate en la pared.
Siguiendo su orden, Sheila puso las manos contra la pared más cercana a la tina mientras sentía el agua caer sobre su cuerpo. Él, ubicado justo detrás, estiró las manos para empezar a enjabonarle la nuca y el pecho.
El jabón de aceite de oliva, todo resbaloso, empezó a hacerle cosquillas en sus zonas más sensibles.
—Ah… yo, yo misma puedo…
Sheila no aguantó más, soltó un gemido bajito y le apretó el dorso de la mano con la que él sostenía el jabón.
Pero lo único que recibió fue una orden fría:
—Quita la mano.
Ni bien terminó de hablar, Sheila volvió a apoyarse en la pared por el miedo.
‘Esta bendita costumbre de sirvienta…’.
Bueno, a estas alturas ya ni sabía si era eso o qué cosa.
‘En esta habitación, se hace lo que el amo ordena’.
Así la habían condicionado, así la habían entrenado.
‘Ya pues, todo lo que pase aquí no es más que un castigo’.
Pensando eso y con las manos pegadas a la pared, aguantó ese toque de él, que a diferencia de su voz fría, era suave y provocador.
Aunque podía entender que le lavara por ahí abajo, no entendía por qué se esmeraba tanto con sus pezones, pero más allá de retorcerse un poquito como una mínima señal de protesta, no se soltó de la pared.
Cedric la miraba y pensaba que, definitivamente, esta mujer no era normal.
Uno podría decir que todo desde que entraron al cuarto era parte de un ‘juego’, pero siendo estrictos, lo de hace un rato no había sido más que poseerla con desesperación.
Y pensar que ella se atrevería a usar su nombre, ‘Cedric’, como palabra de seguridad, cuando pensó que jamás se le escucharía decir eso por su orgullo de sirvienta.
Le pareció tierno que, después de haber aguantado de todo, terminara usando la palabra clave solo para que la lavara.
Incluso sabiendo que ella solo repetía una palabra acordada, la voz de Sheila llamándolo por su nombre se le había quedado grabada en la cabeza, repitiéndose una y otra vez.
Cedric terminó de lavarla rápido. Le gustaba tocarla con esa maña tan provocadora, pero ahorita sus ganas estaban acumuladas a un nivel que eso ya no le bastaba.
La envolvió en una toalla grande, la cargó de vuelta a la cama y, después de echarla, abrió la toalla a los lados como si estuviera abriendo el empaque de un regalo.
—Ya te lavé, ahora ábrete tú misma.
‘¿Qué…?’
Ella había dicho que se quería lavar, no que la lavaran. Y ahora el tipo se las daba de buena gente por haberla bañado a su antojo.
Aun así, Sheila no pudo decir ni pío.
Ahora que él había recuperado un poco la calma, su voz sonaba incluso más imponente que antes.
‘Bueno, al menos me dio tiempo para estar limpia’.
Tratando de convencerse con esa idea, fue abriendo las piernas despacio.
Pero al final, no pudo con la plancha y se tapó la intimidad cruzando las manos.
Cedric, con la cabeza un poco ladeada, se quedó mirándola mientras ella yacía ahí con las piernas abiertas.
Ese cuerpo tan blanco le despertaba todo el hambre. Especialmente la parte que ella trataba de esconder.
Por él, le habría dado un correazo con el látigo en el dorso de la mano para ordenarle que se quitara, pero justo ese día le dio cólera que el conteo hubiera quedado en treinta exactos.
Su plan original era que ella fallara unas treinta y dos veces, pero se malogró.
En la última hora, Judith había acertado un par de preguntas más de lo previsto, así que las fallas quedaron clavadas en treinta.
Sin otra opción, Cedric le agarró las muñecas y se las inmovilizó contra la cama, como antes.
Al quitarle las manos, su botoncito rosado y su carne tierna quedaron a la vista.
A Cedric le brillaron los ojos.
Bajó los labios y le pasó la lengua, de un tirón, por todo ese centro rojizo.
—¡Ah…! ¡Mmm!
A Sheila se le escapó un grito sin querer y, asustada, se tapó la boca al instante.
A Cedric no le importó nada y, de frente, hundió la nariz en entre las piernas de ella.
Hizo que su botoncito se pusiera puntero dándole vueltas con la lengua; luego, abrió paso entre los labios y empezó a lamerle y hurgarle la entrada como un perro.
El clítoris de ella, ya bien sensible, rozaba y se presionaba contra la punta firme de su nariz.
Cada vez que pasaba eso, Sheila apretaba con fuerza las muñecas que él todavía le sujetaba.
—¡Ah…! ¡Sí! ¡Uf…!
Sheila empezó a sacudirse por la cintura ante esa sensación tan desconocida como excitante.
‘¡Así que esto era lo que quería hacer hace un rato…! Ay…’.
No pudo seguir pensando.
Aunque él la había lavado con cuidado, le entró el miedo de que todavía pudiera estar sucia.
Pero, al contrario de lo que ella temía, su cuerpo recién bañado solo emanaba un olorcito rico, casi tanto que a él hasta le daba pena no sentir su aroma natural.
Cedric se conformó con beberse el flujo que brotaba de ella.
Cuando empezó a succionar haciendo ruido, Sheila no pudo más y trató de cerrar las piernas.
Él soltó las manos que sujetaba y, haciendo presión en las rodillas, se las abrió de par en par. Entonces, Sheila aprovechó que tenía las manos libres para empujarle la cabeza; fue un movimiento por puro instinto.
En medio de ese forcejeo silencioso, Cedric, que seguía aferrado con la nariz ahí abajo, finalmente levantó la mirada.
—Ya… veo que así no se va a poder.
De pronto, Cedric se puso de pie.
—Quédate así.
Tras darle la orden, rebuscó en un cajón y regresó con una soga roja en la mano.
A Sheila, que esperaba con el corazón a mil, le pasaron la soga por el cuello.
Obviamente, ella no podía oponer ninguna resistencia en esa habitación.
Él le hizo un nudo flojo en el cuello y luego bajó la soga hasta el pecho para amarrarle las dos muñecas.
—Por… por favor, suélteme, amo.
Sheila rogaba mientras movía las muñecas. Por más que jalaba la soga, casi no se podía mover.
Él, viéndola así, soltó una sonrisita y le preguntó:
—¿O quieres que también te amordace?
Ante esa amenaza tan directa y oscura de callarla a la fuerza si seguía reclamando, a Sheila no le quedó otra que cerrar el pico.
A Cedric se le dibujó una mueca de satisfacción. Luego, volvió a bajar los labios hacia donde la estaba lamiendo hace un rato.
—¡Mmm…!
—No te he dicho que te aguantes los gritos.
Separó los labios un momento para decirle eso y luego, de un porrazo, empezó a succionarle el clítoris como si le estuviera dando besos intensos.
—¡Ahhh…!
A Sheila se le escapó un gemido que ya no pudo retener.
Cedric sentía cómo el cuerpo de ella se sacudía entre sus manos y, mientras se bebía todo lo que bajaba de ella, saciaba esa sed que había tenido guardada por tanto tiempo.
—¡Uf! ¡Ah…! ¡Dios mío!
Ante el movimiento tan terco y agresivo de su lengua, Sheila empezó a temblar todita hasta que llegó al clímax.
Lo que antes era un hilito de agua se convirtió en un desborde total.
Cedric no paraba de beberse todo lo que seguía saliendo.
—Ay… ¡no! ¡Ya… ya basta…!
Sin querer, la punta de su nariz rozó el clítoris que se había quedado hipersensible, Sheila empezó a forcejear.
Cedric levantó la cabeza, se limpió la comisura de los labios con sus dedos largos y se acomodó entre las piernas de ella.
Era obvio que ya se venía la penetración.
Sheila, todavía con las manos amarradas y los ojos nublados, le negaba con la cabeza. Como acababa de terminar, le daba miedo que él entrara.
—Shhh… no te asustes.
A diferencia de su voz suave que intentaba tranquilizarla, lo que Sheila vio no la calmó para nada: el tamaño de su miembro era impresionante. Él lo sujetó con una mano y alineó la punta con la entrada de ella, que estaba a flor de piel.
En el momento en que empezó a entrar, Sheila se puso rígida y arqueó la espalda por el susto.
Sin embargo, la entrada fue más fácil de lo esperado. Su interior, que ya estaba bien lubricado por todo lo que él le había hecho con la lengua, pareció succionarlo hacia adentro.
Cuando sus cuerpos encajaron perfectamente, sin dejar ni un milímetro de espacio, ambos soltaron un gemido al mismo tiempo.
—Mmm…
—Uf…
Cedric acomodó las piernas de Sheila sobre sus propios brazos. Luego, se salió un poquito para después meterla de un solo golpe.
—¡Ahhh!
Las piernas apoyadas en esos brazos firmes no paraban de vibrar.
Cuando repitió el movimiento, Sheila cerró los ojos y levantó el mentón gimiendo. Las lágrimas que tenía acumuladas terminaron resbalando por sus sienes.
Cada reacción de ella lo volvía loco de placer.
Además, gracias al baño, la poca cordura que le quedaba a Cedric se terminó de esfumar.
Empezó a darle con más fuerza.
Debajo de las manos amarradas de ella, sus pechos se sacudían sin parar.
Cedric se los apretó con ganas. Cuando le jaló un pezón con los dedos, Sheila se retorció todavía más, casi perdiendo el sentido.
Él quería castigarla por disfrutar tanto y verse tan provocadora sin su permiso; era su instinto sádico que no podía controlar.
Le daba una rabia no poder darle sus nalgadas hoy.
El solo hecho de apretarle los pechos como si fuera a reventarlos no le quitaba las ganas.
Parece que todo el tiempo de la ceremonia se le había acumulado, porque hasta ese deseo de azotarla, que normalmente no era tan fuerte, ahora lo estaba quemando.
Aunque perdieron tiempo bañándose, recién estaban empezando.
Cedric, mientras seguía dándole con fuerza, le preguntó:
—Si dejas que te dé diez golpes… uf… te bajo el tiempo a dos horas, ¿qué dices?
Sheila entendió al toque: él quería cambiar las diez preguntas que ella falló (que debían ser horas de castigo) por diez manotazos.
Ella lo miró con la cara encendida por el placer.
—¡Ah…! Una… una hora y media…
Incluso en ese estado, la mujer se puso a negociar.
A Cedric le dio risa el descaro y soltó una carcajada en pleno acto.
—Ya, pues. Hora y media. Pero a cambio, también usamos el huequito de atrás.
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