La criada azotada de la casa Calley - 92
—Lávalo y ponlo de vuelta en su sitio.
¿Acaso tenía ojos en la nuca? Cedric, que hasta hace un momento estaba de espaldas dándole instrucciones a Rufus, le lanzó la orden a Sheila.
—¿Perdón? Es que, si ya terminó de usarlo…….
Sheila, toda sobresaltada, trató de seguir hablando para ver si se quedaba con el pañuelo, pero Cedric se dio media vuelta y la clavó con la mirada.
—¿Para qué quieres llevarte algo que ya usé? No me digas que piensas venderlo…….
—¡Ahorita mismo lo lavo y lo tiendo!
Como él le había dado en el clavo y la chuntó de frente, Sheila lo cortó en seco y respondió al toque. Chapó el pañuelo al vuelo y se esfumó hacia el baño de la habitación de Cedric.
Cedric soltó una risita al verla y terminó de dar sus instrucciones.
En verdad, Cedric había descubierto el pañuelo en el cuarto de Sheila la noche anterior. Durante el banquete, subió un ratito a su habitación y, cuando ya se iba, se quedó mirando fijo el cuarto de la empleada.
‘A ver qué cosa tan importante está tejiendo……’.
Cedric, que todavía estaba medio piconcito, abrió la puerta del cuarto de la empleada de porrazo. Y lo que vio fue ese pañuelo que no conocía.
Él sabía perfectamente qué cosas tejía Sheila siempre; ya había visto un montón de veces los manteles y posavasos que ella vendía en el mercado. Pero un pañuelo era algo nuevo.
Ese pañuelo de encaje que ella hizo no era tanto para usarlo, sino más de adorno. O también se usaba para dárselo a alguien que se iba de viaje o que iba a competir, como un deseo de buena suerte y protección.
Como al día siguiente él tenía la final de la justa, la rabia que sentía hace un momento se le pasó por completo.
‘¿O sea que me dijo que se iba a descansar y en verdad estaba tejiendo esto?’.
Sacando conclusiones, estaba 99.99% seguro de que ese pañuelo era para él.
Pero hoy en la mañana, Sheila, que rechazó su orden de quedarse pegada a él todo el día, se la pasó haciendo sus cosas por aquí y por allá antes de volver al cuarto de Cedric. Y justo cuando él ya se iba al coliseo, ella le dijo:
‘Esto… si me da permiso, quisiera descansar un rato en el cuarto como ayer’.
Cedric se quedó frío por un momento, pero como ya es costumbre en él, solo le soltó un ‘haz lo que quieras’ y se fue a la competencia para ver quién era el campeón.
Durante toda la justa, Cedric no dejó de buscarla con la mirada entre las gradas. Solo cuando ya había ganado y estaba celebrando, por fin divisó la cara de la mujer perdida entre el mar de gente.
Tras dedicarle la victoria a los demás así nomás por cumplir, espoleó a su caballo hacia ella. A medida que se acercaba, ella abría más los ojos toda nerviosa, él le pidió algo para secarse el sudor.
Del bolsillo de su delantal salió el pañuelo que él había visto el día anterior. Ella se asustó y quiso guardarlo de nuevo, pero él se lo arrebató de las manos. Por fin tenía en su poder lo que le había estado dando vueltas en la cabeza durante toda la competencia.
¿Y ella pensaba que se lo iba a devolver así de fácil? Ni loco.
Después de impedir que ella se llevara el pañuelo del escritorio, Cedric se sintió aliviado de que hoy fuera el último día del banquete. El tiempo que se había propuesto para portarse como un hombre ‘devoto y formal’ ya se estaba acabando.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Ya en el baño, Sheila lavó el pañuelo de encaje con una delicadeza extrema, tratándolo con cariño. ¿De verdad hubiera sido capaz de vendérselo a otra persona? Sheila conocía bien su forma de ser. Para empezar, no era algo que hubiera tejido con la intención de venderlo; lo hizo deseando de todo corazón que Cedric no saliera lastimado en la competencia, así que era imposible que pudiera deshacerse de él por plata.
Si intentó recuperarlo fue, más que nada, porque le daba muchísima vergüenza que un pañuelo hecho con ese sentimiento terminara en las manos de él.
Aun así, pensó que al final fue una buena idea haber ido a ver la competencia, aunque sea tarde. Por lo menos, aunque solo fuera para secarse el sudor, el pañuelo llegó a las manos de su dueño por un momento. Sin querer, Sheila recordó el instante en que él se acercó montado en su caballo y sintió que la cara le hervía de nuevo.
Se refrescó las mejillas con el dorso de la mano mojada para bajar el calor, escurrió el agua con cuidado para no malograr el encaje y, tras sacudirlo un poco, lo colgó en la ventana del baño.
Ahora lo único que quedaba en la agenda era la entrega de la espada, que era el plato fuerte de la ceremonia de nombramiento. Sheila planeaba mirar el evento desde lejitos; después de todo, por más empleada que fuera, eso sí se le permitía.
Salió del baño justo cuando Rufus y los otros trabajadores, que habían entrado a descolgar los cuadros, se retiraban. Entonces, Sheila empezó a ayudar a Cedric a cambiarse. Por el protocolo, él tenía que cambiarse de ropa unas tres o cuatro veces al día.
En la noche del cuarto día de eventos, le tocaba ponerse el traje final, el que cerraría con broche de oro la sucesión. Todo lo anterior no habían sido más que eventos previos; la ‘Ceremonia de Entrega de la Espada’, donde Cedric recibiría la espada ancestral de la familia como futuro heredero, era el acto principal.
Como protagonista, Cedric se pondría el mejor de sus trajes nuevos y llevaría sobre los hombros la capa tradicional de la estirpe. Sheila lo ayudó con una actitud más servil que nunca.
Cedric no le quitaba los ojos de encima. Se quedó mirándola mientras ella, con la vista baja y una expresión dócil, le abrochaba los botones; observaba sus manos moviéndose con precisión para acomodarle la ropa y cómo se ponía de puntitas para poder colocarle la capa sobre los hombros.
Terminaron de vestirlo en medio de un silencio incómodo que se había instalado desde que ella salió del baño. Entonces, Cedric habló con voz seca:
—Ni se te ocurra asomarte por la ceremonia de entrega.
Al instante, unos ojos llenos de queja lo miraron hacia arriba. Sin embargo, de la boca de la empleada solo salió una respuesta sumisa:
—Sí, joven conde.
Él dio media vuelta y se fue sin mirar atrás, haciendo ondear su capa. Sheila se quedó mirando su espalda fría con la visión borrosa, terminó restregándose los ojos con la manga del vestido.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Gracias al sorteo de premios que no estaba en los planes, el ambiente antes de la ‘ceremonia oficial’ estaba en su punto máximo. La gente, que ahora poseía objetos tan finos que bien podrían estar en una casa de subastas, no dejaba de admirar la plata y el buen gusto del joven conde de la familia Calley.
Para los invitados, que ya habían probado un poco de esa riqueza, Cedric se veía todavía más espectacular con su capa de heredero. Las mujeres, ocultando sus sonrisas tras sus abanicos, no dejaban de lanzarle piropos y chismosear sobre él.
—¿De verdad es cierto que te pidió matrimonio?
le preguntó en voz baja Odessa Vivarini a su hija Eloise, cubriéndose la boca con el abanico.
—¡Ya le dije que sí!
respondió Eloise, toda picona. No pudo evitarlo y se llevó las uñas a la boca.
Odessa le dio un palmazo en el dorso de la mano con su abanico y, como si no hubiera pasado nada, lo volvió a abrir con elegancia.
—No me digas que te has portado así de ordinaria frente al joven conde.
—No, mamá.
respondió Eloise con voz sumisa, toda achicopalada por el golpe.
Desde chiquita le habían llamado la atención por comerse las uñas. Parecía que ya se había curado, pero apenas se ponía nerviosa o las cosas no salían como quería, de frente se llevaba los dedos a la boca.
Odessa miraba a su hija con malos ojos; no le cuadraba que no pudiera corregir un hábito tan simple. Si el joven conde ya le había pedido la mano, ella esperaba que los padres de él dijeran algo, pero los condes Calley no soltaban prenda. Es más, cada vez que ella intentaba acercarse para sacarles plan, ellos se hacían los ocupados y se perdían entre la gente.
Que el conde Bernard Calley no tuviera iniciativa era una cosa, pero la actitud de Marissa Calley era de una completa zorra; se notaba que lo hacía a propósito. Odessa, que ya había casado a seis hijos antes que a Eloise y se las sabía todas, se daba cuenta perfectamente de cómo estaban pesando sus opciones en este momento.
Pero lo que más le reventaba a Odessa era ver a Sylvia Stacey, que se creía la gran cosa por ser ‘amiguita’ de la universidad del Príncipe Heredero y siempre andaba pegada a Cedric.
Sin darse cuenta de que la estaban mirando feo, Sylvia seguía conversando con el Marqués.
—¿Por qué estás tan apagada?
—¿Yo? Nada que ver.
—No me mientas. Cedric se ha vestido así de elegante y tú estás como si nada.
Sylvia, que estaba aplicando la de ‘mentirse a sí misma’ diciendo que no le importaba que Cedric la hubiera choteado, miró al Marqués con cara de pocos amigos.
—¿Acaso querías que me ponga a gritar como una loquita a mi edad?
—Sí.
Como el Marqués lo dijo con una seguridad única, Sylvia se dio cuenta de que se había puesto demasiado a la defensiva y bajó el tono.
—Bueno, sí se ve bien, qué te puedo decir.
—¿Viste?
El Marqués se infló de orgullo como si el cumplido fuera para él.
‘No tiene remedio’, pensó Sylvia sacudiendo la cabeza mientras miraba a Cedric recibir la espada.
Él estaba arrodillado con una pierna firme, recibiendo el arma que le entregaba su padre, el conde Bernard. Luego, un alto clérigo se acercó para bendecir la espada y los hombros de Cedric. Como siempre, él mantenía esa cara de palo, fría e indescifrable.
Si no fuera porque es tan guapo, cualquiera se daría cuenta por su expresión de que le faltaba algo por dentro. Sylvia lo conocía bien; sabía cuánto había esperado este momento. Por lógica, debería estar desbordando felicidad, pero no era así.
Ella le había confesado sus sentimientos sabiendo lo mucho que él quería ser conde, porque creía firmemente que un título no te da la felicidad. Pensó que, comparando sus familias, era más lógico que él se uniera a ella. Pero sobre todo, Sylvia creía que vivir ocultando tu verdadera naturaleza, una vez que ya la has descubierto, no es vida.
‘Cedric, por más perfecto que te creas, esta vez te has equivocado’.
Sylvia esperaba de todo corazón que, antes de que cometiera la estupidez de casarse, él se diera cuenta de su error. Deseaba que, al final, su instinto lo trajera de vuelta hacia ella.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Con la entrega de la espada ancestral, la ceremonia de nombramiento del heredero de la familia Calley llegó a su fin. Lo único que quedaba era disfrutar del banquete libremente hasta que saliera el sol al día siguiente y luego regresar a casa.
Pero había una excepción: Cedric, por ser el protagonista, tenía la obligación de quedarse en la fiesta hasta tarde.
Una tras otra, las personas se le acercaban. Mientras recibía las felicitaciones y daba las gracias, los ojos de Cedric no dejaban de buscar a Sheila. Tal como él le había ordenado, ella no asomó ni la nariz durante la ceremonia de entrega, pero en algún momento apareció y ahora andaba ayudando a servir en el banquete.
Cedric esperaba el momento en que ella pasara por su lado, aunque sea un ratito, porque tenía algo corto que decirle. Sin embargo, Sheila se movía de un lado a otro bien ocupada y evitaba a toda costa acercarse a él.
Al ver que ella no venía, no le quedó de otra que ir él mismo.
—Ah…….
Sheila, que justo estaba recogiendo unos platos vacíos, lo vio tarde y se quedó con la boca abierta, toda sorprendida. Al toque, dio media vuelta y empezó a caminar más rápido para darle la espalda.
—¡Ja!
Cedric soltó una risita incrédula y se le acercó por detrás, casi pegado a ella.
—Termina lo que estás haciendo y ándate a mi cuarto a esperarme.
Cedric terminó de decir lo que quería y pasó de largo, dejando a Sheila ahí misma, congelada en su sitio. Para cuando ella reaccionó y quiso preguntarle por qué, Cedric ya estaba rodeado de nuevo por un montón de invitados que querían felicitarlo.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com