La criada azotada de la casa Calley - 93
Los pasos de Cedric hacia su habitación eran más rápidos que nunca.
Se había demorado más de lo previsto en saludos y cortesías innecesarias, pero estaba seguro de que Sheila lo esperaría obediente en el cuarto. A pesar de sus pequeñas y tímidas rebeliones ocasionales, ella era, en esencia, una sirvienta que cumplía con precisión cada una de sus órdenes.
Sin embargo, cuando abrió la puerta de par en par, se encontró con una escena ridícula: la mujer estaba sentada en el sofá, cabeceando de puro sueño.
—Ja… ¡ja!
Una risa de incredulidad escapó de los labios de Cedric. Sin siquiera notar que él se acercaba, Sheila vagaba perdida en el mundo de los sueños.
‘Y ella ni se imagina cómo estoy yo…’
Ella siempre había sido de las que caían rendidas apenas tocaban la almohada. El hecho de que se hubiera dormido así, sentada y sin siquiera recostarse, era señal de lo agotada que estaba. Pero, aun sabiendo eso, Cedric no tenía ni una gota de paciencia sobrante para ser considerado con ella.
Verla dormir así, respirando con tanta tranquilidad, no ayudaba en nada a su situación ‘allá abajo’. Estaba en un punto tan crítico que sentía que mojaría los pantalones con el líquido preseminal en cualquier momento.
Sin pensarlo más, Cedric la cargó en vilo. Si ella quería dormir, que durmiera; él pensaba hacer su trabajo de todas formas.
Sin embargo, ante el movimiento, Sheila se despertó sobresaltada de su sueño robado en habitación ajena y se aferró instintivamente a su cuello.
—¿Jo-joven Conde?
Cedric la miró fijamente a esos ojos azules abiertos de par en par y ordenó:
—Despierta.
—… Ya estoy despierta.
Y no era mentira. Gracias a él, el sueño se le había escapado de golpe. Quizás haber cerrado los ojos un momento mientras lo esperaba le había servido, porque ahora se sentía un poco más despejada. Aunque no sabía cuánto le duraría el efecto…
Los eventos de los últimos días habían sido agotadores para cualquiera. Pero para una sirvienta que no solo tenía que atender a Cedric, sino también correr entre la habitación de Sylvia, el salón de baile y el comedor, el cansancio era de otro nivel.
‘Pero… ¿a dónde me lleva cargada?’.
Aunque estaba despierta, su capacidad de orientación no había regresado del todo. Sin embargo, apenas unos segundos después, Sheila se dio cuenta de hacia dónde se dirigían sus pasos.
—¿Por… por qué vamos a la sala de castigos…?
—¿Ya lo olvidaste?
—¡Ah…!
Ante la breve pregunta de Cedric, Sheila comprendió de inmediato lo que él reclamaba con tanta autoridad. Recordó que no había recibido el castigo de su última lección antes del evento debido a que su periodo había comenzado el día anterior.
—¡Pe-pero…!
¡¿Tenía que ser justo ahora?!
Sheila, que siempre era buena con las cuentas, no tenía intención de librarse de su deuda. Pero pensó que el castigo se retomaría cuando volvieran las clases con Judith, ¡no que él pasaría a cobrar la factura así, de inmediato!
Pero a Cedric no le importaban las circunstancias de ella. Abrió la puerta de la sala de castigos sin dudarlo y la dejó caer —casi lanzándola— sobre la cama de marco de hierro de estilo exótico donde ya habían ‘ajustado cuentas’ muchas veces antes.
Sheila, recostada, se apoyó en sus codos para incorporarse un poco y lo miró.
—Joven Conde, un mo-momento…
Cedric la interrumpió con un tono gélido y tajante:
—Si tienes tiempo para decir tonterías, mejor dime cuántos errores cometiste en la clase con Judith la última vez.
Mientras le recordaba sus deberes, Cedric le quitó el delantal y empezó a arrancar, literalmente, los botones de su uniforme de sirvienta.
—¡Ah!
En medio de todo, Sheila no pudo evitar calcular mentalmente el costo del arreglo de su ropa. ‘Por suerte la tela no se rompió, solo saltaron los botones… si los coso de nuevo…’.
—¡El número!
—Tre… ¡ah! Treinta.
Respondió ella mientras su ropa era despojada por una fuerza ajena.
—Bien.
Tras ese breve cumplido, Cedric se lanzó a devorar la nuca de una Sheila que ya estaba medio desnuda.
—¡Ah… hng!
¿Alguna vez había sido así?
La relación con él siempre se había mantenido bajo el formato estricto de un ‘castigo’. A excepción de la primera vez que estuvieron juntos, casi no había besos ni nada que se pareciera a las caricias previas.
Pero esta vez, Cedric era un torbellino de impaciencia. Pegado a su piel, succionaba la nuca de Sheila mientras intentaba despojarla a toda prisa de la ropa que aún colgaba de su cintura.
Sheila, estremeciéndose por la descarga eléctrica de sensaciones, gritó:
—¡Ah… Joven Conde, va demasiado… demasiado rápido!
Cedric presionó sus manos contra el colchón, anulando su instinto de empujarlo.
—¿Dónde crees que estamos para seguir llamándome ‘Joven Conde’?
Sus palabras fueron un rugido amenazante que hizo que a Sheila se le saltaran las lágrimas.
—A-Amo…
Apenas el tratamiento correcto salió de su boca, él volvió a enterrar el rostro en su cuello.
—¡Ah!
Con las manos inmovilizadas, Sheila no tenía cómo defenderse. Mientras ella retorcía la cintura y arqueaba el cuerpo, sintió cómo los labios de él empezaban a descender con una lentitud tortuosa: pasaron por el escote, bajaron por el plexo solar y se dirigieron decididos hacia el ombligo.
—Haa… Amo, un m-momento… ¡espere!
suplicó ella, pero Cedric estaba demasiado ocupado devorando su piel blanca.
—¡Yo… ah… de-debo… lavarme!
No era solo la intensidad de las caricias mientras estaba encadenada a sus manos, sino que le carcomía los nervios el hecho de no haber pasado por el baño tras haber servido en el banquete durante horas.
—No me importa.
Sheila levantó la cabeza, que estaba echada hacia atrás, lo miró con ojos de espanto.
¡Pues a mí sí me importa!
Estaba indignada. ¿Desde cuándo actuaba él como si le importara tanto estar con ella? Sheila recordó la frialdad con la que la había tratado frente al Príncipe Heredero y Sylvia.
‘Ya basta, retírate’
Ella ya tenía la intención de irse, pero él la había despachado con un desprecio que le dolió en el alma, como si ella fuera algo que no pertenecía a ese lugar de nobles. ¿Y qué le había dicho antes?
‘Ni se te ocurra asomarte a la ceremonia de investidura’.
‘Sí, claro, ¿cómo se me ocurriría?’
Siguiendo las órdenes del Joven Conde, que no quería a una simple sirvienta cerca, Sheila se había quedado encerrada en la cocina trabajando hasta el cansancio. Solo salió cuando escuchó que la ceremonia de la espada había terminado.
Durante todo el servicio, su única prioridad fue: ¡No acercarse a él!
Él era el protagonista, rodeado de aristócratas y altos clérigos. Sheila no quería ver eso. Verlo en su máximo esplendor solo servía para recordarle el abismo que los separaba, una brecha que ella ya conocía de sobra. Además, al contrato le quedaban pocos días; lo correcto era mantener las distancias.
Entonces, ¿por qué ahora él actuaba como si estuviera desesperado por ella?
Mientras Sheila se ahogaba en su confusión, él soltó sus manos, le abrió las piernas y bajó la cabeza hacia ese lugar prohibido.
¡N-no, eso no!
Horrorizada, Sheila intentó frenar su cabeza con manos desesperadas. Desde que entraron a la sala de castigos, él estaba actuando de forma impredecible. ¿Por qué hacía esto? Pero él apartó sus manos como si fueran moscas molestas.
Sheila entró en pánico. Veía el descenso de Cedric como si fuera en cámara lenta. Buscando frenéticamente una forma de detenerlo, un grito desgarrador escapó de su garganta.
—¡C-Cedric!
La cabeza de Cedric se detuvo en seco justo antes de explorar el ‘valle’. Levantó la mirada, clavando sus ojos afilados en ella. Ante esa mirada feroz que le disparaba desde tan cerca de su entrepierna, Sheila balbuceó:
—Yo… quiero lavarme primero. No, voy a… voy a lavarme. ¡Buaaa! ¡Estuve trabajando todo el día y ni siquiera he pasado por el agua! ¡Buaaa!
En cuanto él se detuvo, la tensión acumulada se rompió y ella estalló en llanto. Una tristeza inexplicable alimentaba sus lágrimas. Al menos, usar la ‘palabra de seguridad’ había funcionado; él, tal como prometió, detuvo todo acto de inmediato.
Cuando fijaron ese nombre como palabra clave, ella se preguntó si alguna vez se atrevería a usarlo, pero en ese momento de apuro, el nombre de él salió de sus labios con una facilidad asombrosa.
—Levántate.
Él la tomó del brazo para ayudarla a incorporarse.
—¿Lloraste porque querías bañarte?
preguntó Cedric, secándole las lágrimas con la punta de los dedos.
Era cierto que el llanto estalló al decir que quería lavarse, pero no era exactamente por eso. Era el cansancio de cuatro días de trabajo brutal, el sentimiento de humillación, la fatiga extrema y la presión de Cedric… todo se había mezclado. Pero no podía explicar ese nudo de emociones. Así que Sheila simplemente asintió.
Cedric miró los ojos dóciles de la mujer y sintió que su excitación bajaba un poco. Se recriminó internamente por haber actuado con tanta prisa cuando aún les quedaban tres horas por delante. Se levantó y tiró suavemente de la mano de Sheila.
—Ven aquí. Vamos a bañarnos.
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